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Archivos Mensuales: junio 2017

La novela moderna es un género único porque diríase que todas sus posibilidades están contenidas en un único libro: Cervantes funda el género en el Quijote y al mismo tiempo lo agota -aunque sea volviéndolo inagotable-; o dicho de otro modo: en el Quijote Cervantes define las reglas de la novela moderna acotando el territorio en el que a partir de entonces nos hemos movido todos los novelistas, y que todavía no hemos terminado de colonizar. ¿Y qué es ese género único? ¿O qué es al menos para su creador? Para Cervantes la novela es un género de géneros; también, o antes, es un género degenerado. Es un género degenerado porque es un género bastardo, un género sine nobilitate, un género snob; los géneros nobles eran, para Cervantes como para los hombres del Renacimiento, los géneros clásicos, aristotélicos: la lírica, el teatro, la épica. Por eso, porque pertenecía a un género innoble, el Quijote apenas fue apreciado por sus contemporáneos, o fue apreciado meramente como un libro de entretenimiento, como un best seller sin seriedad. Por eso no hay que engañarse: como dijo José María Valverde, Cervantes nunca hubiese ganado el Premio Cervantes. Y por eso también Cervantes se preocupa en el Quijote de dotar de abolengo a su libro y lo define como “épica en prosa”, tratando de injertarlo así en la tradición de un género clásico, y de asimilarlo. Dicho esto, lo más curioso es que es precisamente esta tara inicial la que termina constituyendo el centro neurálgico y la principal virtud del género: su carácter libérrimo, híbrido, casi infinitamente maleable, el hecho de que es, según decía, un género de géneros donde caben todos los géneros, y que se alimenta de todos. Es evidente que sólo un género degenerado podía convertirse en un género así, porque es evidente que sólo un género plebeyo, un género que no tenía la obligación de proteger su pureza o su virtud aristocráticas, podía cruzarse con todos los demás géneros, apropiándose de ellos y convirtiéndose de ese modo en un género mestizo. Eso es exactamente lo que es el Quijote: un gran cajón de sastre donde, atadas por el hilo tenuísimo de las aventuras de don Quijote y Sancho Panza, se reúnen en una amalgama inédita, como en una enciclopedia que hace acopio de las posibilidades narrativas y retóricas conocidas por su autor, todos los géneros literarios de su época, de la poesía a la prosa, del discurso judicial al histórico o el político, de la novela pastoril a la sentimental, la picaresca o la bizantina. Y, como eso es exactamente lo que es el Quijote, eso es exactamente también lo que es la novela, y en particular una línea fundamental de la novela, la que va desde Sterne hasta Joyce, desde Fielding o Diderot hasta Perec o Calvino.
Más aún: quizá cabría contar la historia de la novela como la historia del modo en que la novela intenta apropiarse de otros géneros, igual que si nunca estuviese satisfecha de sí misma, de su condición plebeya y de sus propios límites, y aspirara siempre, gracias a su esencial versatilidad, a ser otra, luchando por ampliar una y otra vez las fronteras del género.

Javier Cercas
La tercera verdad

Foto: Miseria e Nobiltà
Mario Mattoli, 1954

Previamente en Calle del Orco:
La razón de ser del arte de la novela, Milan Kundera
Toda la novela occidental oscila entre dos ideas límites, Juan Benet
El Quijote inaugura la moral del fracaso, Juan José Saer

Juan Villoro

Ricardo Piglia: ¿Cómo lees la crítica literaria que escriben los escritores y qué tipo de relación tienes tú con la crítica que escribes? Porque yo siempre veo ahí que hay algo injusto -injusto y sin ninguna importancia- y es que en las grandes construcciones de las reflexiones sobre la literatura, en las grandes historias de la crítica, nunca aparece la crítica de los escritores, como si fuera algo que no formaría parte de la tradición, siendo que -como sabemos bien- las cosas que han escrito Auden o Borges son por lo menos tan interesantes como las de Auerbach. Entonces, ¿cómo te colocas en ese espacio y qué tipo de función tiene? Si lo haces por encargo, porque escribes prólogos..

Juan Villoro: Yo creo que es casi imposible interesarte mucho en un autor y no interesarte en los libros que le gustan, lo que leía, los modos de pensar y de reflexionar. En ocasiones estos autores te interesan, pero se mantiene en el misterio lo que leían; en muchos casos -el caso Nabokov o Auden por ejemplo- el leer lo que ellos dicen de otros es tan elocuente o más que su propia obra y a mí eso me interesa mucho. Yo he escrito por diversas razones, siempre con un grado de admiración, porque hay una cosa que me resulta muy difícil y es escribir un ensayo nada más pedagógico, muy estéril…

Ricardo Piglia: O en contra, yo tampoco puedo. Yo no puedo escribir sobre un autor que no me gusta. O no me da ganas, francamente…

Juan Villoro: Se puede y de alguna forma es más fácil lucirte con un libro que consideras imperfecto.

