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Sergio Pitol por Paolo Gasparini

Uno de los ejes fundamentales de El Quijote consiste en la tensión entre demencia y cordura. En la primera parte de la novela sus andanzas terminan en desastres, se extravían a cada momento, en cada aventura el cuerpo de don Quijote yace descalabrado, apaleado, pateado, con huesos y dientes rotos, o sumido en charcos de sangre. Esos acontecimientos hacían reír a sus contemporáneos, quienes leían el libro para divertirse. Lo cómico allí es aparente, pero en el subsuelo del lenguaje se esconde el espejo de una época inclemente, un anhelo de libertad, de justicia, de saber, de armonía. Cervantes fue desde joven un lector y admirador de Erasmo, por lo que logra intuir la superioridad de una vida interior que vencerá al fin de vacuidad de los cultos exteriores. Convierte la locura en una variante de la libertad. La libertad que define en El Quijote: “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre, por la libertad así como por la honra se puede y se debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venirle a los hombres”.

El autor se permite algunas libertades que pocos se atreverían. En un discurso, uno de los más soberbios del libro, pronunciado a un grupo de cabreros totalmente ignaros, compara los tiempos pasados con los detestables en los que ellos vivían, donde el mundo se ha pervertido, manchado y corrompido. Es un discurso de aliento humanista, renacentista, libertario. Todos ustedes lo conocen porque se ha citado muchas veces. Comienza: “ Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras tuyo y mío.”
Y en el cuerpo del monólogo se encuentra: “Todo era paz entonces, todo amistad, todo concordia… Entonces se declaraban los conceptos amorosos del alma simple y sencillamente, del mismo modo y manera que ella los concebía, sin buscar artificioso rodeo de palabras para encarecerlos. No había el fraude, el engaño ni la malicia mezclándose con la verdad y llaneza. La justicia se estaba en sus propios términos, sin que la osasen turbar ni ofender los del favor y los del interés, que tanto ahora la menoscaban, turban y persiguen. La ley del encaje aún no se había sentado en el entendimiento del juez, porque entonces no había que juzgar ni quién fuese juzgado… Y ahora, en estos nuestros detestables siglos, no está seguro ninguno. Para cuya seguridad, andando más los tiempos y creciendo más la malicia, se instituyó la orden de los caballeros andantes, para defender las doncellas, amparar las viudas y socorrer a los huérfanos y a los menesterosos. De esta orden soy yo, hermanos cabreros, a quien agradezco el agasajo y buen acogimiento que hacéis a mí y a mi escudero. Que aunque por ley natural están todos los que viven obligados a favorecer a los caballeros andantes, todavía, por saber que sin saber vosotros esta obligación me acogistes y regalastes, es razón que, con la voluntad a mí posible, os agradezca la vuestra”.

Salvo las nueve últimas disparatadas y regocijantes líneas que descienden a celebrar la orden de los caballeros andantes, la lección de don Quijote sería casi un fragmento de La ciudad del sol, la utopía de Campanella, a quien, por escribirla, recluyeron varios años atormentándolo hasta ejecutarlo en las cárceles de la Inquisición.
El capítulo donde Sancho Panza encuentra a Ricote, el morisco, quien relata todos los sufrimientos de él y su familia en el extranjero debido al edicto del rey de desterrar a cientos de miles de su raza es el más atrevido de toda la obra. Thomas Mann se asombró de la valentía de Cervantes para tocar aquel asunto, entonces muy reciente, y de que en la novela llegara a permitirse hablar de “libertad de conciencia”.

Sergio Pitol
Discurso de recepción del Premio Cervantes
La libertad en El Quijote

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No hay historia nacional que no haya sucumbido en algunos periodos a esa lepra llamada intolerancia; en otras ese mal es endémico y aun permanente. Parecería que fuese un mecanismo del demonio para que las criaturas de este mundo no pudieran coexistir en armonía. Es un eco tribal que ha sobrevivido a toda transformación social. A veces muestra con orgullo e insolencia su poder; otras, se esconde, se sumerge, se disfraza con atributos que no le pertenecen en espera de que llegue el momento de salir a la calle.
La historia de la humanidad es una historia de intolerancias, aunque, a través del tiempo todo se vuelve mas complejo. Las armas son más sofisticadas, como más eficaces son los medios para detectar al enemigo. En el mundo, los milenarios están en alza, como también las aberraciones contrarreformistas.
No todo ha sido un desastre. Felizmente ante la intolerancia irracional de los violentos y sus secuaces podemos arraigar una esperanza. Basta recordar que en tiempos tan ingratos como éste, y aun peores, han existido mentes luminosas, que eligieron la tolerancia como el único y último camino para llegar a la armonía. Sus nombres llenarían páginas enteras, pero me conformo hoy con citar unos cuantos memorables: Erasmo, en Gante; José Luis Vives, Miguel de Cervantes, los hermanos Valdés, en España; Montaigne, en Francia; John Locke, Isaiah Berlin, F.M. Forster, en Inglaterra; José María Luis Mora, en México; Emerson, Twain, en Estados Unidos; Norberto Bobbio, en Italia.
El intolerante detesta el cambio libre de ideas. Su acervo intelectual consiste de unas cuantas afirmaciones que trata de imponer a los demás. Se mueve en un sistema cerrado, donde los conceptos y los valores estéticos no tienen cabida.

Sergio Pitol
Confusión de los lenguajes
El tercer personaje

Foto: Sergio Pitol retratado por Paolo Gasparini

Previamente en Calle del Orco:
El clima de nuestro planeta resulta excesivamente duro para personajes como don Quijote, Ismail Kadaré
El novelista enseña a aprehender el mundo como pregunta, Milan Kundera
Nuestra propia nariz puede convertirse en un enemigo terrible, Amos Oz
Si el mundo hiciera un poco más de caso a la literatura, Antonio Tabucchi

La froide lumiere des Syrtes

“La escritura como un reloj que avanza”
Enrique Vila-Matas, Perder teorías

¿Y qué decir de la tenebrosa intuición de futuro, extrañamente agazapada a lo largo de la luz fría de Sirtes? A Gracq siempre le fascinó una escena muy secundaria de Macbeth, cuando Duncan avista el castillo donde va a ser asesinado. ¿Por qué este pasaje? Dice Gracq: “Porque presiente”.
¿Y qué decir de la morosa espera que cruza la trama de El mar de las Sirtes y nos acerca al presentimiento terrorífico del estéril porvenir que a Occidente le espera? La novela es, de hecho, una sorprendente aproximación a lo que nos está sucediendo ahora. Es la narración de una decadencia brutal y de una angustia. Es literatura de percepción, no profética. A lo largo de El mar de las Sirtes el lector se cruzará con una sucesión de iluminaciones de estirpe rimbaudiana. Gracq muestra una especial sabiduría de percepción del futuro, como si supiera que un aspecto muy seductor de la literatura estriba en ser como un espejo que se adelanta: un espejo que, como algunos relojes, tiene la capacidad de avanzarse. Kafka fue un buen ejemplo de esto porque presintió, percibió hacia dónde evolucionaría la distancia entre Estado e individuo, máquina de poder e individuo, singularidad y colectividad, masa y ser ciudadano.* El libro de Gracq no sólo se sitúa en esta corriente de escritores con espejos que se adelantan, sino que parece conocer el centro de nuestro problema actual: la situación de absoluta imposibilidad, de impotencia del individuo frente a la máquina devastadora del poder, del sistema político. Ése precisamente es el paisaje moral y literario que hace más de medio siglo prefigurara El mar de las Sirtes, donde el género novelístico es abordado como género supremo de la utopía y como instrumento idóneo para enseñorearse nuevamente de la irrealidad en una época en la que la realidad debería perder sentido.
Toda esa atmósfera gracquiana alcanza su cumbre máxima cuando, en el famoso séptimo capítulo, vemos aparecer, fantasmagórico, al volcán Tängri, una montaña emergida del mar, un cono blanco y nevado flotando como una madrugada lunar sobre un tenue velo morado que parece despegarlo del horizonte. Ahí está plenamente el gran Gracq, ahí le tenemos señalando pautas y alineado con la mejor narrativa actual. A veces, sus palabras sobre el volcán, esa iluminación tan rimbaudiana, me evocan la calma y dignidad del propio Gracq y su papel de faro y de imaginario jefe de la renovación de las tendencias narrativas: “Ahí estaba, allí le teníamos. Su fría luz irradiaba como un manantial de silencio, maestro en la noche desierta”.

