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Archivos Mensuales: julio 2015

Primo Levi químico

No he abrazado a autores porque tuvieran ciertas virtudes o congenialidades; los he hallado por obra de la fortuna, y sus virtudes han aparecido entonces. El lector intermitente y errático, el lector que lee por curiosidad, impulso o vicio y no por profesión, suele toparse con este tipo de sorpresas felices e inexplicables. Por más que digan los psicosociólogos, en los contactos humanos no existen leyes: no hablo únicamente de la relación autor-lector, sino de todas. Como químico, siendo experto en las afinidades entre elementos, me siento un inútil ante las afinidades entre individuos. En este terreno, todo es verdaderamente posible; basta pensar en ciertos matrimonios improbables y duraderos, en ciertas amistades asimétricas y fecundas. No puedo evitar citar de nuevo a Rabelais (al que soy fiel desde hace cuarenta años sin que me parezca mínimamente a él y sin saber por qué): su Pantagruel, gigante, generoso, riquísimo, noble, sabio y valiente, encuentra por casualidad a Panurgo, flacucho, pobre, ladrón, cobarde, mentiroso, conocedor de todos los vicios; lo tendrá por compañero en todas sus aventuras y lo amará siempre. Evidentemente, se trata de las “razones del corazón” de las que hablaba Blaise Pascal, que respeto, que admiro, que me sorprende, pero entorno a las cuales he dado vueltas en vano, como en torno a determinadas cumbres inaccesibles de las Grigne.
Debo, además, constatar que mis amores más profundos y duraderos son justamente los menos justificados: Belli, Porta, Conrad. En otros casos, el desciframiento es más fácil. Entran en juego la proximidad profesional (Bragg, Gattermann, Clarke, Lucrecio, el siniestro autor desconocido de la Specification ASTM sobre los escarabajos), el amor compartido por el viaje y la aventura (Homero, Rosny, Marco Polo y otros), un lejano parentesco hebraico (Job, Mann, Babel, Shalom Alechem), un parentesco más estrecho con Celan y Eliot, la amistad personal con Rigoni Stern, D’Arrigo y Langbein, que hace que sienta (presuntuosamente) sus escritos como casi míos, y me guste hacerlos leer a quien no lo haya hecho todavía. La novela de Roger Vergel constituye un caso aparte: creo que tiene un valor intrínseco, pero su importancia para mí deriva de razones privadas, cargadas de simbolismo, pues la leí el 18 de julio de 1945, día en que esperaba morir.

