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Archivos Mensuales: octubre 2015

Leonardo Sciascia con Gesualdo Bufalino

Ha entrevistado hace unos años a Gesualdo Bufalino. Y Diderot fue un gran creador de diálogos. ¿Qué opina de la entrevista o del diálogo como formas literarias?

Mi conversación con Bufalino, que se publicó en L’Expresso, fue el homenaje a un oculto escritor de mi edad. Su Perorata del apestado se había publicado en 1981 gracias a la insistencia de Elvira Selenio y a la mía. Teníamos trayectorias paralelas: reclusión siciliana, anclaje francés, lecturas voraces en una biblioteca. Todo facilitaba nuestro intercambio, nuestra futura amistad… Me gustan las entrevistas amplias con las más diversas personas; antes solían ser una mera conversación y sé, por experiencia, que a menudo son demasiado rápidas y repetitivas, pero un buen diálogo sí representa un género literario verdadero. El universo de Borges, por ejemplo, aparece a la perfección en las abundantes, largas entrevistas que concedió en su vida.
La forma dialogada me satisface especialmente: elaboro réplicas en serie, gradaciones irónicas en mis novelas. Diderot hablaba, en la Paradoja, de su propio teatro, sencillo pero con luces. Por gusto del diálogo, escribí dos piezas teatrales. Incluso construí en 1982, para la RAI, una “conversación” entre Napoleón, Chateaubriand y dos ciudadanos del siglo XX -Savinio y un joven actual- que también juzgaban a Bonaparte. Savinio afirma ahí que el emperador cambiaría sus conquistas por una buena obra literaria. El joven especula sobre la posibilidad de que no hubiesen existido Napoleón ni ese Rousseau que está tan presente. El conservador Chateaubriand conocía bien la Revolución Francesa, y apostilla que un mundo sin Napoleón sería también sin Rousseau. Y Bonaparte lo remacha: Revolución, victorias, modelos literarios heroicos, Memorias de ultratumba, todo está trabado.

Leonardo Sciascia
Diálogos. Reales e imaginarios.
Mauricio Jalón y Fernando Colina.

Foto: Leonardo Sciascia con Gesualdo Bufalino

Litografía de Balzac por Picasso

No hay vida de Balzac pero existe, gracias a esa erudición bibliográfica francesa casi inventada exclusivamente para él, una Ciencia de Balzac. La medida de su mundo provoca y resucita todas las artes y las ciencias de los siglos XVIII, XIX y XX. La comedia humana es una cartografía de París, una geografía francesa, una frenología del carácter: un psicoanálisis de la transgresión, una medicina y una psiquiatría; un arte de la impresión, de la tipografía y de la caricatura; un manual de periodismo, un examen de la edición moderna, una lucha por los derechos de autor, una historia política de las revoluciones europeas entre 1789 y 1848; un catecismo de la Iglesia, una radiografía del clero, una crítica a la monarquía y una pedagogía del socialismo utópico. También es la historia de las mil y una quiebras, una estadística de la mediocracia, una genealogía del honor, como tantos otros ejercicios de estilo. Desde el doctor Cabanès, quien destrozó su cadáver, hasta Rolland Barthes, que destripó Sarrasine, no hay médico forense que salga de las infinitas autopsias de Balzac con las manos vacías. Y una vez abandonada en la mesa de disección, como la virginidad de una hurí, la materia novelesca recobra su himen, reconstituye sus tejidos y vuelve a cerrar el misterio de sus órganos.

Christopher Domínguez Michael
Proposiciones sobre Balzac

Litografía de Honoré de Balzac
Pablo Picasso, 1952

En Hermida Editores están publicando La Comedia humana de Honoré de Balzac

 

George Steiner Cambridge

A un nivel más restringido, pues eso supera un poco mis posibilidades, abordamos la semántica, es decir, el sentido del sentido, el estudio del misterio del sentido, la comprensión de la intencionalidad a la que se dirigen todos mis libros, de un modo u otro. Entonces, vuelvo al método medieval, que contiene cuatro etapas que recorren la lectura. Una lectura que se impone tanto y está tan presente que es posible confesar que no se comprende un poema o un párrafo y necesitamos aprenderlo de memoria. Eso no depende de técnica alguna sino de una metafísica que se hace amor, que se hace Eros. Pues lo que se sabe de memoria es inalienable; es imposible quitar a nadie lo que lleva en sí mismo de conocimiento, en un mundo donde reinan la censura y la opresión, el ruido, el exilio en una condición humana que no se limita a una seguridad material vacía de cualquier interioridad. Grandes espíritus han sobrevivido a la opresión porque sabían de memoria algunos textos. Saber de memoria una página de prosa no es un ejercicio, pues ese logos penetra en nosotros, demasiado difícil o violento tal vez, inaceptable, pero significa que le invitamos a acomodarse en la casa de nuestro ser y que aceptamos vivir juntos. Es arriesgarse a que, cierta noche, un texto, un cuadro, una sonata llamen a nuestra puerta –Reales presencias gira por completo en torno a esa imagen- y es posible que el invitado destruya e incendie por completo la casa. Es posible también que nos desvalije con un gran aletazo. Pero es preciso aceptar al texto en nosotros mismos, no tengo palabras para describir la riqueza de esta experiencia que he hecho mil veces, especialmente leyendo la Ética de Spinoza, que es para mí una referencia última. Leo cada día Heráclito y algunos poetas modernos, como Paul Celan, y aunque no comprendiera esos textos, los aprendo de memoria para que formen parte integrante de mi ser. De pronto la obra me acoge, sin explicarse, y tengo por fin acceso al poema. Pero no por ello puedo regresar a mis seminarios gritando que he comprendido por fin la obra, algo que sería arrogante y pretencioso a la vez. Es cierto, no obstante, que la incomprensión se ha transformado en amor, en fertilidad, en acto de confianza hacia algo que se me escapa. Me gustaría ilustrar mis palabras con una experiencia que realicé, sin éxito, en Estados Unidos. Fui introducido en un grupo de terapia gestual donde me propusieron tener acceso al nivel elemental de meditación dejándome caer hacia atrás, sin tener miedo, porque se pondrían a mi espalda para cogerme. Fracasé en el ejercicio, que me turba mucho. Realmente lo intenté, veía que otras personas abandonaban con absoluta confianza y se dejaban caer hacia atrás cerrando los ojos, peo no llegué al mismo resultado, pues para realizar bien la experiencia es necesario estar relajado en el plano espiritual, at homeless, es decir, estar en la vida como en la propia casa, tener el alma en paz. Experimento esa sensación, pero cuando leo los grandes textos de filosofía y metafísica o cuando enriquezco mi cultura artística. Entonces me abandono y, a veces, caigo al suelo pero aprendo a cómo confiar en lo absoluto y lo inaccesible. Mi más ferviente deseo sería haber pasado la vida leyendo, leyendo en el sentido más amplio de término, como se dice en inglés I read a painting, I read a symphony, es decir, haber incluido en esa práctica las bellas artes y la música. Toda mi obra se funda en la primera línea de Tolstoi y Dostoievski que toda crítica verdadera es un acto de amor. Eso me coloca a contrapelo de las disciplinas modernas, ya sean críticas, académicas, deconstruccionistas o semióticas. A mi entender, cualquier buena lectura paga una deuda de amor.

George Steiner
Entrevista con Jahanbegloo

Foto: George Steiner en su casa de Cambridge
Fuente: Le Monde

Previamente en Calle del Orco:
Toda gran crítica es una deuda de amor, George Steiner

Goya-nada

En el cuarto de trabajo de Baudelaire se sabe que había clavada la prueba de una de esas aguafuertes de Goya en la que garabatea la aspiración al ideal y la reacción contra un mundo de escuerzos. No importa cuál sea el grabado elegido, porque bajo cualquiera de los “Disparates” goyescos se pudo declamar la poesía bodeleriana con sus intentos de fijar las pesadillas del camino, con su vago arredro ante lo monstruoso, con su queja ante la insidia de la mujer y su Celestina.
No se les ocurrió a los que le defendieron en el proceso por sus Flores del mal recurrir a Goya como exculpación del poeta, pues tampoco el gran pintor dibujó las cosas que sacó de la sombra para delectarse en ellas, sino para ejemplar ludibrio de los vicios y los viciosos en una penetrante lección de moral que sólo el arte puede conseguir.
El posromántico que es Baudelaire -lo cual no es lo mismo que antirromántico- encuentra mérito alumbrado de una obra que está fuera del concurso de baile y que va más allá del palco y el antelado de la aventura romántica.
Le une con Goya su propensión por lo macabro y fantasmal, y encuentra el regusto a subfondo de la vida que hay en sus pinturas negras, coincidiendo su “giganta” con su “gigante” del aguanta goyesco como tropo de la desproporción para hacer más imponente lo humano.
Ese sobrio trazo inalterable e inolvidable que hay en los dibujos de Goya es el que hace obsecuente la poesía de Baudelaire, donde la mujer se ríe de la Muerte y del Libertinaje, donde el poeta dice a Venus: “En tu isla no tuve otra visión que la Horca simbólica en un cuerpo pendido”, y donde se ve al amor “sentado en el cráneo de la Humanidad”.
Hombre de fe religiosa como Goya, gusta, sin embargo, como un sadismo para asustar más a su alma, de pronunciar la palabra Nada. ¿Es que quizá el aguafuerte que Baudelaire tenía clavada en su buharda era ese en que el muerto que levanta la losa de su tumba pronuncia esa vacía palabra?

Ramón Gómez de la Serna
Las cosas de la sombra
Goya

Aguafuerte: Nada. Ello dirá.
Francisco de Goya, 1814-1815

La Trieste de Italo Svevo

Como historia triste de un autor que escribió libros excelentes y que por muy poco tiempo tuvo el placer de ser reconocido, recuerdo el caso de Italo Svevo. Había publicado las novelas Una vita y Senilitá, pero se lo apreciaba tan poco que abandonó la literatura. Durante la primera guerra mundial participó en un cuarteto musical, y decía: “Pueden identificarme: el que desafina soy yo”. Svevo, que en realidad se llamaba Ettore Schmidtz, tenía en Trieste una fábrica de pintura para barcos y de vez en cuando viajaba por negocios a Inglaterra. En un diario de Trieste encontró el aviso de un señor que se ofrecía para dar clases de inglés. Lo llamó; era James Joyce. Con el tiempo, entablaron amistad; Joyce que leyó capítulos de La conciencia de Zeno, los encontró maravillosos. Bloom, el personaje de Ulises, es Italo Svevo. En 1928, cuando empezaba a ser famoso, Svevo murió en un accidente de automóvil, Italo Calvino me aconsejó que leyera La conciencia de Zeno. Al poco tiempo partí con el libro a una ciudad termal. Ese libro espléndido me enseñó a no ser pretencioso. A mí, que creo entender de libros y que creo en mi criterio, las primeras páginas de La conciencia de Zeno me parecieron insoportables. Me irritaba que el protagonista, para dejar el cigarrillo, se hiciera encerrar por su mujer en un sanatorio y después pensara que todo era un plan de la mujer para tener amores con el médico… Pero como en las librerías de aquella ciudad sólo encontraba libros pornográficos o guías de turismo gastronómico, retomé la novela y pronto llegó el día en que descubrí su fascinación. La conciencia de Zeno es un libro que siempre releo y a Svevo lo siento como a un hermano.

Adolfo Bioy Casares
Conversaciones en el taller literario

Fuente de la foto: Museo Sveviano

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