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Archivos Mensuales: enero 2016

Julien Gracq-©-photo-Roland-Allard

En realidad la marea viva, la carga activa de la literatura de hoy fluye bajo esta sucesión de técnicas un poco fastidiosa a la manera de un río bajo el hielo. Ninguna técnica ha dado nunca verdaderamente rostro y vida a la literatura de una época, como tampoco ninguna, ni la más extravagante, ni la más enloquecida, ha conseguido nunca quitárselas. De la tragedia de mil ochocientos versos en cinco actos y en alejandrinos de doce pies de rima plana, sé muy bien que los profesores de retórica me han alabado siempre en clase lo exquisito de sus genes, pero yo por mi parte, nunca he podido ver en ella otra cosa que una camisa de fuerza absurda y sádica; y sin embargo el teatro del siglo XVII no está muerto, sin duda; tan poco muerto está que una especie de masoquismo recurrente, fetichista, hizo conservar esa práctica hasta los mejores años de la Monarquía de Julio. Poco importan esas técnicas, esas reglas, que a distancia harían que los autores de los siglos pasados semejasen un desfile de personas sanas grotescamente provistas de muletas, zancos y andadores, si no estuviésemos tan acostumbrados a verlos avanzar con este equipamiento de tal modo que ha dejado de chocarnos. La literatura, sin duda, tiene ese precio: también nosotros tenemos nuestros zancos y muletas, que nos parecen botas de siete leguas y que los lectores de pasado mañana, si quedan, sabrán poner en su sitio como nosotros hemos hecho con nuestros antepasados, y sin reprochárnoslo mucho más, en la tienda ortopédica de la literatura. La literatura está en otra parte. Si es válida, si significa algo, no puede ser más que lo que nos recuerda la hermosa expresión de Rimbaud: “el alma aplicada al alma -y tirando”. Hacia qué lado tira es, si ustedes quieren, su verdadero contenido.

Julien Gracq
Por qué respira mal la literatura
Conferencia dictada en el École normale supérieure de París en 1960

Foto: Julien Gracq
Rolland Allard

Borges y su madre

Quisiera rememorar aquí la ocasión en que conocí a Borges. Me invitó a almorzar con él mi amiga Victoria Ocampo, y me indicó que pasara a recogerlo por la Biblioteca Nacional, debido a su ceguera, para acompañarlo al piso en que vivía ella. Casi en el momento mismo en que se cerraron tras nosotros las puertas de la Biblioteca Nacional comenzamos a hablar de literatura. Borges habló de la influencia que G.K.Chesterton había tenido en su obra, así como de la influencia que Robert Louis Stevenson tuvo en sus últimos cuentos. Dijo que la prosa de Stevenson había supuesto una enorme influencia. Entonces introduje un comentario mío. Robert Louis Stevenson había escrito como mínimo un buen poema, un poema acerca de sus antepasados. Sus antepasados habían construido los grandes faros de la costa de Escocia, y yo sabía que los antepasados era en general un tema de especial interés para Borges. El poema comenzaba así:

Say not of me that weakly I declined
The labour of my sires, and fled the sea,
The towers we founded and the lamps we lit,
To play at home with paper like a child.*

Estábamos en una calle bonaerense muy ruidosa, llena de gente. Borges se detuvo en el bordillo de la acera y me recitó el poema entero, palabra a palabra, a la perfección. Después de un grato almuerzo, se sentó en un sofá y citó al pie de la letra largos fragmentos de la literatura anglosajona antigua. Mucho me temo que no fui capaz de seguirle por esos derroteros, pero le miré a los ojos mientras recitaba, y me asombró la expresión de aquellos ojos ciegos. No parecían ciegos en absoluto. Daba la impresión de que estuvieran mirando a su interior de manera muy curiosa, y denotaban una gran nobleza.
Borges también tenía este sentimiento por los ancestros, por los gauchos del pasado. Sus últimos cuentos están repletos de historias relativas a los gauchos, y en uno de ellos escribió lo siguiente: “Así como los hombres de ciertos países sienten con verdadera adoración la vocación del mar, nosotros los argentinos anhelamos las ilimitadas planicies que resuenan bajo los cascos de un caballo”. Era un hombre de gran valentía. En cierta ocasión, durante la segunda época de Perón en el poder, cuando vivía con su anciana madre, recibió una misteriosa llamada telefónica. Una voz de varón dijo lo siguiente: “Vamos a matarte a tu madre y a ti”. La madre de Borges contestó: “Tengo noventa años, así que mejor será que vengan pronto. En cuanto a mi hijo, les será fácil porque es ciego.” Esta imagen da un acertado retrato, creo yo, de cómo era esa familia.
Para mí, Borges habla por todos los escritores. En sus libros, una y otra vez encuentro frases que resumen mi experiencia de escritor. Habla de la escritura como si fuera “un sueño guiado”, y en cierta ocasión escribió lo siguiente:

