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Archivos Mensuales: febrero 2016

Vargas Llosa por Sergio Urday

¿Para qué sirve la literatura?

Ésta es una pregunta que no sólo se formulan los enemigos de la literatura y los lectores, sino también los escritores. Cuando era joven, cuando descubrí mi vocación de escritor, era la época del existencialismo, los años de la literatura comprometida. Todos estábamos de acuerdo en que la literatura servía. Algunos pensaban que servía como una manifestación de militancia política; por ejemplo, los comunistas que creían en el realismo socialista como un arma de combate de la revolución mundial, y que a través de la literatura, se podía explicar lo que era la lucha de clases.

Pero la literatura comprometida tenía otra opción más sutil, más rica, mucho más convincente, que esbozó Sartre en su ensayo “¿Qué es la literatura?”, y que, creo, marcó profundamente a muchos los escritores de mi generación. A mí desde luego me inculcó una visión de la literatura que, a pesar de haberme distanciado mucho de las ideas de Sartre desde entonces, todavía tengo presente. La idea de Sartre es que la literatura no puede escapar de ninguna manera a su tiempo y que la literatura no es ni puede ser un mero entretenimiento. La literatura es una forma de acción, las palabras son actos la célebre frase de Sartre y a través de la literatura, uno influye en la vida de otros y en la historia. No de una manera determinante, premeditada, con efectos políticos más o menos inmediatos, como creían los partidarios del realismo socialista. Pero sí de una manera indirecta, formando unas conciencias que están detrás de unas conductas. De tal manera que, indirectamente, la literatura sirve, contribuye a la acción en el seno de la sociedad.

Esas ideas estuvieron muy arraigadas en América, en Europa y en el mundo entero en los años 60. A partir de los 70 comenzaron a ser revisadas y creo que hoy muy pocas personas en el mundo las comparten. Han salido muchas ideas sobre lo que es la literatura, pero lo que flota en el ambiente es que la literatura sirve para algo o, si no, no se explica que todavía sigamos leyendo historias. No creo que sea una actividad sin consecuencias cuya única razón sea hacer pasar un buen rato a las personas.

El entretenimiento está muy bien. No hay que sentirse desmoralizado si la literatura sólo sirve para entretener. No obstante estoy convencido de que la literatura tiene efectos en la vida. Pero esos efectos no se pueden premeditar. No hay manera de que el autor planifique lo que escribe para que su libro tenga determinadas consecuencias en la realidad.

Un pueblo contaminado de ficciones es más difícil de esclavizar que un pueblo aliterario o inculto. La literatura es enormemente útil porque es una fuente de insatisfacción permanente; crea ciudadanos descontentos, inconformes. Nos hace a veces más infelices, pero también nos hace muchísimo más libres.

El producto audiovisual no puede sustituir esa función de la literatura. Me gusta mucho el cine, veo dos o tres películas por semana, pero estoy convencido de que las ficciones cinematográficas de ninguna manera tienen ese corolario lento, retardado, que posee la literatura en el sentido de sensibilizarme respecto a lo que son las deficiencias de la realidad y hacerme sentir la importancia de la libertad. Creo que por allí podemos responder para qué sirve la literatura. Sirve para entretener, desde luego. No hay nada más entretenido que un poema o una gran novela, pero ese entretenimiento no es efímero. Deja una marca secreta y profunda en la sensibilidad y en la imaginación.

Mario Vargas Llosa
Discurso de investidura como doctor honoris causa por la Universidad de Salamanca
6 de julio de 2015

Foto: Mario Vargas Llosa
Sergio Urday

Romain Rolland

No estoy todavía muy adelantado en mi lectura; ya han pasado los tiempos en que contemplaba a menudo en mi biblioteca hileras de libros, leía los títulos y tomaba la resolución, ante algunos de los que había amado un día, de releerlos una vez más. No obstante estos últimos días he vuelto a coger uno de esos viejos libros y he releído algunos capítulos. Era el Colas Breugnon de Romain Rolland. Hacía más de veinte años que no lo había hojeado, pero en todo ese tiempo no olvidé jamás la dedicatoria con la que Rolland me lo había dado en la primavera de 1919. Abrí las tapas ya muy amarillentas y volví a leer las palabras de la dedicatoria: A Hermann Hesse ofrezco afectuosamente este frasco de viejo borgoña para hacer frente a la melancolía. Estas palabras fueron escritas en el libro en abril de 1919, con su escritura enérgica, danzante, en líneas que saltan y con intervalos desiguales. Esa escritura tiene algo de la jovialidad y de la alegría de Breugnon. Tomé pues una copa de viejo borgoña: volví a leer tres capítulos: la visita a la casa de la mujer que amó en su juventud –Belette-, La Muerte y la Vieja, y La Casa quemada. Me había entregado a la lectura con ese matiz de ansiedad con el que se vuelve a coger, mucho tiempo después, un libro que se ha amado. Es, siempre, una prueba; siempre hay la posibilidad de que, ya el libro, ya el lector, no soporten la prueba. En el caso presente había que contar con que, desde el comienzo de nuestra amistad en los primeros años terribles de la guerra, yo había siempre buscado, amado y venerado en Rolland, más al gran hombre y al amigo de los hombres, que al hombre de letras. Pero he aquí que ese viejo borgoña tenía un perfume más cálido y más precioso que antaño; me abandoné al bienestar de ese encuentro, y detrás del libro volví a ver al poeta, con su faz ascética y sus ojos claros y penetrantes; esos ojos podían, a veces, en medio de una entrevista seria, mirarte con tanta gentileza y de una manera ligeramente irónica… Fueron algunas horas buenas y por ello se lo agradezco.

Hermann Hesse
A propósito de tres libros
Neue Zürcher Zeitung, 17 de febrero de 1951

Foto: Romain Rolland, 12 de agosto de 1936

 

Juan Marsé por Miquel Barceló

No sé qué suerte de inclemencia está cayendo a plomo sobre el paisaje. La carretera, con trazas y mañas de río, simula apacibles aguas cristalinas y se aleja bajo la llovizna. El esplendor de la hierba todavía no es más que una promesa bajo el cielo de mármol uniforme, sin mácula, sin una grieta de luz. Más allá de semejante atmósfera atribulada se esconden auroras radiantes y rosadas nubes de algodón. La lluvia impalpable pudo haber caído hace muchos días, o tal vez meses, y hasta podría ser que aún no hubiese caído: podría estar parada en el aire, en suspenso, acechando la mansedumbre de la llanura, abrumando la senda que reluce y serpentea alejándose. En los pentagramas casi invisibles que sostienen los postes del telégrafo no se posan pájaros, ni corcheas ni palabras, y el asfalto espejea con tal porfía y pulcritud que no me extrañaría que no llevara a parte alguna. Solamente la escritura abierta como una casita al borde del camino, y el velomotor parado ante ella, expectante y dócil, sugieren un vínculo afectivo, al compartir respectivamente una presencia y una ausencia: el fantasma de una voluntad ilustrada, doméstica e itinerante. Consustanciados libro y vehículo, refugio y sendero. Bajo este cielo desleído, en medio de tanto esplendor aplazado, la lectura ofrece cobijo.

Juan Marsé
Quint Buchholz. El libro de los libros. Historias sobre imágenes
Dibujo de Buchholz que acompaña el texto de Marsé

Foto: Miquel Barceló
Juan Marsé a finales de 1960 en su habitación de la casa familiar de la calle Martí
Fuente: Cadena Ser

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