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Archivos Mensuales: enero 2015

Albert Camus

¿Qué es, pues, el arte? Nada simple, eso es seguro. Y es aún más difícil saberlo en medio de los gritos de tantas gentes empecinadas en simplificarlo todo. Se quiere, por una parte, que el genio sea espléndido y solitario; se le conmina, por otra parte, a parecerse a todos. Pero ¡ay!, la realidad es más compleja. Balzac lo dio a entender en esta frase: “El genio se parece a todo el mundo y nadie se le parece”. Lo mismo ocurre con el arte, que no es nada sin la realidad, y sin que la realidad es muy poca cosa. En efecto, ¿cómo podría el arte prescindir de la realidad y cómo podría someterse a ella? El artista escoge su objeto tanto como es escogido por éste. El arte, en un cierto sentido, es una rebelión contra el mundo en lo que tiene de huidizo e inacabado; no se propone, pues, otra cosa que dar otra forma a una realidad que, sin embargo, está obligado a conservar porque es la fuente de su emoción. A este respecto, todos somos realistas y nadie lo es. El arte no es ni la negación total ni el consentimiento total a lo que es. Es al mismo tiempo negación y consentimiento, y por eso no puede ser sino un desgarramiento perpetuamente renovado. El artista se encuentra siempre en esa ambigüedad, incapaz de negar lo real y, sin embargo, eternamente dedicado a negarlo en lo que tiene de eternamente inacabado. Para hacer una naturaleza muerta es preciso que se enfrenten y se corrijan recíprocamente un pintor y una manzana. Y aunque las formas no sean nada sin la luz del mundo, añaden luminosidad a su vez a esta luz. El universo real que, por su esplendor, suscita los cuerpos y las estatuas, recibe de ellos al mismo tiempo una segunda luz que fija la del cielo. El gran estilo se halla así a medio camino entre el artista y su objeto.
No se trata, pues, de saber si el arte debe rehuir lo real o someterse a ello, sino únicamente de conocer la dosis exacta de realidad con que debe lastrarse la obra para que no desaparezca en las nubes ni se arrastre, por lo contrario, con suelas de plomo. Cada artista resuelve este problema como buenamente puede o entiende. Cuanto más fuerte sea la rebelión de un artista contra la realidad del mundo, mayor será el peso de lo real necesario para equilibrarla. La obra más alta será siempre, como en los trágicos griegos, en Melville, Tolstói o Molière, la que equilibre lo real y su negación en un avivamiento mutuo semejante a ese manantial incesante que es el mismo de la vida alegre y desgarrada. Entonces surge, de tarde en tarde, un mundo nuevo, diferente del de todos los días y, sin embargo, el mismo, particular pero universal, lleno de inseguridad inocente, suscitado durante algunas horas por la fuerza y la insatisfacción del genio. Es eso y, sin embargo, no es eso; el mundo no es nada y es todo, he ahí el doble e incansable grito de cada artista verdadero, el grito que lo mantiene en pie, con los ojos siempre abiertos, y que, de tarde en tarde, despierta para todos en el seno del mundo dormido la imagen fugitiva e insistente de una realidad que reconocemos sin haberla conocido jamás.

Albert Camus
Discurso de Suecia
Conferencia del 14 de diciembre de 1957

Foto de Loomis Dean
Time & Life Pictures/Getty Image

Leonardo Sciascia en Sicilia

Quienes escriben libros, digamos, de imaginación, conocen lo difícil que es, casi imposible, reconstruir su génesis, volver a encontrar la primera semilla, el primer elemento, la primera insinuación de donde surgieron, en suma, lo que se suele llama “la idea”. Y no es menos difícil dar cuenta del desarrollo de esa idea, de las muchas, diversas y casuales yuxtaposiciones o eflorescencias: algo similar a lo que Stendhal, de quien queremos hablar, llama, en amor, “cristalizaciones”.
“¿Cómo se le ocurrió la idea?”, le preguntaron con frecuencia al autor de una novela, de un relato. “¿Cómo se me ocurrió la idea?”, se pregunta el autor, y la respuesta que encuentra inaugura, dentro de él, como un juego de cajas chinas, porque siempre hay una segunda dentro de la primera, una tercera dentro de la segunda y así sucesivamente.
¿Cómo se le ocurrió a Stendhal la idea de escribir Le rouge et le noir? ¿Por el caso del ebanista Adrien Lafargue, que a comienzos de 1829, en Bagnéres-de-Bigorre, mató a su amante? (Como sostiene, pero sin excluir el otro caso, Claude Lipandri en su Au coeur du Rouge. L’affaire Lafargue et “Le Rouge et le Noir”, 1961). ¿O por el caso del ex seminarista Antoine Berthet, que el 22 de julio de 1827, en Brangues, en la iglesia y en el momento de la comunión, disparó un tiro contra la señora Michoud y otro contra sí mismo, y quedaron vivos ambos, pero él hasta el 23 de febrero de 1828, cuando fue guillotinado en Grenoble? (Como muestra el libro de Rene Fonvieille, Le véritable Julien Sorel, publicado justo diez años después del de Lipandri) Y Stendhal ¿habría podido dar una respuesta segura –no digamos a los demás, puesto que con los demás hacía todo lo posible por entreverar las cartas– sino a sí mismo?
En el margen de un ejemplar de sus Promenades dans Rome, una vez anotó que la “idée de Julien depuis appelée le Rouge et le Noir” se le había ocurrido quizá (“je crois”) la noche del 25 al 26 de octubre de 1828, en Marsella. Pero Martineau considera que el 1828 debe ser corregido por el 1829, ya que esa noche, de ese año, era absolutamente imposible que Stendhal estuviese en Marsella; mientras que De Marsan está convencido de que debe leerse 1827.
En síntesis: un año antes o un año después, pero con seguridad no el señalado por Stendhal. Sin duda la anotación responde a la verdad en lo que se refiere al lugar, Marsella; y es posible que Stendhal la escribiera, como de costumbre, para crear confusión. Como si toda su vida fuese una conspiración que era necesario defender con cuidado minucioso, a través de ficciones y mistificaciones, de la vigilancia de una policía que trasciende a la de los Borbones y de los Habsburgo y se eleva, arrastrando a sus futuros lectores y exégetas, a la categoría existencial. Y fue en efecto esa actitud suya lo que, además de la vitalidad y el encanto de la obra, ha provocado y hace cada vez más aguda esa pasión de descubrir al hombre Stendhal a través de investigaciones no menos minuciosas que sus mistificaciones.

Leonardo Sciascia
Al margen de Stendhal

Foto: Sciascia en Racalmunto, 1983
Fuente: La Repubblica de Palermo

Previamente, en Calle del Orco:
“No acabaría nunca con Stendhal”
La palabra “adorable”, Leonardo Sciascia

Milan Kundera

Puede decirse de todas las novelas: su historia común las pone en múltiples relaciones mutuas que iluminan su sentido, prolongan su alcance y las protege del olvido. ¿Qué quedaría de François Rabelais si Sterne, Diderot, Grass, Gombrowicz, Vancura, Gadda, Fuentes, García Márquez, Kiš, Juan Goytisolo, Chamoiseau, Rushdie no hubieran emitido el eco de sus locuras en sus novelas? A la luz de Terra nostra (1975) vemos en Los sonámbulos (1929-1932) todo el alcance de su novedad estética, que cuando apareció apenas era perceptible, y en la cercanía de esas dos novelas Los versos satánicos (1991), de Salman Rushdie, deja de ser actualidad política efímera y se convierte en una gran obra que, con sus oníricas confrontaciones de épocas y continentes, desarrolla las más audaces posibilidades de la novela moderna. ¡Y Ulises! Sólo puede comprenderla quien se haya familiarizado con la vieja pasión del arte de la novela por el misterio del momento presente, por la riqueza contenida en un único segundo de vida, por el escándalo existencial de la insignificancia. Situado fuera del contexto de la historia de la novela, Ulises no sería sino un capricho, la incomprensible extravagancia de un loco.
Arrancadas de la historia de sus artes, poco queda de las obras de arte.

Milan Kundera
El Telón. Ensayo en siete partes

Foto: Milan Kundera con su perro en Praga
©AFP

>>> En el otro lado del cuadrilátero: Jorge Luis Borges <<<

Jorge Luis Borges

Creo que he alcanzado, si no cierta sabiduría, quizá cierto sentido común. Me considero un escritor. ¿Qué significa para mí ser escritor? Significa simplemente ser fiel a mi imaginación. Cuando escribo algo no me lo planteo como objetivamente verdadero (lo puramente objetivo es una trama de circunstancias y accidentes), sino como verdadero porque es fiel a algo más profundo. Cuando escribo un relato, lo escribo porque creo en él: no como uno cree en algo meramente histórico, sino, más bien, como uno cree en un sueño o en una idea.
Creo que quizá nos despiste uno de los estudios que más valoro: el estudio de la historia de la literatura. Me pregunto (espero que no sea una blasfemia) si no le prestamos demasiada atención a la historia. Atender a la historia de la literatura –o de cualquier otro arte, si vamos a eso– es en realidad una forma de incredulidad, de escepticismo. Si me digo, por ejemplo, que Wordsworth y Verlaine fueron excelentes poetas del siglo XIX, corro el peligro de pensar que el tiempo los ha destruido en cierta medida, que ya no son tan buenos como fueron. Creo que la idea antigua de que podemos reconocer la perfección del arte sin tener en cuenta las fechas era mejor.
He leído algunas historias de la filosofía india. Los autores (ingleses, alemanes, franceses, americanos) siempre se asombran de que en la India la gente no tenga sentido de la historia, de que traten a todos los pensadores como si fueran contemporáneos. Traducen las palabras de la filosofía antigua a la moderna jerga de la filosofía de hoy. Pero esto significa algo magnífico: confirma la idea de que uno cree en la filosofía o de que uno cree en la poesía; de que las cosas que fueron bellas pueden ser bellas aún.
Aunque supongo que soy completamente antihistórico cuando digo esto (puesto que, evidentemente, los significados y connotaciones de las palabras cambian) , sigo pensando que hay versos –por ejemplo, cuando Virgilio escribió «Ibant obscuri sola sub nocte per umbram» (me pregunto si habré escandido el verso como debiera: mi latín está bastante oxidado), o cuando un antiguo poeta inglés escribió «Norpan sniwde…», o cuando leemos «Music to hear, why hear’st thou music sadly? / Sweets with weets war not, joy delights in joy»– en los que, en cierta medida, estamos más allá del tiempo. Pienso que hay eternidad en la belleza; y esto, por supuesto, es lo que Keats tenía en mente cuando escribió «A thing of beauty is a joy forever» («Lo bello es gozo para siempre» ). Aceptamos este verso, y lo aceptamos como una especie de verdad, como una especie de fórmula. Alguna vez tengo el coraje y la esperanza suficientes para pensar que puede ser verdad: que, aunque todos los hombres escriben en el tiempo, envueltos en circunstancias y accidentes y frustraciones temporales, es posible alcanzar, de algún modo, un poco de belleza eterna.

Jorge Luis Borges
Credo de Poeta
Conferencia pronunciada en la Universidad de Harvard
Curso 1967-1968

Foto: Jorge Luis Borges

>>> En el otro lado del cuadrilátero: Milan Kundera <<<

 Julio Cortázar cinetizado

Como ustedes pueden ver, para mí la idea de lo fantástico no significa solamente una ruptura con lo razonable y lo lógico o, en términos literarios y sobre todo de ciencia ficción, la representación de acontecimientos inimaginables dentro de un contexto cotidiano. Siempre he pensado que lo fantástico no aparece de una forma áspera y directa, ni es cortante, sino que más bien se presenta de una manera que podríamos llamar intersticial, que se desliza entre dos momentos o dos actos en el mecanismo binario típico de la razón humana a fin de permitirnos vislumbrar la posibilidad de una tercera frontera, de un tercer ojo, como tan significativamente aparece en ciertos textos orientales. Hay quien vive satisfecho en una dimensión binaria y prefiere pensar que lo fantástico no es más que una fabricación literaria; hay incluso escritores que sólo inventan temas fantásticos sin creer en modo alguno en ellos. En lo que a mí se refiere, lo que me ha sido dado inventar en este terreno siempre se ha realizado con una sensación de nostalgia, la nostalgia de no ser capaz de abrir por completo las puertas que en tantas ocasiones he visto abiertas de par en par durante unos pocos fugaces segundos. En ese sentido la literatura ha cumplido y cumple una función que debiéramos agradecerle: la función de sacarnos por un momento de nuestras casillas habituales y mostrarnos, aunque sólo sea a través de otro, que quizá las cosas no finalicen en el punto en que nuestros hábitos mentales presuponen.

Julio Cortázar
El estado actual de la narrativa en Hispanoamérica

Imagen de Julio Cortázar cinetizada por Pol Bury

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