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Archivos Mensuales: mayo 2012

– El asunto tiene sus puntos de interés. Porque si uno de los siameses confiesa, supongamos, ¿te has parado a pensar en el problema que se le plantearía al juez para dar sentencia?
– ¿Cómo?
– Verás -siguió Ellery-. Supongamos que nuestro hombre es Francis. Confiesa el crimen, exonerando de culpa a Julian, que fue forzado por él a permanecer, ¡qué remedio!, a su lado mientras cometía el asesinato. Probamos que Julian es en efecto completamente inocente, tanto de intenciones como de hechos. Así que se juzga a Francis, se le declara culpable, y se le condena a muerte.
– ¡Canastos! -exclamó el inspector.
– ¿Te das cuenta? Francis juzgado, culpable y condenado a muerte, mientras el pobre Julian tiene que estar a su lado sufriendo mental y físicamente, encarcelado y… ¿muerto? Y no es más que una víctima inocente de las circuntancias. ¿Cirurgía? La ciencia actual dice que los gemelos siameses con un órgano importante en común no pueden ser separados con garantía de éxito, de modo que moriría el inocente junto al culpable. Descartemos la cirurgía pues. ¿Y entonces qué? La ley dice que una persona condenada a muerte debe ser ejecutada, pero en este caso no podría hacerse porque sería ejecutar también a un inocente, y si no se realiza la ejecución se viola descaradamente la ley. La fuerza irresistible tropezando con la barrera inamovible – Ellery dejó escapar un suspiro-. Me gustaría enfrentar a unos cuantos leguleyos con el problema, creo que debe ser el problema legal más complicado de la historia del Derecho… Bueno inspector, ¿qué cree usted que va a pasar en su precioso caso?

Ellery Queen, 1933
El misterio de los hermanos siameses

Cuadro de Sabine Pinbouen
Siameses

“Emily amaba los páramos. Para ella en los brezales más sombríos florecían flores más brillantes que las rosas. De un lóbrego hueco en la lívida ladera de una colina, su espíritu podía hacer un Edén. Encontraba en los desolados campos solitarios muchos y gratos placeres, y no el menor ni el menos querido era el de la libertad […].
La libertad era el aliento de Emily; sin ella perecía. El cambio de su casa a la escuela, de su propio modo de vida, silencioso, apartado, pero sin sujeciones artificiales, a otro de rutina disciplinada (aunque bajo los más bondadosos auspicios) era lo que no podía soportar. Su naturaleza probó ser aquí demasiado fuerte para su entereza. Cada mañana, al despertar, la visión de su casa y los páramos le asaltaban para oscurecer y entristecer el día que empezaba. Ninguno conocía su mal, excepto yo. Demasiado lo sabía. En esta lucha su salud no tardó en quebrantarse: la palidez de su rostro, su delgadez, sus fuerzas debilitadas, amenazaban un rápido decaimiento. Me dio el corazón que moriría si no volvía a casa, y con esta convicción conseguí que la hiciera regresar.”

Charlotte Brontë
Memorias de Emily Brontë

Samuel Goldwyn, 1939
Wuthering Heights

Iván: ¿Sabes lo que me estaba diciendo hace un instante? Que si hubiera perdido la fe en la vida, si dudara de la mujer amada y del orden universal y estuviera convencido de que este mundo no es sino un caos infernal y maldito, por muy horrible que fuera mi desilusión, desearía seguir viviendo. Después de haber gustado el elixir de la vida, no dejaría la copa hasta haberla apurado. A los treinta años, es posible que me hubiera arrepentido, aunque no la hubiera apurado del todo, y entonces no sabría qué hacer. Pero estoy seguro de que hasta ese momento triunfaría de todos los obstáculos: desencanto, desamor a la vida y otros motivos de desaliento. Me he preguntado más de una vez si existe un sentimiento de desesperación lo bastante fuerte para vencer en mí este insaciable deseo de vivir, tal vez deleznable, y mi opinión es que no lo hay, ni lo habrá, por lo menos hasta que tenga treinta años. Ciertos moralistas desharrapados y tuberculosos, sobre todo los poetas, califican de vil esta sed de vida. Este afán de vivir a toda costa es un rasgo característico de los Karamazov, y tú también lo sientes; ¿pero por qué ha de ser vil? Todavía hay mucha fuerza centrípeta en el planeta, Aliosha. Uno quiere vivir y yo vivo incluso a despecho de la lógica. No creo en el orden universal, pero adoro los tiernos brotes primaverales y el cielo azul, y quiero a ciertas personas no sé por qué. Admiro el heroísmo; ya hace tiempo que no creo en él, pero lo sigo admirando por costumbre… Mira, ya te traen la sopa de pescado. Buen provecho. Aquí la hacen muy bien… Oye, Aliosha: quiero viajar por Europa. Sé que sólo encontraré un cementerio, pero qué cementerio tan sugeridor. En él reposan ilustres muertos; cada una de sus losas nos habla de una vida llena de noble ardor, de una fe ciega en el propio ideal, de una lucha por la verdad y la ciencia. Caeré de rodillas ante esas piedras y las besaré llorando, íntimamente convencido de hallarme en un cementerio y nada más que en un cementerio. Mis lágrimas no serán de desesperación, sino de felicidad. Mi propia ternura me embriaga. Adoro los tiernos brotes primaverales y el cielo azul. La inteligencia y la lógica no desempeñan en esto ningún papel. Es el corazón el que ama…, es el vientre… Amamos las primeras fuerzas de nuestra juventud… ¿Entiendes algo de este galimatías, Aliosha? -terminó con una carcajada.