No escribo para una selecta minoría, término que para mí no significa nada, sino que escribo para esa adulada entidad platónica que llamamos “las masas”. No creo en ninguna de las dos abstracciones, tan caras para el demagogo. Escribo para mí y para mis amigos, y escribo para aplacar el paso del tiempo.

Creo que esa idea bastará para que todo escritor se sienta próximo a él.

Graham Greene
En recuerdo de Borges
De una breve charla en la Anglo-American Society, 1984 

Imagen: Leonor Acevedo y Jorge Luis Borges en su casa de la calle Maipú

*”No digáis de mí que, débil, decliné / los trabajos de mis mayores, y que huí del mar, / de las torres que erigimos, los faros que encendimos, / para jugar en casa, como un niño, con papel” R.L. Stevenson, De vuelta del mar. Poemas. Hiperión, 1980. Trad. Javier Marías.

Robert Musil

Cada novela, cada relato y cada drama tiene un “problema”. Ese problema no se puede tratar en prosa objetiva. Ese problema se podría tratar en un ensayo. Tiene que haber un punto casual en la vida de cada gran escritor o crítico en que se convierte en lo uno o en lo otro. Tratado como ensayo, el problema es fatigoso, se arrastraría a lo largo del texto. Cuando uno se decide por la vivisección, es el momento del sacrilegio intelectual, del trabajo artesanal. El de lo sagrado, cuando le es dado a alguien sentir que un “Pero, dijo él,” bien puesto enriquece y aclara la vida. Ahí interviene además la sorprendente relación entre pensar y hacer. No porque la “potencia” del hacer sea mayor en un terreno dado que la del pensamiento, sino porque el “haber hecho” es como el haberse casado una imagen de espejo que se ha convertido en exigencia, consecuencias vivas de cosas que si no se nos habrían perdido. No es que se expresen ideas en la novela o el relato, es que se deja que resuenen. Entonces, ¿Por qué el técnico aprende ciertas cosas en la fábrica mejor que en la teoría de la escuela superior? Pues porque su presencia ahí delante actúa con más fuerza sobre la voluntad. ¿No empujan las historias de indios y de aventuras a los chavales a escaparse de casa? ¿No hemos vivido nosotros ese impulso? La fuerza sugestiva de la acción es más poderosa que la del pensamiento. El siguiente grado es: soñar en un libro. En el máximo, finalmente, todo lo que sea conforme a la voluntad se ve absorbido por cuanto sea conforme a la imaginación, y su último residuo, indirectamente observable, es una mayor amplitud de las vibraciones anímicas que nos vienen de las ideas viviseccionadas.

Robert Musil
Sin título – en torno a 1910

Foto: Robert Musil en su estudio, 1930

 

Gustav Süs

Pocas cosas existen tan cargadas de magia como las palabras de un cuento. Ese cuento breve, lleno de sugerencias, dueño de un extraño poder que arrebata y pone alas hacia mundos donde no existen ni el suelo ni el cielo. Los cuentos representan uno de los aspectos más inolvidables e intensos de la primera infancia. Todos los niños del mundo han escuchado cuentos. Ese cuento que no debe escribirse y lleva de voz en voz paisajes y figuras, movidos más por la imaginación del oyente que por la palabra del narrador.

He llegado a creer que solamente existen media docena de cuentos. Pero los cuentos son viajeros impenitentes. Las alas de los cuentos van más allá y más rápido de lo que lógicamente pueda creerse. Son los pueblos, las aldeas, los que reciben a los cuentos. Por la noche, suavemente, y en invierno. Son como el viento que se filtra, gimiendo, por las rendijas de las puertas. Que se cuela, hasta los huesos, con un estremecimiento sutil y hondo. Hay, incluso, ciertos cuentos que casi obligan a abrigarse más, a arrebujarse junto al fuego, con las manos escondidas y los ojos cerrados.

