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Archivos Mensuales: agosto 2012

“Llegó el doctor Schwörer, pronunció un comentario afectuoso y abrazó a Antón Pávlovich, que se incorporó con insólita seguridad, se sentó y dijo con voz fuerte y clara: “Ich sterbe” (“Me muero”, en alemán). El médico lo calmó, cogió una jeringuilla, le puso una inyección de alcanfor y ordenó que le dieran champán. Antón Pávlovich tomó la copa llena, miró a su alrededor, me dirigió una sonrisa y dijo: “Hacía tiempo que no bebía champán”. Apuró la copa hasta el fondo y se volvió hacia la izquierda; apenas tuve tiempo de acercarme, de inclinarme sobre el lecho y de llamarle: ya no respiraba, se había quedado dormido como un niño…
Cuando Antón Pávlovich dejó de existir, una polilla gris, de dimensiones enormes, entró por la ventana y, con un ruido desagradable, empezó a chocar contra las paredes, el techo y la lámpara, como en una agonía de muerte.”

Olga Knipper
Cartas, 1902-1904

Foto del matrimonio Chéjov-Knipper

La vida nocturna en Europa no se reduce simplemente a una lista de cafés. Es una especie de enfermedad extraña y persistente cuya llama se ha avivado desde la guerra. Esta llama está quemando a una generación entera.
La vida nocturna de París es de lo más civilizada y entretenida. La de Berlín es la más sordida, desesperada y viciosa. La de Madrid, la más aburrida, y la de Constantinopla es, o era, la más emocionante.
París se acuesta más temprano que cualquiera de las grandes ciudades del mundo. A las doce y media en punto salen los últimos ómnibus que cruzan la ciudad, el último tren ruge por los túneles del metro, y las calles alrededor de la Ópera se vacían como si hubiera sonado el toque de queda. Los taxis abandonan las calles para irse a casa, y los últimos trenes están albarrotados de parisinos que regresan a sus casas.
París es un desierto. Hace horas que se han bajado las cortinas y que los barrios residenciales duermen profundamente. Sólo quedan las aves nocturnas. ¿Adónde van? […]
La vida nocturna de Berlín está a las antípodas de la de París. Berlín es una ciudad vulgar, fea, huraña y disipada. Después de la guerra, se sumergieron en una orgía que los alemanes llamaban el baile de la muerte. La vida nocturna de Berlín no tiene nada de atractivo o alegre. Es absolutamente repugnante. […]
Madrid es otra cosa. En Madrid nadie se va a la cama. Pero tampoco hacen nada para divertirse. Sólo se quedan despiertos y hablan.
A las dos de la madrugada, en el centro de Madrid hay tanta actividad como en pleno día. Los cafés están llenos, las calles están atestadas de gente. En los teatros de Madrid, las funciones empiezan a las diez de la noche. Las matinés empiezan a las seis y media de la tarde. […]
Italia es un país curioso para la vida nocturna. La vida nocturna debe entenderse no necesariamente como algo disipado o relacionado con ir a salas de baile, sino sencillamente como un estado extraño y febril que mantiene a la gente en danza a horas en las que lo natural sería estar durmiendo. […]
La vida nocturna es extraña. No parece que haya una razón o regla que la controle. Cuando la buscas, no la encuentras. Y cuando no la quieres, no puedes escapar de ella. Es un producto europeo.

Ernest Hemingway
La vida nocturna europea: una enfermedad
The Toronto Star Weekly, 15 de diciembre de 1923

Foto: Ernest Hemingway en la Plaza del Castillo -Pamplona- Julio 1959

“De alguna manera esto será el diario de una rutina de escritor, pero también quisiera ser otra cosa, una confrontación de lo que ocurre mientras se trabaja y que en mi caso es hoy muy diferente que en otros tiempos. La música, por ejemplo, y los boletines de radio, hace años me hubiera sido imposible concentrarme sin estar en una especie de gabinete (aunque sólo fuera mental, producto voluntario de la abstracción en pleno café o en una casa rumorosa de domesticidad); contra lo previsible, la vejez y la historia me vuelven más poroso, me reclaman algo como la ósmosis con lo circundante. Elijo, por supuesto: nadie va a un estadio para corregir pruebas de un libro, pero mi elección no es ya la penumbra del escritorio sino este auto en el parking de Avignon o de Vaison-la-Romaine, una radio que me da noticias cada cuarto de hora y un fondo de música no siempre intolerable; casi en seguida va a verse la incidencia de estas cosas en algo que años atrás no me hubiera incitado al menor comentario. Y así, cada tanto dejo de trabajar y me voy por las calles, entro en un bar, miro lo que ocurre en la ciudad, dialogo con el viejo que me vende salchichas para almorzar porque el dragón, ya es tiempo de presentarlo, es una especie de casa rodante o caracol que mis obstinadas predilecciones wagnerianas han definido como dragón, un Volkswagen rojo en el que hay un tanque de agua, un asiento que se convierte en cama, y al que he sumado la radio, la máquina de escribir, libros, vino tinto, latas de sopa y vasos de papel, pantalón de baño por si se da, una lámpara de butano y un calentador gracias al cual una lata de conservas se convierte en almuerzo o cena mientras se escucha Vivaldi o se escriben cartillas. Lo del dragón viene de una antigua necesidad; casi nunca he aceptado el nombre de las cosas y creo que se refleja en mis libros, no veo por qué hay que tolerar invariablemente lo que nos viene de fuera, y así los seres que amé y que amo les fui poniendo nombres que nacían a su modo de un encuentro, de un contacto de claves secretas, y entonces mujeres fueron flores, fueron pájaros, fueron animalitos del bosque, y hubo amigos con nombres que incluso cambiaban después de cumplido un ciclo, el oso podía volverse mono, como alguien de ojos claros fue una nube y después una gacela y una noche se volvió mandrágora, pero para volver al dragón diré que hace dos años lo vi llegar por primera vez subiendo rue Cambronne en París, lo traían fresquito de un garaje y cuando me enfrentó le vi la gran cara roja, los ojos bajos y encendidos, un aire entre retobado y entrador, fue un simple click mental y ya era dragón y no solamente un dragón cualquiera sino Fafner, el guardián del tesoro de los nibelungos, que según la leyenda y Wagner habrá sido tonto y perverso, pero que siempre me inspiró una simpatía secreta aunque más no fuera por estar condenado a morir a manos de Sigfrido y esas cosas yo no se las perdono a los héroes, como hace 30 años no le perdoné a Teseo que matara al Minotauro. Sólo ahora ligo las dos cosas, aquella tarde estaba demasiado preocupado con los problemas que iba a plantearme el dragón en materia de palanca de velocidades, alto y ancho muy superiores a mi ex Renault, pero me parece claro que obedecí al mismo impulso de defender a los que el orden estatuido define como montruos y extermina apenas puede. En dos o tres horas me hice amigo del dragón, le dije claramente que para mí cesaba de llamarse Volkswagen, y la poesía como siempre se mostró puntal porque cuando fui al garaje donde tenían que instalar la placa definitiva y además la inicial del país en que vivo, me bastó ver el mecánico pegándole una gran F en la cola para confirmar la verdad; desde luego que a un mecánico francés no se le puede decir que esa letra no significa Francia sino Fafner, pero el dragón lo supo y de vuelta me demostró su alegría subiéndose parcialmente a la acera con particular espanto de una señora cargada de hortalizas.”

Julio Cortázar, 1972
Corección de pruebas en Alta Provenza

Foto: Cortázar junto a Fafner

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