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Archivos Mensuales: enero 2014

Robert Doisneau

¿Para qué le ha servido a usted la literatura?

Podría dar una respuesta aparentemente poética: “Para no morirme”. Pero es falso: yo seguiría vivo y probablemente con mejor salud si no hubiera optado por la literatura. A mí la literatura me ha servido básicamente para leer. En el momento en que decido que voy a ser escritor, me pongo a leer. Y gracias a la literatura he podido leer libros maravillosos, increíbles, como encontrar tesoros. Y en mi vida, que ha sido más bien nómade y de una pobreza extrema en ocasiones, leer ha contrapesado esa pobreza y ha sido mi soberanía y ha sido mi elegancia. Podía estar en cualquier situación y si leía a Horacio, por ejemplo, el dandy, el que estaba viviendo por encima de sus posibilidades era yo, siempre. La literatura me ha producido riqueza. Es riqueza.

Roberto Bolaño
Entrevista con María Teresa Cárdenas y Erwin Díaz

Foto: Robert Doisneau
La voiture fondue, 1944

Previamente en Calle del Orco:
Por el novelista somos nosotros mismos, Marcel Proust

Álvaro Mutis niño

En la siempre postergada y siempre interrumpida tarea de poner un relativo y enigmático orden en mis libros, suelo encontrar, para alimento de mi nostalgia y razón de mis sueños, algunos cuya lectura nos formó para siempre y dejaron en nosotros ecos, sabores, escenas y personas que serán el cortejo siempre presente y siempre fiel que ha de acompañarnos hasta el último día. No hace mucho me sumergí de nuevo en el caos de mis libros por ordenar y quisiera dejar aquí constancia de algunos de esos hallazgos que nos suscitan la mezcla de nostalgia y dicha que mencionaba antes.
Kim, de Rudyard Kipling, fue el primero. Una vez más viajé por la gran ruta que cruza la India y sentí los olores capitosos de las comidas saboreadas a la vera del camino, al caer la tarde. ¿Habrá, me pregunto, libro más hermoso sobre país alguno y que nos deje una imagen tan imperecedera y tan fiel de sus más secretas esencias? Lo dudo. Siempre que abro esta obra de Kipling para recorrer algunas de sus páginas, termino leyéndola por entero. ¿Cuántos adolescentes, cuántos adultos, la leen todavía? No creo que sea un libro para nuestros días. Malos días, entonces, ajenos a una delicia semejante.
Cuatro tomos maltratados, pero aún con los emblemas de Saturnio Calleja, Editor, Barcelona, bien visibles en el lomo, me regresan a mis nueve años. Son Los hijos del aire de Emilio Salgari. La nave movida por aire líquido que recorre la China, el Tibet, y parte de Siberia, con sus heroicos tripulantes en busca de aventuras, es una de las más vivas presencias de mis sueños de niño. Superior a toda la serie sobre Sandokán y sólo comparable en riqueza de imaginación y en misterioso exotismo escalofriante a La cimatarra de Buda, Los hijos del aire sigue siendo mi libro favorito del gran italiano que terminara sus días degollándose con su navaja de afeitar.
Cae de pronto en mis manos la hermosa novela de George Eliot, El molino junto al Floss, uno de los libros favoritos de Marcel Proust y, a mi sentir, el modelo más perfecto de la tradición narrativa inglesa, la más sólida y rica de todos los tiempos, sin lugar a dudas. Un deseo, casi una urgencia de volver a leer el libro de la autora de Middlemarch, me lleva a ponerlo de lado junto a mis próximas lecturas. Tendrá que esperar un buen trecho, porque la mesa de noche sigue empedrada de buenas intenciones de relecturas inaplazables.
Y, de pronto, me asalta, atenazante y sombría, la duda que fuera motivo para uno de los más bellos poemas de Borges y que, dicha en llana y desteñida prosa, vendría a preguntar: ¿cuántos libros amados se quedarán ya sin ser releídos? ¿Cuánta felicidad y cuánta mina de ensueño y aventura se han clausurado para siempre, sin que nosotros sepamos? Para curar de alguna manera tan penoso interrogante, más nos vale internarnos de nuevo y sin demora en las inteligentes y cáusticas páginas de Sainte-Beuve, remedio infalible para esta clase de nostálgicos achaques.

