Ernst Junger, Hermann Prey y Vicco von Bülow

Durante los combates en Bapaum llevaba siempre conmigo en el guardarropas la edición de bolsillo del Tristam Shandy y también figuraba entre mis cosas cuando aguardábamos la orden de ataque ante la localidad de Favreuil. Puesto que se nos obligaba a esperar en la loma donde estaban las posiciones de artillería, desde el alba hasta bien pasado el mediodía, no tardó en invadirme el tedio, a pesar de que la situación entrañaba peligro. Así pues, comencé a hojearlo, y su melodía entreverada y atravesada por diversas luces, se desposó pronto, como una secreta voz de acompañamiento, con las circunstancias externas, en una armonía de claroscuro. Tras muchas interrupciones y tras haber leído algunos capítulos, recibimos finalmente la orden de ataque; guardé el libro de nuevo y al ponerse el sol ya había caído herido.
En el hospital militar retomé una vez más el hilo, como si todo lo acaecido en el intermedio sólo fuera un sueño o perteneciera al contenido mismo del libro, como si se hubiese interpolado un tipo particular de fuerza espiritual. Me administraron morfina y continué la lectura ora despierto ora aletargado, de tal modo que los múltiples estados de ánimo fragmentaron y ensamblaron una vez más los pasajes del texto ya mil veces fragmentados y ensamblados. Los accesos de fiebre que combatía con cócteles de borgoña y codeína, los bombardeos de artillería y aviación sobre el lugar a través del cual comenzaba a fluir la retirada y donde con frecuencia nos dejaban completamente olvidados, todas estas circunstancias aumentaban aún más el desconcierto, de modo que hoy sólo me ha quedado de aquellos días un recuerdo confuso de un estado de excitación mitad sensibilidad y mitad delirio, en el que uno mismo no se habría sorprendido ni siquiera por una erupción volcánica y en el que el pobre Yorick y el honrado tío Toby eran las figuras más familiares que se me presentaban.
Así, en circunstancias tan dignas, ingresé en la orden secreta de los shandystas, a la que, hasta el día de hoy, he permanecido fiel.

Ernst Junger
Tristam Shandy
El corazón aventurero

***

Tristam Shandy es un libro extraordinario en el que su protagonista no quiere nacer porque no quiere morir, al igual que no quería morir yo aquel día en Champs Elysées, aunque llevara mi Tristram en el bolsillo, el mejor pasaporte para la eternidad. Paso revista a mi vida y veo que el cometa Shandy, desde que apareció en ella, me la ha alegrado siempre, porque tiene duende. Me fascina esta novela tramada con un tenue hilo de narración y unos monólogos donde los recuerdos reales —como en la mejor de las hoy tan en boga autoficciones— ocupan muchas veces el lugar de los sucesos imaginados. Donde, como decía Alfonso Reyes, la risa está siempre a punto de estallar y de pronto se resuelve en lágrimas. Donde uno descubre de golpe, al borde del llanto alegre, que la vida puede ser triste. Claro que sí. La vida es shandy.

Enrique Vila-Matas
En el país de Tristam
Letras libres, 31 de marzo de 2004 

Foto: Stefan Moses
Ernst Junger, Hermann Prey y Vicco von Bülow
Munich, 1996

Samuel Beckett - Lufti Özkök

Año 1961. Más bien otoño, o principios de invierno. Samuel Beckett está sentado. Hace diez años que es rey, algo menos o algo más de diez años: ocho años, porque entonces se estrenó Godot; once años porque Jérôme Lindon publicó en bloque sus grandes novelas. Nada hay en Francia que pueda ponerlo en jaque o disputarle el trono en que se asienta. Sabido es que el rey tiene dos cuerpos: un cuerpo eterno, dinástico, que el texto entroniza y consagra, y al que arbitrariamente llamamos Shakespeare, Joyce, Beckett, o Bruno, Dante, Vico, Joyce, Beckett, pero se trata del mismo cuerpo inmortal ataviado con pasajeros andrajosos; y hay otro cuerpo mortal, funcional relativo, el andrajo, que se encamina a la carroña; que se llama, y nada más se llama, Dante y lleva un gorrito que le baja hacia la nariz chata; o nada más se llama Joyce, y entonces tiene anillos y mirada miope y pasmada; o nada más se llama Shakespeare, y es rentista bonachón y robusto con gorguera isabelina. O se llama nada más, y carcelariamente, Samuel Beckett; y en la cárcel de ese nombre se halla sentado, en el otoño de 1961, ante el objetivo de Lufti Özkök, turco y fotógrafo, fotógrafo esteticista que a su modelo vestido de oscuro le colocó detrás un paño oscuro, para dar al retrato que le va a hacer un toque del Ticiano o de Philippe de Champaigne, un marcado toque clásico. Tiene ese turco por manía, o por oficio, ser fotógrafo de escritores, es decir, retratar, recurriendo a cumplido artificio, maña y técnica, ambos cuerpos del rey, la simultánea aparición del cuerpo del Autor y el de su encarnación del momento, el Verbo divino y el saccus merdae. En la misma imagen.
Todo esto lo sabe Beckett, porque se trata de la infancia del arte, y porque es rey. Sabe también que con él, en cuanto con él tiene que ver, resulta más fácil esta operación mágica que si tuviera que ver con Dante o con Joyce, pues, a diferencia de Dante o de Joyce, es guapo, hermoso como un rey; con pupilas hielo, la ilusión del fuego bajo el hielo; con boca rigurosa y perfecta; y ese noli me tangere que le viene de nacimiento; para colmo de lujos, es hermoso con estigmas, la celestial flacura, las arrugas labradas con la tejoleta de Job, las orejas grandes y de carne, el look rey Lear. Sabe que, en cuanto con él tiene que ver, resulta esa operación demasiado fácil, como sucedería si el robusto rentista isabelino hubiera tenido el aspecto del rey Lear; y que casi no es posible hacerle una foto al sacas merodea llamado Samuel Beckett sin que surja en ese mismo instante el retrato del rey, la literatura en persona, mostrando, bien visibles en torno a las pupilas de hielo y las orejas grandes, el gorro de Dante, la gorguera isabelina  y, en un rincón, se la divise o no se la divise, la tejoleta de Job.
¿De todo lo dicho, de tal azar biológico o de tal justicia inmanente, se alegra Samuel Beckett en ese día de otoño de 1961? ¿Saca de ello ufanía, asco, o unas tremendas ganas de reírse? No lo sé, pero estoy seguro de que lo acepta. Dice: Soy el texto, ¿por qué no iba a ser iba a ser el icono? Soy Beckett, ¿por qué no voy a mostrar la apariencia de Beckett? Maté mi lengua, maté a mi madre; nací el día de la crucifixión; se entremezclan en mí los rasgos de San Francisco y los de Gary Cooper; el mundo es un teatro; las cosas ríen; Dios o la nada están eufóricos; interpretemos todos esos papeles como es debido. Adelante. Alarga la mano, toma y enciende un cigarrillo Boyard liado en papel blanco, tamaño grande, y se lo mete en la comisura de los labios, igual que Bogart, igual que Guevara, igual que un obrero de metal. Las pupilas de hielo toman al fotógrafo, y lo rechazan. Noli me tangere. Los signos rebosan. El fotógrafo dispara. Aparecen los dos cuerpos del rey.

Pierre Michon
Cuerpos del rey

***

Volviendo a la pequeña ceremonia del Médicis del 28 de noviembre de 1983, coincidí con Samuel Beckett. ¡Ah!, un imposible Samuel Beckett: nos damos la mano, nos saludamos y soy incapaz de pronunciar una sola palabra, pero lo cierto es que lo conozco. Como me muestro muy emocionado, horrible malentendido: Lindon me explica algunos días después que Beckett creyó que era el premio lo que me tenía conmocionado. Parecía sonado, juzgó el mismo Beckett. Sólo me lo cruzaré una vez más, algunos años después, en la calle Bernard-Palissy y no osé siquiera acercarme a saludarle.