Enrique Vila-Matas
Julien Gracq y la percepción de futuro
El País, 5 de enero de 2008

*Ce qui explique qu’il ait tant aimé un autre livre au fort accent perceptif, Bouvard et Pécuchet, où il y a déjà un splendide diagnostic sur la façon dont la bêtise avancerait inexorablement dans le monde occidental. (La froide lumière des Syrtes. Le magazine littéraire. Juin 2007)

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Una noche, en un sueño, Kafka tuvo la visión de la “compañía del baño de sol” que “se destruía en una riña”. Se habían formado dos grupos que gritaban “¡Lustron y Kastron!”, como en las visiones del presidente Schreber. De la afabilidad ecológica a la masacre la distancia era mínima. A pesar de que insistía, escribiendo a Brod, que en el Jungborn se encontraba “realmente muy bien”, Kafka lo sabía. El escritor se deja reconocer porque lo que escribe va siempre un poco más allá de lo que piensa. Sus descripciones de la vida en el Jungborn emanan un sutil horror mezclado con una desesperante comicidad. Eran los años fatales del descubrimiento del cuerpo, también en el sentido de exposición de la epidermis a los elementos atmosféricos. Supervisaban las operaciones, así como todo lo demás, Bouvard y Pécuchet. “Como una bestia salvaje, un viejo repentinamente se precipita al prado y toma un baño de lluvia”.

Roberto Calasso
Kafka entre los naturistas
La locura que viene de las ninfas

Foto: Julien Gracq, le dernier des classiques
Le magazine littéraire, junio de 2007

Julien Gracq

Hay un elemento esencial que corre siempre el riesgo de faltarle a la crítica, y en particular a las monografías, muy voluminosas con frecuencia, que dedica en nuestros días a esta o a aquella novela famosa: “La génesis de La señora Bovary“, “Las fuentes de Las amistades peligrosas“, etc. Ese elemento -del que sólo el escritor podría aportar información- lo constituyen los fantasmas de libros sucesivos que la imaginación del autor proyectaba continuamente en vanguardia de su pluma e iban cambiando, con esa deformación inevitable que la tarea de escribir imprime a todos los capítulos, de la misma forma que una carretera sinuosa proyecta ante el viajero, en el marco de un paisaje de determinada naturaleza, una serie de perspectivas diversas y, a veces, de lo más inesperado.
En todas y cada una de las revueltas del libro, otro libro, posible e incluso probable con frecuencia, va a parar a la nada. Un libro sensiblemente diferente no sólo en esa parte superficial que es la intriga, sino en esa parte fundamental que es el registro, el timbre, la tonalidad. Y esos libros, que van desapareciendo sobre la marcha, arrojados por millones al limbo de la literatura -y por eso tendrían importancia para el crítico que tenga empeño en explicarse a la perfección-, esos libros, que nacieron de la escritura, cuentan hasta cierto punto, no han desaparecido por completo. Durante páginas, durante capítulos enteros, fue una alucinación suya la que tiró del escritor como por un camino de sirga, la que le exacerbó la sed y le estimuló la energía ; a su luz, a veces, se escribieron partes enteras de ese libro. El rastro sinuoso del viaje del autor por el desierto de las páginas blancas nada más puede explicarse si se tiene en cuenta no sólo el escalonamiento de los pozos en que bebió, sino también los espejismos hacia los que caminó tantas veces.
No podemos aquí exponer sino la experiencia propia. Toda la primera parte de Los ojos del bosque se escribió con la perspectiva de una misa del gallo en Les Falizes, que tenía que ser un capítulo muy importante y habría dado al libro, al introducir en él esa tonalidad religiosa, un porte muy diferente. Y El mar de las Sirtes avanzando a golpe de cañón hasta el último capítulo hacia una batalla naval que nunca llegó a ocurrir.
Busquen, señores críticos, busquen más, tengan el empeño mallarmeano de seguirles el rastro a esos libros vanos, abolidos, inanes, que movieron la lanzadera mientras se iba tejiendo el libro real; sean los Dupin sutiles hasta el infinito que habrán de explorar y balizar ese itinerario mental que callejones sin salida inesperados jalonan de punta a cabo, que el influjo de unos campos magnéticos, que se van descargando sobre la marcha, tuerce por completo. Cuando hayan apurado, como saben hacerlo, el estudio del frágil proyecto viajero del autor, háganle un sitio -un sitio muy grande- a los incidentes del camino y ni tan siquiera los escritores les escatimaran la coronación. Y dejen de especular en lo referido a la composición. Porque si pasar de un ser vivo a su esqueleto tiene una razón de ser, para pasar del esqueleto al ser vivo no hay la mínima razón.