Primo Levi
Prefacio a La Búsqueda de las raíces

Foto: Primo Levi en el laboratorio

giacomo leopardi morto

Si tuviese el ingenio de Cervantes, tanto aquí en Italia como en el mundo civilizado, escribiría un libro para purgar a la sociedad, como él a España de la imitación de los caballeros andantes, de un vicio que, respetando la mansedumbre de las costumbres presentes, y quizá, incluso, bajo otros puntos de vista, no es menos cruel ni menos bárbaro que cualquier otro residuo de la ferocidad medieval fustigada por Cervantes. Hablo del vicio de leer y recitar a los demás las propias composiciones que, con ser antiquísimo, fue, en los siglos pasados, por su rareza, una miseria tolerable. Pero hoy, que a todos les da por componer y que la cosa más difícil es encontrar a alguien que no sea un autor, se ha convertido en un flagelo, en una calamidad pública y en una nueva tribulación de la vida humana. Y no es una broma, sino verdad, el decir que los conocimientos son sospechosos por su culpa y las amistades peligrosas, y que no existe hora ni lugar en el que cualquier inocente no tenga que temer el ser asaltado y obligado en el acto o arrastrado a otro sitio, para sufrir el suplicio de oír prosas sin fin o millares de versos, no ya con la excusa de querer conocer su opinión; excusa que, desde tiempos atrás, fue costumbre presentar como motivo de tales recitaciones, sino sólo exclusivamente para dar al autor el placer de ser oído y recibir al final las consiguientes alabanzas. En buena conciencia, creo que habrá poquísimas cosas en que más se muestre la puerilidad de a naturaleza humana y a qué extremo de ceguera, es más, de imbecilidad, se ve conducido el hombre por el amor propio, y por otra parte, cuánto puede ilusionarse nuestro ánimo consigo mismo en este asunto de recitar a los demás los propios escritos. Porque siendo cada uno consciente de la inefable molestia que supone escuchar las historias de los demás y viendo amedrentarse y apagarse a las personas invitadas a escuchar, que alegan todo tipo de impedimentos para excusarse, e incluso huyen de ello y procuran esconderse cuanto pueden, no obstante, con descaro y maravillosa perseverancia, como un oso hambriento, busca y persigue su presa por toda la ciudad, y, alcanzada, la conduce al lugar que le ha destinado. Y durante la recitación, dándose, en primer lugar, cuenta de los bostezos, luego por el estirarse y el gesticular y por otros cien signos, de las mortales angustias que prueba el infeliz oyente, no por ello se detiene ni le proporciona descanso. Es más, cada vez más orgulloso y encarnizado, continúa arengando y gritando hora tras hora, durante días y noches, hasta acabar ronco y hasta que, exhausto el auditorio, él mismo siente agotadas sus fuerzas, aunque no se sienta saciado. A lo largo de este tiempo y con los estragos que el hombre ha producido en su prójimo, experimenta, a decir verdad, un placer casi sobrehumano y paradisíaco, ya que vemos que las personas abandonan por éste todo el resto de los placeres, se olvidan de dormir y comer y, ante sus ojos, desaparecen de la vida y del mundo. Y este placer consiste en la firme creencia de que el hombre tiene que despertar admiración y producir placer en quien le escucha. De otro modo, le resultaría lo mismo recitar en el desierto que hacerlo delante de personas. Ahora bien, como he dicho, cuál es el placer de quien oye (prudentemente digo siempre oye y no escucha) cada uno lo sabe por experiencia y quien recita lo ve. Y sé además que, antes que un placer semejante, muchos elegirían cualquier pena corporal grave. Hasta los más bellos escritos y los de mayor valor llegan a ser, recitados por el propio autor, mortalmente aburridos. A este propósito, cierto amigo mío filólogo hacía notar que si bien es verdad que Octavia, oyendo leer a Virgilio el libro sexto de la Eneida, fue presa de un desvanecimiento, es muy posible que le acaeciese, no tanto por el recuerdo de su hijo Marcelo, según cuentan, cuanto por el aburrimiento de escuchar la lectura.
Tal es el hombre. Y este vicio de que os hablo, tan bárbaro y tan ridículo, tan contrario al sentido común de la criatura racional, es, en verdad, una enfermedad de la especie humana; porque no existe nación tan delicada, ni condición entre los hombres, ni siglo a quien esta peste no sea común. Italianos, franceses, ingleses, alemanes; hombres encanecidos y muy sabios entre otros asuntos, llenos de ingenio y valor; hombres expertísimos en la vida social, muy competentes en sus maneras, amantes del valorar las tonterías y del mofarse de ellas, todos se vuelven niños crueles en las ocasiones en que tienen que recitar sus escritos. Y como se da este vicio en nuestros tiempos, así se dio en los de Horacio, a quien ya le resultaba insoportable, y en los de Marcial, quien interrogado por uno por qué no leía sus versos, respondió: “Por no oír los tuyos”. Y así sucedía también en la mejor edad de Grecia, cuando, como nos cuenta Diógenes el Cínico, encontrándose en compañía de otras personas, todas ellas muertas de aburrimiento en una de tales lecturas, y viendo en las manos del autor, al final del libro, aparecer el papel blanco dijo: “Animaos, amigos: veo tierra”.
Pero hoy la cosa ha llegado a tales extremos que los oyentes, incluso, con gran sacrificio pueden dar abasto a las propuestas de los autores. Por todo ello, algunos conocidos míos, hombres laboriosos, considerado este hecho y persuadidos de que el recitar las propias composiciones es una de las necesidades de la naturaleza humana, han pensado proveer a ello y cambiarla, como se cambian todas las necesidades públicas, en utilidad particular. Con tal fin y en breve abrirán una escuela o academia, o bien un ateneo para los oyentes, donde, a cualquier hora del día o de la noche, ellos, o personas pagadas por ellos, escucharán a quien quiera leer a precios determinados, que serán los siguientes: para la prosa, la primera hora, un escudo, la segunda dos, la tercera cuatro, la cuarta ocho y así creciendo en progresión aritmética. Para la poesía, el doble. Para cada pasaje leído, queriendo volver a leerlo, como a veces sucede, una lira el verso. En el caso de que el oyente se durmiera le será devuelto al lector la tercera parte del precio adeudado. En caso de convulsiones, síncopes y otros accidentes ligeros o graves que llegasen a producirse en una parte o en otra, durante el tiempo de las lecturas, la escuela dispondrá de esencias y medicinas que se suministrarán gratuitamente. Así, transformándose en materia de lucro algo hasta ahora infructífero, como son las orejas, se abrirá un nuevo camino para la industria con el consiguiente aumento de la riqueza en general.

