La conspiración de Stendhal, Leonardo Sciascia

Leonardo Sciascia en Sicilia

Quienes escriben libros, digamos, de imaginación, conocen lo difícil que es, casi imposible, reconstruir su génesis, volver a encontrar la primera semilla, el primer elemento, la primera insinuación de donde surgieron, en suma, lo que se suele llama “la idea”. Y no es menos difícil dar cuenta del desarrollo de esa idea, de las muchas, diversas y casuales yuxtaposiciones o eflorescencias: algo similar a lo que Stendhal, de quien queremos hablar, llama, en amor, “cristalizaciones”.
“¿Cómo se le ocurrió la idea?”, le preguntaron con frecuencia al autor de una novela, de un relato. “¿Cómo se me ocurrió la idea?”, se pregunta el autor, y la respuesta que encuentra inaugura, dentro de él, como un juego de cajas chinas, porque siempre hay una segunda dentro de la primera, una tercera dentro de la segunda y así sucesivamente.
¿Cómo se le ocurrió a Stendhal la idea de escribir Le rouge et le noir? ¿Por el caso del ebanista Adrien Lafargue, que a comienzos de 1829, en Bagnéres-de-Bigorre, mató a su amante? (Como sostiene, pero sin excluir el otro caso, Claude Lipandri en su Au coeur du Rouge. L’affaire Lafargue et “Le Rouge et le Noir”, 1961). ¿O por el caso del ex seminarista Antoine Berthet, que el 22 de julio de 1827, en Brangues, en la iglesia y en el momento de la comunión, disparó un tiro contra la señora Michoud y otro contra sí mismo, y quedaron vivos ambos, pero él hasta el 23 de febrero de 1828, cuando fue guillotinado en Grenoble? (Como muestra el libro de Rene Fonvieille, Le véritable Julien Sorel, publicado justo diez años después del de Lipandri) Y Stendhal ¿habría podido dar una respuesta segura –no digamos a los demás, puesto que con los demás hacía todo lo posible por entreverar las cartas– sino a sí mismo?
En el margen de un ejemplar de sus Promenades dans Rome, una vez anotó que la “idée de Julien depuis appelée le Rouge et le Noir” se le había ocurrido quizá (“je crois”) la noche del 25 al 26 de octubre de 1828, en Marsella. Pero Martineau considera que el 1828 debe ser corregido por el 1829, ya que esa noche, de ese año, era absolutamente imposible que Stendhal estuviese en Marsella; mientras que De Marsan está convencido de que debe leerse 1827.
En síntesis: un año antes o un año después, pero con seguridad no el señalado por Stendhal. Sin duda la anotación responde a la verdad en lo que se refiere al lugar, Marsella; y es posible que Stendhal la escribiera, como de costumbre, para crear confusión. Como si toda su vida fuese una conspiración que era necesario defender con cuidado minucioso, a través de ficciones y mistificaciones, de la vigilancia de una policía que trasciende a la de los Borbones y de los Habsburgo y se eleva, arrastrando a sus futuros lectores y exégetas, a la categoría existencial. Y fue en efecto esa actitud suya lo que, además de la vitalidad y el encanto de la obra, ha provocado y hace cada vez más aguda esa pasión de descubrir al hombre Stendhal a través de investigaciones no menos minuciosas que sus mistificaciones.

Leonardo Sciascia
Al margen de Stendhal

Foto: Sciascia en Racalmunto, 1983
Fuente: La Repubblica de Palermo

Previamente, en Calle del Orco:
“No acabaría nunca con Stendhal”
La palabra “adorable”, Leonardo Sciascia

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