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Archivos Mensuales: septiembre 2013

Thomas Wolfe

Señor F. Scott Fitzgerald
c/o Charles Scribners’ Sons
597 Fifth Avenue, Nueva York

Querido Scott:
No sé dónde vives y estoy condenado si creo que alguien vive en un lugar llamado “El jardín de Alá”, que era lo que decía la dirección en tu sobre. Te envío esto a la vieja dirección que ambos conocemos tan bien.
La inesperada locuacidad de tu carta me sorprendió por completo. Me asombró oír noticias de ti pero no sé si puedo decir honestamente que estaba encantado. Tu ramo llegó oliendo dulcemente a rosas pero ocultando astutamente varios ladrillos de gran tamaño. No es que los resienta. Mi costado susceptible se endureció años atrás; como a todo el mundo, por momentos se me ha acusado de “resentir la crítica”, y aunque nunca he sido uno de esos muchachos que se largan a reír deliberada y estruendosamente, y se muestran de acuerdo cuando alguien les dice que todo lo que escriben es patético, creo que, como cualquier ciudadano americano de mi edad, he recibido golpes de los más llanos a los más variados. No siempre he sonreído y murmurado placenteramente: “Qué cierto lo que dice”, pero lo he escuchado todo, y he intentado beneficiarme cada vez que podía y acaso me hayan ayudado un poco. Sin duda no creo que haya sido terco respecto a eso. Tampoco he sido arrogante y despectivo, porque uno de los pecados que me persiguen, lo sepas o no, es la falta de confianza en lo que hago.
De modo que no estoy dolido por ti o por lo que sea que hayas dicho en tu carta. Y si hay algo cierto en lo que dices –alguna verdad para mí- puedes confiar que muy probablemente te lo diga. Sólo que me resulta que no hay sustancia en lo que dices. Hablas de tu “juicio” contra mí, y francamente no creo que tengas juicio. Dices que escribes estas cosas porque me admiras mucho y porque crees que mi talento es incomparable en este país o en cualquier otro, y porque eres mi amigo de siempre. Bueno Scott, no sólo estaría orgulloso o feliz de creer que todas estas cosas son ciertas sino que mi respeto y admiración hacia tu propio talento e inteligencia son tales que de verdad intentaría estar a su altura y merecerlos, y prestarle la atención más seria y respetuosa hacia cualquier cosa que digas de mi obra.
He intentado hacerlo. He leído tu carta varias veces y debo admitir que no parece decir demasiado. No sé adónde apuntas ni comprendo qué esperas o qué esperas que yo haga al respecto. Esto puede ser terco pero no es resentido. Puedo estar equivocado, pero todo lo que puedo deducir es que tú piensas que sería un buen escritor si fuera un escritor completamente distinto al escritor que soy.
Esto puede ser cierto pero no sé qué voy a hacer en esa dirección. Y no creo que tú puedas señalármela y no veo que tendrán que ver Flaubert y Zola, o lo que yo tenga que ver con ellos. Me pregunto si realmente crees que ellos tienen algo que ver con eso o si es que es algo que has escuchado en la universidad o leído en algún libro por ahí. Esta crítica de “o esto o lo otro” me parece a mí un sinsentido. Aparenta tener mucha sabiduría y autoridad, pero está vacía. ¿Por qué deberíamos concluir que si un hombre escribe un libro que no es como Madame Bovary es inevitablemente como Zola? Podré ser necio pero no logro ver esto. Dices que Madame Bovary se vuelve eterna mientras que a Zola lo zarandea el paso del tiempo. Bueno, esto puede ser cierto, pero si es cierto, ¿no es cierto porque Madame Bovary es un gran libro y aquellos que escribió Zola puede que no sean grandes? ¿No sería igual de cierto decir que Don Quijote o Pickwick o Tristam Shandy “se vuelven eternos”, mientras que al señor Galsworthy “lo zarandea el paso del tiempo”? Creo que es correcto decir esto y de tu hipótesis no queda demasiado, ¿no? Porque tu hipótesis se sostiene sobre un solo camino, sobre un método en lugar de otro. ¿Y alguna vez has notado con qué frecuencia resulta que lo que un hombre realmente hace es simplemente racionalizar su propio modo de hacer algo, el modo en que tiene que hacerlo, el camino que le ha brindado su talento y su naturaleza, hacia el único camino correcto e inevitable de hacerlo todo: una forma clásica y eterna entregada por Apolo desde el Olimpo sin el cual y más allá del cual no hay nada? Ahora tienes tu modo de hacer algo y yo tengo el mío, hay muchas maneras, pero honestamente te equivocas si crees que hay un “camino”. Supongo que acordaría contigo en cuanto a lo que dices de “la novela del incidente favorecido” mientras signifique algo. Digo, mientras que signifique algo cada novela, desde luego, es una novela de incidentes favorecidos. No hay novelas que no elijan sus incidentes. No podrías escribir sobre el interior de una cabina telefónica sin seleccionar. Podrías llenar una novela de mil páginas con la descripción de una sola habitación y aun así los detalles estarían elegidos. Y te he mencionado a Don Quijote y Pickwick y Los hermanos Karamazov y Tristam Shandy en oposición a La cuchara de plata y El mono blanco como ejemplos de libros que se han vuelto inmortales y que hierven y se derraman. Recuerda que, aunque en tu opinión Madame Bovary sea un gran libro, Tristam Shandy indudablemente es un gran libro, y que es un gran libro por razones diferentes. Es grande porque hierve y se derrama, por la cualidad no selectiva de sus incidentes. Dices que un escritor grande como Flaubert conscientemente ha dejado fuera material que Bill y Joe incorporarían. Bueno, Scott, no te olvides que un gran escritor no solo es alguien que deja cosas fuera sino también alguien que incorpora cosas, y que Shakespeare, Cervantes y Dostoievsky fueron grandes incorporadores, que de hecho incorporaban más de lo que quitaban y serán recordados por lo que pusieron. Recordados, me animaría a decir, en la medida que Flaubert será recordado por lo que dejó fuera.
En cuanto al resto en tu carta, acerca de cultivar un alter ego, de convertirse en un artista más consciente, mi amenidad o dolor, exuberancia o cinismo, y el modo en que nada es emocional… esto es digno de las grandes mentes que reseñan libros en el presente, los Fadiman y De Voto, pero no tuyos. Porque eres un artista y el artista es el único que tiene inteligencia crítica. Tú mismo has tenido que trabajar y sudar sangre y sabes lo que es intentar escribir una palabra que esté viva y crear algo vivo. De modo que no me hables de esa tontería llamada exuberancia y de ser un artista consciente o de no destacar ciertas cosas emocionalmente, o el resto de lo que dices. Deja que los Fadiman y los De Voto hablen de esas cosas, pero no Scott Fitzgerald. Tienes demasiado sentido común y sabes demasiado. Los pequeños muchachos que no saben podrán figurarse a un hombre como un gran “corpulento” de un metro noventa y ocho con zapatones de granjero que muerde un trozo de tabaco, inclina el recipiente de licor de maíz y deja que la mitad del contenido gorgotee por su garganta, se limpia la boca con el reverso de su pezuña peluda, salta noventa centímetros en el aire y hace chocar sus talones cuatro veces antes de caer otra vez al suelo y gritar: “¡Epa, muchachos, soy un hijo de perra de Buncombe County, desarraigado, bochindero y disparador, fuera de mi camino todos, aquí vengo yo!”, y luego acolcha tres mil palabras, las arroja sobre una página en blanco, le pone cubiertas y dice: “¡Aquí está mi libro!”.
Ahora bien, Scott, los muchachos que escriben reseñas de libros en Nueva York pueden llegar a creer que se hace de esa manera, pero el hombre que escribió Suave es la noche lo sabe mejor. Tú sabes que nunca lo hiciste de ese modo, tú sabes que yo tampoco, tú sabes que nadie que haya escrito una línea que valga la pena leerse lo hizo así. Entonces, joven colega, no me arrojes esa cantinela. Y no creas que estoy resentido. Pero las cantinelas me cansan: las soportaría si viniera de un idiota o de un reseñista peor no de un amigo que conoce la verdad. Quiero ser un artista mejor.  Quiero ser un artista más selectivo. Quiero ser un artista más refrenado. Quiero usar el talento que tenga, controlar las fuerzas que posea, canalizar la energía de modo que la pueda utilizar más limpiamente, con más firmeza y para un mejor propósito. Pero no quiero oír hablar de Flaubert, ni de Bovary, ni de Zola. Y tampoco de la exuberancia. Deja estas cosas para aquellos que comercializan con ellas y dame, te lo ruego, los beneficios de tu enorme inteligencia y tus elevadas facultades creativas, que admiro tan genuina y profundamente. Regreso a la soledad por dos o tres años. Intentaré hacer la mejor obra, la más importante que haya hecho nunca. Lo tendré que hacer solo. Perderé la poca reputación que haya obtenido, oiré y sabré y soportaré en silencio otra vez toda la duda, la crítica y el ponerme en ridículo, los post-mortem que con tantas ansias desean leer aun antes de que estés muerto. Sé lo que significa y tú también lo sabes. Ya ambos lo hemos sufrido alguna vez. Sabemos que es la pura y simple y maldita verdad. En fin, lo soporté una vez y creo que podré soportarlo de nuevo. Pienso que sé un poco más de lo que sabía antes, ciertamente sé que puedo esperar e intentaré que no me logre deprimir. Esa es la razón por la cual esta vez iré en busca de una comprensión inteligente entre algunos de mis amigos. No me avergüenza decir que la necesitaré. Dices en tu carta que eres mi amigo desde siempre. Te aseguro que me hace muy bien oír esto. Ven por mí sin los guantes puestos si crees que lo necesito. Pero no me trates como De Voto. Si lo haces, te desafiaré a que justifiques tus dichos.
Este verano estoy aquí en una cabaña en el campo y lo estoy disfrutando. También trabajo. No sé por cuánto tiempo estarás en Hollywood o si tienes un trabajo allí, pero espero poder verte lo antes posible y que todo ande bien contigo. Pienso como siempre que Suave es la noche tiene en sí el mejor trabajo que hayas hecho nunca. Y confío que lo superarás en el futuro. Como sea, te mando mis mejores deseos como siempre para tu salud, tu trabajo y tu éxito. Cuéntame algunas noticias. La dirección es Oteen, Carolina del Norte, a pocas millas de Asheville. Como sabes, Ham Basso no está lejos, en Pisgah Forest, y pronto vendrá a verme y tal vez hagamos un viaje juntos para visitar a Sherwood Anderson. Y esto es todo por ahora, no muy selectivo, como es habitual. Adiós, Scott, y buena suerte.