Giacomo Leopardi
Pensamientos

Cuadro: Leopardi morto
Guiseppe Ciaranfi, 1837

Cioran y Savater

Nietzsche decía que en la ambición sistemática hay una falta de honradez…

Sobre eso de la honradez voy a decirle algo. Cuando uno emprende un ensayo de cuarenta páginas sobre lo que sea, comienza por ciertas afirmaciones previas y queda prisionero de ellas. Cierta idea de la honradez le obliga a continuar respetándolas hasta el final, a no contradecirse. Sin embargo, según va avanzando el texto, le van ofreciendo otras tentaciones, que hay que rechazar porque apartan del camino trazado. Uno está encerrado en un círculo trazado por uno mismo. De esto modo uno se hace honorable y cae en la falsedad y en la falta de veracidad. Si esto pasa en un ensayo de cuarenta páginas, ¡qué no ocurrirá en un sistema! Este es el drama de todo pensamiento estructurado, el no permitir la contradicción. Así se cae en lo falso, se miente para resguardar la coherencia. En cambio, si uno hace fragmentos, en el curso de un mismo día puede uno decir una cosa y la contraria. ¿Por qué? Porque surge cada fragmento de una experiencia diferente y esas experiencias sí que son verdaderas: son lo más importante. Se dirá que esto es irresponsable, pero si lo es, lo será en el mismo sentido en que la vida es irresponsable. Un pensamiento fragmentario refleja todos los aspectos de vuestra experiencia: un pensamiento sistemático refleja sólo un aspecto, el aspecto controlado, luego empobrecido. En Nietzsche, en Dostoievski, hablan todos los tipos de humanidad posibles, todas las experiencias. En el sistema sólo habla el controlador, el jefe. El sistema es siempre la voz del jefe: por eso todo sistema es totalitario, mientras que el pensamiento fragmentario permanece libre.

