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Archivos Mensuales: septiembre 2016

Peter Handke, In the Woods

¿Usted lo expresa con la palabra “pueblo”? A saber, esos individuos dispersos que no se conocen -pero que luego dejan de sentirse solos.

Sí, precisamente hoy, temprano, continué la lectura de las cartas de Rahel Varnhagen, cuando se encuentra por primera vez con Goethe*: no había querido mostrarle nunca su aprobación de toda la vida por lo que él había escrito, y cuando luego él la visita por la mañana por propia iniciativa -ella todavía no estaba bien arreglada, como se decía entonces, en negligée– y se echa encima un batón, pero cuando él se ha marchado -sólo se quedó poco tiempo y luego desapareció de pronto-, entonces ella tuvo la necesidad… sólo entonces se arregla de veras bien, como si él todavía estuviera allí. Entonces se pone un vestido con un hermoso cuello alto y un pañuelo maravilloso. Lo que a mí me llama especialmente la atención es lo que ella dice luego: “me siento colocada en el mismo rango, es decir me siento en el mismo nivel que él”, y que esto no suene a presuntuoso, y que mediante el encuentro con él, ella se sienta, por decirlo así, armada caballero, por más que probablemente todo fue un asunto de una conversación rápida. No se trata de una exaltación por parte de ella, sino que es increíblemente natural, y uno advierte que siempre seguirá actuando sobre ella, la circunstancia simplemente de que se encontraran allí de igual a igual dos personas y se sintieran de igual linaje -es decir, no como dos pobres gentes en el lodo, ni tampoco, por decirlo así, como nobles o como reyes, sino de igual linaje. A solas consigo mismo uno no es nunca de igual linaje, es algo que siempre tiene altibajos. Pero el encuentro con el otro… tal vez sea erróneo decir “congenial”… pero con un espíritu equilibrado, uno mismo es sacado de esta alternancia de las sensaciones en la cual uno está cotidianamente, sumergido sin una lectura concentrada, y tiene por fin el equilibrio. Quiero decir, qué otra cosa hace el arte sino dar el equilibrio al que lo recibe o puede recibirlo atentamente, es decir, le da equilibrio y al mismo tiempo lo coloca en un plano de igualdad con la más pura de las naturalezas. Ahora yo mismo hablo más como lector, no hablo de mí como autor, sino para contar cómo me va con la lectura, cómo me fue.

Peter Handke
Diálogo con Herbert Gamper

Documental: Corinna Belz
Peter Handke: In The Woods, Might Be Late

*8 de septiembre de 1815 (Francfort) a Varnhagen en París

Ernst Junger, Hermann Prey y Vicco von Bülow

Durante los combates en Bapaum llevaba siempre conmigo en el guardarropas la edición de bolsillo del Tristam Shandy y también figuraba entre mis cosas cuando aguardábamos la orden de ataque ante la localidad de Favreuil. Puesto que se nos obligaba a esperar en la loma donde estaban las posiciones de artillería, desde el alba hasta bien pasado el mediodía, no tardó en invadirme el tedio, a pesar de que la situación entrañaba peligro. Así pues, comencé a hojearlo, y su melodía entreverada y atravesada por diversas luces, se desposó pronto, como una secreta voz de acompañamiento, con las circunstancias externas, en una armonía de claroscuro. Tras muchas interrupciones y tras haber leído algunos capítulos, recibimos finalmente la orden de ataque; guardé el libro de nuevo y al ponerse el sol ya había caído herido.
En el hospital militar retomé una vez más el hilo, como si todo lo acaecido en el intermedio sólo fuera un sueño o perteneciera al contenido mismo del libro, como si se hubiese interpolado un tipo particular de fuerza espiritual. Me administraron morfina y continué la lectura ora despierto ora aletargado, de tal modo que los múltiples estados de ánimo fragmentaron y ensamblaron una vez más los pasajes del texto ya mil veces fragmentados y ensamblados. Los accesos de fiebre que combatía con cócteles de borgoña y codeína, los bombardeos de artillería y aviación sobre el lugar a través del cual comenzaba a fluir la retirada y donde con frecuencia nos dejaban completamente olvidados, todas estas circunstancias aumentaban aún más el desconcierto, de modo que hoy sólo me ha quedado de aquellos días un recuerdo confuso de un estado de excitación mitad sensibilidad y mitad delirio, en el que uno mismo no se habría sorprendido ni siquiera por una erupción volcánica y en el que el pobre Yorick y el honrado tío Toby eran las figuras más familiares que se me presentaban.
Así, en circunstancias tan dignas, ingresé en la orden secreta de los shandystas, a la que, hasta el día de hoy, he permanecido fiel.

Ernst Junger
Tristam Shandy
El corazón aventurero

***

Tristam Shandy es un libro extraordinario en el que su protagonista no quiere nacer porque no quiere morir, al igual que no quería morir yo aquel día en Champs Elysées, aunque llevara mi Tristram en el bolsillo, el mejor pasaporte para la eternidad. Paso revista a mi vida y veo que el cometa Shandy, desde que apareció en ella, me la ha alegrado siempre, porque tiene duende. Me fascina esta novela tramada con un tenue hilo de narración y unos monólogos donde los recuerdos reales —como en la mejor de las hoy tan en boga autoficciones— ocupan muchas veces el lugar de los sucesos imaginados. Donde, como decía Alfonso Reyes, la risa está siempre a punto de estallar y de pronto se resuelve en lágrimas. Donde uno descubre de golpe, al borde del llanto alegre, que la vida puede ser triste. Claro que sí. La vida es shandy.

Enrique Vila-Matas
En el país de Tristam
Letras libres, 31 de marzo de 2004 

Foto: Stefan Moses
Ernst Junger, Hermann Prey y Vicco von Bülow
Munich, 1996

Samuel Beckett - Lufti Özkök

Año 1961. Más bien otoño, o principios de invierno. Samuel Beckett está sentado. Hace diez años que es rey, algo menos o algo más de diez años: ocho años, porque entonces se estrenó Godot; once años porque Jérôme Lindon publicó en bloque sus grandes novelas. Nada hay en Francia que pueda ponerlo en jaque o disputarle el trono en que se asienta. Sabido es que el rey tiene dos cuerpos: un cuerpo eterno, dinástico, que el texto entroniza y consagra, y al que arbitrariamente llamamos Shakespeare, Joyce, Beckett, o Bruno, Dante, Vico, Joyce, Beckett, pero se trata del mismo cuerpo inmortal ataviado con pasajeros andrajosos; y hay otro cuerpo mortal, funcional relativo, el andrajo, que se encamina a la carroña; que se llama, y nada más se llama, Dante y lleva un gorrito que le baja hacia la nariz chata; o nada más se llama Joyce, y entonces tiene anillos y mirada miope y pasmada; o nada más se llama Shakespeare, y es rentista bonachón y robusto con gorguera isabelina. O se llama nada más, y carcelariamente, Samuel Beckett; y en la cárcel de ese nombre se halla sentado, en el otoño de 1961, ante el objetivo de Lufti Özkök, turco y fotógrafo, fotógrafo esteticista que a su modelo vestido de oscuro le colocó detrás un paño oscuro, para dar al retrato que le va a hacer un toque del Ticiano o de Philippe de Champaigne, un marcado toque clásico. Tiene ese turco por manía, o por oficio, ser fotógrafo de escritores, es decir, retratar, recurriendo a cumplido artificio, maña y técnica, ambos cuerpos del rey, la simultánea aparición del cuerpo del Autor y el de su encarnación del momento, el Verbo divino y el saccus merdae. En la misma imagen.
Todo esto lo sabe Beckett, porque se trata de la infancia del arte, y porque es rey. Sabe también que con él, en cuanto con él tiene que ver, resulta más fácil esta operación mágica que si tuviera que ver con Dante o con Joyce, pues, a diferencia de Dante o de Joyce, es guapo, hermoso como un rey; con pupilas hielo, la ilusión del fuego bajo el hielo; con boca rigurosa y perfecta; y ese noli me tangere que le viene de nacimiento; para colmo de lujos, es hermoso con estigmas, la celestial flacura, las arrugas labradas con la tejoleta de Job, las orejas grandes y de carne, el look rey Lear. Sabe que, en cuanto con él tiene que ver, resulta esa operación demasiado fácil, como sucedería si el robusto rentista isabelino hubiera tenido el aspecto del rey Lear; y que casi no es posible hacerle una foto al sacas merodea llamado Samuel Beckett sin que surja en ese mismo instante el retrato del rey, la literatura en persona, mostrando, bien visibles en torno a las pupilas de hielo y las orejas grandes, el gorro de Dante, la gorguera isabelina  y, en un rincón, se la divise o no se la divise, la tejoleta de Job.
¿De todo lo dicho, de tal azar biológico o de tal justicia inmanente, se alegra Samuel Beckett en ese día de otoño de 1961? ¿Saca de ello ufanía, asco, o unas tremendas ganas de reírse? No lo sé, pero estoy seguro de que lo acepta. Dice: Soy el texto, ¿por qué no iba a ser iba a ser el icono? Soy Beckett, ¿por qué no voy a mostrar la apariencia de Beckett? Maté mi lengua, maté a mi madre; nací el día de la crucifixión; se entremezclan en mí los rasgos de San Francisco y los de Gary Cooper; el mundo es un teatro; las cosas ríen; Dios o la nada están eufóricos; interpretemos todos esos papeles como es debido. Adelante. Alarga la mano, toma y enciende un cigarrillo Boyard liado en papel blanco, tamaño grande, y se lo mete en la comisura de los labios, igual que Bogart, igual que Guevara, igual que un obrero de metal. Las pupilas de hielo toman al fotógrafo, y lo rechazan. Noli me tangere. Los signos rebosan. El fotógrafo dispara. Aparecen los dos cuerpos del rey.

Pierre Michon
Cuerpos del rey

***

Volviendo a la pequeña ceremonia del Médicis del 28 de noviembre de 1983, coincidí con Samuel Beckett. ¡Ah!, un imposible Samuel Beckett: nos damos la mano, nos saludamos y soy incapaz de pronunciar una sola palabra, pero lo cierto es que lo conozco. Como me muestro muy emocionado, horrible malentendido: Lindon me explica algunos días después que Beckett creyó que era el premio lo que me tenía conmocionado. Parecía sonado, juzgó el mismo Beckett. Sólo me lo cruzaré una vez más, algunos años después, en la calle Bernard-Palissy y no osé siquiera acercarme a saludarle.

Jean Echenoz
Jérôme Lindon, mi editor

Foto: Lufti Özkök
Samuel Beckett, 1961

kafkaDesde que Gide dijo que con los buenos sentimientos no se hace literatura, numerosos escritores se esfuerzan en escandalizar exhibiendo sentimientos que se pretenden inaceptables, festejando transgresiones pecaminosas, enfatizando en sus páginas brutalidad y violencia, desobedeciendo normas y prohibiciones. El mal parece seducir más que el bien, del mismo modo que resulta más halagador fanfarronear por las malas notas en conducta de la escuela. Pero el mal, exaltado por varios escritores, a los que les gustaría ser inmorales, es con frecuencia inocuo como el griterío en la escuela, es decir, no es el mal en absoluto. Si se quiere ensalzar el mal -mejor aún, con la retórica de las mayúsculas tan apreciada por las banalidades iconoclasta, el Mal- hay que tener el valor de aprobar la bomba atómica de Hiroshima sin tener en cuenta sus víctimas, el valor de admirar a los traficantes de armas que desencadenan guerras y masacres sólo por sus beneficios económicos, de alabar el linchamiento de un desgraciado cuyo color de piel es distinto y de apreciar las represiones de los falsos moralistas puritanos, porque también ellos, como instrumentos de abuso y violencia, son el mal. Si, por el contrario, se condenan todas estas cosas, significa que se respetan unas determinadas jerarquías de valores y sentimientos morales -lo que honra a quien los profesa y los experimenta-, pero es necesario, por eso precisamente, saber que no se forma parte de los diabólicos apóstoles de la transgresión y del mal, sino de los moralistas y de las personas de buenos sentimientos.
Muchos libros ostentosamente profanadores no consiguen ser de verdad desagradables -irritar, ofender, empujar, desgarrar- porque su provocación es la máscara, demasiado transparente, de sentimientos noblemente humanos y las faltas de control exhibidas son sólo simpáticas e inofensivas licencias goliardescas. Todo esto es motivo de orgullo para la humanidad de sus autores, porque es algo bueno que no haya muchas personas semejantes a Mengele o a los mafiosos que asesinan frente a los niños. Muchas veces, la literatura explicítamente transgresora está animada, muy en el fondo, por sentimientos tan buenos como para no poder enfrentarse con lo despiadado y lo cruel, tan frecuentes y tan frecuentemente triunfantes en la existencia. Leer a Genet no es irritante, porque las vicisitudes de sus vagabundos, aunque sórdidas e ilícitas, están rodeadas por un pathos sentimental que, a parte de la incisiva fuerza poética, no es menos cálido, a su manera, que el de Sin familia o de otras novelas conmovedoras de siglo XIX, y transmite un sentimiento de piedad y humanidad que resulta siempre “bueno” y consolador, un sentimiento que, intencionadamente, falta en Cumbres borrascosas, y que por ello es un libro mucho más terrible.
Esa terribilidad extremadamente desagradable es una defensa de lo humano, porque mirar a la Medusa de frente es la única posibilidad de presentar resistencia.

Claudio Magris
Como un puñetazo
Corriere della Sera, 22 de agosto de 1998
Alfabetos

Imagen: Franz Kafka

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