Callarán los bobos tambores eruditos, Juan Marsé

Juan Marsé y Carlos Barral

Veo sentada ante mí, en casa, a la joven estudiante de robustas rodillas y nervioso bolígrafo que me visita para anotar en su cuaderno gravísimos datos sobre mis novelas con destino a su tesina; la veo parpadear, confusa, ante mis delgadas respuestas (que no encajan en su vasto y complicado plan de estudios: le digo, por ejemplo, que el Pijoaparte jamás se propuso desenmascarar a la burguesía catalana, sino simplemente enamorar a Teresa), la veo cotejar notas, alterar esquemas, rectificar planteamientos, desorientada, y yo, algo entristecido, me pregunto quién la ha desorientado, cuándo y cómo ha perdido esa muchacha el placer de leer. Afirma que la novela le gustó, pero se nota que no lo pasó bien leyéndola, y lo que es peor, ya no considera importante el pasárselo bien leyendo novelas. Entonces, ¿quién o quiénes le quitaron a esa chica el deseo de disfrutar con un libro, dejándole sólo la obligación de aprender? ¿Aprender qué, además? ¿Sociología, semiótica y semiología, estructuralismo, sentido y forma, relaciones metalingüísticas, perspectiva exógena y estructura interna?

Por un breve instante, horribles fantasmas de posibles tesinas pasadas y futuras desfilan por mi mente con extravagantes títulos: El significado de los toros y de la humilde patata en la poesía de Miguel Hernández – Estructura, calor y sabor de las magdalenas en la obra de Proust – El Pijoaparte hijo natural semiótico de Henry James, con permiso de Félix de Azúa – Los silencios de Moby Dick y su relación metalingüística con la pata de palo de John Silver y con el mezcal y los barrancos de la prosa de Malcolm Lowry  Madame Flaubert soy yo, dijo Federico García Lorca.

¡Maldición, estamos rodeados! Así es imposible leer, hay que saber demasiadas cosas, hay que amueblar la mente de bidets teóricos, hay que ser experto en demasiadas chorradas -le digo a la desilusionada estudiante de graves rodillas y afanoso bolígrafo. Se han empeñado ellos, los malditos tambores de las cátedras y de los institutos, los avinagrados columnistas de diarios de provincias, los rastreadores de estilos y figuras de la alfombra, los rebuznos de la crítica trascendente y los cuarenta años de incultura franquista, en convertir la lectura de un libro en cualquier cosa menos en un placer, un acto libre y espontáneo, una aventura personal con la imaginación. ¿Quieres un consejo? Tira por la borda ese cuaderno y ese bolígrafo y ponte a leer, sobre estas rodillas sojuzgadas de estudiante aplicada, y con ojos infantiles a ser posible, renovada la capacidad de asombro, el sentido de la vida y la imaginación penetrante, otra vez, “La isla del tesoro”. Callarán los bobos tambores eruditos y recobrarás el tesoro de leer.

Juan Marsé
La isla del libro y el día del tesoro
El periódico de Cataluña
22 de abril de 1979

Imagen: 1979. Carlos Barral y Juan Marsé. Cortesía de la familia Barral.
Fuente: Planeta de libros

Previamente en Calle del Orco:
Creo que ese tipo de especialización sencillamente no es lo mío, Sylvia Plath

11 comentarios
  1. mitomago dijo:

    Buenísima entrada…La eterna lucha entre las dos facciones, los que se acercan a la literatura como disfrute, sin pretensiones, y los que se acercan a la misma analizando, aprendiendo…y perdiendo por ello la espontaneidad del dejarse llevar. El que observa la mariposa posada sobre la flor y se maravilla del colorido de sus alas, y el que la caza y la clava en una cartulina, la cataloga y estudia. ¿Acaso un cadáver tiene la respuesta de la vida?

    • Personalmente creo que ambos enfoques son necesarios y que se alimentan el uno al otro. Pero es cierto que la universidad puede matar el placer de la lectura. Un abrazo

  2. mitomago dijo:

    Reblogueó esto en Q.M. y comentado:
    Una reflexión muy interesante, sobre los diferentes acercamientos a los libros y la literatura.

    • Gracias por compartir este espléndido texto de Marsé y un abrazo

  3. Maia L.B. dijo:

    La erudición mata el placer y la espontaneidad. La solemnidad como somnífero. Un abrazo.

    • La erudición como fin es estéril, pero es preciso aprender a leer bien -y representa un trabajo laborioso- sin perder el gusto por la lectura. Un abrazo Maia

      • Maia L.B. dijo:

        No sé si aprender a leer bien es preciso. ¡Pero es precioso! Abrazos siempre.

  4. Estoy muy de acuerdo.
    El placer de la lectura, es entregarse al autor y sus fantasías, como el buen autor termina entregándose a sus personajes, ya que adquieren vida y sus caprichos.
    Y uno también se deja llevar por esos personajes y sus vivencias.
    Simplemente que por un rato vivimos otras vidas, otra cultura y otros espacios, con todas sus sorpresas.
    No se me ocurre que más podemos aprender, aparte de mejorar nuestra ortografía y ampliar nuestro vocabulario.
    Rubén Ardosain

    • Gracias Rubén por el sugerente comentario. La literatura enseña infinidad de cosas. Un abrazo.

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