Jean Echenoz
Jérôme Lindon, mi editor

Foto: Lufti Özkök
Samuel Beckett, 1961

kafkaDesde que Gide dijo que con los buenos sentimientos no se hace literatura, numerosos escritores se esfuerzan en escandalizar exhibiendo sentimientos que se pretenden inaceptables, festejando transgresiones pecaminosas, enfatizando en sus páginas brutalidad y violencia, desobedeciendo normas y prohibiciones. El mal parece seducir más que el bien, del mismo modo que resulta más halagador fanfarronear por las malas notas en conducta de la escuela. Pero el mal, exaltado por varios escritores, a los que les gustaría ser inmorales, es con frecuencia inocuo como el griterío en la escuela, es decir, no es el mal en absoluto. Si se quiere ensalzar el mal -mejor aún, con la retórica de las mayúsculas tan apreciada por las banalidades iconoclasta, el Mal- hay que tener el valor de aprobar la bomba atómica de Hiroshima sin tener en cuenta sus víctimas, el valor de admirar a los traficantes de armas que desencadenan guerras y masacres sólo por sus beneficios económicos, de alabar el linchamiento de un desgraciado cuyo color de piel es distinto y de apreciar las represiones de los falsos moralistas puritanos, porque también ellos, como instrumentos de abuso y violencia, son el mal. Si, por el contrario, se condenan todas estas cosas, significa que se respetan unas determinadas jerarquías de valores y sentimientos morales -lo que honra a quien los profesa y los experimenta-, pero es necesario, por eso precisamente, saber que no se forma parte de los diabólicos apóstoles de la transgresión y del mal, sino de los moralistas y de las personas de buenos sentimientos.
Muchos libros ostentosamente profanadores no consiguen ser de verdad desagradables -irritar, ofender, empujar, desgarrar- porque su provocación es la máscara, demasiado transparente, de sentimientos noblemente humanos y las faltas de control exhibidas son sólo simpáticas e inofensivas licencias goliardescas. Todo esto es motivo de orgullo para la humanidad de sus autores, porque es algo bueno que no haya muchas personas semejantes a Mengele o a los mafiosos que asesinan frente a los niños. Muchas veces, la literatura explicítamente transgresora está animada, muy en el fondo, por sentimientos tan buenos como para no poder enfrentarse con lo despiadado y lo cruel, tan frecuentes y tan frecuentemente triunfantes en la existencia. Leer a Genet no es irritante, porque las vicisitudes de sus vagabundos, aunque sórdidas e ilícitas, están rodeadas por un pathos sentimental que, a parte de la incisiva fuerza poética, no es menos cálido, a su manera, que el de Sin familia o de otras novelas conmovedoras de siglo XIX, y transmite un sentimiento de piedad y humanidad que resulta siempre “bueno” y consolador, un sentimiento que, intencionadamente, falta en Cumbres borrascosas, y que por ello es un libro mucho más terrible.
Esa terribilidad extremadamente desagradable es una defensa de lo humano, porque mirar a la Medusa de frente es la única posibilidad de presentar resistencia.

Claudio Magris
Como un puñetazo
Corriere della Sera, 22 de agosto de 1998
Alfabetos

