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Archivos Mensuales: marzo 2016

Ray Bradbury

El año en que dejé la escuela secundaria en Los Ángeles adopté para el resto de mi vida el régimen de escribir un cuento por semana. Yo sabía que sin cantidad no podía haber calidad. Sentía que mis cuentos de esa época eran tan malos que sólo la práctica podría despejar los tratos viejos de mi mente y permitir que fluyeran las cosas buenas. Mientras tanto, trataba de meterme por los ojos toda la experiencia literaria posible -buena, mala, indiferente o excelente- para que, con un poco de suerte, saliera luego de mis dedos.
De manera que todos los lunes escribía un primer borrador del cuento que brotaba por mi cabeza. El martes escribía el segundo borrador. El miércoles, jueves y viernes aparecían la tercera, cuarta, quinta versiones. El sábado enviaba por correo la versión final. El domingo me derrumbaba en la playa por un día, con Leigh, y el lunes empezaba un cuento nuevo. Así ha sido durante unos cuarenta y cuatro años. Todavía escribo un cuento por semana, o su equivalente. Ahora escribo siete u ocho poemas en una semana, o una obra en un acto, o tres capítulos de una novela, o un ensayo. Pero ahora, como antes, la misma cantidad de páginas: entre dieciocho y treinta y dos por semana.
Me apresuro a añadir que esto no es mecánico. No me exijo cuentas. No es necesario. Amo lo que hago, como una madre ama a sus hijos, aunque sean aburridos o feos. A usted pueden gustarle o no mis hijos, pero cuando los escribía araba con mi máquina de escribir y cosechaba párrafos. Dios protege a los escritores jóvenes y hace que ignoren, mientras escriben, hasta qué punto están desencaminados. Por eso es importante la producción en cantidad. Los buenos cuentos que se escriben más tarde son un paraguas sobre los malos cuentos que uno deja atrás a lo largo de los años. Todo se compensa. Y si le gusta a usted escribir, es una verdadera fiesta.

Ray Bradbury
Introducción a Memoria de Crímenes

Foto: Ray Bradbury
Créditos: Corbis

 

Azorín

Ahora es cuando con más gusto, con más eficacia, vamos a repasar los libros. Y aquí tenemos libros que siempre serán nuevos. Aquí están la Odisea, el Quijote, la Divina Comedia, Hamlet. No entenderemos seguramente todo lo que dicen. Pero si no hubiéramos leído estos libros inmortales siendo niños, nos faltaría algo en nuestra vida. No los entendemos; pero tendremos siempre la sensación de su lectura en la infancia. Y esa sensación la compulsaremos con la sensación que tengamos en la juventud. Y la sensación que tendremos en la juventud nos servirá para contrastarla con la sensación definitiva, honda, que tengamos en la plenitud de la vida. Y de este modo una huella de luz, la luz del genio, se habrá formado en nuestra sensibilidad a lo largo de los años. Y así las cosas, esas cosas que nosotros hemos conocido y palpado en nuestra niñez, tendrán ahora, en la edad madura, lo que sin eso no tendrían. Las cosas por sí valen poco; las cosas no son más que cosas. Les hace falta, para vivir, tener ambiente espiritual. Sin ese ambiente, sin esa sutil atmósfera, las cosas no son nada. Y la atmósfera espiritual de las cosas la dan los pensamientos que los libros hacen nacer en nosotros; pensamientos acerca de nuestro destino, acerca de la muerte, acerca de nuestra situación en el universo. Ése es el ambiente moral que da precio a las cosas. Unas páginas de alguno de los libros que yo quisiera ver en todas las bibliotecas infantiles, unas páginas de fray Luis de Granada o del otro fray Luis, hacen, como si fueran fulminante, que las cosas adquieran de pronto una profunda significación que antes no tenían. Hacen que las cosas sean las cosas. Porque la luz de lo infinito es luz que resplandece maravillosamente sobre todas las cosas.

Azorín
Libros, buquinistas y bibliotecas
Luz, 13-V-1933

Foto: Azorín leyendo en el ocaso de su vida

Huston's Horse

Yo leo sin disciplina una media de tres o cuatro libros por semana, y lo hago desde que era niño. La abuela solía leerme en voz alta libros de sus autores favoritos: Dickens, Tolstoi, Marie Corelli. También me leía fragmentos de Shakespeare, y me hacía repetírselos. Cuando yo tenía catorce o quince años, hablábamos sobre el “estilo” de un autor. Yo dudaba del significado de esta palabra. ¿Era el estilo de un autor su forma de ordenar las palabras por decirlo de algún modo. ¡Seguramente el estilo era mucho más que todo eso! Un día me vino como una revelación: la gente escribe de una forma diferente porque piensa de manera diferente. Una idea original exige una exposición original. Así que el estilo no es simplemente un invento del escritor, sino sencillamente la expresión de una idea central.
Yo no me veo a mí mismo como un realizador con un estilo propio. Me han dicho que lo tengo pero no lo percibo. No veo ni remoto parecido, por ejemplo, entre The Red Badge of Courage y Moulin Rouge. Por muy observador que sea un crítico, no creo que fuera capaz de decir que las dos están hechas por un mismo director. Bergman tiene un estilo que es inconfundible. Él es un claro ejemplo del cine de autor. Supongo que su forma de actuar es la mejor: concibe la idea, la escribe y la rueda. Sus películas adquieren una unidad y una intención porque él las crea y controla todos los aspectos de su trabajo. Yo admiro a realizadores como Bergman, Fellini, Buñuel, aquellos cuyas películas están tan conectadas de algún modo con sus vidas privadas, pero éste nunca ha sido mi método. Yo soy un ecléctico. Me gusta beber en otras fuentes que no sean las mías; más aún, no me veo a mí mismo simplemente, exclusivamente y para siempre como un realizador cinematográfico. Esto es algo para lo que tengo un cierto talento y es una profesión cuyas disciplinas he llegado a dominar con el paso de los años, pero también tengo un cierto talento para otras cosas, y también he trabajado en estas disciplinas. La idea de dedicarme por entero a una única ocupación en la vida es inimaginable para mí. Mi interés por el boxeo, la literatura, la pintura, los caballos, ha sido en ciertas etapas de mi vida, por lo menos tan importante como el que tenía en dirigir películas.

John Huston
A libro abierto

Foto: John Huston a lomos de su caballo

 

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