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Archivos Mensuales: febrero 2015

Franz Kafka

¿La literatura? Sí, es verdad que siempre he leído mucha literatura, aunque cuando era joven leí mucha más filosofía, porque formaba parte de mi oficio, de mi aprendizaje. Pero, aun habiendo dedicado mucho más tiempo a la filosofía, las grandes obras de la literatura me han acompañado siempre, y cada vez me acompañan más. Por ejemplo, tengo una inmensa deuda con Fitzgerald, que no es un novelista especialmente filosófico. O con Faulkner. Lo que me interesa de verdad es que un concepto no esté nunca aislado. Cuando un concepto funciona realmente, hace ver cosas, quiero decir que se conjuga con los perceptos, y son los perceptos lo que encontramos en las novelas. Hay comunicaciones permanentes entre los conceptos y los perceptos. Asimismo, hay ciertos problemas de estilo que son una cuestión muy simple: los grandes personajes de la literatura son también grandes pensadores. Acabo de releer a Melville: Ahab es un gran pensador, y también lo es sin duda Bartleby, es otro tipo de pensador, pero en todo caso nos obliga a pensar. Hemos de comprender que una obra literaria traza conceptos al mismo tiempo que preceptos, aunque los conceptos no son su problema, no son la tarea del novelista (no se puede hacer todo a la vez): él simplemente se encuentra con el problema de los perceptos, de hacer ver y de hacer percibir, y con el problema de la creación de personajes: algo verdaderamente asombroso. El filósofo, por su parte, tiene que crear conceptos. Lo que realmente me interesa es que estas dos actividades, la gran literatura y la gran filosofía, son testimonio de la vida (lo que yo he llamado potencia). Creo que esta es la razón de que los grandes autores nunca hayan gozado de muy buena salud. Hay excepciones, como Victor Hugo, pero habría que preguntarse: ¿por qué hay tantos escritores con mala salud? La razón de su fragilidad es que estaban atravesados por una inmensa corriente de vida. Tanto en el caso de la debilidad de Spinoza como en el de la debilidad de Lawrence, lo que ocurre es que han visto algo demasiado grande, son visionarios, y no han sido capaces de resguardarse. Chéjov es también uno de ellos. Han visto algo. En este sentido, los filósofos y los escritores están en el mismo nivel, coinciden en el mismo punto. Han llegado a ver ciertas cosas de las cuales a veces no hay retorno posible. Se trata de perceptos que se encuentran en el límite de lo soportable, o de conceptos en el límite de lo pensable. Entre un percepto y un concepto, entre la creación de un gran personaje y la creación de un gran concepto veo muchos lazos, tantos que creo que mi labor ha estado fundamentalmente dedicada a ellos.

Gilles Deleuze
Abecedario con Claire Parnet
Traducción: F. Merovio y J.L. Pardo

>> El abecedario de Deleuze subtitulado <<

Imagen: Franz Kafka

Van_Gogh Montmartre

Antes. Invierno de 1886

La nieve empieza a caer, es invierno; les ahorro la metáfora del manto, es simplemente nieve. Los pobres sufren y a menudo los propietarios no lo comprenden.
Pero en este día de diciembre, en la calle Lepic de nuestra buena ciudad de París, los peatones se dan más prisa que de costumbre, sin ningunas ganas de pasear. Entre ellos, uno sensible al frío, singular por su vestimenta, se apresura a alcanzar el bulevar exterior. Va envuelto en piel de cabra, con un gorro de piel -de conejo, sin duda-, la barba rojiza erizada. Igual que un boyero.
No os quedéis en observadores a medias, a pesar del frío, no sigáis vuestro camino sin examinar con cuidado la mano blanca y armoniosa, el ojo azul tan claro, tan de niño. Seguramente es un pobre mendigo.
Se llama Vincent van Gogh.
Entra apresuradamente en la tienda de un mercader de flechas salvajes, de vieja chatarra y de cuadros al óleo a buen precio. ¡Pobre artista! Entregaste una parcela de tu alma al pintar esa tela que vienes de vender.
Es una pequeña naturaleza muerta, unas gambas rosadas sobre un papel rosa.
– ¿Puede darme algo de dinero por esta tela para ayudarme a pagar el alquiler?
– Por Dios, amigo, la clientela se pone difícil, me piden los Millet a buen precio; además, ¿sabe usted? -añade el mercader-, su pintura no es alegre, hoy en día lo que se lleva es el renacimiento. Pero en fin, dicen que tiene usted talento y quiero hacer algo para ayudarle. Tenga, aquí tiene cinco francos.
Y la moneda tintineó sobre el mostrador. Van Gogh la tomó sin murmurar, dio las gracias al marchante y salió. Volvió a subir con dificultad la calle Lepic; cuando estaba cerca de su casa, una pobre, salida de Saint-Lazare, sonrió al pintor en busca de clientela. La bella mano blanca salió del gabán; Van Gogh era un lector, pensó en la ramera Elisa y su moneda de cinco francos pasó a ser propiedad de la infeliz. Rápidamente, como si se avergonzara de su caridad, huyó con el estómago vacío.

Después.