Imagen: Franz Kafka

Joachim Ringelnatz

Y ahora puedo hablar de otro extraordinario regalo de Navidad, tan singular como exquisito. Yo tenía en Alemania un lector, médico culto y amante del arte, que me había escrito algunas veces muy gentil y al que yo envié con frecuencia pequeños impresos privados y separatas. El médico murió hace unos años, pero su viuda mantuvo la amistad conmigo y quiso corresponder en Navidad a mis pequeños obsequios. Me hizo un regalo inesperado y muy original: un grueso libro, bellamente encuadernado, con el título en el lomo impreso en dorado: “Cervantes, Don Quijote”.
Pues bien, yo poseía antaño un Quijote muy hermoso y raro, en cuatro tomos: el de la primera edición en alemán traducido por Ludwig Tieck; no sé dónde fue a parar y no había encontrado un digno sustituto. Así recibí en mis manos, con sorpresa y complacencia, el bello volumen rozado por el embalaje, con forro de seda y lomo de piel color castaño; palpé la bien trabajada encuadernación, leí con ternura el título del lomo, abrí el libro y me llevé el gran chasco, pues resultó que no era traducción alemana, sino una edición española con el texto original. Era un lindo regalo, sí, pero qué iba a hacer yo con aquello, nunca han sido mi fuerte las lenguas modernas, y de español no entiendo una palabra. Pero adjunta al libro había una cartita de la remitente, donde me comunicaba que aquel Cervantes procedía de los bienes de Joachim Ringelnatz, ella lo había descubierto en una librería de viejo y se lo había regalado al marido y ahora tenía que ser mío. Sería una sorpresa y esperaba que también un placer para mí, pues en una de las últimas páginas había un poema inédito de puño y letra del antiguo posesor.
Y también este regalo despertó en mí imágenes aparentemente muertas y recuerdos dormidos. Con el nombre de Ringelnatz revivió en mí una de aquellas tramas de otra época y estratos de mi vida. Abrí aquella página para buscar la hoja conclusiva del tomo; allí estaba efectivamente escrito por la mano del poeta, en pequeña y muy bella caligrafía, el poema con su firma completa junto con algunos datos sólo en parte inteligibles; también había una imagen recortada de una revista y que reproducía uno de los cuadros del Quijote de Daumier: junto al grueso tronco de un roble se apoya durmiendo el caballero armado, a su lado Sancho Panza en ligero sopor infantil; al fondo, en el campo, aparece diminuto y perdido Rocinante. A la vista del cuadro evoqué inmediatamente la primera edición del Quijote que yo había visto. Tenía entonces doce años. Mi padre en la conversación había sacado a relucir la extraña palabra “Don Quijote”, yo le pregunté por el significado y por él me enteré a grandes rasgos de la historia del caballero andante de la Mancha. La historia me encandiló, y a la siguiente Navidad me encontré, junto con una gran hoja de delgada madera de arce para la sierra de marquetería y otras cosas que respondían a mis demandas infantiles, con el Quijote, en edición abreviada para la juventud y provista de dos o tres imágenes en color que pienso fueron ejecutados por el ilustrador sin inspirarse de Daumier. Puede que la reelaboración del texto no fuera del todo malo, al menos a mí se me ofreció la figura del caballero, ya a la primera lectura, en esa maravillosa ambigüedad, entre cómica y conmovedoramente trágica, que a lo largo de siglos se ha hecho familiar a sus lectores tanto ingenuos como refinados. Uno siente como lector infantil algo muy peculiar, algo que acongoja a la par que hace gracia, una mezcla de burla y emoción, incluso con su pizca de mala conciencia, pues mientras contempla al temerario demente luchar con sus molinos de viento y sucumbir a ellos, se avergüenza un poco de la propia risa que sin embargo no puede reprimir.
Pero mucho más fuerte que la pintura de Daumier y que el recuerdo de aquella Navidad infantil fue lo evocado en mí por el nombre de Ringelnatz y por la hoja con su hermosa y extrañamente precisa caligrafía. Era la extravagante figura del humorista y del cantor errante con la que me encontré algunas veces y que yo acogí con simpatía, y detrás de ella la atmósfera de aquel Munich anterior a la guerra donde en mi juventud estuve con frecuencia como colaborador de Simplicissimus y cofundador de März. Entonces no llegué a conocer a Ringelnatz, pero sí su entorno y su clima, un mundo alegre, aparentemente despreocupado, de perpetuo carnaval, que antes de 1914 y antes de Hitler no sólo era hermoso y deleitable, sino a veces maravilloso y fascinante. Más tarde, cuando llegué a conocer personalmente al cabaretista y humorista Ringelnatz, hacía tiempo que aquel hechizo se había roto. Tanto más fácilmente pude percatarme de que aquel humorista sajón en traje de marinero tenía poco en común con el Munich prebélico y feacio. Más bien era él mismo una especie de Quijote, un entusiasta de noble estilo, con corazón de poeta y con un pajarito en su cabeza de caballero, un hombre con ideales de niño, rapsoda humorista que quería hacer reír a un público harto y ávido de divertirse, mas también hacerle tragar píldoras amargas. Yo no llegué a conocerle en su vida normal y en estado de plena lucidez, le conocí sólo en estado de incipiente embriaguez, una embriaguez más triste que alegre, con esa mirada extraviada del acróbata sobre la cuerda de una alta torre, que en atuendo espectacular hace gravemente, por encima de la hechizada muchedumbre, su solitario y peligroso camino.
Resulta, pues, que aquel hombre singular, aquel solitario acróbata y poeta lleno de hermosos sueños y disfrazado de humorista, aquel caballero andante de la triste figura había poseído un Quijote y lo había hecho encuadernar pulcramente, y no un Quijote adaptado para la juventud ni en versión alemana, sino un Quijote español completo. Y había agregado unos versos por su cuenta, versos fluctuantes entre el mundo del poeta y el mundo del Bajazzo, versos semiebrios, pero cuyos caracteres y ordenación sobre la hoja del blanco papel hablaban de la más lúcida conciencia y sentido del orden. Y tras muchos avatares el libro y los versos del colega sepultado desde hacía veinte años arribaban a mi casa y a mi mesa navideña. No era ya el regalo y el alegre embelesamiento de antaño con el Quijote en color abreviado para niños de aquella Navidad; pero no dejaba de ser un pequeño milagro y un pequeño gozo.
El poema que el marino semiebrio escribiera en su libro español rezaba así:

Don Quijote:
te siguen rondando los vientos,
llegan y están ahí.
Furiosos, indolentes o apacibles
soplan cerca de ti.

Si cada nube -la dorada,
la gris, la que fue- vuelve en el espacio
alterada y siempre la misma,
¿no es para celebrarlo?

Un policía no es un ángel.
Pregunta a la nube y al viento
por qué no siempre el conocido
es el amigo bueno.

Hay mucha cara conocida
vagando por el orbe.
Por eso
Cervantes escribió el Quijote.

Hermann Hesse
Pequeñas alegrías, 1956

Foto: Joachim Ringelnatz, 1936

 

Robert Antelme y Marguerite Duras

¿Ya vivimos después del fin del mundo? Un historiador dirá que un sinnúmero de fines del mundo han precedido a nuestra época. Cayó la terrible Babilonia. Los romanos miraban con temor a los bárbaros y a los cristianos. Cayó Bizancio. Cayó Cartago. Para la gente que vivía en aquellas civilizaciones como abejas en una colmena, aquéllas fueron catástrofes de dimensiones incalculables, verdaderos fines del mundo. No podían saber que, cien, doscientos o quinientos años más tarde se cicatrizarían las heridas y algo de la vieja Roma perduraría en la Europa cristiana.
No hay que ir tan lejos: ¿acaso no fue la primera guerra mundial el fin del mundo tanto para los muchachos que cayeron en Verdún como para la mayoría de los habitantes de Europa? Se acababa el viejo orden y empezaba un mañana inseguro y caótico. La alegría sólo reinaba en países como Polonia y Checoslovaquia, a los que el fin del mundo traía independencia.
Y luego la segunda guerra mundial, el exterminio de los judíos, dos insurrecciones en Varsovia, tumbas en los patios de las casas. Y otra vez la vida, las margaritas,la ropa tendida en las cuerdas blancas y, en las librerías de segunda mano, libros de ayer que de pronto habían envejecido mil años.
El dramatismo de los fines del mundo tiene grados. Pongamos por caso a los escritores e intelectuales judíos alemanes: han olvidado sus orígenes judíos, son grandes maestros de la lengua alemana, y de pronto se enteran de que los han condenado a muerte, mientras que el portero de su casa que habla un dialecto oscuro y vulgar es obsequiado con una inmortalidad provisional por ser más alemán, un alemán verdadero.
Otros fines del mundo: Mandelstam, que muere extenuado en el campo de concentración. Baczynski, que cae en combate durante la insurrección. Los oficiales polacos trasladados desde Kozielsk hasta un bosque primaveral de las afueras de Katyn -brilla el sol de abril y brotan las primeras hojas de los arbustos.
¿Cómo vivir tras tantos fines del mundo? Adorno consideraba que la poesía era imposible después de Auschwitz. Pero la ropa se seca tendida en las cuerdas blancas y resuena la risa de un niño. El niño crecerá y será policía o cura. Por eso creo que, después del fin del mundo, hay que vivir como si no hubiera pasado nada. Naturalmente, es preciso recordar lo que ha ocurrido y pensar en lo que ocurrirá, pero, así y todo, hay que vivir como si no hubiera pasado nada. Dar largos paseos. Contemplar las puestas de sol. Creer en Dios. Leer poesías. Escribir poesías. Escuchar música. Ayudar al prójimo. Hacer la pascua a los tiranos. Alegrarse del amor y llorar la muerte. Como si no hubiera pasado nada.