Los pueblos, digo, los reciben de noche. Desde hace miles de años que llegan a través de las montañas, y duermen en las casas, en los rincones del granero, en el fuego. De paso, como peregrinos. Por eso son los viejos, desvelados y nostálgicos, quienes los cuentan.

Los cuentos son renegados, vagabundos, con algo de la inconsciencia y crueldad infantil, con algo de su misterio. Hacen llorar o reír, se olvidan de donde nacieron, se adaptan a los trajes y a las costumbres de allí donde los reciben. Sí, realmente, no hay más de media docena de cuentos. Pero ¡cuántos hijos van dejándose por el camino! […]

El cuento es astuto. Se filtra en el vino, en las lenguas de las viejas, en las historias de los santos. Se vuelve melodía torpe en la garganta de un caminante que bebe en la taberna y toca la bandurria. Se esconde en los cruces de los caminos, en los cementerios, en la oscuridad de los pajares. El cuento se va, pero deja sus huellas. Y aun las arrastra por el camino, como van ladrando los perros tras los carros, carretera adelante.

El cuento llega y se marcha por la noche, llevándose debajo de las alas la rara zozobra de los niños. A escondidas, pegándose al frío y a las cunetas, va huyendo. A veces pícaro, o inocente, o cruel. O alegre, o triste. Siempre, robando una nostalgia, con su viejo corazón de vagabundo.

Ana María Matute
Los cuentos vagabundos

Imagen: Gustav Süs
La liebre y el erizo, 1855

mario-levrero

¿La novela policial ha influido en tu literatura?

Para algunos críticos, sí. Yo también supongo que sí. Suelen citarse fuentes más o menos innobles de mi literatura, la novela policial entre ellas. También se ha citado la pornografía, aunque es un error: detesto la pornografía. Otro error es buscar fuentes exclusivamente literarias para la literatura, como si un fabricante de quesos tuviera que alimentarse exclusivamente de quesos. Antes de escribir traté de hacer cine, hasta me di cuenta de que en Uruguay era imposible. Terminé escribiendo porque era más barato, y porque me faltó la disciplina para aprender música o pintura, o para ser médico o psicólogo. Y después que uno encuentra un modo de expresión, se le hace fácil y cuesta salirse de él, pero no quisiera descartar del todo la posibilidad de no hacer nada. Pero me llama la atención esa miopía generalizada, ese afán de construir un mundo coherente pero falso, donde todos los escritores están como pinchados con alfileres en un mapa, en una red de parentescos e influencias. Creo que el cine, la música, los amigos, las mujeres, las hormigas, el mar, y etcétera, me han influido tanto o más que los libros. Lo digo seriamente.

Entrevista imaginaria con Mario Levrero
Por  Mario Levrero

Foto: Mario Levrero

***

El procedimiento practicado por la mayoría de la crítica consiste en agrupar obras en torno a su autor, y autores en torno a alguna corriente de época. Proviene de la historia. Y hoy proporciona poco más que la insubstancial satisfacción de aparentes sistemas causales.
Una manera mejor de contemplar la literatura sería no sintetizarlo todo en función de lo que ya existe de todas formas aunque no se haga, sino desplegar unas junto a otras tan sistemáticamente como fuera posible las singularidades –aquello en lo que el autor no se repita diez veces, ni la época mil–. Se obtendría como perfil la curva límite de nuestros sentimientos e ideas, la línea de conexión de los puntos finales de todos los caminos, donde se cortan frente a lo que aún no se ha dado. De esa forma habría desplazamientos en diversas escalas de rangos, y me parece que en conjunto se alcanzaría el único modo de observación cuya sistemática es verdaderamente instrumento de una voluntad de progreso.

Robert Musil
Sobre los dos relatos de Robert Musil
“Vereinigungen” y sobre la crítica
1911-1912

***

Una de las preguntas más delicadas y más difíciles de contestar es por quién está uno influido. Creo que uno no puede decirlo. Seguramente por cada libro que ha leído. Así era conmigo. Muchos libros; pero también y ante todo muchos cuadros, y mucha música, uno transmuta siempre en otras formas de expresión. Creo, por ejemplo, que las artes plásticas, y, en especial, los museos de Colonia, han tenido una gran influencia sobre mí, también las iglesias románicas, quizás fueron más importantes para mí que Dostoievski o Chesterton, es difícil decirlo. Todo era importante. Detectar exactamente: esto era -sería equivocado.

Heinrich Boll
Conversaciones con Christian Linder

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