archivo

Archivos Mensuales: junio 2014

ellis island

Lo que yo, Georges Perec, vine a interrogar aquí es el vagabundeo, la dispersión, la diáspora.
Ellis Island es para mí el lugar mismo del exilio, vale decir el lugar de la ausencia de lugar, el no-lugar, el ninguna parte.
es en ese sentido que estas imágenes me conciernen, me fascinan, me implican,
como si la búsqueda de mi identidad
pasara por la apropiación de este lugar-vertedero
donde funcionarios abrumados bautizaban a los americanos con pala.
lo que para mí se encuentra aquí
no son para nada las referencias, las raíces o los rastros,
Sino lo contrario: algo informe, en el límite de lo decible,
algo que puedo llamar clausura, o escisión, o corte,
y que está para mí muy íntima y confusamente
ligado al hecho mismo de ser judío.

(…) En alguna parte, soy “diferente”, pero no diferente de los otros, diferente de los ‘míos’: no hablo la lengua que hablaron mis padres, no comparto ninguno de los recuerdos que ellos pudieron tener, algo que era de ellos, que hacía que ellos fueron ellos, su historia, su cultura, su esperanza, no me fue transmitida.
No tengo la sensación de haber olvidado,
sino de no haber podido aprender nunca.

Georges Perec
Récits d’Ellis Island

Foto: inmigrantes desembarcando en Ellis Island

Walt Whitman Thomas Eakins

He intentado leer un volumen bellamente impreso y muy sabio sobre las teorías de la poesía que he recibido esta mañana de Inglaterra, pero al final he desistido. Veamos algunas anotaciones más o menos caprichosas que el libro me ha inspirado, tal como las hallo en mis apuntes:
En la juventud y la madurez los poetas están cegados por el brillo del sol y la variada pompa del día; pero conforme el alma toma más y más precedencias, lo sensual incluido, el crepúsculo se convierte en la atmósfera del poeta. Yo también a mi vez he buscado y busco siempre el brillante sol y de acuerdo con esto hago mis canciones. Pero según voy haciéndome viejo, las medias luces del anochecer suponen demasiado para mí.
El juego de la imaginación, con los sensuales objetos de la naturaleza como símbolos, y la fe, con orgullo y con amor, como ímpetus y motores invisibles de todo, componiendo el curioso ajedrez de un poema.
Los maestros o críticos comunes siempre preguntan: “¿Qué significa esto?”. La sinfonía de un buen músico, o una buena puesta de sol, o las olas del mar que ruedan hasta la playa… ¿qué significan? Indudablemente, en el sentido más inútilmente huidizo, significan algo: como el mar, como la religión, como los mejores poemas; pero ¿quién podrá asir y definir estos significados? (No pretendo con esto disfrutar de un permiso especial para lo disparatado o para las incursiones frenéticas, sino justificar el frecuente gozo del alma en lo que parece definirse para la parte intelectual o el cálculo.)
Cuánto más se parece el conocimiento poético a los entrecortados murmullos de la conversación que llegan en el atardecer desde algún lugar lejano u oculto. Lo que no capta el oído, eso es lo más importante, tal vez lo principal.
Los grandes pasajes poéticos únicamente deberían considerarse a gran distancia, como contemplamos las estrellas por la noche, no mirándolas directamente, sino de lado.
(A un estudioso de la poesía y amigo.) Únicamente intento ponerte en comunicación. Tu propio pensamiento, corazón, evolución, no sólo deberán comprender el asunto, sino en gran medida proporcionarlo.

Walt Whitman
Días ejemplares en América

Foto: Walt Whitman en su casa de Camden
Thomas Eakins

Roberto Bolaño Nicanor Parra

¿Entonces quién entona esta espantosa cantinela? Las primeras veces que la oí pensé que eran los masoquistas. Si estás preso en una cárcel de Thailandia y eres suizo, es normal que desees cumplir tu condena en una cárcel de Suiza. Lo contrario, es decir que seas un thailandés preso en Suiza y sin embargo desees cumplir el resto de tu condena en una cárcel de Thailandia, no es normal, a menos que esa nostalgia anormal esté dictada por la soledad. La soledad sí que es capaz de generar deseos que no se corresponden con el sentido común o con la realidad. Pero yo estaba hablando de escritores, es decir estaba hablando de mí, y allí sí que puedo decir que mi patria es mi hijo y mi biblioteca. Una biblioteca modesta que he perdido en dos ocasiones, con motivo de dos traslados radicales y desastrosos y que he rehecho con paciencia. Y llegado a este punto, al punto de la biblioteca, no puedo sino acordarme de un poema de Nicanor Parra, un poema que me viene como anillo al dedo para hablar de literatura e incluso de literatura chilena y exilio o destierro. El poema empieza hablando de los cuatro grandes poetas chilenos, una discusión eminentemente chilena que la demás gente, es decir el 99,99 por ciento de críticos literarios del planeta Tierra, ignoran con educación y un poco de hastío. Hay quienes afirman que los cuatro grandes poetas de Chile son Gabriela Mistral, Pablo Neruda, Vicente Huidobro y Pablo de Rokha, otros que son Pablo Neruda, Nicanor Parra, Vicente Huidobro y Gabriela Mistral, en fin, el orden varía según los interlocutores, pero siempre son cuatro sillas y cinco poetas, cuando lo más lógico y lo más sencillo sería hablar de los cinco grandes poetas de Chile y no de los cuatro grandes poetas de Chile. Hasta que llegó el poema de Nicanor Parra, que dice así:

Los cuatro grandes poetas de Chile
Son tres
Alonso de Ercilla y Rubén Darío.

Como ustedes saben, Alonso de Ercilla fue un soldado español, noble y bizarro, que participó en las guerras coloniales contra los araucanos y que de vuelta en su Castilla natal escribió La Araucana, que para los chilenos es el libro fundacional de nuestro país y que para los amantes de la poesía y de la historia es un libro magnífico, lleno de arrojo y lleno de generosidad. Rubén Darío, como ustedes también saben, y si no lo saben no importa -es tanto lo que todos ignoramos incluso de nosotros mismos-, fue el creador del modernismo y uno de los poetas más importantes de la lengua española en el siglo XX, probablemente el más importante, nacido en Nicaragua en 1867 y muerto en Nicaragua en 1916, que llegó a Chile a finales del siglo XIX y en donde tuvo buenos amigos y mejores lecturas pero en donde también fue tratado como un indio o como un cabecita negra por una clase dominante chilena que siempre se ha vanagloriado de pertenecer al cien por ciento a la raza blanca. Así que cuando Parra dice que los mejores poetas chilenos son Ercilla y Darío, que pasaron por Chile y que tuvieron experiencias fuertes en Chile (Alonso de Ercilla en la guerra y Darío en las escaramuzas de salón) y que escribieron en Chile o sobre Chile, y en la lengua común que es el español, pues dice la verdad y no sólo zanja la ya aburrida cuestión de los cuatro grandes sino que abre nuevas interrogantes, nuevos caminos, además de ser su poema o artefacto, que es como Parra denomina a estos textos cortos, una versión o diversión de aquellos versos de Huidobro que dicen así:

Los cuatro puntos cardinales
Son tres
El sur y el norte.

Los versos de Huidobro son muy buenos y a mí me gustan mucho, son versos aéreos, como buena parte de la poesía de Huidobro, pero la versión/diversión de Parra me gusta más, es como un artefacto explosivo puesto allí para que los chilenos abramos los ojos y nos dejemos de tonterías, es un poema que indaga en la cuarta dimensión, tal como pretendía Huidobro, pero en una cuarta dimensión de la conciencia ciudadana, y aunque a primera vista parece un chiste, y además es un chiste, al segundo vistazo se nos revela como una declaración de los derechos humanos. Es un poema que, al menos a los compungidos y atareados chilenos, nos dice la verdad, es decir que nuestros cuatro grandes poetas son Ercilla y Darío, el primero muerto en su Castilla natal en 1594, tras una vida de viajero impenitente (fue paje de Felipe II y viajó por Europa y luego combatió en Chile a las Órdenes de Alderete y en Perú a las órdenes de García Hurtado de Mendoza), el segundo muerto en su Nicaragua natal tras haber vivido prácticamente toda su vida en el extranjero, en 1916, dos años después de la muerte de Trakl, ocurrida en 1914. Y ahora que he tocado a Trakl permítanme una digresión pues se me ocurre pensar que cuando éste abandona los estudios y entra a trabajar en una farmacia como aprendiz, a la tierna pero ya no inocente edad de dieciocho años, también está optando (y optando de forma natural) por el destierro, pues entrar a trabajar en una farmacia a los dieciocho años es una forma de destierro, así como la drogadicción es otra forma de destierro, y el incesto otra más, como bien sabían los clásicos griegos. En fin, tenemos a Rubén Darío y tenemos a Alonso de Ercilla, que son los cuatro grandes poetas chilenos, y tenemos lo primero que nos enseña el poema de Parra, es decir, que no tenemos ni a Darío ni a Ercilla, que no podemos apropiarnos de ellos, sólo leerlos, que ya es bastante. La segunda enseñanza del poema de Parra es que el nacionalismo es nefasto y cae por su propio peso, no sé si se entenderá el término caer por su propio peso, imaginaos una estatua hecha de mierda que se hunde lentamente en el desierto, bueno, eso es caer por su propio peso. Y la tercera enseñanza del poema de Parra es que probablemente nuestros dos mejores poetas, los dos mejores poetas chilenos fueron un español y un nicaragüense que pasaron por esas tierras australes, uno como soldado y persona de gran curiosidad intelectual, el otro como emigrante, como un joven sin dinero pero dispuesto a labrarse un nombre, ambos sin ninguna intención de quedarse, ambos sin ninguna intención de convertirse en los más grandes poetas chilenos, simplemente dos personas, dos viajeros. Y con esto creo que queda claro lo que pienso sobre literatura y exilio o sobre literatura y destierro.

Roberto Bolaño
Literatura y exilio
3 de abril de 2000

Foto: Nicanor Parra y Roberto Bolaño

A %d blogueros les gusta esto: