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Archivos Mensuales: junio 2012

La historia de la novela también podría escribirse como la historia de la forma en que nos liberamos y nos transformamos mediante la imaginación al ocupar el lugar de otro.

Robinson Crusoe es un libro en el que se imagina, tanto a Robinson, a su esclavo Viernes. Y el Quijote es una novela en la que se imagina, tanto al caballero que vive en su mundo libresco, a su escudero Sancho Panza. Me gusta leer Anna Karenina, la obra más brillante de Tolstói, como la novela de un hombre felizmente casado que se imagina a una mujer que tiene un matrimonio infeliz y lo destruye. A Tolstói le sirvió como modelo Flaubert, otro autor que intentó imaginar una mujer infeliz, Madame Bovary, aunque él nunca se casara. El primer gran clásico alegórico de la novela moderna, Moby Dick de Melville, es un libro en el que, mediante la ballena blanca, se dan rienda suelta a los miedos de la América de entonces, es decir, el miedo a los que no eran como ellos. Los amantes de la literatura no podemos pensar en el Sur de los Estados Unidos de hoy sin los negros de Faulkner de tiempos pasados. De la misma manera sentimos que la obra de cualquier novelista alemán que pretenda dirigirse a Alemania entera estaría incompleta si no imaginara, de manera directa o indirecta, abierta o encubierta, a los turcos o la inquietud que provocan. Y creo que hoy también estaría incompleta la obra de un novelista turco actual que no imaginara a los kurdos, a las minorías o ciertos puntos oscuros de la Historia de los que no se puede hablar.

Al contrario de lo que se cree, para un novelista la política no consiste en consagrarse a causas políticas ni en afiliarse a asociaciones, partidos o grupos. Para un novelista, la política es algo que se origina en la imaginación, en la capacidad que tiene el autor de una novela de ponerse en lugar de otro. Esta capacidad le convierte no solo en el descubridor de unas realidades humanas que nunca antes habían sido enunciadas, sino también en el portavoz de los que no pueden alzar la voz, de aquellos cuya ira no es escuchada, de la palabra oprimida, de lo inexpresado. El novelista, como intuía en mi juventud, puede no tener demasiada intención de mezclarse en política, o quizá sus intenciones son otras completamente dstintas…

Los endemoniados, la mejor novela política que jamás se ha escrito, hoy no se lee como a Dostoievski le habría gustado, como una novela polémica escrita contra los occidentalistas y los nihilistas rusos, sino como un libro que nos revela un gran secreto sobre el alma eslava, sobre la realidad rusa. Es un secreto que solo puede desvelarse escribiendo una novela. Este tipo de información no podemos conseguirla leyendo periódicos y revistas ni viendo la televisión. Este conocimiento tan especial e incomparable sobre la historia de los pueblos y los hombres y sobre sus vidas privadas, que nos inquieta, nos zarandea, que nos atemoriza con su profundidad y nos sorprende con su simpleza, lo adquirimos gracias a las grandes novelas que leemos con atención y paciencia.

Orhan Pamuk
En Kars y en Frankfurt

Foto de Alexey Titarenko
Ciudad de las sombras [1992-1994] 

Me he sentido abrumado durante dos días por una escena de Shakespeare (la primera del acto III de El Rey Lear). Este tipo va a conseguir que me vuelva loco. Los otros, más que nunca, me parecen unos niños a su lado.
En esta escena, todo el mundo, al límite de la miseria y en un total paroxismo, pierde la cabeza y desvaría. Tres clases diferentes de locura aúllan a la vez, mientras el bufón bromea, cae la lluvia y resplandece el trueno. Un joven señor, a quien hemos visto rico y hermoso al principio, dice esto: “¡Ay!, he conocido a las mujeres, he sido arruinado por ellas. Desconfiad del ruido ligero de su vestido y del crujir de sus zapatos de raso, etc.” ¡Ay, poesía francesa, que agua más clara, en comparación! ¡Cuando pienso que seguimos con los bustos! ¡Racine! ¡Corneille!, ¡y otros poetas de ingenio, aburridos hasta reventar! ¡Me pongo a rugir! Querría (aún cita del viejo) “triturarlos con un mortero, para pintar después con los residuos las paredes de las letrinas”. Sí, me he trastornado. No he hecho más que pensar en esta escena del bosque en que se oye a los lobos aullar y en el que el viejo Lear llora bajo la lluvia y se arranca las barbas al viento.
Cuando se contemplan estas cimas, uno se siente pequeño: “nacidos para la mediocridad, estamos aplastados por los espíritus sublimes”

Gustave Flaubert
Domingo noche, 29 de enero de 1854
Carta a Louise Colet

“Fui a Praga por última vez hace unos quince años, con Carlos Fuentes y Julio Cortázar. Viajábamos en tren desde París porque los tres éramos solidarios en nuestro miedo al avión, y habíamos hablado de todo mientras atravesábamos la noche dividida de las Alemanias, sus océanos de remolacha, sus inmensas fábricas de todo, sus estragos de guerras atroces y amores desaforados.

A la hora de dormir, a Carlos Fuentes se le ocurrió preguntarle a Cortázar cómo y en qué momento y por iniciativa de quién se había introducido el piano en la orquesta de jazz. La pregunta era casual y no pretendía conocer nada más que una fecha y un nombre, pero la respuesta fue una cátedra deslumbrante que se prolongó hasta el amanecer, entre enormes vasos de cerveza y salchichas con papas heladas. Cortázar, que sabía medir muy bien sus palabras, nos hizo una recomposición histórica y estética con una versación y una sencillez apenas creíbles, que culminó con las primeras luces en una apología homérica de Thelonius Monk. No sólo hablaba con una profunda voz de órgano de erres arrastradas, sino también con sus manos de huesos grandes como no recuerdo otras más expresivas. Ni Carlos Fuentes ni yo olvidaríamos jamás el asombro de aquella noche irrepetible.

Doce años después vi a Julio Cortázar enfrentado a una muchedumbre en un parque de Managua, sin más armas que su voz hermosa y un cuento suyo de los más difíciles: la historia de un boxeador en desgracia contada por él mismo en lunfardo, el dialecto de los bajos fondos de Buenos Aires, cuya comprensión nos estaría vetada por completo al resto de los mortales si no la hubiéramos vislumbrado a través de tanto tango malevo; sin embargo, fue ese el cuento que el propio Cortázar escogía para leerlo en una tarima frente a la muchedumbre de un vasto jardín iluminado, entre la cual había de todo, desde poetas consagrados y albañiles cesantes, hasta comandantes de la revolución y sus contrarios. Fue otra experiencia deslumbrante. Aunque en rigor no era fácil seguir el sentido del relato, aún para los más entrenados en la jerga lunfarda, uno sentía y le dolían los golpes que recibía el pobre boxeador en la soledad del cuadrilátero, y daban ganas de llorar por sus ilusiones y su miseria, pues Cortázar había logrado una comunicación tan entrañable con su auditorio que ya no le importaba a nadie lo que querían decir o no decir las palabras, sino que la muchedumbre sentada en la hierba parecía levitar en estado de gracia por el hechizo de una voz que no parecía de este mundo.

Estos dos recuerdos de Cortázar que tanto me afectaron me parecen también los que mejor lo definían. Eran los dos extremos de su personalidad. En privado, como en el tren de Praga, lograba seducir por su elocuencia, por su erudición viva, por su memoria milimétrica, por su humor peligroso, por todo lo que hizo de él un intelectual de los grandes en el buen sentido de otros tiempos. En público, a pesar de su reticencia a convertirse en un espectáculo, fascinaba al auditorio con una presencia ineludible que tenía algo de sobrenatural, al mismo tiempo tierna y extraña. En ambos casos fue el ser humano más importante que he tenido la suerte de conocer.”

Gabriel García Márquez
Ciudad de México, 12 de febrero de 1994 

Foto de Alberto Jonquiéres

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