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Archivos Mensuales: octubre 2013

Rebeldía

¿Qué origen tiene esa disposición precoz a inventar seres e historias que es el punto de partida de la vocación de escritor? Creo que la respuesta es: la rebeldía. Estoy convencido de que quien se abandona a la elucubración de vidas distintas a aquella que vive en la realidad manifiesta de esta indirecta manera su rechazo y crítica de la vida tal como es, del mundo real, y su deseo de sustituirlos por aquellos que fabrica con su imaginación y sus deseos. ¿Por qué dedicaría su tiempo a algo tan evanescente y quimérico –la creación de realidades ficticias- quien está íntimamente satisfecho con la realidad real, con la vida tal como la vive? Ahora bien: quien se rebela contra esta última valiéndose del artilugio de crear otra vida y otras gentes puede hacerlo impulsado por un sinnúmero de razones. Altruistas o innobles, generosas o mezquinas, complejas o banales. La índole de ese cuestionamiento esencial de la realidad real que, a mi juicio, late en el fondo de toda vocación de escribidor de historias no importa nada. Lo que importa es que ese rechazo sea tan radical como para alimentar el entusiasmo por esa operación –tan quijotesca como cargar lanza en ristre contra molinos de viento- que consiste en reemplazar ilusoriamente el mundo concreto y objetivo de la vida vivida por el sutil y efímero de la ficción.

Mario Vargas Llosa
Cartas a un joven novelista

Foto: Un chico lanza una bomba molotov contra la policía
Derry agosto de 1969

marina-tsvietaieva

Una persona tras leer el Werther se pega un tiro; otra lo lee también, y porque Werther se pega un tiro, decide vivir. Una actuó como Werther, la otra como Goethe. ¿Lección de autoaniquilación? ¿Lección de autodefensa? Lo uno y lo otro. Goethe, según una cierta ley de un momento determinado de su vida, debía disparar a Werther; el demonio suicida de toda una generación debía encarnarse precisamente mediante la mano de Goethe. Dos veces fatal necesidad, y como tal –irresponsable. Y llena de consecuencias.
¿Acaso es culpable Goethe de todas las muertes posteriores?
Él mismo en su maravillosa senectud respondió: no. De otro modo no nos atreveríamos siquiera a pronunciar palabra alguna, ya que ¿quién puede calcular el efecto que causa una determinada palabra? (La idea es suya, la transmisión de la misma es mía).
Y yo en nombre de Goethe respondo: no.
Goethe no tenía mala voluntad, carecía de voluntad alguna a excepción de la voluntad creativa. Él, creando a su Werther se olvidó no sólo de todos los demás (o sea, de sus posibles desgracias) sino que se olvidó de sí mismo (¡de su propia desgracia!).
El olvido total, o sea el olvido de todo aquello que no sea la obra, constituye la base misma de la creación artística.
Si Goethe hubiera escrito, tras todo lo acontecido, un segundo Werther –si, a pesar de toda credibilidad, hubiera tenido una necesidad imperiosa de escribirlo de nuevo- ¿hubiera sido juzgado entonces? ¿Y Goethe sabiéndolo lo hubiera escrito?
Lo hubiera escrito mil veces si hubiera sentido la necesidad; al igual que no hubiera escrito la primera línea del primero si la presión hubiese sido un poco menor.
-¿Y hubiera sido juzgado entonces?
Como ser humano –sí, como artista- no.
Diré más todavía: Goethe habría sido juzgado y condenado como artista, precisamente en el caso de que hubiera destruido dentro de sí a Werther con la finalidad de salvaguardar otras vidas humanas (para cumplir el mandamiento: no matarás). Aquí la ley artística es manifiestamente contraria a la ley moral. El artista es culpable sólo en dos casos: en el caso, ya antes mencionado, de renuncia a una obra (no importa en beneficio de quién) y en el caso de la creación de una obra que no es artística. Aquí finaliza su ínfima responsabilidad artística y comienza su enorme responsabilidad humana.
La creación artística es, en algunas ocasiones, una cierta atrofia de la conciencia, ese prejuicio moral sin el cual el arte no puede existir. Para ser bueno el arte ha debido renunciar a una buena parte de sí mismo. El único modo para el arte de ser bueno a ciencia cierta es no ser. El arte se acabará cuando la vida del planeta acabe.