Julien Gracq
Capitulares
Traducción de María Teresa Gallego Urrutia

Foto: Raphael Gaillarde
Julien Gracq en Saint-Florent-le-Vieil, 1992

railes-de-tren

Christian Linder: … ¿de qué manera?

Heinrich Böll: He tomado muchas cosas a la ligera durante la guerra, distanciándome interiormente y a veces también exteriormente, artificialmente y con ironía, de tal modo que la guerra misma, con todo su sangriento aburrimiento, no ha sido tan importante como aquello que hubo antes, la amenaza, la amenaza de guerra, del terror nazi, que era muy directo, pero tampoco siempre aprehensible… Ambas cosas se han mezclado, lo abstracto y lo concreto, y cuando se concretizó en la guerra, es asombroso, pero ya no tuve tanto miedo. Porque este componente, “la inconsciencia”, como la llamo, era sin duda muy fuerte en mi naturaleza; tapado por la crisis económica, el terror nazi; pero resurgió durante la guerra. Así pues, mientras yo jugaba con todo este aparato burocrático, también con el de la Wehrmacht, mientras me transponía a mí mismo…

Christian Linder: … ¿Jugaba?

Heinrich Böll: Sí, con falsificaciones, falsificando documentos, he intervenido en la burocracia, por decirlo así, simplemente no me lo quería dejar hacer todo. Sin duda alguna vez esto era algo arriesgado, pero hay que arriesgar algo para vivir. Y esta tendencia, la de la inconsciencia, era muy fuerte… Se me ocurre precisamente ahora una idea que tiene algo que ver con el escribir: las diversas posibilidades del comportamiento cobran en una situación determinada por sí solas rasgos de novela. Digamos, para citar un ejemplo simple: va a la estación y quiere ir a Wuppertal; llega pues a la estación y piensa, qué caramba, voy a tomar un tren más tarde, o antes, no importa lo que ocurra? No es más que un simple truco, pero puede llevar muy lejos. Y si recuerdo cuantas situaciones he transformado, durante la guerra, por el simple procedimiento de no ir hacia allí, sino hacia allá, a riesgo mío, y me he bajado del tren y he ido a ver a mi mujer y he esperado lo que pasaría, y he reflexionado sobre lo que hubiese pasado si hubiese obedecido la orden ¿comprende? Con ello se introduce una componente novelesca y juguetona en la propia biografía. También esto son transposiciones, como las expliqué antes. Me he estado transponiendo siempre, también en el sentido técnico-administrativo. Claro que esto también es divertido, pero, a la vez, el riesgo aumenta el miedo. Pues, si lo pescan a uno, generalmente la cosa termina mal… mire usted: también pienso en aquellas personas que no han hecho lo que yo, que han seguido el camino prescrito; que puede haber sido de ellos. Aquí precisamente interviene este rasgo novelesco en la propia biografía: gracias a la transformación del destino propiamente prescrito.

Heinrich Böll
Conversaciones con Christian Linder
Colonia, 1975

Foto: Rieles de tren

Ismail Kadaré

A propósito de las relaciones entre la vida y la literatura puede afirmarse que los personajes más famosos, los que aunque diferentes, han tenido la mala o buena fortuna de hacerse más populares, son Prometeo y Don Quijote. Los dos han sido remodelados por ella y, según se ve, la historia todavía no ha llegado a su final.
La intervención de la humanidad es extremadamente poderosa; para bien o para mal. Prometeo se ha beneficiado de ese contacto. Don Quijote, como ya se ha dicho, ha perdido con él.
La explicación es sencilla: Prometeo fue amasado por la leyenda y más tarde por el “padre de la tragedia”, Esquilo, no del modo en que le conocemos hoy. Su figura ha sido enriquecida, de siglo en siglo, por la humanidad. Su dosis de heroísmo se ha visto incrementada, mientras que sus vacilaciones, dudas y compromisos se han difuminado. Con ello la humanidad entera pretendía la revisión, la enmienda de su figura. Y podemos afirmar que lo consiguió. En su segunda existencia, en la vida cotidiana, Prometeo no es el mismo que en el arte. Con don Quijote, como se ha dicho más arriba, ha sucedido lo contrario.
Ya hemos visto que su nombre ha sido pisoteado y que su honor ha sido maltratado de forma indigna, mucho peor que en las ventas españolas.
La suerte de don Quijote nos hace conscientes de una gran verdad: el clima de nuestro planeta resulta excesivamente duro para personajes así, tan delicados y frágiles como don Quijote. Por eso, cuando ellos se aventuran a salir del vientre de la literatura, lo mismo que los niños del útero materno, su aventura puede tener consecuencias dramáticas. Estamos obligados a defender a este gran personaje de la humanidad. Aún no se ha dado con el procedimiento adecuado para estos casos. Nuestra propia conciencia todavía no está preparada para hazañas semejantes. Una proposición así puede sonar inasequible, al igual que años atrás la llamada para la defensa del espacio; lo mismo que las ideas sobre los derechos humanos en alguno de los discursos del propio don Quijote, hace cuatrocientos años. Si así fuera, ¡tanto mejor!

Ismaíl Kadaré
Don Quijote en los Balcanes
París, 7 de marzo de 2005

Foto: Ismail Kadaré en 2005

milan-kundera

El pobre Alonso Quijano quiso erigirse en un personaje legendario de caballero andante. De cara a la historia de la literatura, Cervantes consiguió todo lo contrario: situó un personaje legendario a ras de suelo: en el mundo de la prosa. La prosa: esta palabra no sólo significa un lenguaje no versificado; significa también el carácter concreto, cotidiano, corporal, de la vida. Decir que la novela es el arte de la prosa no es, pues, una perogrullada; esta palabra define el sentido profundo de ese arte. A Homero no se le ocurre preguntarse si Aquiles o Áyax, después de sus muchos combates cuerpo a cuerpo, aún conservan sus dientes. Para Don Quijote y para Sancho, por lo contrario, los dientes son una constante preocupación, dientes que duelen, dientes que faltan. “Porque te hago saber, Sancho, que la boca sin muelas es como un molino sin piedra, y mucho más se ha de estimar un diente que un diamante”.
Pero la prosa no es sólo el lado penoso o vulgar de la vida, es también una belleza hasta entonces menospreciada: la belleza de los sentimientos modestos, por ejemplo el de esa amistad impregnada de familiaridad que siente Sancho por Don Quijote. Éste le regaña por su desenvoltura parlanchina alegando que en ningún libro de caballería escudero se atreve a hablarle a su amo en ese tono. Por supuesto que no: la amistad de Sancho es uno de los descubrimientos cervantinos de la nueva belleza prosaica: “… un niño le hará entender que es de noche en la mitad del día, y por esta sencillez le quiero como a las telas de mi corazón, y no me amaño a dejarle, por más disparates que haga”, dice Sancho.
La muerte de Don Quijote es aún más conmovedora por ser prosaica, o sea, desprovista de todo pathos. Tras dictar su testamento, agoniza durante tres días, rodeado de la gente que le quiere: sin embargo, “comía la sobrina, brindaba el alma y se regocijaba Sancho Panza, que esto del heredar algo borra o templa en el heredero la memoria de la pena que es razón que deje el muerto”.
Don Quijote explica a Sancho que Homero y Virgilio no describían a los personajes “como ellos fueron, sino como habían de ser para quedar ejemplo a los venideros hombres de sus virtudes”. Ahora bien, el propio Don Quijote es cualquier cosa menos un ejemplo a seguir. Los personajes novelescos no piden que se les admire por sus virtudes. Piden que se les comprenda, lo cual es algo totalmente distinto. Los héroes de epopeya vencen o, si son vencidos, conservan hasta el último suspiro su grandeza. Don Quijote ha sido vencido. Y sin grandeza alguna. Porque, de golpe, todo queda claro: la vida humana como tal es una derrota. Lo único que nos queda ante esta irremediable derrota que llamamos vida es intentar comprenderla. Ésta es la razón de ser del arte de la novela.

Milan Kundera
El Telón. Ensayo en siete partes.

Foto: Milan Kundera

Previamente en Calle del Orco:
El Quijote inaugura la moral del fracaso, Juan José Saer
Quiero decir que se murió”, Jorge Luis Borges

Henri Bergson

Vamos a suponer que durante un paseo por el campo distinguís en lo alto de una colina algo así como un corpachón enorme cuyos brazos dan vueltas. No sabéis de lo que se trata, y buscáis entre vuestras ideas, es decir, entre los recuerdos que vuestra memoria retiene, aquel que ha de ajustarse mejor a lo que estáis viendo. Casi al instante os vendrá a las mentes la imagen de un molino de viento; y eso es, en realidad, lo que tenéis delante. Poco importa que antes de salir de casa hayáis leído esos cuentos de hadas en que aparecen gigantes con brazos interminables. Estoy conforme en que el buen sentido consiste en saber recordar, pero más todavía en saber olvidar. Es el esfuerzo de un espíritu que se adapta y se vuelve a adaptar incesantemente, variando de idea al cambiar de objeto. Es una movilidad de la inteligencia que se regula por la movilidad de las cosas. Es la continua movilidad de nuestra atención en la vida.
He aquí Don Quijote que marcha a la aventura. Ha leído en sus libros que a todo caballero le salen al paso gigantes con quienes ha de combatir. Así, pues, necesita un gigante. Esta idea es como un privilegiado recuerdo que se instaló en su espíritu, y allí sigue al acecho, inmóvil, esperando una ocasión para lanzarse fuera y encarnar en alguna cosa. Es un recuerdo que necesita materializarse. Cualquier objeto, el primero que se le ofrezca, aunque tenga solamente una semejanza muy lejana, recogerá todo el aspecto de esos gigantes que adivinó en los libros. Por consiguiente, Don Quijote verá gigantes allí donde los demás vemos molinos de viento. Esto es cómico y absurdo. ¿Pero es un absurdo vulgar?
¿No comprobáis en él una inversión verdaderamente singular del sentido común? Consiste en querer amoldar las cosas a las ideas y no las ideas a las cosas.
Consiste en ver delante de uno mismo lo que se piensa, en lugar de pensar en lo que se ve. El sentido común necesita que todos los recuerdos permanezcan en su sitio.  Entonces el recuerdo apropiado responderá en seguida al llamamiento de la actualidad y servirá para interpretarla dócilmente. En Don Quijote ocurre lo contrario. Un grupo de recuerdos manda sobre todos los otros y hasta se impone a la misma persona. En este caso la realidad habrá de plegarse a la imaginación, reduciéndose a servir para darle cuerpo. Una vez formada la ilusión, la desenvuelve Don Quijote muy razonablemente, ateniéndose a todas sus consecuencias, moviéndose con la seguridad y precisión del sonámbulo que ejecuta un sueño. Éste es el origen del error, y esta lógica especial que preside el absurdo. Ahora bien, ¿esta lógica es privativa de Don Quijote?
Hemos visto que el personaje cómico peca siempre por obstinación de espíritu o de carácter, por distracción o por automatismo. En el fondo de lo cómico hay una rigidez de cierto género que obliga a seguir rectamente el camino, sin escuchar y sin querer oír. ¡Cuántas escenas cómicas del teatro de Molière podrían reducirse a este tipo sencillísimo! Un personaje que sigue su idea y que vuelve a ella constantemente por más que le interrumpan. Se puede pasar insensiblemente del que no quiere oír al que no quiere ver, y por último, al que sólo ve lo que desea. El que se obstina acaba por ajustar las cosas a su idea, en vez de acomodarla a las cosas. Todo personaje cómico marcha, pues, por la senda de ilusión que acabamos de describir. Don Quijote nos presenta el tipo general del absurdo cómico.

Henri Bergson
La risa, 1931

Foto: Henri Bergson

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