Tuyo siempre,

Tom Wolfe
Carta a F. Scott Fitzgerald
27 de julio de 1937

Foto de Thomas Wolfe, 1937, Asheville

Don BudgePara mí el diálogo, tal como podemos hallarlo en cualquier novela realista, es casi siempre artificial y ampuloso. Así, el diálogo que escuchamos en la comedia burguesa de comienzos de siglo ha pasado al relato con sus fórmulas hechas y sus mecanismos convencionales. A tal pregunta debe seguir, lógicamente, tal respuesta; a tal respuesta tal reacción psicológica. Las palabras saltan de boca en boca como pelotas de tenis, y cada uno de los jugadores sabe cuál es el raquetazo que corresponde a determinadas trayectorias.
Yo aconsejaría el experimento siguiente: ocúltese el micrófono debajo de un mueble cuando varias personas están conversando despreocupadamente y examínese el resultado, reloj en mano. Se verá con sorpresa que ningún tema de conversación se sostiene durante más de dos o tres minutos. Las palabras corren de la Ceca a la Meca, por mecanismos de asociación de ideas, en tránsitos que a veces no duran ni treinta segundos. Se pasa con vertiginosa rapidez de la enfermedad de un amigo a la exposición canina, al estreno de una obra, las carreras de caballos, al último libro leído, a las bellezas de la filatelia, a los amoríos de fulano, al suceso del día, a la compra ventajosa que se puede hacer en una tienda cercana… Pero no es todo; el lenguaje hablado procede por elipsis. Los interlocutores se entienden a medias palabras en virtud del mutuo conocimiento de ciertos tópicos.
Los diálogos novelísticos me horrorizan porque no corresponden a ninguna realidad.

Alejo Carpentier
Entrevistas, 1985

Foto de Don Budge, 1938

Vila-Matas Echenoz

Me parece muy seductor presentar libros que no existen y creo que se parece a un gesto del que Borges fue el pionero: hacer reseña de un libro inventado. Presentar libros que uno ha escrito tiene, en cambio, bien poco de seductor. Parece que a uno le castiguen por haber escrito ese libro. Es como si fuera una sanción que te imponen por haberlo publicado, como si quisieran advertirte de que no se te ocurra volver a hacerlo.

¿Qué habría ocurrido si a Kafka le hubieran preguntado, una y otra vez en entrevistas, qué significaba el escarabajo de La metamorfosis? Aunque él hubiera contestado que no lo sabía, nos habrían privado como lectores del misterio y la libertad de imaginación, dos de los grandes encantos de toda lectura. Ahora me doy cuenta de que fue eso precisamente de lo que hablábamos tú y yo, Jean, en el pasillo de la sala de actos del Institut Franais en la última ocasión en que nos vimos, que fue cuando presentaste Je m’en vais en Barcelona.

En realidad, seguro que lo sabes, nosotros sólo nos hemos visto en presentaciones de libros. Pero yo pienso que el destino de nuestra amistad no tiene por qué pasar forzosamente por las odiosas presentaciones de libros. Mira Jean, tendríamos que ir pensando en encontrarnos alguna vez en un escenario distinto: en la presentación de un libro que no exista, por ejemplo.

Enrique Vila-Matas
De la impostura en literatura
Vila-Matas/Jean Echenoz

Foto: Enrique Vila-Matas y Jean Echenoz
Fuente: http://www.enriquevilamatas.com/

herman-melville

Para mí el gran visionario y poeta del mar es Melville. Su visión es más real que la de Swinburne, al no atribuir personalidad al mar, y mucho más sólida que la de Joseph Conrad porque Melville no adscribe al océano sentimentalismo alguno ni tampoco a los desdichados que sobreviven por esos mares.  Gimoteando sobre un pañuelo empapado como Lord Jim.
Melville tiene la magia misteriosa y extraña de las criaturas marinas y algo de su repugnancia. No es del todo un animal terrestre. Tiene algo de escurridizo. Siempre hay algo marino en él. En vida dijeron que estaba loco –o perturbado. No estaba ni loco ni perturbado. Pero estaba al borde de serlo. Una de sus mitades era un animal marino, como aquellos terribles vikingos de barba rubia que rompían las olas con sus afilados barcos.
Era un vikingo moderno. Sucede algo curioso con quienes tienen los ojos realmente azules. No son nunca completamente humanos, en el buen sentido clásico, humanos como lo son quienes tienen los ojos castaños: lo humano del humus de la vida. En las personas de auténticos ojos azules normalmente hay algo abstracto, elemental. Las personas de ojos castaños son, por así decirlo, como la tierra, que es un tejido de vida pasada, orgánica, compuesta. En los ojos azules hay sol y lluvia y un elemento abstracto, no creado, agua, hielo, aire, espacio, pero no hay humanidad. Las personas de ojos castaños son personas del viejo, viejísimo mundo: Allzu menschlich*. Las personas de ojos azules tienden a ser demasiado sutiles y abstractas.
Melville es como un vikingo rumbo a su morada, el mar, demorado por la edad y los recuerdos, y, por una especie de insuperable desesperación, casi delirante. Porque no puede aceptar la humanidad. No puede pertenecer a la humanidad. No puede.

D.H. Lawrence
Estudios sobre literatura clásica norteamericana

Retrato de Hermann Melville

* Demasiado humanos

autorretrato Antonin Artaud

Muy señor mío,

Acabo de leer en la revista “Fontaine” dos artículos suyos sobre Gérard de Nerval que me han causado una extraña impresión.
A través de mis libros debe Vd. saber que soy una persona violenta y arrebatada, sumido en espantosas tempestades internas, que siempre he canalizado a través de poemas, de pinturas, de puestas en escena y de escritos, porque Vd. ha de saber también, por mi vida, que estas tempestades jamás las manifiesto exteriormente. Quiero decirle con esto hasta qué punto he sentido siempre que la vida de Gérard de Nerval era muy parecida a la mía y hasta qué punto sus poemas de las Quimeras, sobre los que Vd. apoya todo su esfuerzo de elucidación, representan para mí esa especie de nudos del corazón, esos viejos colmillos de una acrimonia mil veces reprimida y extinguida y de la que Gérard de Nerval a partir del seno de sus tumores de espíritu ha llegado a hacer vivir a unos seres, seres, que ha tomado de la alquimia, que ha reivindicado a los mitos y que ha salvado de la sepultura de los Tarots. Para mí el Anteros, la Isis, el Kneph, Belus, Dagon o la Myrtho de la Fábula, son sino seres inauditos y nuevos que no tienen en absoluto la misma significación y que tampoco transmiten las angustias célebres, sino las angustias fúnebres de Nerval que se ahorcó una mañana y nada más. Quiero decir que la capacidad de represión de gran poeta ante los mitos es absoluta, pero que Gérard de Nerval, como Vd. dice en algunos pasajes de sus artículos ha añadido a ella su propia transfiguración, no la de un iluminado, sino la de un ahorcado y que siempre olerá a ahorcado. Para colgarse de madrugada en un farol de una calle sospechosa es necesario tener torsiones de corazón como primicias de esa inmanencia de ahorcamiento. Es necesario tener unas angustias de las que Gérard de Nerval ha sabido hacer músicas increíbles, pero cuyo valor no reside en la melodía, sino en el bajo, quiero decir, la caverna baja, abdominal de un corazón herido […].

Antonin Artaud
Proyecto de carta a Georges Le Breton
Rodez, 7 de marzo de 1946

Autorretrato de Antonin Artaud, 1924

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