La fuerza sugestiva de la acción es más poderosa que la del pensamiento, Robert Musil

Robert Musil

Cada novela, cada relato y cada drama tiene un “problema”. Ese problema no se puede tratar en prosa objetiva. Ese problema se podría tratar en un ensayo. Tiene que haber un punto casual en la vida de cada gran escritor o crítico en que se convierte en lo uno o en lo otro. Tratado como ensayo, el problema es fatigoso, se arrastraría a lo largo del texto. Cuando uno se decide por la vivisección, es el momento del sacrilegio intelectual, del trabajo artesanal. El de lo sagrado, cuando le es dado a alguien sentir que un “Pero, dijo él,” bien puesto enriquece y aclara la vida. Ahí interviene además la sorprendente relación entre pensar y hacer. No porque la “potencia” del hacer sea mayor en un terreno dado que la del pensamiento, sino porque el “haber hecho” es como el haberse casado una imagen de espejo que se ha convertido en exigencia, consecuencias vivas de cosas que si no se nos habrían perdido. No es que se expresen ideas en la novela o el relato, es que se deja que resuenen. Entonces, ¿Por qué el técnico aprende ciertas cosas en la fábrica mejor que en la teoría de la escuela superior? Pues porque su presencia ahí delante actúa con más fuerza sobre la voluntad. ¿No empujan las historias de indios y de aventuras a los chavales a escaparse de casa? ¿No hemos vivido nosotros ese impulso? La fuerza sugestiva de la acción es más poderosa que la del pensamiento. El siguiente grado es: soñar en un libro. En el máximo, finalmente, todo lo que sea conforme a la voluntad se ve absorbido por cuanto sea conforme a la imaginación, y su último residuo, indirectamente observable, es una mayor amplitud de las vibraciones anímicas que nos vienen de las ideas viviseccionadas.

Robert Musil
Sin título – en torno a 1910

Foto: Robert Musil en su estudio, 1930