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Archivos Mensuales: octubre 2014

Scott Fitzgerald

Me he tomado un día libre en el trabajo de mi novela para ir al dentista, al médico y a mi agente; con este último discutí cuestiones económicas relacionadas con el cine por si vuelvo a trabajar en él en febrero.
Una vez que uno es atrapado por el mundo material, ni una entre diez mil personas encuentra tiempo para adquirir un gusto literario, para verificar la validez de ciertas ideas filosóficas o para adquirir lo que, a falta de una frase mejor, podría llamarse el sentido trágico e inteligente de la vida.

Francis Scott Fitzgerald
Carta a Scottie Fitzgerald (sin fecha)

Foto: Francis Scott Fitzgerald en 1936

Jean Giono

Imagino que Jean Giono habrá plantado no pocos árboles durante su vida. Sólo quien cavó la tierra para acomodar una raíz o una esperanza de que venga a serlo podría haber escrito la singularísima narrativa que es “El hombre que plantaba árboles”, una indiscutible obra maestra del arte de contar. Claro que para que tal cosa sucediese era necesario que existiese un Jean Giono, pero esa condición básica, afortunadamente para todos nosotros, era ya un dato adquirido y confirmado: el autor existía, lo que faltaba era que se pusiese a escribir la obra. También faltaba que el tiempo transcurriese, que la vejez se presentara para decir: “Aquí estoy”, pues tal vez solo con una edad avanzada, como ya entonces era la de Giono, es posible escribir con los colores de lo real físico, como él lo hizo, una historia concebida en lo más secreto de la elaboración de ficción. El plantador de árboles Elzéard Bouffier, que nunca existió, es simplemente un personaje construido con los dos ingredientes mágicos de la creación literaria, el papel y la tinta con que en él se escribe. Y con todo, acabamos conociéndolo a la primera referencia que de él se hace, como alguien a quien estuviéramos esperando hace mucho tiempo. Plantó miles de árboles en los Alpes franceses, después esos miles, por acción de la propia naturaleza así ayudada, se multiplicaron en millones, con ellos regresaron las aves, regresaron los animales de los bosques, regresó el agua, allí donde no había nada más que secano. En verdad, estamos esperando la aparición de unos cuantos Elzéard Bouffier reales. Antes de que sea demasiado tarde para el mundo.

José Saramago
Prólogo a El hombre que plantaba árboles de Jean Giono

Foto: Jean Giono

Montaigne Viaje a Italia

Siempre estamos en deuda con Montaigne; como habla de todo sin orden ni método, cada cual puede sacar de los Ensayos lo que le plazca, que a menudo es lo que otro ha despreciado. No hay autor que sea más fácil de apropiar, sin que precisamente pueda ser uno acusado de traicionarlo, porque da ejemplo y sin cesar se contradice y traiciona él mismo. “En verdad, y no temo confesarlo, en caso de necesidad llevaría fácilmente un cirio a san Miguel, otro a su serpiente” (Libro III, I). Algo que, a buen seguro, puede gustar más a la serpiente que a san Miguel. Además Montaigne no es muy querido de los hombres de partido, a quién él tampoco quería mucho. Esto explica que no gozara de gran favor, tras su muerte, al menos en una Francia ásperamente dividida por los partidos. De 1595 (recordemos que murió en 1592) a 1635, sólo hubo tres o cuatro nuevas ediciones de los Ensayos. Es en el extranjero, en Italia, España, y en especial, Inglaterra, donde Montaigne se hizo pronto popular durante ese tiempo de desfavor o semifavor en Francia. Encontramos en la obra de Bacon y en la de Shakespeare innegables huellas de la influencia de los Ensayos.
Al alejarse del cristianismo, lo que hace es acercarse por adelantado a Goethe. “Para mí, pues, amo la vida y la cultivo tal como le ha placido a Dios concedérnosla. La naturaleza es una dulce guía, pero no más dulce que prudente y justa” (Libro III,XIII). Estas frases, que son casi las últimas de los Ensayos, sin duda podría haberlas refrendado Goethe de buen grado más tarde. A esto conduce la sabiduría de Montaigne. Ninguna palabra es inútil; y Montaigne tiene gran cuidado de unir la idea de prudencia, justicia y cultura a su declaración de amor por la vida. […]
Esta rara y extraordinaria propensión, de la que nos habla a menudo, de escuchar e incluso adoptar la opinión de los demás, hasta dejarla prevalecer sobre la propia, lo retiene de aventurarse más en una ruta que será más tarde la de Nietzsche. Lo retiene también una prudencia natural de la cual, para su salvaguarda, no se separa de buen grado. Teme las regiones desérticas y aquellas en que el aire está demasiado rarificado. Pero una curiosidad inquieta lo espolea y, en el terreno de las ideas, no para, como durante sus viajes. El secretario que lo acompañaba escribió un diario de ruta. “Nunca lo vi menos cansado”, leeremos en él, “ni menos quejumbroso de sus dolores [padecía entonces cálculos urinarios, cosa que no le impedía permanecer a caballo durante horas], con el espíritu, tanto en los caminos como en las posadas, tan aguzado ante lo que encontraba, y buscando todas las ocasiones conversar con los extranjeros, que creo que eso engañaba su mal.” Declaraba no tener “otro proyecto que pasearse por lugares desconocidos” y, más adelante “tan grande era su placer viajando que odiaba aproximarse al lugar en que debía descansar”. Y también “acostumbraba a decir que, tras pasar una noche inquieta cuando por la mañana se acordaba de que tenía que ver una ciudad o una región nueva, se levantaba con deseo y alegría”.  Él mismo escribe en los Ensayos: “Sé bien que tomándolo al pie de la letra ese placer de viajar es testimonio de inquietud e irresolución. En realidad son nuestras cualidades maestras y predominantes. Sí, lo confieso, no veo nada, sólo en sueño y por deseo, donde pueda atraparme; sólo la variedad me satisface, y la posesión de la diversidad” (Libro III, IX).
Montaigne tenía casi cincuenta años cuando emprendió el primer y único gran viaje de su vida, a Alemania del sur e Italia. El viaje duró diecisiete meses; y seguramente habría durado mucho más, dado el extremo agrado que le producía, si la imprevista elección a la alcaldía de Burdeos no lo hubiera llamado pronto a Francia. A partir de ese momento traslada a las ideas esa valiente curiosidad que lo lanzaba a los caminos.

André Gide
Prólogo de los Ensayos de Montaigne

Imagen: Viaje a Italia por Michel de Montaigne 1580-1581

Las flores del mal

En cuanto a las poesías (aparecidas hace 15 días), como sabes, al comienzo tuve la intención de no mostrártelas. Pero, pensándolo mejor, me ha parecido que si esperabas, después de todo, hablar de este volumen –al menos por las críticas que yo te enviaría –, el pudor sería tan ridículo por mi parte como la prudencia por la tuya. He recibido para mí dieciséis ejemplares en papel ordinario, y cuatro en papel de hilo. Te he reservado uno de estos últimos; si no lo has recibido todavía es porque he querido enviarlo encuadernado. Sabes que siempre he considerado la literatura y las artes como algo que persigue una finalidad extraña a la moral; y que la belleza de concepción y de estilo me basta. Pero como verás, este libro cuyo título –Flores del mal– lo dice todo, está revestido de una belleza siniestra y fría; ha sido hecho con furor y paciencia. Por otra parte, la prueba de su valor incontestable está en todo lo malo que se ha dicho de él. El libro enfurece a la gente. Por lo demás, espantado yo mismo del horror que iba a inspirar, suprimí un tercio de las pruebas. Se me niega todo, el espíritu de invención e incluso el conocimiento de la lengua francesa. Yo me burlo de todos esos imbéciles, y sé que este volumen, con sus cualidades y sus defectos, hará camino en la memoria del público letrado, al lado de las mejores poesías de Víctor Hugo, de Théophile Gautier e incluso de Byron. Una sola recomendación: ya que vives con la familia Emon, no dejes el libro caiga en las manos de la señorita Emon. En cuanto al cura, a quien sin duda recibes, puedes mostrárselo. Pensará que estoy condenado y no osará leerlo. Se había extendido el rumor de que iba a ser perseguido, pero eso no ocurrirá. Un gobierno que tiene entre manos las terribles elecciones de París no tiene tiempo de perseguir a un loco.

Charles Baudelaire
Carta a Madame Aupick
París, jueves 9 de julio de 1857

Foto: Les Fleurs du Mal
Frontispicio de la edición de 1857 anotado por Charles Baudelaire

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