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Archivos Mensuales: diciembre 2016

chaises-de-paris-1927-andre-kertesz

Ante un novelista todos nos sentimos como el esclavo se sentía ante el emperador, que, con una sola palabra, puede devolvernos la libertad. Gracias al novelista, perdemos nuestra antigua condición, para conocer la del general, la del tejedor, la de la cantante, la del hidalgo rural; la vida de campo, el juego, la caza, el odio, el amor, la vida de campaña. Por él, somos Napoleón, Savanarola, un campesino; aún más -y es una existencia que hubiéramos podido no conocer nunca- somos nosotros mismos.
Presta voz a la multitud, a la soledad, al viejo clérigo, al escultor, al niño, al caballo, a nuestra alma. Por el novelista somos el verdadero Proteo, que reviste sucesivamente todas las formas de vida. Al intercambiar de esta suerte unas por otras, sentimos que para nuestro ser -que se ha vuelto tan ágil y tan fuerte-, no son sino un juego, una máscara lamentable o grata, que no tiene nada de verdaderamente real.
Por un momento nuestra desventura o nuestra ventura dejan de tiranizarnos; jugamos con ella y con la que acompaña a los demás. Por eso, al terminar una hermosa novela, aunque triste, nos sentimos dichososos.

Marcel Proust
Nota escrita durante la redacción de su primera “educación sentimental”, Jean Santeuil

Foto: André Kertész
Chaises à Paris, 1927

Previamente en Calle del Orco:
La literatura me ha producido riqueza, Roberto Bolaño
Hay algo que Kafka tiene en común con Proust, Walter Benjamin

Romain Gary

Muy pronto vi que la pregunta que encarnabas -en tu vida, en tu obra, pero también, y sobre todo, en la relación entre ambas- era la de la identidad en el sentido más matemático del término, es decir, ser uno, coincidir consigo mismo. Aparecías como un verdadero tejido de contradicciones, un ser proteiforme, a veces al límite de la incoherencia. Gran francés (diplomático, Legión de Honor, Compagnion de la Libération), habías pasado toda tu niñez en Rusia y en Polonia. Gran partidario de De Gaulle, te alzabas sistemáticamente contra los partidos, movimientos e ideologías políticos. Judío, sólo admirabas de la tradición judía su sentido del humor, su autoironía. Escritor ávido de renombre, te escondías detrás de varios pseudónimos. Defensor de la naturaleza, estabas en rebeldía permanentemente contra sus leyes. Gran humanista, te mostrabas escéptico y desconfiado con respecto a casi todos los seres humanos. Machista notorio -por lo menos lucías todos los signos exteriores del machismo-, alababas líricamente los valores femeninos. Mujeriego empedernido, eras un campeón de la pareja monógama. Fiel servidor de lo imaginario y del arte, te morías de aburrimiento frente a los monumentos, los museos, todo aquello que representa “la cultura”. Hambriento de recompensas y premios, de honores y distinciones, sólo eras feliz en el anonimato, el desplazamiento, la pérdida de sí que permite el vagabundeo. Símbolo vivo de la fuerza, hablabas siempre y exclusivamente en nombre de los débiles. Prodigioso creador de héroes-niños, te preocupaste poco de tu propio hijo. En el final, enamorado de la vida, te precipitaste al encuentro de la muerte.
Tu complejidad, consciente y concienzudamente organizada por ti en el transcurso de las seis décadas y media que pasaste pavoneándote e inquietándote en esta tierra, supera, y de lejos, la de tus contemporáneos, los escritores franceses que se llamaban Sartre, Céline, Malraux, Bataille o Duras, que por cierto no eran unos simplones. Te esmeraste en borrar las huellas, en encandilarnos con voladores de luces, en arrastrarnos en una danza vertiginosa de identidades que vuela en mil pedazos todos los hitos y a fin de cuentas nos obliga a hacernos la misma pregunta que te hacías a ti mismo, en cada segundo de cada día: ¿existe realmente Romain Gary? La incomprensión a la cual nos arrojas adquiere poco a poco aires de filosofía.

Nancy Huston
Epitafio de Romain Gary

Foto: Romain Gary

Previamente en Calle del Orco:
Este triste y venenoso humor del color del  verdín, William Styron

David Grossman, A. B. Yehoshua y Amos Oz

Ahora quisiera contar hasta qué punto la literatura es siempre la respuesta, porque la literatura contiene un antídoto contra el fanatismo mediante la inyección de imaginación. Quisiera poder recetar sencillamente: leed literatura y os curaréis de vuestro fanatismo. Desgraciadamente, no es tan sencillo. Desgraciadamente, muchos poemas, muchas historias y dramas a lo largo de la historia se han utilizado para inflar el odio y la superioridad nacionalista. A pesar de todo, hay ciertas obras literarias que creo pueden ayudar hasta cierto punto. No obran milagros pero pueden ayudar. Shakespeare puede ayudar mucho: todo extremismo, toda cruzada que no se compromete a llegar a un acuerdo, toda forma de fanatismo termina, tarde o temprano, en tragedia o comedia. Al final, el fanático nunca es más feliz ni está más satisfecho, así muera o se convierta en bufón. Es una buena inyección. Y Gogol también puede ayudar: hace tomar conciencia grotescamente a sus lectores de lo poco que sabemos, incluso cuando tenemos el ciento por ciento de razón. Gogol nos enseña que nuestra propia nariz puede convertirse en un enemigo terrible, incluso en un enemigo fanático. Y puede que uno acabe persiguiendo fanáticamente a su nariz. No es una mala lección. Kafka es un buen educador a este respecto, aunque estoy seguro de que nunca pretendió aleccionar con su obra contra el fanatismo. Pero Kafka nos muestra que también hay oscuridad y enigma cuando pensamos que no hemos hecho nada malo en absoluto. Eso ayuda. Hablaría mucho más de Kafka y Gogol y de la sutil conexión que veo entre ambos. Pero lo dejaremos para otros seminario. Pienso que William Faulkner puede ayudar. El poeta israelí Yehudi Amijai expresa todo esto mejor de lo que yo pudiera hacerlo cuando dice: “Donde tenemos razón no pueden crecer flores”.

Amos Oz
Sobre la naturaleza del fanatismo
23 de enero de 2011

Foto: Alon Ron
David Grossman, A. B. Yehoshua y Amos Oz

Previamente en Calle del Orco:
Si el mundo hiciera un poco más caso a la literatura, Antonio Tabucchi
El novelista enseña a aprehender el mundo como pregunta, Milan Kundera
El mundo cada vez es más estrecho, David Grossman

César Vallejo en París, 1926

-¿Se acuerda de Wittgenstein? -me ha preguntado, tras un prolongado silencio.
Yo estaba contemplando el cielo azul del mes de agosto sobre el cementerio de Montparnasse. Sí, habría podido, esforzándome un poco, acordarme de Wittgenstein, de nuestras conversaciones al respecto. Pero estaba agotado, no tenía ganas de acordarme de Wittgenstein, de hacer ese esfuerzo.
Yo pensaba en César Vallejo.
Siempre he tenido suerte con los poetas. Quiero decir: mis encuentros con sus obras siempre han sido oportunos. Siempre me he topado, en el momento oportuno, con la obra poética que podía ayudarme a vivir, a hacerme progresar en la agudeza de mi conciencia del mundo. Así me sucedió con César Vallejo. Y también, más adelante, con René Char y con Paul Celan.
En 1942 lo que descubrí fue la poesía de César Vallejo. No había sido agradable ese aquel año. Me había visto obligado a abandonar el curso preparatorio de la École Normale en el liceo Henri-IV, para ganarme la vida. La supervivencia, más bien: algo con lo que subsistir con estrecheces. Apenas lo conseguía dando clases de español a alumnos de todas las edades, de latín a jóvenes calamidades hijos de buenas familias, que a veces resultaban odiosos. Sólo comía caliente una vez cada dos días, más o menos. A menudo, me alimentaba de bolitas de alforfón que compraba sin cartilla de racionamiento en una panadería que existía entonces en el Boulevard Saint-Michel, donde convergen las Rue Racine y la Rue de la École-de-Médecine.
Pero había descubierto la poesía de César Vallejo.

Me gusta la vida enormemente
pero, desde luego,
con mi muerte querida y mi café
y viendo los castaños frondosos de París…

Claude-Edmonde Magny acababa de invocar a Wittgenstein, me guardé para mí el poema de César Vallejo que me había vuelto a la memoria. No se lo traduje.

Jorge Semprún 
La escritura o la vida

Foto: Juan Larrea
César Vallejo en París, 1926

Joe Sacco

La crónica, además, es el periodismo que sí dice yo. Que dice existo, estoy, yo no te engaño.
El lenguaje periodístico habitual está anclado en la simulación de esa famosa «objetividad» que algunos, ahora, para ser menos brutos, empiezan a llamar neutralidad. La prosa informativa (despojada, distante, impersonal) es un intento de eliminar cualquier presencia de la prosa, de crear la ilusión de una mirada sin intermediación: una forma de simular que aquí no hay nadie que te cuenta, que «esta es la realidad».
El truco ha sido equiparar objetividad con honestidad y subjetividad con manejo, con trampa. Pero la subjetividad es ineludible, siempre está.
Es casi obvio: todo texto (aunque no lo muestre) está en primera persona. Todo texto, digo, está escrito por alguien, es necesariamente una versión subjetiva de un objeto narrado: un enredo, una conversación, un drama. No por elección; por fatalidad: es imposible que un sujeto dé cuenta de una situación sin que su subjetividad juegue en ese relato, sin que elija qué importa o no contar, sin que decida con qué medios contarlo.
Pero eso no se dice: la prosa informativa se pretende neutral y despersonalizada, para que los lectores sigan creyendo que lo que tienen enfrente es «la pura realidad», sin intermediaciones. Llevamos siglos creyendo que existen relatos automáticos producidos por esa máquina fantástica que se llama prensa; convencidos de que la que nos cuenta las historias es esa máquina-periódico, una entidad colectiva y verdadera.
Los diarios impusieron esa escritura «transparente» para que no se viera la escritura: para que no se viera su subjetividad y sus subjetividades en esa escritura: para disimular que detrás de la máquina hay decisiones y personas. La máquina necesita convencer a sus lectores de que lo que cuenta es la verdad y no una de las infinitas miradas posibles. Reponer una escritura entre lo relatado y el lector es (en ese contexto) casi una obligación moral: la forma de decir aquí hay, señoras y señores: sujetos que te cuentan, una mirada y una mente y una mano.
Nos convencieron de que la primera persona es un modo de aminorar lo que se escribe, de quitarle autoridad. Y es lo contrario: frente al truco de la prosa informativa (que pretende que no hay nadie contando, que lo que cuenta es «la verdad»), la primera persona se hace cargo, dice: esto es lo que yo vi, yo supe, yo pensé; y hay muchas otras posibilidades, por supuesto.

Martín Caparrós
Por la crónica

***

En última instancia, un dibujo refleja la visión de cada dibujante individual. No creo que esto deba desterrar las crónicas dibujadas del mundo del periodismo. Creo que es posible ser riguroso dentro del marco subjetivo de una obra dibujada. En otras palabras, los hechos y la subjetividad no se excluyen mutuamente. Yo, por lo pronto, acepto las implicaciones del reportaje subjetivo y prefiero ponerlas de manifiesto. Ya que es difícil (pero no imposible) distanciarme de una narración, por lo general ya no lo intento. El efecto, en términos de periodismo, es liberador. Ya que soy un “personaje” de mi propia obra, me concedo permiso periodístico para mostrar mi interacción con los otros. Se pueden aprender muchas cosas de esos intercambios personales, que desgraciadamente la mayoría de los periodistas tradicionales suprimen al escribir sus artículos. (Las historias que los periodistas cuentan sentados a una mesa, son a menudo más reveladoras e interesantes que lo que aparecen en sus artículos). A pesar de la impresión que quieren dar, los periodistas no pasan desapercibidos. Sobre el terreno, en el momento del reportaje, la presencia de un periodista es casi siempre percibida. Los jóvenes ablanden sus armas en el aire cuando un equipo de rodaje empieza a filmar, y se vigilan unos a otros cuando un reportero empieza a hacer preguntas. Al admitir que estoy presente en la escena, mi intención es indicarle al lector que el periodismo es un proceso con grietas e imperfecciones en el que se ve implicado un ser humano, no una fría ciencia llevada a cabo por un robot.

Esto nos lleva al sanctasanctórum del periodismo norteamericano: la “objetividad”. Francamente, no tengo ningún problema con la palabra en sí, si solo significa abordar una historia sin ninguna idea preconcebida. El problema está en que no creo que haya muchos periodistas que se planteen así cualquier historia relevante. Yo, de hecho, soy incapaz de hacerlo. Una periodista norteamericana que aterriza en un aeropuerto de Afganistán no abandona inmediatamente sus puntos de vista norteamericanos y se transforma en una página en blanco donde grabar sus nuevas y agudas observaciones. ¿Acaso deja de pronto de considerar a los soldados norteamericanos a los que sigue como esencialmente amables y bienintencionados compatriotas que comparten muchos de sus valores, y empieza a considerarlos como instrumentos de un Estado que opera en su propio interés, lo cual -hablando objetivamente- es lo que son? En el mejor de los casos, procurará informar con honestidad de los actos y la conducta de aquellos, sean cuales sean sus simpatías. Como dijo el legendario periodista norteamericano Edward R.Murrow: “Todos somos prisioneros de nuestras propias experiencias. No podemos eliminar los prejuicios, pero sí reconocerlos”.

Joe Sacco
¿Un manifiesto?
Reportajes, Abril 2011

Viñeta: Joe Sacco
Gorazde: Zona protegida

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