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Archivos Mensuales: junio 2016

Natalia Ginzburg

Nuestra felicidad o infelicidad personal, nuestra condición terrenal tiene una gran importancia en relación con lo que escribimos. He dicho antes que, en el momento en que uno escribe, se siente milagrosamente impulsado a ignorar las circunstancias presentes de su propia vida. Sin duda es así. Pero ser felices o infelices nos lleva a escribir de un modo u otro. Cuando somos felices, nuestra fantasía tiene más fuerza; cuando somos infelices, nuestra memoria actúa entonces con más brío. El sufrimiento hace que la fantasía se vuelva débil y perezosa; funciona, pero con desgana y languidez, con los movimientos débiles de los enfermos, con el cansancio y la cautela de los miembros doloridos y febriles; nos cuesta apartar la vista de nuestra vida y de nuestra alma, de la sed y de la inquietud que nos embarga. En las cosas que escribimos afloran entonces, continuamente, recuerdos de nuestro pasado, nuestra propia voz resuena de continuo y no conseguimos imponerle el silencio. Entre nosotros y los personajes que inventamos entonces, que nuestra fantasía languideciente consigue, no obstante, inventar, nace una relación particular, tierna y como materna, una relación cálida y húmeda de lágrimas, de una intimidad carnal y asfixiante. Tenemos raíces profundas y dolientes en cada ser y en cada cosa del mundo, del mundo que se ha poblado de ecos, de estremecimientos y sombras, y una piedad devota y apasionada nos une a ellas. Nos arriesgamos entonces a naufragar en un lago oscuro de agua muerta y estancada, y arrastrar con nosotros las criaturas de nuestro pensamiento, dejarlas perecer con nosotros en el remolino tibio y oscuro, entre ratas muertas y flores putrefactas. Hay un peligro en el dolor, así como hay un peligro en la felicidad, respecto a las cosas que escribimos. Porque la belleza es un conjunto de crueldad, de soberbia, de ironía, de ternura carnal, de fantasía y de memoria, de claridad y de oscuridad, y si no conseguimos obtener todo esto junto, nuestro resultado es pobre, precario y escasamente vital.

Natalia Ginzburg
Mi oficio, Turín 1949
Las pequeñas virtudes

Foto: Natalia Ginzburg

Frans Masereel

Una instintiva inclinación me ha empujado siempre hacia los escritores de ayer y de hoy en los que los términos naturaleza e historia (o sociedad si se prefiere) aparecen simultáneamente presentes. Pero no es sólo una preferencia de gusto: yo creo que el término naturaleza está siempre presente en todo gran narrador. Incluso en Balzac, pese a estar plenamente sumergido en el descubrimiento del nuevo gran continente que se ofrecía a sus ojos, la ciudad, el infinito París, los continuos cambios de suerte de una sociedad en movimiento. Balzac es, efectivamente, el que descubre la vitalidad natural, casi biológica, de la gran ciudad. Calles sospechosas, salones luminosos, sórdidos entresols, prisiones, casas de alquiler, están descritos con el vigor admirado (que a menudo deriva en retórica) con que Bernardin de Saint-Pierre o Chateaubriand saludaban los bosques de las Américas. El París de Balzac es la verdadera ciudad-jungla; en ninguno de sus tardíos imitadores que han abusado de este tipo de semejanzas hay esa sensación de jugos terrestres, de linfa vegetal, de cavernas o de profundidades submarinas que emerge de los itinerarios de Vautrin o de Rubempré: auténticos hombres de la naturaleza, estos personajes de Balzac, hombres y mujeres dotados de un vigor atlético tanto en las virtudes como en los vicios, y para los que cada acción o cada explosión de sentimientos parecen traducirse en una prueba de salud o de vigor. En Balzac la fuerza humana parece seguir resistiéndose a admitir que la lucha con la sociedad presenta dificultades muy distintas de la lucha con la naturaleza. Y, sin embargo, está ya en el aire la conciencia de que las epopeyas de victoria pueden ser engañosas, que hay que preparar al hombre en el conocimiento de que no es menos hombre cuando sus luchas son sin esperanzas y de que la dignidad humana se realiza según la forma en que se afronta la vida, aunque acabe en una derrota.

Italo Calvino
Naturaleza e historia en la novela
Conferencia pronunciada por primera vez en San Remo el 24 de marzo de 1958

Grabado: Frans Masereel
La ciudad, 1925

 

Rastignac, resté seul, fit quelques pas vers le haut du cimetière et vit Paris tortueusement couché le long des deux rives de la Seine où commençaient à briller les lumières. Ses yeux s’attachèrent presque avidement entre la colonne de la place Vendôme et le dôme des Invalides, là où vivait ce beau monde dans lequel il avait voulu pénétrer. Il lança sur cette ruche bourdonnante un regard qui semblait par avance en pomper le miel, et dit ces mots grandioses : « A nous deux maintenant ! »

Marcel Schwob por Sacha Guitry

Por no haber vuelto a tener “una gran enfermedad”, no he experimentado de nuevo el sorprendente estado que no me dejaba fuerzas suficientes para sufrir mucho. Estuve en cama sesenta días, y recuerdo que estaba alegre y reía fácilmente. Cuidaba mi rostro y mis manos, confiaba mis pies y mis cabellos a Sido.
Pero me faltaba el agua como la lluvia a una planta. Imploraba baños que mi misericordioso médico me concedía, a regañadientes, cada cinco o seis días. Una vez a la semana “subían” un baño como se hubiera hecho en el siglo XVIII. Aparecía primero un anunciador velludo y robusto, encapuchado, con una bañera de cobre rojo que debió haber conocido a Marat. Luego, traían cubos humeantes que no se derramaban sin antes envolver la bañera con una mortaja de tela gruesa. Las manos de mi madre arrollaban mis trenzas en lo alto de mi frente. Cuatro brazos me cogían, me depositaban en el agua caliente, donde tiritaba de debilidad, de fiebre, de ganas de llorar, de miseria física. Secada, acostada, castañeteaba los dientes largo rato, y me divertía en contemplar a los bañeros que recogían el agua con cubos primero y con pequeñas cacerolas después. Se iba el sarcófago de cobre; Julliete, la criadita, secaba las huellas, y Paul Masson entraba a visitarme, a menos que no fuera Marcel Schwob, o, más raramente, madame Arman de Caillavet. La célebre amiga de Anatole France fue bondadosa con una enferma tan joven, tan indefensa, tanto tiempo confinada en una triste cama de nogal encerado, en una habitación donde nada hablaba de gusto, de comodidad, ni de amor. Ponía encima de mi sábana una piña, melocotones, un gran pañuelo de cuello anudado como bolsa de bombones… Su manta de cebellinas terminaba en una gorguera de encaje, un pájaro de Minerva, que se le parecía, la tocaba con las alas abiertas. Permanecía poco rato, pero su hermosa mano de ancha palma, el jadeo de voz perentoria, su perfume insultante eran para mí como un socorro vivo y pasajero.
Marcel Schwob, sentado en mi cabecera, abría fielmente un volumen de cuentos americanos o ingleses, Twain, Jerome K. Jerome, Dickens, o Moll Flanders, que aún no se había traducido, y leía para mí sola, para que permaneciera inmóvil, para que soportara mi dolencia y los vejatorios redondos que mordían simétricamente ambos lados de mi flaco vientre. Aceptaba los dones del erudito, superior a su obra. Ya débil, caminando dificultosamente, escalaba, dos, tres veces al día nuestros tres pisos, hablaba, traducía para mí, derrochaba su tiempo con magnificencia y no me sorprendía. Lo trataba como si me perteneciese. A los veinte años, se aceptan majestuosamente los presentes desmesurados.
Un solo retrato de Marcel Schwob se parece a él, el que dibujó Sacha Guitry: la comisura de los párpados semejantes a la punta de una flecha, unas pálidas y terribles pupilas en fusión, la boca que retiene, que pule, que afila, delectándose, un secreto; tal como le vi, durante tres años, el rostro más amenazador que pudo encubrir, cual máscara de pompa y guerra, los rasgos mismos de la amistad.

Colette
Mis aprendizajes

Dibujo: Sacha Guitry
Retrato de Marcel Schwob

 

Rolland Barthes

Hay que aceptar también una última libertad: la de leer el texto como si ya hubiese sido leído. Aquellos que gustan de las bellas historias podrán ciertamente comenzar por el final y leer primero el texto tutor que se ofrece en anexo en su pureza y su continuidad, tal como ha salido de la edición, es decir, tal como se lee habitualmente. Pero nosotros, que tratamos de establecer un plural, no podemos detener ese plural en las puertas de la lectura: es necesario que la lectura sea también plural, es decir, sin orden de entrada: la “primera” versión de una lectura debe también poder ser su versión última, como si el texto fuese reconstituido para acabar en su artificio de continuidad, estando entonces el significante provisto de una figura suplementaria: el desplazamiento. La relectura, operación opuesta a los hábitos comerciales e ideológicos de nuestra sociedad que recomienda “tirar” la historia una vez consumida (“devorada”) para que se pueda pasar a otra historia, comprar otro libro, y que sólo es tolerada en ciertas categorías marginales de lectores (los niños, los viejos y los profesores), la relectura es propuesta aquí de entrada, pues sólo ella salva al texto de la repetición (los que olvidan releer se obligan a leer en todas partes la misma historia), lo multiplica en su diversidad y en su plural: lo saca de la cronología interna (“esto pasa antes o después que aquello”) y encuentra de nuevo un tiempo mítico (sin antes ni después); cuestiona la pretensión que intenta hacernos creer que la primera lectura es una lectura primera, ingenua, fonemática, que luego sólo habría que “explicar”, que intelectualizar (como si hubiese un comienzo de la lectura, como si todo no hubiese sido ya leído: no hay una primera lectura, aunque el texto se esfuerce por crear en nosotros esa ilusión mediante algunos operadores de suspensión, artificios espectaculares más que persuasivos); no es ya consumo, sino juego (ese juego que es el retorno de lo diferente). Por lo tanto si -contradicción voluntaria en los términos- se relee inmediatamente el texto, es para obtener, como bajo el efecto de una droga (la del recomienzo, la de la diferencia), no el texto “verdadero”, sino el texto plural: el mismo pero nuevo.

Rolland Barthes
¿Cuántas lecturas?
S/Z

***

A propósito, utilizo la palabra lector en un sentido muy amplio. Aunque parezca extraño, los libros no se deben leer: se deben releer. Un buen lector, un lector de primera, un lector activo y creador, es un «relector». Y os diré por qué. Cuando leemos un libro por primera vez, la operación de mover laboriosamente los ojos de izquierda a derecha, línea tras línea, página tras página, actividad que supone un complicado trabajo físico con el libro, el proceso mismo de averiguar en el espacio y en el tiempo de qué trata, todo esto se interpone entre nosotros y la apreciación artística.

Vladimir Nabokov
Cursos de literatura europea

Imagen:  Jacques Haillet
Rolland Barthes , École Pratique des Hautes Études
París, 1973

 

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