Adam Zagajewski
Solidaridad y soledad

Robert Antelme, Monique Antelme y Marguerite Duras en Bocca Di Magra
1960s- Italia.
Col.Jean Mascolo

Witold Gombrowicz en 1909

¿Cuántas páginas he escrito a lo largo de mi vida? Unas tres mil. ¿Con qué resultado, si nos referimos a mí personalmente? He abordado estas conversaciones con la intención de ligar mi literatura a mi vida. Pues bien, ¿me ha servido esa literatura para resolver mis problemas, mis dificultades personales?
¿Para qué, entonces?… Siento casi vergüenza. ¿Adónde me han llevado mis atentados contra la Forma? A la Forma, precisamente. A fuerza de quebrarla, me he convertido en ese escritor cuyo tema es la Forma. He ahí mi forma, y mi definición. Y hoy, yo, individuo vivo, soy siervo de ese Gombrowicz oficial que he creado con mis propias manos. No puedo hacer otra cosa que seguir adelante. Mis impulsos de antaño, mis meteduras de pata, mis disonancias, toda esa inmadurez que me ponía a prueba… ¿adónde han ido a parar? En mi vejez, la vida me resulta más fácil. Navego con seguridad entre mis contradicciones, mi voz se ha hecho más firme, sí, sí, me he hecho un hueco, cumplo mi papel, soy un siervo. ¿De quién? De Gombrowicz.
¿Renacerá mi rebelión de antaño en la imaginación de algún otro, de nuevo joven y cautivadora? No lo sé. Pero ¿y yo? ¿Lograré siquiera una vez rebelarme contra él, contra ese Gombrowicz? No estoy muy seguro. He maquinado diversas estratagemas que me permitirían librarme de su tiranía, pero los años y la enfermedad me han hecho perder facultades. Desembarazarse de Gombrowicz, comprometerle, destruirle, eso sí que sería vivificante…, pero no hay nada más arduo que luchar contra el propio caparazón.
Volver al antecomienzo, refugiarme en mi inmadurez inicial (esa Inmadurez constituye para mí algo más importante todavía que la Forma; pero se habla poco de ella en estas conversaciones, pues no resulta fácil hacerlo y yo prefiero que se la busque en la materia viva de mi obra artística).
Pero ¿rebelarme? ¿Cómo? ¿Yo? ¿Un siervo?

