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Archivos Mensuales: abril 2017

El primer transporte de prisioneros a Auschwitz en la estación de Tarnów. (14 de junio de 1940)

Escribo en julio de 1940; cada mañana la realidad se parece más a una pesadilla. Sólo es posible la lectura de páginas que no aluden siquiera a la realidad: fantasías cosmogónicas de Olaf Stapleton, obras de teología o de metafísica, discusiones verbales, problemas frívolos de Queen o de Nicholas Blake.

Jorge Luis Borges
The New Adventures of Ellery Queen
Sur, Buenos Aires, julio de 1940 

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Lo que me interesa señalar en el bellísimo final de “Tlón, Uqbar, Orbis Tertius” es algo que encontraremos en muchos otros textos de Borges: la lectura como defensa. La quietud a la que alude la hipálage está en el acto de leer; todo queda en suspenso; la vida, por fin, se ha detenido.
Encontramos nuevamente la grieta, la escisión que la lectura vendría a expresar. Un contraste entre las exigencias prácticas, digamos, y ese momento de quietud, de soledad, esa forma de repliegue, de aislamiento en la que el sujeto se pierde, indeciso, en la red de los signos.
Del otro lado de los libros, luego de atravesar la superficie negra y blanca de las palabras impresas, más allá de un jardín y una verja de hierro, el mundo parece irreal o, mejor, el mundo es esa misma irrealidad.

Ricardo Piglia
El último lector

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Abandoné en gran medida lo que podríamos llamar lectura “seria” de literatura. Quedé adaptado a la novela policial, al escape. Cuando me operé preví una convalecencia y me había armado una biblioteca muy interesante en Montevideo, para tenerla a mano al llegar el momento. Aproveché por ejemplo para leer cosas extraordinarias que no conocía de Dostoievski, de Chéjov. Leí Beckett. Una cantidad de autores que se me habían pasado. Pero cuando el postoperatorio se extendió mucho más de lo normal, por una infección, tuve una necesidad muy grande de evadirme. Allí enganché con la novela policial. Poco antes había conseguido una buena parte de la vieja colección Rastros, y la devoré. Después llegué a Buenos Aires y encontré El Club del Misterio en liquidación, a precios irrisorios, en el preciso momento en que me compraba cinco títulos y los leía a lo largo de la semana. Llegué al promedio de una novela policial por día, creo.

Mario Levrero
Entrevista con Elvio E. Gandolfo
La Razón, Montevideo, 12 de febrero de 1987

Foto: El primer transporte de prisioneros a Auschwitz en la estación de Tarnów
14 de junio de 1940

 

valery larbaud

Ser escritor lento sin duda que tiene sus inconvenientes. Y no sólo porque contraría esa legítima impaciencia humana por dar remate a cualquier empresa antes que del todo olvidemos el afán y las ilusiones que en ella pusimos, sino también imposibilita, o al menos dificulta, la composición de cierto género de obras, de aquéllas concebidas en torno a una primera intuición a la que el escritor tozudamente supedita el mundo de sus solicitudes diarias; semejante sacrificio resulta soportable por una temporada más o menos larga, pero habitualmente más corta que la que a nosotros, los escritores lentos, nos toma el escribir un número de versos suficiente. Puestos a escoger entre nuestras concepciones poéticas y la fidelidad a la propia experiencia, finalmente optamos por esta última. Nuestra actividad viene así a emparejarse con la vida misma -algo como un océano o como un tapiz a cada instante tejido y destejido, siempre vuelto a empezar-, y nuestros libros parece que naturalmente conformen según esa lógica heraclitana, de que hablaba Juan de Maicena, en la que las conclusiones no resultan del todo congruentes con las premisas, pues en el momento de producirse aquéllas ha caducado ya en parte el valor de éstas.
La lentitud también tiene sus ventajas. En la creación poética, como en todos los procesos de transformación natural, el tiempo es un factor que modifica a los demás. Bueno o malo, por el mero hecho de haber sido escrito despacio, un libro lleva dentro de sí tiempo de la vida de un autor. El mismo incesante tejer y destejer, los mismos bruscos abandonos y contradicciones revelan, considerados a largo plazo, algún viso de sentido, y la entera serie de poemas una cierta coherencia dialéctica. Muy pobre hombre ha de ser uno si no deja en su obra -casi sin darse cuenta- algo de la unidad e interior necesidad de su propio vivir. Al fin y al cabo, un libro de poemas no viene a ser otra cosa que la historia del hombre que es su autor, pero elevada a un nivel de significación en que la vida de uno es ya la vida de todos los hombres, o por lo menos -atendidas las inevitables limitaciones objetivas de cada experiencia individual- de unos cuantos entre ellos. Si mi lentitud en el trabajo ha servido para conferir a este libro esa mínima virtud creo que podré estar satisfecho.

 Jaime Gil de Biedma
Prefacio de Compañeros de viaje

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¿Y quién podría decirnos si no comenzaremos a cansarnos un buen día hasta de la propia velocidad? No hay duda de que ésta nos parece menos atractiva que en tiempos del Doctor Johnson. Lo cierto es que, sobre todo, resulta cómodo y nos parece agradable tenerla a nuestro servicio cuando la necesitamos. Pero se trata de una sirvienta un poco importuna, ya que se nos presenta más a menudo de lo que es solicitada. Ese pequeño defecto -su exceso de celo- crece con los años; y si la dejamos hacer lo que que quiere, se convertirá, de sirvienta, en ama.
La velocidad invade a tal punto nuestras horas de ocio, de ese poco ocio del que disponemos, que la lentitud tiende a convertirse, cada día más, en una mercancía rara y preciosa. Y es posible que, muy pronto, la vanidad venga a mezclarse con esta apreciación: lentitud, señal de ocio, del ocio que (equivocadamente) ha sido considerado un producto necesario de riqueza, aunque en sí nos parezca noble. Pero si la vanidad interviene, tanto mejor. A veces hace bien las cosas. La han calumniado más de la cuenta.

Valéry Larbaud
La lentitud

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On n’entendra jamais piaffer sur une route
Le pied vif du cheval sur les pavés en feu ;
Adieu, voyages lents, bruits lointains qu’on écoute,
Le rire du passant, les retards de l’essieu,
Les détours imprévus des pentes variées,
Un ami rencontré, les heures oubliées
L’espoir d’arriver tard dans un sauvage lieu.

Alfred de Vigny
La maison du berger
Les Destinées

Foto: Valéry Larbaud
El viajero más lento

Manuel Hugué

De todos modos, hubo cosas más persistentes que otras, como por ejemplo la larguísima polémica entre clásicos y románticos. En es punto veo las cosas exactamente como Moréas. Él decía que la discusión era una sandez. Es exacto. En arte, el problema de los estilos es secundario. Está lo bueno y lo malo, y basta. Delacroix puede tomarse como modelo de pintor romántico, no sólo por los temas que trata, sino por su esprit y la manera como los resuelve. Pues bien, nadie puede decir lo contrario: es un gran pintor. Baudelaire es un poeta romántico, pero ¿quién negará que es un gran poeta?
– ¿Entonces no ves la diferencia apreciable entre Racine y Baudelaire?
– En lo general no. Lo que ocurre es esto: Racine y en general los antiguos, eran más sinceros, más sencillos, menos retóricos que los modernos. Yo, que siempre he vivido fuera de la ley, he tenido gran respeto por su grandeza, y por ley entiendo la media humana, lo que la vida conlleva, la pasta del mundo. La gente debe pasar inexorablemente por la ley, y por esta razón, porque es la ley misma, creo que el mayor escritor de todos los tiempos, de todas las tendencias, es La Fontaine. Se puede hacer la vista gorda ante un hombre que por exceso de genio sobrepasa la ley. Pero esto es intolerable si es consecuencia de una vulgar pose de excepcionalidad. Ahora bien: en la literatura moderna hay demasiada megalomanía, demasiado yo, yo, yo, exceso de desgracia y de dolor, y sobre todo, exceso de desgracia fingida, puramente verbal. Pues en la literatura moderna es imposible deslindar la farsa del dolor. Los poetas de nuestros días han pasado por alto el problema del pudor que ha de tener cualquier obra de arte para perdurar. En la tragedia griega, lo trágico es objetivo y proviene de las situaciones de la realidad. Así es natural y justo que lo trágico llegue al paroxismo. En la literatura moderna, al contrario, lo trágico es subjetivo y todos se creen obligados a contarnos su tremendo drama. Sin embargo, yo creo que la vida no es tan triste como dicen y en este punto me considero un testigo de primer orden. En cualquier caso la gente hace mucho teatro y, si no lo hace, el ambiente general ayuda a que pueda hacerse con absoluta impunidad, y eso me tiene muy escamado. Para resumir: todos tratan de explicar a los demás lo extraordinarios que son. Incluso Moréas, que fue tan amigo mío, me resulta a veces exagerado.

Les morts m’écoutent seuls, j’habite les tombeaux,
je serai, jusqu’au bout l’ennemi de moi-même
ma gloire est aux ingrats, mon grain est aux corbeaux,
sans récolter jamais, je laboure et je sème… *

Es grande, enorme. Pero, ¡no sé!, me parece excesivo. Y ésas son las diferencias que veo entre clásicos y románticos. Ahora bien: si el poeta de hoy sale discreto e intenso de verdad, entonces es como un antiguo. No hay ningún tipo de diferencia.

* Los muertos , tan sólo, me escuchan, vivo entre tumbas / seré hasta el fin el enemigo de mí mismo / mi gloria es para los ingratos, mi grano para los cuervos, / sin cosechar jamás, labro y siembro

Josep Pla y Manuel Martínez y Hugué, conocido por Manolo
Vida de Manolo

Foto: Manuel Martínez y Hugué, conocido por Manolo

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