El lugar de la novela, Félix de Azúa

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Porque el asunto de la narración; en resumidas cuentas, no es otro que los inconvenientes de saltar en marcha: desde las primeras páginas constata el narrador uno de los elementos centrales de la modernidad, el desdoblamiento generalizado del valor capaz de hacer que el agua sea agua “Fontvella”; la leche leche, pero también “Pascual”; las ciudades ciudades, pero también “la Ciudad del Diseño”, y Naomi Campbell sin duda Naomi Campbell pero también “Naomi Campbell”, de manera que de un modo inevitable las novelas actuales son novelas pero también “un García Márquez” o “un Benet” y así no sólo son previsibles, sino sobre todo previsibles.
Una vez instalado en la literatura como único valor aceptado, el desdoblamiento fetichista convierte al detective en “detective”, a la amada infiel en “amada infiel”, al notario suicida en “notario suicida”, y al pueblo desconocido en “pueblo desconocido”, así como el experimento formal en “experimento formal”, lo que conduce a una lectura mecánica, una interpretación unidimensional, un acuerdo masivo, e impone el imperio de lo estupefaciente. Algunos muertos, automóviles relucientes como estrellas, sexualidad reciclada en apacible competición deportiva, pensamiento fijo en la incertidumbre de haber pagado el precio adecuado y lenguaje soez para tranquilizar la conciencia.
Los “novelistas” profesionales se imitan a sí mismos con machacona redundancia porque saben que un desvío en la publicidad del producto desorienta a la audiencia, la cual sólo puede reconocer la mercancía si es exactamente la misma que ya ha conocido en otra ocasión, y comparten la parálisis vertiginosa de aquellos pintores abstractos de los años sesenta que no han podido variar ni un milímetro sus huellas dactilares pictóricas porque ellas son la única “garantía de origen” de sus productos.
¿Cómo hacer, dadas las circunstancias, para que un “personaje” o un “pueblo” deje de actuar como convención pactada para una breve masturbación y recupere la potencia que en sus orígenes había permitido ser el signo desvelado de un sentido del mundo al que sólo podía accederse desde la narración? ¿Cómo devolver a la experiencia la incredulidad de Quijano, el dolor de Werther, el buen sentido de Robinson, el tedio de Emma Bovary, la astucia de K., la reminiscencia de Marcel, el satanismo de Ivan Karamazov, fuentes del conocimiento de la incredulidad, del dolor, del buen sentido, del tedio, de la astucia, de la reminiscencia, del satanismo, y los lugares correspondientes en donde tales pasiones pueden cargarse de significado y hacerse mundo?
Quizás comenzando por lo que es prioritario, quizás comenzando por inventar un lugar. ¿Podemos aún recobrar la habilidad de lugares como la isla del capitán Nemo, el Londres de Dickens, el Madrid de Valle-Inclán, el océano de Conrad, el París de Balzac, el fondo del espejo de Alicia, el Mississippi de Twain, ámbitos en los que pueden multiplicarse infinitamente los personajes (o lo que es igual, los intérpretes) gracias a la fecundidad de sus suelos?
Porque sólo donde hay un lugar narrativo puede haber un personaje existente, pero los lugares han desaparecido de la novela actual o han pasado a ser, sencillamente, “lugares” como “la violenta noche urbana”, “el elegante balneario”, “mi pueblo”, “la perversa universidad británica” o “la heroica Barcelona de la FAI”. De manera que los personajes parecen moverse en una pantalla de televisión y participar de su misma verdad.
Handke no responde a las preguntas sobre la artisticidad posible de la novela actual con un ensayo o un artículo similares al que ahora estoy escribiendo (y que manifiesta, claro está, una impotencia asumida pero soportable), sino con un ejemplo o aplicación de su reflexión en forma de modelo o de “cuento” capaz de dar nacimiento a otras repeticiones, tal y como han hecho grandes narradores de posguerra (todos ellos creadores de lugares), como Benet, Ferlosio, Bernhard, Beckett, Onetti, Rulfo, Gracq, y tantos otros que sin duda olvido, junto con satélites menores fundadores de cuasilugares como Canetti, Lange, Simenon, Carpentier o Nabokov, en los cuales el personaje viene siempre inducido por su lugar.

Félix de Azúa
El lugar del cuento. Peter Handke
Claves, diciembre de 1997

Foto: Manhattan
Woody Allen, 1979

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“Siento verdadera pasión y una gran devoción hacia la ciudad de Nueva York y creo que en la película se la ve de la forma más hermosa que se ha visto nunca en el cine. Cuidamos mucho la fotografía y creo que es realmente impresionante.”

Woody Allen