Emil Cioran
Conversación con Fernando Savater
El País, 23 de octubre de 1977

Foto: Emil Cioran y Fernando Savater en París

Paul Valéry Rainer Maria Rilke

No es más que un invitado quien se levanta… Ignoraba, hace unos días, incluso la existencia del Pen Club. Admiro esta magnífica reunión en la que veo hombres como Galsworthy, Pirandello, Unamuno, Kouprine y a tantos escritores de todas las naciones, entre tantos escritores de la nuestra.
Pero déjenme decirles la extraña impresión que siento, la curiosa idea que se me ocurre al considerar esta asamblea.
Encuentro casi inexplicable esta reunión. Hay en ella un algo de paradójico.
La literatura es el arte del lenguaje, es un arte de los medios de la comprensión mutua.
Es concebible que geómetras, economistas, fabricantes de todas las razas puedan reunirse útilmente, pues están dedicados a estudios, vinculados a intereses cuyo objeto es único e idéntico.
¡Pero los escritores!… ¡Los hombres cuya profesión se basa directamente en su lenguaje natal, cuyo arte consiste en consecuencia en desarrollar lo que separa más nítidamente -quizá más cruelmente- a un pueblo de otro pueblo!… ¿Qué significa esta reunión de aquellos que, en cada nación, trabajan necesariamente en mantener, en perfeccionar los obstáculos más sensibles, las diferencias más relevantes y más claras que aíslan a esta nación de todas las demás? ¿Cómo es posible esta reunión?
En este caso, Señores, hay que invocar el milagro. Un milagro de amor, naturalmente.
Las distintas literaturas se han enamorado unas de otras. Y este milagro no es de ahora. Virgilio se inclinaba hacia Homero. Y nosotros, franceses, ¿qué habremos amado? Italia con Ronsard, España con Corneille, Inglaterra con Voltaire, Alemania y el Próximo Oriente con los Románticos, América con Baudelaire… y, de siglo en siglo, como las amantes saboreadas con mayor constancia, Grecia y Roma. Considero Grecia y Roma naciones simplemente un poco más alejadas de nosotros que las otras. Homero sólo está todavía a unos billones de kilómetros de aquí. Debemos excusarle, debido a la distancia, por no encontrarse esta tarde con nosotros.
Esas literaturas enamoradas se han buscado y deseado violentamente; pero, ustedes lo saben, Señores, los amantes abrazan siempre lo que ignoran, y quizá no existiera el amor sin esa ignorancia esencial que atribuye, e incluso que sólo ella puede atribuir, un precio infinito al objeto amado.
Por perfectamente que conozcamos una lengua extranjera, por profundamente que penetremos en la intimidad de un pueblo que no es el nuestro, creo imposible que podamos preciarnos de percibir el lenguaje y las obras literarias como un hombre del propio país. Hay siempre alguna fracción de sentido, alguna resonancia delicada o extrema que se nos escapa: nunca podemos tener la garantía de una posesión entera e incontestable.
Entre esas literaturas que se abrazan permanece siempre un tejido inviolable. Podemos hacerlo infinitamente delgado, reducirlo a una finura extremo; no podemos rasgarlo. Pero, prodigiosamente, las caricias de esas literaturas impenetrables no son menos fecundas. Son, por lo contrario, mucho más fecundas que si nos comprendiéramos de maravilla. El malentendido creador actúa, y se convierte en un engendrar ilimitado de valores imprevistos… Nuestro Shakespeare no es el de los ingleses; e incluso el Shakespeare de Voltaire no es el de Victor Hugo… Hay veinte Shakespeare en el mundo que multiplican al Shakespeare inicial, que desarrollan tesoros de gloria inesperados.
He ahí una consecuencia bastante admirable de la imperfecta comprensión…
Pero he ahí, por otra parte, la razón para justificar lo bastante esta reunión que tan sorprendente me parecía hace poco.
Podemos igualmente considerarla desde un punto de vista muy distinto que es sin duda más elevado.
Una asamblea de escritores de todas las razas, mantenida esta vez en París, me hace pensar en la estructura misma de Francia. No hay nación más heterogénea en el mundo que la nuestra, y sin embargo se ha consumado nuestra unidad.
¿No es Francia una especie de prefiguración de lo que podría ser una Europa unida?
Permítanme, Señores, para terminar, recordarles el parecer de un hombre al que he amado infinitamente y admirado apasionadamente. Mallarmé, del cual ustedes conocen la profundidad con la que consideró las cosas de la literatura, se había hecho una metafísica de nuestro arte.
No podía decidirse a considerarlo como un simple divertimento que los escritores proporcionan al público. Pero pensaba con toda su alma que el universo no podía tener otro objeto que presentarse finalmente una completa expresión de sí mismo. El mundo, decía, está hecho para desembocar en un hermoso libro… No le encontraba ningún otro sentido, y pensaba que todo tenía que acabar siendo expresado, todos los que expresan, todos los que viven por el incremento de los poderes del lenguaje, trabajan en esa gran obra y ejecutan cada uno una pequeña parte…
Ese libro, Señores míos, pertenece a todas las lenguas.
Brindo por ese hermoso libro.

Paul Valéry
Discurso en el Pen Club
pronunciado en la Sala Hoche, París, el 21 de mayo de 1925 

Foto: Rainer Maria Rilke y Paul Valéry
París, verano de 1926

Previamente, en Calle del Orco:
Traducir a los autores rusos, Virginia Woolf
La literatura nacional ya no representa mucho hoy en día
El destino de toda cosa en el universo es convertirse en Literatura, Mario Levrero

Stevenson leyendo

Creo que Emerson escribió en alguna parte que una biblioteca es una especie de caverna mágica llena de difuntos. Y esos difuntos pueden renacer, pueden ser devueltos a la vida cuando abrimos sus páginas.
Hablando del obispo Berkeley, me acuerdo de que escribió que el sabor de la manzana no está en la manzana misma –la manzana no posee sabor en sí misma- ni en la boca del que se la come. Exige un contacto entre ambas. Lo mismo pasa con un libro o una colección de libros, con una biblioteca. Pues ¿qué es un libro en sí mismo? Un libro es un objeto físico en un mundo de objetos físicos. Es un conjunto de símbolos muertos. Y entonces llega el lector adecuado, y las palabras –o mejor, la poesía que ocultan las palabras, pues las palabras solas son meros símbolos- surgen a la vida, y asistimos a una resurrección del mundo.

Jorge Luis Borges
El enigma de la poesía
Conferencia pronunciada en la Universidad de Harvard
Curso 1967-1968

Foto:  Robert Louis Stevenson leyendo

Ernest Hemingway leyendo el New York Times.

Leer es un acto. Quisiera hablar de este acto, y sólo de este acto, de aquello que lo constituye, de aquello que lo rodea, no de aquello que lo produce (la lectura, el texto leído), ni de aquello que lo precede (la escritura y sus opciones, la edición y sus opciones, y la impresión y sus opciones, etcétera), algo así, en síntesis, como una economía de la lectura en sus aspectos ergológicos (fisiología, trabajo muscular) y sociecológicos (su ambientación espaciotemporal).
Hace varias décadas que toda una escuela moderna de la crítica pone el acento, precisamente, en el cómo de la escritura, en el hacer, la “poiesis”. No la mayéutica sagrada, la inspiración tomada de los cabellos, sino el negro sobre el blanco, la textura del texto, la inscripción, el trazo, el pie de la letra, el trabajo minúsculo, la organización espacial de la escritura, sus materiales (la pluma o el pincel, la máquina de escribir), sus soportes (Valmont a la presidenta de Tourvel: “La mesa donde le escribo usted, consagrada por primera vez a este uso, se convierte para mí en el altar sagrado del amor…”), sus códigos (puntuación, sangrías, párrafos, etcétera), su autor (el escritor escribiendo, sus lugares, sus ritmos; los que escriben en café, los que trabajan de noche, los que trabajan al alba, los que trabajan los domingos, etcétera).
Queda por hacer, a mi juicio, un trabajo similar sobre el aspecto eferente de esta producción: el lector haciéndose cargo del texto. No se trata de concentrarse en el mensaje captado sino en la captación del mensaje en su nivel elemental, lo que sucede cuando leemos: los ojos que se posan en las líneas, y su recorrido, y todo lo que acompaña este recorrido: la lectura llevada a lo que es en primer lugar: una actividad precisa del cuerpo, la participación de ciertos músculos, diversas organizaciones posturales, decisiones secuenciales, opciones temporales, todo un conjunto de estrategias insertadas en el continuum de la vida social, y que hacen que no leamos de cualquier manera, ni en cualquier momento, ni en cualquier lugar, aunque leamos cualquier cosa.

(…)

A lo largo de estas páginas, no me interesé en lo que se leía, fuera libro diario o prospecto. Sólo en el hecho de que se leía, en diversos lugares, en diversos momentos. ¿En qué se transforma el texto, qué permanece de él? ¿Cómo se percibe una novela que se extiende entre las estaciones Montgallet y Jacques-Bonsergent? ¿Cómo se opera esta trituración del texto, este hacerse cargo interrumpido por el cuerpo, por los otros, por el tiempo, por las fricciones de la vida colectiva? Son preguntas que me planteo, y no creo que planteárselas sea inútil para un escritor.

Georges Perec
Pensar/Clasificar
Leer: bosquejo sociofisiológico

Foto: Ernest Hemingway leyendo desnudo el New York Times

 

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