Ricardo Piglia: Sí, sí. Si tomo el trabajo de escribirlo es porque lo admiro.

Juan Villoro: Exacto. Compartir un entusiasmo. Compartir ese entusiasmo es para mí una de las zonas de trabajo más difíciles y yo siempre trato de llegar a eso quizá al final y a veces con demasiado énfasis; y me pregunto ¿hasta dónde el ensayo permite la emoción narrativa?. Llegar -digamos- no solo al entendimiento, a deconstruir al otro autor, a explicarlo, a crear una zona de sentido, sino a generar la emoción de haberlo leído, es decir la lámpara encendida en la lectura, esa imagen casi fundacional. O sea en qué momento, de pronto, podemos lograr ese resplandor de una emoción de leer al otro.

Ricardo Piglia: Estoy de acuerdo.

Juan Villoro: Y también, la idea del ensayo que a mí me gusta mucho es la idea de leer en compañía: hay un otro incluido que es el lector. Yo creo que sería casi imposible crear una imagen de eso. Por ejemplo, tú y yo estamos viendo un cuadro de Goya, y de repente tú apuntas con el dedo a un detalle y dices “¡mira!” y se establece un vínculo entre la obra y nosotros dos. Ese momento, esa condensación en que alguien destaca un detalle…

Ricardo Piglia: Hace ver…

Juan Villoro: Hace ver y el otro lo comparte. Esa condensación es la compañía, que puede ser muy emocionante, que genera el ensayo.

Conversación entre Ricardo Piglia y Juan Villoro
Casa de América de Madrid, 2008
***

Creo que uno sólo puede enseñar el amor de algo. Yo he enseñado, no literatura inglesa, sino el amor a esa literatura. O mejor dicho, ya que la literatura es virtualmente infinita, el amor a ciertos libros, a ciertas páginas, quizá de ciertos versos. Yo dicté esta cátedra durante veinte años. Disponía de cincuenta a cuarenta alumnos, y cuatro meses. Lo menos importante eran las fechas y los nombres propios, pero logré enseñarles el amor de algunos autores y de algunos libros. Es decir, lo que hace un profesor es buscar amigos para los estudiantes. El hecho de que sean contemporáneos, de que hayan muerto hace siglos, de que pertenezcan a tal o cual región, eso es lo de menos. Lo importante es revelar belleza y sólo se puede revelar belleza que uno ha sentido.

Jorge Luis Borges

Foto: Juan Villoro

Previamente en Calle del Orco:
Los más grandes críticos literarios del siglo XX son generalmente escritores, Ricardo Piglia
Los escritores son los estrategas en la lucha por la renovación literaria, Ricardo Piglia

Kurt Vonnegut y su hija Edith
Kurt Vonnegut: Los mejores argumentos son siempre bromas fantásticas que la gente se cree una y otra vez.

Entrevistador: ¿Puede dar un ejemplo?

K.V.: La novela gótica. Se publican docenas de cosas cada año, y todas venden. Mi amigo Borden Deal escribió hace poco una novela gótica por puro placer, y le pregunté cuál era el argumento, y me dijo: “Una joven acepta un trabajo en una casa vieja y se muere de miedo”.

E.: ¿Algún ejemplo más?

K.V.: Los demás no resultan tan divertidos de describir: alguien se mete en un lío y luego se sale de él; alguien pierde algo y lo recupera; alguien es víctima de una injusticia y se venga; Cenicienta; alguien empieza a ir cuesta abajo y así continúa; dos se enamoran, y mucha otra gente se entromete; una persona virtuosa es acusada falsamente de haber pecado; se cree que una persona pecadora es virtuosa; una persona se enfrenta a un desafío con valentía, y tiene éxito o fracasa; una persona miente, una persona roba, una persona mata, una persona fornica.

E.: Perdóneme si le digo esto, pero estas tramas son muy antiguas.

