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Archivos Mensuales: noviembre 2013

Anatole France

Entre todas las formas de procurarse libros, la más gloriosa, se piensa, es la de escribirlos uno mismo. Muchos de ustedes recordarán con simpatía la inmensa biblioteca que, en su pobreza, reunió con el tiempo el maestro de escuela Wuz, en Jean Paul, escribiendo él mismo, ante la imposibilidad de comprarlas, todas las obras cuyos títulos le interesaban en los catálogos de feria. Los escritores son, efectivamente, personas que escriben libros no por pobreza, sino por insatisfacción con los libros que podrían comprar pero que no les complacen. Tal vez tomen ustedes esto, señoras y señores, por una definición descabellada del escritor; pero todo lo que se dice es descabellado desde el punto de vista de un coleccionista auténtico. Entre los modos de adquisición más corrientes, el que mejor conviene a los coleccionistas será el préstamo no seguido de devolución. Quien pide prestados libros en cantidad, tal como un coleccionista inveterado, no sólo por el ardor con el que vela el tesoro acumulado de este modo, haciendo oídos sordos a todas las admoniciones judiciales, sino también, y sobre todo, por el hecho de que tampoco lee los libros. Si quieren creer en mi experiencia, son más los casos en los que se me ha devuelto un libro prestado sin leerlo, que aquellos en los que se ha leído. ¿Será entonces ésa –la marca propia de los coleccionistas? ¡No leer! Esto sí que es nuevo. Bien, pues no. Los expertos confirmarán que es, al contrario, algo muy antiguo, y me limitaré a citar la respuesta que Anatole France, por su parte, tenía reservada y dispuesta para cuando algún individuo corto de miras, tras admirar su biblioteca, le soltase finalmente la pregunta inevitable: “¿Y usted ha leído todo eso, señor France?” “No, ni la décima parte. ¿O es que tal vez usted cenaría todos los días con su vajilla de Sèvres?”

Walter Benjamin
Desembalo mi biblioteca

Foto de Anatole France en su despacho

peter-handke

Hubo un tiempo en que volví a leer todos los diarios de Kafka, sus cartas, y también lo que escribieron sus amigos sobre él, solo porque quería averiguar si por acaso no había tenido granos. Pero las descripciones de sus amigos y los gestos escriturarios de sus cartas mostraban el rostro de una persona sin máculas, completamente inclinada hacia quienes se dirigía.
Kafka era bonito, escribió Max Brod, una figura alta, un rostro marrón. Igual, siempre me imagino que de adolescente Kafka tuvo acné, dolorosas hinchazones que supuraban en el rostro y en el cuello, por lo que no podía afeitarse bien. Forúnculos, miedo al contacto. Una vez llegó a volver a su casa desde el extranjero porque tenía un forúnculo en la nuca: eso es un hecho. El extranjero y el forúnculo. ¡A no glorificar los hechos! Porque en la realidad nada gloriosa, Kafka era bonito.
Una vez quise escribir una historia en la que alguien, por el hecho de contraer acné, empezaba a observar todo con otros ojos. Esa historia se iba a llamar ACNÉ. Eso fue hace mucho tiempo, cuando mi mundo era el mundo de Kafka y mi héroe, el Dr Franz Kafka. “Todos los acusados son bonitos”.
Cómo me sentía reflejado en la vergüenza de Kafka; no, no reflejado, sino descubierto por primera vez… y luego siempre reflejado. Y cuán pusilánime, cuán temerosa me parece hoy esa vergüenza: cuán arrogante.
Tal vez por eso husmeaba a menudo en los documentos como un detective privado, para ver si en realidad Kafka sí había dormido con mujeres. La calentura en sus historias es un poco la calentura del sueño, por un lado animal, entre charcos de cerveza debajo de una mesa de taberna, pero por otro amordazada por el miedo de ensuciar la sábana limpia que luego llegará a ver la madre… Un poco era también el mundo de un adolescente el que describe Kafka, y en lo que atañe a la sexualidad, un mundo adolescente.
Y su alegría nunca es una alegría en sí misma, sino siempre el resultado físico de un largo dolor: como si la fuerza mortal de gravedad se hiciera tan fuerte que se transmutara en una ingravidez celestial. Esta alegría (otros dicen: el “humor” de Kafka), solo como resultado de un dolor, se me ha vuelto extraña, incluso repugnante; y sin embargo, cuando pienso en la última frase de El proceso –“Era como si la vergüenza debiera sobrevivirlo”- me parece como si no solo fuera un frase, sino una ACCIÓN, más poderosa que cualquier acción que haya oído hasta hoy.
Cuando pienso en Kafka y lo veo ante mí, tengo la sensación que me bastaría mirarlo con suficiente paciencia, tal vez bajando la cabeza entremedio, para no herirlo demasiado; y él dejaría de ser, poco a poco, la mera imagen de una víctima, para ser algo completamente distinto, y contarlo, pero con la misma escrupulosidad que antes.

Peter Handke
Sobre Franz Kafka, 1974

Foto de Peter Handke

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