Llegará un día… y lo veo como si hubiera llegado.
Entro en la sala número 9 de la galería de subastas; el comisario tasador vende una colección de cuadros, entro.
– Cuatrocientos francos Las gambas rosadas, cuatrocientos cincuenta, quinientos francos. Vamos, señores, vale más que eso.
Nadie dice una palabra. Adjudicado, Las gambas rosadas de Vincent Van Gogh.

Paul Gauguin
Antes y después

Imagen: Molino de viento en Montmartre
Vincent van Gogh
Otoño de 1886

Marcel Proust

La verdad, es que, cada tanto, surge un nuevo escritor original (llamémoslo si lo desean, Jean Giraudoux o Paul Morand, ya que siempre se vincula no sé porqué a Morand con Giraudoux, como en la maravillosa Noche de Châteauroux, Natoire de Falconet, sin que tengan ninguna semejanza). Este nuevo escritor en general es fatigoso para leer y difícil de comprender porque une las cosas con relaciones nuevas. Le seguimos bien hasta la primera mitad de la frase y ahí caemos. Y sentimos que es sólo porque el nuevo escritor es más ágil que nosotros. Ahora bien se producen escritores originales como se producen pintores originales. Cuando Renoir empezaba a pintar no reconocíamos las cosas que mostraba. Hoy es fácil decir que es un pintor del siglo XVIII. Pero al decirlo se omite el factor tiempo, y que se necesitó mucho, aun en pleno siglo XIX, para que Renoir fuese reconocido como gran artista. Para lograrlo, el pintor original, el escritor original, proceden a la manera de los ocultistas. El tratamiento –por su pintura, su literatura– no siempre es agradable. Cuando ha terminado, nos dicen: Ahora miren. Y entonces el mundo, que no fue creado de una vez sino que lo es tan a menudo como surge un nuevo artista, nos resulta –tan diferente del antiguo– perfectamente claro. Adoramos las mujeres de Renoir, Morand o Giraudoux, en las que antes del tratamiento nos negábamos a ver mujeres. Y queremos pasearnos por el bosque que el primer día nos había parecido todo menos un bosque, y sí por ejemplo, un tapiz de mil matices en el que faltarían justamente los matices de los bosques. Ese es el nuevo universo perecedero y nuevo que crea el artista y que durará hasta que surja uno nuevo.

Marcel Proust
Prólogo a Tiernas Mercancías de Paul Morand

***

Mi querido Proust:

Desde hace varios días no abandono su libro; me lleno de él con deleite, me sumerjo en sus páginas. ¡Ay de mí! ¿Por qué me resulta tan doloroso amarlo tanto?… Haber rechazado este libro quedará para siempre como el más grave error de la NFR, y (como tengo la vergüenza de ser en gran parte el responsable de esto) una de las tristezas, de los remordimientos más dolorosos de mi vida. Me parece, con toda probabilidad, que en esto se advierte la presencia de un destino implacable, ya que es una explicación de veras insuficiente de mi error decir que me había hecho de usted una imagen después de unos pocos encuentros “en sociedad”, que se remontan a hace casi veinte años. Para mí, usted seguía siendo ese tal que frecuenta asiduamente a las señoras X… y Z…, ese que escribe en Le Figaro… Lo creía -¿se lo debo confesar?- “uno del grupo de los Verdurin”.
Un esnob, un mundano diletante, lo más molesto que pudiera haber para nuestra revista. Y el gesto, que hoy entiendo tan bien, de ofrecerse a ayudarnos a publicar el libro, que habría sido para mí fascinante si lo hubiera comprendido bien, no ha hecho más que confirmar, ay, mi radical error. No tuve a disposición sino uno de los cuadernos de su libro, el cual abrí con mano distraída, y la mala suerte quiso que mi atención cayera de inmediato en la taza de manzanilla de la página 62, para luego resbalarme, en la página 64, en la frase (la única del libro que no logro de verdad explicarme hasta ahora, ya que no soy capaz de esperar a terminarlo del todo antes de escribirle) que se refiere a una frente de la que se transparentan las vértebras. Y ahora no me basta con amar este libro, percibo que siento por él y por usted mismo una especie de afecto, de admiración, de predilección singulares.

No puedo seguir… Tengo demasiados remordimientos, demasiados dolores -y sobre todo si pienso que quizá mi absurdo rechazo pudo haber tenido consecuencias para usted, que lo habrá hecho sufrir, y que hoy yo merezco ser juzgado por usted, injustamente, tal como yo lo había juzgado a usted. No me lo perdonaré jamás, y es sólo para aliviar en algo mi dolor que me confieso ante usted esta mañana, suplicándole que sea indulgente conmigo, más indulgente de lo que yo mismo no consigo ser.

André Gide
Carta a Marcel Proust, Enero de 1914

Foto: Marcel Proust en 1900 

George-Steiner

El espíritu europeo, tal como usted lo define a lo largo de toda su historia (que parte del texto bíblico), ¿puede seguir manteniendo su autoridad? ¿Qué realidad concreta puede expresar hoy? ¿No se encuentra irremediablemente desacreditado?