Witold Gombrowicz
Testamento
Entrevistas con Dominique de Roux

Foto: Witold Gombrowicz en Małoszyce, 1909

Jaime Gil de Biedma

Tan mala era la ginebra que durante muchos años quedé saturado de tanta maldad y sólo he podido volver a ella gracias a la hipocresía del martini. Dudo no obstante que Jaime Gil tomara ginebra mala, no sólo como consecuencia de su estatus económico y social, sino de su información cultural. Jaime Gil fue el tercer español que supo hablar inglés correctamente después de Blanco White y don Salvador de Madariaga y aunque en público tal vez hiciera alguna concesión a la ginebra Giró o a la Larios, seguro que en privado homenajeaba ginebras mejor situadas en el escalafón mundial. Lo cierto es que la bebida, y, por qué no, la ginebra forma parte del instrumental de conocimiento de una promoción literaria que con el tiempo ha demostrado tendencias autodestructivas suficientes como para morir matándose; en algún caso, Ferrater y Costafreda, se asesinaron al pie de la letra. ¿Por qué bebían y cómo bebían? Lo pude observar a veces desde la platea de la promoción posterior, cuando Carlos, Jaime o Gabriel nos regalaban el quehacer de jóvenes esperanzas literarias, nos invitaban a una cena, a unas copas, a unas frases brillantes, a veces en francés, otras en inglés y si estaba presente Ferrater incluso en alemán u holandés. Bebían para encontrar el octavo día de la semana, título de moda en aquella época, escrito por un borracho polaco llamado Marek Hasklo, que nominó la finalidad de nuestra angustia concreta y nuestra angustia abstracta. La vida, hubiera podido muy bien escribir Jaime Gil de Biedma, es una larga constatación de que el octavo día de la semana no existe. Verdad. Verdad científica más demoledora que el descubrimiento de la no existencia del socialismo en un solo país o de esa paradoja que esconde la comprobación de la inexistencia del socialismo realmente existente. El descubrimiento de que el octavo día de la semana no existe es inapelable, en cambio puede haber otros socialismo, no sé dónde, ni cuándo, ni cómo. Pero seguro.
Si ya sabemos por qué bebían, agobiados por el siempre insuperable desfase entre la realidad del deseo o a la espera de ese clic mental que cualquier droga consigue algunas veces y entonces atraviesa todos los espejos cómplices de las odiosas facetas de ti mismo, en cambio hay que haberlo vivido para poder contar cómo bebían. Bebían literariamente, al menos cuando lo hacían entre otros literatos, desde el personaje del poeta que bebe para convocar el lenguaje demoníaco, situarse en ese límite entre genio y locura que Jaspers ha defendido como línea de separación entre la creación controlada (la auténtica) y la incontrolada. Bebían para crearse y crear incontroladamente, pero nunca del todo, porque Jaime siempre conseguía parecer un caballero o nos lo parecía a nosotros, su sobrino Miguel, a Helena Valentí, a Juan Marsé, a mí, asombrados ante aquel verbo prodigioso que empañaba con vahos de ginebra los cristales transparentes del último artículo del Vogue, de un poema de Jorge Guillén, de un fragmento de la correspondencia de Auden y Spender o del chisme de cómo contrajeron la sífilis altísimos cargos del franquismo que compartieron a una misma, y al parecer espléndida, espía del Inteligence Service.
No debía extrañarnos. Bebían como el personaje que bebe, por que escribían poemas desde un personaje y quisieron vivir desde un personaje múltiple, imposible. Si convertían sus experiencias, mistificadas o no por la memoria, en material poético, necesitaban el recurso del personaje-poeta como elemento distanciador, para evitar caer en la sinceridad y en la confesión, que casi nunca han hecho nada bueno por la literatura. A ese personaje lo convocaban en la soledad sobria del momento poético, pero de vez en cuando lo convertían en un Mr. Hyde nocturno necesario para soportar al Dr. Jekyll el resto de sus días y de sus vidas, repito que sabedores de la imposibilidad del octavo día de la semana. De Jaime Gil he oído yo muchas palabras condenatorias de la poesía escrita en ebriedad, de la misma manera que debe parecer sospechosa la escritura realizada desde los psiquiátricos, casi tan sospechosa como los propios establecimientos psiquiátricos.
¿Por qué la ginebra y no el jerez o el whisky? Yo creo, sinceramente, que por cuestiones ideológicas. El jerez podía asociarse, sobre todo el dulce, a los falangistas con mala conciencia. Por mi vida, misteriosamente, han pasado no sé cuántos ex miembros de la División Azul que se emborrachaban con jerez dulce. Con whisky todavía no, en aquella época, porque casi todos, y muy principalmente Jaime, eran compañeros de viaje y de el whisky era compañero del Imperio. Con el tiempo descubrieron que era la bebida más diurética, la droga dura que más ayuda a recuperar el ritmo productor al día siguiente y pactaron con ella. Pero a comienzos de los años sesenta, cuando yo les conocí, la ginebra era una tercera vía bastante correcta e insisto en que a mí no me consta que bebieran sólo ginebra Giró o Larios, para ponernos en lo más dramático. De lo que estoy seguro es que de repetirse hoy aquella drogadicción tan literaria que convertía un vaso de ginebra on the rocks en una galaxia total llena de planetas helados y convocantes, la ginebra a tomar sería la bomba. Se la recomiendo, porque me temo que, a pesar de todo lo que ha pasado, entre los seguidores de la poesía de Jaime Gil de Biedma deben abundar los buscadores del octavo día de la semana. Aun sabiendo que no existe, como no existe el hombre, ni Dios, ni Marx. Si persisten en el autoengaño, mézclenla con lo que sea, pero utilicen la Bombai. Es una ginebra tan Jaime Gil de Biedma que es una ginebra distanciada de sí misma. La ginebra convertida en el personaje de sí misma.

Manuel Vázquez Montalbán
Postdata: el elogio sentimental de la Bombai

Foto: Jaime Gil de Biedma

 

A %d blogueros les gusta esto: