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Archivos Mensuales: mayo 2013

Librería Londres 1940

La discusión en torno a la literatura comprometida es ociosa.

La tristemente pregunta frecuente en las discusiones públicas, de si los libros deben cambiar el mundo, no es sino una cuestión de carácter retórico. La pregunta se formula de vez en cuando para evitar que la charla decaiga, mientras los libros siguen cambiando la faz del mundo, aunque lo quieran o no, aunque sus autores lo quieran o no; y no sólo los libros cuyas repercusiones han sido notorias, como por ejemplo las novelas de Dickens, modificadoras del sistema escolar y benéfico-social inglés […].

Sin duda, el autor de un libro no está eximido de responder a la pregunta de si quiere o no cambiar el mundo, pero su negación o su afirmación no influyen en absoluto sobre la realización de sus verdaderos propósitos. Cuando alguien hace uso de la lengua, o ésta de él, penetra en ámbitos donde ya no es posible controlar las repercusiones. Cuando escribe Sangre o Terraza o Agua con azúcar o Espía atómico, no sabe lo que está causando; con cada palabra está pagando una herencia cuyo montante desconoce y nunca sabrá qué mundos está poniendo en movimiento con una determinada palabra en un determinado lector. Un joven de dieciséis años compra en una librería de ocasión una obra de Nietzsche, una joven dama, agitada por las fiebres de la moda, pide el libro “que hay que haber leído”, ni Nietzsche ni el candidato en la lista febril conocerán lo que han generado. Nosotros los inicidados creemos saber con precisión adónde pertenece Karl May, de qué mundo forma parte Marcel Proust; al afectado le da igual dónde ha cogido la fiebre: si en el tranvía, atravesando un barrio sucio y periférico, o en un salón donde delicadamente tintinean las tazas de té […].

Son pocos los libros cuyo papel se recicla y se convierte en pasta; una vez entregados, viven en algún lugar, abandonados a su suerte. Por un instante son nuevos, pero al siguiente ya son viejos; apenas existe diferencia entre un libro cuya edad se mide en tres instantes y otro de setenta años. Cada libro cambia la faz del mundo, nos ofrece su savia en blanco y negro. Ya sea sobre la apicultura, ya sobre San Pablo, cada uno se nos presenta con una pretensión casi insoportable, aunque se declare sin pretensiones. La pretensión de ser sin pretensiones es más difícil de soportar que la amenazadora seriedad del profeta. Los libros sin pretensiones no existen.

Heinrich Böll
Los libros cambian la faz del mundo (1960)

Foto: Un chico lee en medio de las ruinas de una librería de Londres
después de un ataque aéreo, 8 de octubre de 1940.

Mark Twain escribiendoHay libros que se niegan a ser escritos. Se mantienen en sus trece año tras año y no se dejan convencer. No se debe a que el libro no esté ahí y no merezca ser escrito; solo se debe a que la forma adecuada de la historia no se muestra. Cada historia tiene una única forma adecuada, y si no logras encontrarla la historia no se contará. Puedes probar una docena de formas inadecuadas, pero en ningún caso llegarás muy lejos antes de descubrir que no has encontrado la adecuada; entonces la historia se detendrá y declinará seguir adelante. En el relato Juana de Arco comencé seis veces de manera equivocada, y cada vez que le presentaba el resultado a la señora Clemens, respondía con la misma crítica letal, el silencio. No decía una sola palabra, pero su silencio hablaba con la voz del trueno. Cuando finalmente encontré la forma adecuada la reconocí de inmediato, y sabía lo que ella diría. Lo dijo sin dudar ni vacilar.
A lo largo de doce años intenté seis veces contar un relato breve y sencillo consciente de que se contaría por sí solo en cuatro horas si era capaz de encontrar el punto de partida adecuado. Me apunté seis fracasos; más adelante, un día en Londres le ofrecí el texto del relato a Robert McClure, y le propuse que lo publicara en la revista y ofreciera un premio a la persona que mejor lo contase. Me mostré muy interesado y seguí hablando sobre el texto durante media hora; después dijo él:
“Tú mismo lo has contado. Solo tienes que escribirlo como lo has contado.”
Me di cuenta de que tenía razón. Cuatro horas más tarde estaba terminado a mi satisfacción. De modo que tardé en componer dicho relato cortito, que he titulado “El sello de la muerte”, doce años y cuatro horas.
Comenzar adecuadamente es, ciertamente, fundamental. Lo he comprobado demasiadas veces para ponerlo en duda. Hace veinticinco o treinta años que comencé un relato que iba a girar sobre las maravillas de la telegrafía mental. Un hombre iba a concebir un plan por el que sincronizaría dos mentes, a miles de millas una de otra, que les permitiría conversar libremente a través del espacio sin ayuda de cables. La comencé cuatro veces de manera inadecuada y no marchaba. Tres veces descubrí mi error después de haber escrito alrededor de cien páginas. Lo descubrí por cuarta vez cuando llevaba escritas cuatrocientas páginas… luego lo dejé por imposible y arrojé todo al fuego.

Mark Twain
Mi astillero literario

Foto: Mark Twain sentado en su escritorio

Milan Kundera

Un novelista que habla del arte de la novela no es un profesor que discurre desde su cátedra. Imagínenlo más bien como un pintor que les acoge en su taller, donde, colgados de las paredes, sus cuadros los miran desde todas partes. Les hablará de sí mismo, pero mucho más de los demás, de las novelas que más le gustan de ellos y que secretamente permanecen presentes en su propia obra. Según sus criterios de valor, reconstruirá ante ustedes el pasado de la historia de la novela y, con ello, les inducirá a adivinar su propia poética de la novela, que sólo le pertenece a él y, por tanto, de un modo natural, se opone a la poética de otros escritores. Sorprendidos, tendrán así la impresión de bajar a los sótanos de la historia, allí donde el porvenir de la novela está decidiéndose, elaborándose, haciéndose, entre disputas, conflictos y confrontaciones.

Milan Kundera
El Telón. Ensayo en siete partes

Foto: Milan Kundera en los setenta

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