Personalmente, le respondería que yo no podría vivir sin él. Para mí es una forma de goce y reconocimiento. El crítico, el profesor lo agradece. Es algo que se expresa aprendiendo textos de memoria. Esto es visto hoy como la ridiculez máxima, en la escuela los niños ya no aprenden nada de memoria. Pero las cosas que amamos, nos gusta llevarlas dentro de nosotros para vivir con ellas, en una relación orgánica que es la de la memoria. Con la edad, esto se ha vuelto para mí un ejercicio fundamental. Todas las mañanas tomo un pasaje, de un gran clásico o de la Biblia, y lo traduzco a mis cuatro lenguas. Ayer fue un pasaje de Tucídides, tomado del gran capítulo sobre la peste en Atenas. Leyéndolo, aprendiéndolo, uno se pone a recordar a Defoe y su descripción de la peste en Londres, luego piensa en Camus… Y de repente, las campanas vibran a través de nuestra cultura europea, con este sentimiento de repetición, de eco interior. Lo que me horripila de la deconstrucción, lo característico de esta “preciosa ridícula” francesa, es su falta de agradecimiento y de alegría. El señor Derrida tiene desde luego talento, leerle es a menudo apasionante, pero su juego de palabras sobre el “pre-texto” resulta inadmisible. Shakespeare no es un pretexto para nadie; Proust y Dante, tampoco. Estoy entre los que se regocijan de lo que nos ofrece nuestra cultura. La primera frase del primer libro que leí de niño era de Dostoievski: “Toda gran crítica es una deuda de amor”. Nunca traicioné esa frase. Todo está en el gran misterio del agradecimiento por la cultura. Y todo lo que la cultura exige de nosotros es autoridad.

George Steiner
Entrevista con Isabelle Albaret y Olivier Mongin
Esprit, diciembre de 2003

Foto: George Steiner

Previamente en Calle del Orco:
Leer es estar dispuesto a recibir a un invitado en casa cuando cae la noche, George Steiner

Juan Marsé y Carlos Barral

Veo sentada ante mí, en casa, a la joven estudiante de robustas rodillas y nervioso bolígrafo que me visita para anotar en su cuaderno gravísimos datos sobre mis novelas con destino a su tesina; la veo parpadear, confusa, ante mis delgadas respuestas (que no encajan en su vasto y complicado plan de estudios: le digo, por ejemplo, que el Pijoaparte jamás se propuso desenmascarar a la burguesía catalana, sino simplemente enamorar a Teresa), la veo cotejar notas, alterar esquemas, rectificar planteamientos, desorientada, y yo, algo entristecido, me pregunto quién la ha desorientado, cuándo y cómo ha perdido esa muchacha el placer de leer. Afirma que la novela le gustó, pero se nota que no lo pasó bien leyéndola, y lo que es peor, ya no considera importante el pasárselo bien leyendo novelas. Entonces, ¿quién o quiénes le quitaron a esa chica el deseo de disfrutar con un libro, dejándole sólo la obligación de aprender? ¿Aprender qué, además? ¿Sociología, semiótica y semiología, estructuralismo, sentido y forma, relaciones metalingüísticas, perspectiva exógena y estructura interna?

Por un breve instante, horribles fantasmas de posibles tesinas pasadas y futuras desfilan por mi mente con extravagantes títulos: El significado de los toros y de la humilde patata en la poesía de Miguel Hernández – Estructura, calor y sabor de las magdalenas en la obra de Proust – El Pijoaparte hijo natural semiótico de Henry James, con permiso de Félix de Azúa – Los silencios de Moby Dick y su relación metalingüística con la pata de palo de John Silver y con el mezcal y los barrancos de la prosa de Malcolm Lowry  Madame Flaubert soy yo, dijo Federico García Lorca.

¡Maldición, estamos rodeados! Así es imposible leer, hay que saber demasiadas cosas, hay que amueblar la mente de bidets teóricos, hay que ser experto en demasiadas chorradas -le digo a la desilusionada estudiante de graves rodillas y afanoso bolígrafo. Se han empeñado ellos, los malditos tambores de las cátedras y de los institutos, los avinagrados columnistas de diarios de provincias, los rastreadores de estilos y figuras de la alfombra, los rebuznos de la crítica trascendente y los cuarenta años de incultura franquista, en convertir la lectura de un libro en cualquier cosa menos en un placer, un acto libre y espontáneo, una aventura personal con la imaginación. ¿Quieres un consejo? Tira por la borda ese cuaderno y ese bolígrafo y ponte a leer, sobre estas rodillas sojuzgadas de estudiante aplicada, y con ojos infantiles a ser posible, renovada la capacidad de asombro, el sentido de la vida y la imaginación penetrante, otra vez, “La isla del tesoro”. Callarán los bobos tambores eruditos y recobrarás el tesoro de leer.

Juan Marsé
La isla del libro y el día del tesoro
El periódico de Cataluña
22 de abril de 1979

Imagen: 1979. Carlos Barral y Juan Marsé. Cortesía de la familia Barral.
Fuente: Planeta de libros

Previamente en Calle del Orco:
Creo que ese tipo de especialización sencillamente no es lo mío, Sylvia Plath

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