¿Existe realmente Romain Gary?

Romain Gary

Muy pronto vi que la pregunta que encarnabas -en tu vida, en tu obra, pero también, y sobre todo, en la relación entre ambas- era la de la identidad en el sentido más matemático del término, es decir, ser uno, coincidir consigo mismo. Aparecías como un verdadero tejido de contradicciones, un ser proteiforme, a veces al límite de la incoherencia. Gran francés (diplomático, Legión de Honor, Compagnion de la Libération), habías pasado toda tu niñez en Rusia y en Polonia. Gran partidario de De Gaulle, te alzabas sistemáticamente contra los partidos, movimientos e ideologías políticos. Judío, sólo admirabas de la tradición judía su sentido del humor, su autoironía. Escritor ávido de renombre, te escondías detrás de varios pseudónimos. Defensor de la naturaleza, estabas en rebeldía permanentemente contra sus leyes. Gran humanista, te mostrabas escéptico y desconfiado con respecto a casi todos los seres humanos. Machista notorio -por lo menos lucías todos los signos exteriores del machismo-, alababas líricamente los valores femeninos. Mujeriego empedernido, eras un campeón de la pareja monógama. Fiel servidor de lo imaginario y del arte, te morías de aburrimiento frente a los monumentos, los museos, todo aquello que representa “la cultura”. Hambriento de recompensas y premios, de honores y distinciones, sólo eras feliz en el anonimato, el desplazamiento, la pérdida de sí que permite el vagabundeo. Símbolo vivo de la fuerza, hablabas siempre y exclusivamente en nombre de los débiles. Prodigioso creador de héroes-niños, te preocupaste poco de tu propio hijo. En el final, enamorado de la vida, te precipitaste al encuentro de la muerte.
Tu complejidad, consciente y concienzudamente organizada por ti en el transcurso de las seis décadas y media que pasaste pavoneándote e inquietándote en esta tierra, supera, y de lejos, la de tus contemporáneos, los escritores franceses que se llamaban Sartre, Céline, Malraux, Bataille o Duras, que por cierto no eran unos simplones. Te esmeraste en borrar las huellas, en encandilarnos con voladores de luces, en arrastrarnos en una danza vertiginosa de identidades que vuela en mil pedazos todos los hitos y a fin de cuentas nos obliga a hacernos la misma pregunta que te hacías a ti mismo, en cada segundo de cada día: ¿existe realmente Romain Gary? La incomprensión a la cual nos arrojas adquiere poco a poco aires de filosofía.

Nancy Huston
Epitafio de Romain Gary

Foto: Romain Gary

Previamente en Calle del Orco:
Este triste y venenoso humor del color del  verdín, William Styron