Aliosha: Lo comprendo todo perfectamente, Iván. Desearíamos amar con el corazón y con el vientre: lo has expresado a la perfección. Me encanta tu ardiente amor a la vida. A mi entender, se debe amar la vida por encima de todo.

Iván: ¿Incluso más que al sentido de la vida?

Aliosha: Desde luego. Hay que amarla antes de razonar, sin lógica, como has dicho. Sólo entonces se puede comprender su sentido.

Camus: Hay que amar la vida antes de amar su sentido, dice Dostoievski. Sí, y cuando el amor a la vida desaparece, ningún sentido puede consolarnos.

Fiódor Dostoievski, 1880
Los Hermanos Karamazov

Albert Camus, septiembre del 1949
Cuaderno VI

Foto de Chongkin, noviembre 2011
Conversación nocturna, Rajasthan, India

Pero ¿no llega la novela al fin de su camino por su propia lógica interna? ¿No ha explotado ya todas sus posibilidades, todos sus conocimientos y todas sus formas? He oído comparar su historia con las minas de carbón desde hace ya largo tiempo agotadas. Pero ¿no se parece quizá más al cementerio de las ocasiones perdidas, de las llamadas no escuchadas? Hay cuatro llamadas a las que soy especialmente sensible.

La llamada del juego. – Tristam Shandy de Laurence Sterne y Jacques el fatalista de Denis Diderot se me antojan hoy como las dos más importantes obras novelescas del siglo XVIII, dos novelas concebidas como un juego grandioso. Son las dos cimas de la levedad nunca alcanzadas antes ni después. La novela posterior se dejó aprisionar por el imperativo de la verosimilitud, por el decorado realista, por el rigor de la cronología. Abandonó las posibilidades que encierran esas dos obras maestras y que hubieran podido dar lugar a una evolúcion de la novela diferente de la que conocemos (sí, se puede imaginar también otra historia de la novela europea…).

La llamada del sueño. – Fue Franz Kafka quien despertó repentinamente la imaginación dormida del siglo XIX y quien consiguió lo que postularon los surrealistas después de él sin lograrlo del todo: la fusión del sueño y la realidad. Esta es, de hecho, una antigua ambición estética de la novela, presentida ya por Novalis, pero que exige el arte de una alquimia que sólo Kafka ha descubierto unos cien años después. Este enorme descubrimiento es menos el término de una evolución que una apertura inesperada que demuestra que la novela es el lugar en el cual la imaginación puede explotar como en un sueño y que la novela puede liberarse del imperativo aparentemente ineluctable de la verosimilitud.

La llamada del pensamiento. – Musil y Broch dieron entrada en el escenario de la novela a una inteligencia soberana y radiante. No para transformar la novela en filosofía, sino para movilizar sobre la base del relato todos los medios, racionales e irracionales, narrativos y meditativos, que pudieran iluminar el ser del hombre; hacer de la novela la suprema síntesis intelectual. ¿Es su proeza el fin de la historia de la novela, o más bien la invitación a un largo viaje?

La llamada del tiempo. – El período de las paradojas terminales incita al novelista a no limitar la cuestión del tiempo al problema proustiano de la memoria personal, sino a ampliarla al enigma del tiempo colectivo, del tiempo de Europa, la Europa que se gira para mirar el pasado, para hacer su propio balance, para captar su propia historia, al igual que un anciano capta con una sola mirada su vida pasada. De ahí el deseo de franquear los límites temporales de una vida individual en los que la novela había estado hasta entonces encerrada incorporando a su ámbito varias épocas históricas. (Aragon y Fuentes ya lo han intentado.)

Pero no quiero profetizar sobre los futuros derroteros de la novela, de los que nada sé; quiero decir únicamente: si la novela debe realmente desaparecer, no es porque esté completamente agotada, sino porque se encuentra en un mundo que ya no es el suyo.

Milan Kundera
La desprestigiada herencia de Cervantes 

Cuadro de Lucien Jonas
El joven minero 

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