Trataba a Marcel Schwob como si me perteneciese, Colette

Marcel Schwob por Sacha Guitry

Por no haber vuelto a tener “una gran enfermedad”, no he experimentado de nuevo el sorprendente estado que no me dejaba fuerzas suficientes para sufrir mucho. Estuve en cama sesenta días, y recuerdo que estaba alegre y reía fácilmente. Cuidaba mi rostro y mis manos, confiaba mis pies y mis cabellos a Sido.
Pero me faltaba el agua como la lluvia a una planta. Imploraba baños que mi misericordioso médico me concedía, a regañadientes, cada cinco o seis días. Una vez a la semana “subían” un baño como se hubiera hecho en el siglo XVIII. Aparecía primero un anunciador velludo y robusto, encapuchado, con una bañera de cobre rojo que debió haber conocido a Marat. Luego, traían cubos humeantes que no se derramaban sin antes envolver la bañera con una mortaja de tela gruesa. Las manos de mi madre arrollaban mis trenzas en lo alto de mi frente. Cuatro brazos me cogían, me depositaban en el agua caliente, donde tiritaba de debilidad, de fiebre, de ganas de llorar, de miseria física. Secada, acostada, castañeteaba los dientes largo rato, y me divertía en contemplar a los bañeros que recogían el agua con cubos primero y con pequeñas cacerolas después. Se iba el sarcófago de cobre; Julliete, la criadita, secaba las huellas, y Paul Masson entraba a visitarme, a menos que no fuera Marcel Schwob, o, más raramente, madame Arman de Caillavet. La célebre amiga de Anatole France fue bondadosa con una enferma tan joven, tan indefensa, tanto tiempo confinada en una triste cama de nogal encerado, en una habitación donde nada hablaba de gusto, de comodidad, ni de amor. Ponía encima de mi sábana una piña, melocotones, un gran pañuelo de cuello anudado como bolsa de bombones… Su manta de cebellinas terminaba en una gorguera de encaje, un pájaro de Minerva, que se le parecía, la tocaba con las alas abiertas. Permanecía poco rato, pero su hermosa mano de ancha palma, el jadeo de voz perentoria, su perfume insultante eran para mí como un socorro vivo y pasajero.
Marcel Schwob, sentado en mi cabecera, abría fielmente un volumen de cuentos americanos o ingleses, Twain, Jerome K. Jerome, Dickens, o Moll Flanders, que aún no se había traducido, y leía para mí sola, para que permaneciera inmóvil, para que soportara mi dolencia y los vejatorios redondos que mordían simétricamente ambos lados de mi flaco vientre. Aceptaba los dones del erudito, superior a su obra. Ya débil, caminando dificultosamente, escalaba, dos, tres veces al día nuestros tres pisos, hablaba, traducía para mí, derrochaba su tiempo con magnificencia y no me sorprendía. Lo trataba como si me perteneciese. A los veinte años, se aceptan majestuosamente los presentes desmesurados.
Un solo retrato de Marcel Schwob se parece a él, el que dibujó Sacha Guitry: la comisura de los párpados semejantes a la punta de una flecha, unas pálidas y terribles pupilas en fusión, la boca que retiene, que pule, que afila, delectándose, un secreto; tal como le vi, durante tres años, el rostro más amenazador que pudo encubrir, cual máscara de pompa y guerra, los rasgos mismos de la amistad.

Colette
Mis aprendizajes

Dibujo: Sacha Guitry
Retrato de Marcel Schwob