Marina Tsvietáieva
El arte a la luz de la conciencia, 1932

Imagen de Marina Tsvietáieva

raymond queneau ejercicios de estilo

Raymond Queneau no aparece aquí en orden alfabético porque no quería estar con las Q y no podía negarle ese cambio nimio. Lo he metido aquí al tuntún. Secretario general de la editorial Gallimard, obtuvo el Premio del Deux Magots en 1933. Si no ocupa en el ánimo del gran público el lugar que se merece es porque Gallimard prefiere vender a Gide, demasiado mayor para esperar, o a Malraux, que cada vez que puede le hace chantaje emocional.
En la actualidad Queneau es el único escritor de Francia que combina al mismo tiempo un estilo, unas ideas y una lengua únicos. Sin duda es demasiado para un solo hombre y por eso Gaston prefiere esperar a que Raymond tenga una gran barba y una silla de ruedas para hacer tiradas de cien mil ejemplares y pegar carteles gigantes por todas partes. Raymond Queneau conoció un éxito considerable en 1949 en el Rose Rouge con sus Ejercicios de estilo, en versión de Yves Robert e interpretados con una vivacidad y una fuerza cómica impresionantes por la compañía donde triunfaban Les Frères Jacques. En el estreno de los Ejercicios todo el mundo se volvía para ver quién era el que reía tan fuerte: era el propio Raymond, siguiéndose el juego a sí mismo de buena gana. Queneau lo ha leído todo sin excepción y se acuerda de todo; para Andersen aprendió danés, para Joyce los diecisiete idiomas de Finnegan’s Wake; ha coqueteado con el turco, el gaélico, el papú, el bambara. Su pasatiempo: la lengua. Es autor de un montón de novelas y de cuatro o cinco poemarios, de los que suelen musicarse poemas e interpretarse al final de los espectáculos. Gréco tiene en su repertorio varias canciones suyas y Agnès Capri le ha tomado prestadas alguna que otra en más de una ocasión. A principios de 1950 escribió la narración de la película que rodó Marcello Pagliero sobre el barrio que tan bien conoce. De su reciente viaje a América se ha traído el argumento de un ballet, La croqueuse de diamants, y un sorprendente reportaje para el France-Soir.
Físico: grande, alto, fuerte, gafas de cristales gruesos, pelo moreno a menudo despeinado, risa característica y contagiosa, nacido en Le Havre el 21 de febrero de 1903. Tiene una pasión perniciosa por la literatura en general y hace de ángel guardián de los escritores jóvenes. Por lo demás, hay que reconocer, al contrario de lo que a menudo se dice, que un buen número de grandes escritores muestran por los jóvenes un interés desinteresado y les facilitan los comienzos con una generosidad sorprendente. También siente una pasión perniciosa por el cine.

Boris Vian
Manual de Saint-Germain-des-Prés

Foto: Ejercicios de estilo de Raymond Queneau en un fotomatón, 1928

Cortazar

Se habrá visto que estas impresiones más subjetivas que críticas se fundan en una temprana lectura de Pickwick, que las condiciona con una fuerza a la que no puedo ni quiero resistir. Por eso me resulta difícil imaginar la reacción de un lector adulto (en años y en lecturas), y nada me extrañaría que sea muy diferente a la mía. A esta altura de la historia contemporánea todos nos sentimos, como el Viejo Marinero de Coleridge, “más tristes y más sapientes”, y libros como Pickwick, Los tres mosqueteros o Huckleberry Finn pueden tropezar hoy con la impaciencia y hasta el desdén. Me parece triste que tanto la crítica como el lector tiendan –muchas veces sin darse clara cuenta- a jerarquizar la literatura a base de parámetros exclusivamente modernos, y a establecer sus opciones por motivos que en el fondo tocan más a la ética que a la estética. Como ejemplo deliberadamente exagerado, nadie duda de que un Dostoievski nos propone un mundo harto más complejo y trascendental que un Dickens, pero el error empieza cuando una lectura de Dickens puede malograrse total o parcialmente por el peso que ejerza en la memoria cultural la lectura del novelista ruso. Es un hecho que la búsqueda de verdad y profundidad en la novela moderna parece alejarnos cada vez más del puro placer narrativo; casi nada se cuenta hoy por el encanto de contarlo, pero tal vez por eso cuando en nuestros días surge nuevamente un gran narrador, hay como un inconsciente reconocimiento agradecido de ese arte esencialmente hedónico, y libros como Cien años de soledad encuentran millones de lectores apasionados, exactamente como los encontraron Charles Dickens y Alejandro Dumas en su tiempo.
Voluntaria o no, esa admisión por parte del lector moderno me parece no sólo saludable sino prueba de que la balanza literaria actual está excesivamente desequilibrada. ¿Cuántas veces me habrán reprochado que en vez de insistir en los aspectos más dramáticos de mi mundo novelesco me haya dejado llevar por la alegría y el desenfado? Nunca me he sentido culpable de hacerlo, porque Dimitri Karamazov no puede matar en mí a Samuel Pickwick, de la misma manera que Pickwick no podrá hacerme olvidar jamás la presencia apocalíptica de los Karamazov en nuestra vida y nuestra historia. Simplemente me gustaría contribuir a una especie de liberación moral de esos lectores que creen de su responsabilidad consagrarse a la literatura “profunda”, rellénese esa palabra como se prefiera. Apunto a una dialéctica de la lectura que debería ser también una dialéctica de vida, una pulsación más isócrona de la búsqueda y el gusto, del conocimiento y el placer, mejor ajustada a todo eso que tenemos tan al alcance de la mano que casi no lo vemos: el gran latido cósmico, el diástole y el sístole del día y de la noche, del flujo y el reflujo del océano.

Julio Cortázar
Reencuentros con Samuel Pickwick

Foto de Julio Cortázar en La Habana, 1966

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