K.V.: Le garantizo que no hay ninguna estructura en un relato moderno, incluso si no tiene trama, que aporte satisfacción genuina al lector si no se introduce alguna de estas tramas antiguas. No creo que las tramas deban considerarse tanto como representaciones precisas de la vida, sino como modos de hacer que los lectores sigan leyendo. Cuando enseñaba creación literaria, les decía a los estudiantes que hicieran que sus personajes quisieran algo enseguida, aunque sólo fuera un vaso de agua. Los personajes paralizados por la falta de sentido de la vida moderna todavía tienen que beber agua de vez en cuando. Uno de mis estudiantes escribió una historia sobre una monja a la que se le quedaba un trozo de hilo dental entre dos muelas izquierdas inferiores y que no podía sacárselo en todo el día. Me pareció fantástico. La historia trataba de temas mucho más importantes que el hilo dental, pero lo que mantenía la atención de los lectores era la ansiedad sobre cuándo se sacaría finalmente el hilo. Nadie conseguía leer la historia sin rebuscar en la boca con el dedo. Me parece un ejemplo admirable de broma. Cuando se excluye la trama, cuando excluyes el deseo de alguien en relación a algo, excluyes al lector, lo cual es malvado.

Kurt Vonnegut
The Paris Review, 1977

Foto: Roger Greenawalt
Kurt Vonnegut y su hija Edith

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Para certificar qué importancia les adjudica, cuánta consideración merecen a la literatura unos y otros, basta con que comparemos dos viajes, el uno exterior y el otro interno, ambos realizados desde la península ibérica. La aventura de Cristobal Colón, que descubrió América, y la de don Quijote, que no descubrió nada como fueran unos cuantos sueños insensatos.
Estas dos aventuras suceden aproximadamente en el tiempo de los grandes descubrimientos. El viaje descubridor de Colón es, sin duda alguna, el más resonante, el más provechoso, en pocas palabras el más grande en la historia de la humanidad. Nuestro planeta, el globo terráqueo, nuestro mundo, se duplicó. Mientras que el otro viaje, el de don Quijote, no solamente desde el punto de vista de la utilidad no podía proporcionarle nada a nadie, sino que fue sin lugar a dudas el más ocioso entre los vagabundeos de la época.
En otro sentido, ha acabado sucediendo algo sorprendente. Mientras que el viaje grandioso por sus consecuencias, el de Colón, no ha dejado huella alguna en la gran literatura universal, el otro recorrido, el del enajenado entre una aldea de España y otro villorrio de la misma España, un itinerario inútil, sin la menor importancia para nadie y que probablemente no se haya producido siquiera, depara a la humanidad una de las obras maestras más sublimes. Resulta una paradoja, incluso una paradoja reiterada que, tal vez, induce a situar entre interrogantes su propia condición de tal.
Cuantas veces se han producido en el mundo grandes descubrimientos, extrañamente, han ido acompañados a menudo por la idea de que la literatura habría de cambiar gracias a su influjo. Para bien o para mal, pero sobre todo para mal. No han sido únicamente las ingenuas asambleas de escritores del mundo comunista, quienes, acomplejados por el temor de ser tildados de atrasados y provincianos, solían presumir de partidarios de las cosas modernas y gritaban que ahora que se había inventado el teléfono o el tren, y con mayor motivo el avión, la literatura soviética, la búlgara o la albanesa acabarían por modernizarse; es decir, el malentendido no se ha producido únicamente en ese mundo. El desatino se ha extendido por todas partes, hasta llegar a los así llamados descubrimientos cósmicos y sobre todo al hecho de que el hombre consiguiera pisar la Luna. Este último hecho más que ningún otro, por ser considerada la Luna de forma casi oficial como patrimonio de la poesía, ocasionó abundantes lloros y lamentos, en el fondo ridículos, que presagiaban la muerte de la poesía y otras mamarrachadas semejantes.
Nosotros sabemos que nada semejante ha sucedido ni había modo de que sucediera. Ya como no sucedió cuando se inventó el arado, las armas de fuego, la imprenta, la locomotora de vapor, el pararrayos, el cinematógrafo, el crédito bancario o la televisión, hasta llegar internet.
Siglos atrás, por no decir hace milenios, la literatura había adoptado providencias para defenderse de borrascas de esa clase. Había creado un territorio secreto, junto con un calendario asimismo secreto, ambos inalcanzables por ningún ejercito, régimen político o invento. El espacio y el tiempo, los dos mayores causantes de tormentos para nuestras mentes (suplicios que infligen merced a la idea de infinitud que nosotros, criaturas finitas, no alcanzamos a concebir), la literatura se ha empeñado en adaptarlos a sus propias leyes.
Gracias a ello, en ese territorio nuevo y de acuerdo con ese calendario diferente, han ocurrido cosas insospechadas. Siempre gracias a ello, el desquiciado don Quijote venció en duelo al almirante Colón.

Ismaíl Kadaré
Don Quijote en los Balcanes
París, 7 de marzo de 2005

Foto: Armstrong pisando la Luna
NASA, 1969

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