Álvaro Mutis
Novedades, México, 29 de noviembre de 1980

Foto: El niño Álvaro Mutis en Bruselas, 1926

Amos Oz

Otra historia a modo de digresión: me reclutaron como oficial subalterno en una división acorazada en el frente egipcio durante la guerra de los Seis Días de 1967. Yo era reservista, tenía unos treinta o veintimuchos años y todos nosotros, de profesiones variadas, no éramos solo jóvenes soldados. Pero estábamos en una división acorazada y la noche anterior al comienzo de la lucha nos sentamos en torno a un fuego de campamento intentando imaginar lo que iba a pasar. En algún momento, el general se unió a nosotros. El general Tal era el comandante en jefe del ejército israelí en la guerra del 67. Se hizo un silencio y él comenzó a compartir con nosotros algunas de sus ideas sobre la batalla inminente. Tras unas cuantas frases, un cabo anciano, rotundo y con anteojos, le interrumpió y preguntó: “Perdóneme, general, ¿ha leído alguna vez Guerra y Paz de Tolstói?”. El general dijo: “Claro que sí, vaya pregunta, la he leído muchas veces”. “Es consciente, general, de que está a punto de cometer el mismo error de concepto que, según Tolstói, cometieron los rusos en la batalla de Borodino?”. De inmediato el escuadrón por completo estaba inmerso en una feroz discusión a gritos sobre Tolstói, sobre estrategia, sobre literatura, sobre traducción, sobre todo, y todo el mundo gritaba a voz en cuello, llamándose perfecto idiota, incluidos el general y el cabo. Al final resultó que este último era profesor de literatura rusa en la Universidad de Tel Aviv. Pero el general tenía una titulación superior por la Universidad de Jerusalén. ¿Así que por qué no yo? Los israelíes discuten sin parar. Y además yo me levanto cada mañana, me doy un paseíto por el desierto, me hago una taza de café, me siento a mi mesa y comienzo a preguntarme: “¿Cómo me sentiría si fuera ella? ¿Cómo sería ponerme en la piel de él?”, algo que uno tiene que hacer si quiere escribir hasta los diálogos más sencillos: uno solo tiene que repartir, no ya su sentido de la lealtad, sino incluso sus tripas entre muchos personajes. Creo que fue D.H. Lawrence quien una vez dijo que, para escribir una novela, hay que ser capaz de refrendar docena y media de opiniones y sentimientos contradictorios y conflictivos con el mismo grado de convicción, vehemencia y fuerza interior. Así que tal vez esté algo mejor equipado que otros para entender, desde mi punto de vista judío israelí, cómo se siente un palestino desplazado, cómo se siente un árabe palestino a quien “alienígenas de otro planeta” le han arrebatado su patria, cómo se siente un colono israelí en Cisjordania. Sí, a veces me pongo en la piel de esa gente ulltraortodoxa. O al menos lo intento. Tal vez esto me cualifique para alzar la voz y criticar.

Amos Oz
Sobre el goce de escribir y el compromiso
17 de enero del 2001

Foto de Amos Oz

Previamente en Calle del Orco:
El valor del novelista, Saul Bellow

Roberto-Bolaño

Le conocí a Bolaño justo cuando salía de esa etapa de infinitos domingos en los que se había ido forjando su salvaje ánimo, le conocí al final de ese prodigioso año donde algunas cosas acababan justo de dar un vuelco para él y para su familia, ese año que empezó con Seix Barral publicándole La literatura nazi en América y terminó con Anagrama editándole Estrella distante.
Bolaño estaba –habría que decirlo con acento brasileño- maravillado. Nunca le había faltado el humor y ese año aún iba a faltarle menos. De aquel día en el bar Novo por encima de todo recuerdo haber tenido la sensación o presentimiento, al poco de conversar con él, de estar ante un escritor de verdad, algo que el lector debe saber ahora mismo, sin más dilación, que no es experiencia frecuente: “La poesía (la verdadera poesía) es así: se deja presentir, se anuncia en el aire, como los terremotos que según dicen presienten algunos animales especialmente aptos para tal propósito”; la sensación de encontrarme ante un chileno que no parecía chileno y se asemejaba en cambio mucho a la idea romántica que en la vida real había yo perseguido durante décadas, la idea que tenía de lo que debía ser un escritor. No hace mucho, Gonzalo Maier citaba un ensayo de Fabián Casas en el que este, al recordar a Bolaño, hablaba de lo mucho que echaba en falta a “los escritores de antes, a todos esos tipos que, como Cortázar, fueron mucho más que simples escritores y también fueron maestros, ejemplos de vida, faros potentes en los que él y sus amigos se proyectaban”.
A mí Cortázar nunca me pareció un faro, pero entiendo de lo que habla Casas. De hecho, ahora no creo engañarme si digo que, aquel día en el Novo, lo que no tardé nada en ver o en reconocer en Bolaño fue a un ermitaño lunático o mejor dicho, a “un escritor de antes”, esa clase de personajes que consideraba ya inencontrables porque creía que pertenecían a un mundo que había entrevisto en mi juventud pero que se había perdido ya para siempre; ese tipo de escritores que jamás olvida que la literatura, por encima de todo, es un ejercicio peligroso; alguien que no solo es valiente y no pacta ni un ápice con la vulgaridad reinante, sino que muestra una contundente autenticidad y que une vida y literatura con una naturalidad absoluta; un increíble superviviente de una especie en extinción; ese tipo de escritor sorprendente que pertenece con orgullo a una casta de gente zumbada, obsesiva, maníaca, trastornada en el buen sentido de la palabra: tipos obstinados, muy obstinados, que saben ya que todo es falso y que, además, todo absolutamente todo acabó (creo que cuando uno está en situación de medir las dimensiones de lo falso y del final de todo, entonces, solo entonces, la obstinación puede ayudarle, puede empujarle a darle vueltas en torno a su celda para así intentar no perderse el único y mínimo instante –porque ese instante existe- que puede salvarle); tipos en verdad más desesperados que la famosa revolución, lo que en cierta forma les convierte en herederos indirectos de los misántropos desahuciados de antaño.
Esos desahuciados vivieron en los tiempos en el que los escritores eran como dioses, vivían en las montañas cual ermitaños desesperados o aristócratas lunáticos; escribían en esos días con la única finalidad de comunicarse con los muertos y no habían oído hablar nunca del mercado, eran misteriosos y solitarios y respiraban en el reino sagrado de la literatura. Seguramente, los “escritores de antes” son herederos de los enigmáticos y misántropos ermitaños desesperados de antaño; son como los más oscuros tipos duros del callejón más difícil y por supuesto –lo diré para poder incluir aquí una nota de humor, acorde con la larga risa de todos estos años- nada tienen que ver, por ejemplo, con los grises escritores competentes que en su momento tanto proliferaron en la llamada “nueva narrativa española”; los “escritores de antes” van en busca de un modo muy personal de expresarse, no ignorando que en ese modo puede haber todavía –después del fin de la vieja gran prosa y después de la muerta casi ya definitiva literatura- un camino, quizás el último camino que recorrer. ¿O no? ¿O no hay ninguno? ¿Usted piensa que ya no hay ninguno? En ese caso, le recuerdo una línea –solo una línea pero qué línea- del cuento “Llamadas telefónicas”:
“B también piensa que el callejón no tiene salida”

Enrique Vila-Matas
Blanes o los escritores de antes

Foto de Roberto Bolaño

la grande bellezza sorrentino

El primer mundo de La Recherche es el de la mundanidad. No hay medio que emita y concentre tantos signos, en espacios tan reducidos y a una velocidad tan grande. Bien es verdad que estos signos no son homogéneos en sí mismos. En un mismo momento se diferencian, no sólo según las clases, sino según “agrupaciones espirituales” aún más profundas. En cada momento evolucionan, se fijan o ceden sitio a otros signos. De forma que la tarea del aprendiz consiste en comprender por qué alguien es “recibido” en determinado mundo, por qué alguien deja de serlo; a qué signos obedecen los mundos, cuáles son sus legisladores y sus sumos sacerdotes. En la obra de Proust, Charlus es el más prodigioso emisor de signos, por su poder mundano, su orgullo, su sentido de lo teatral, su rostro y su voz. Pero Charlus, impulsado por el amor, no es nada en casa de los Verdurin e incluso en su propio mundo acabará por reducirse a nada cuando cambien las leyes implícitas. ¿Cuál es, por tanto, la unidad de los signos mundanos? Un saludo del duque de Guermantes está por interpretar, y las posibilidades de error son tan grandes como en un diagnóstico. Lo mismo sucede con la mímica de Mme Verdurin.
El signo de lo mundano aparece como si hubiese reemplazado una acción o un pensamiento. Sirve de acción y de pensamiento. Por lo tanto, es un signo que no remite a algo distinto, significación trascendente o contenido ideal, sino que ha usurpado el valor supuesto a su sentido. Por ello, la mundanidad juzgada desde el punto de vista de las lecciones, aparece como falaz y cruel; y desde el punto de vista del pensamiento, aparece como estúpida. No se piensa, no se actúa, se indica signos. En casa de Mme Verdurin no se dice nada gracioso, y Mme Verdurin no se ríe; sin embargo, Cottard indica, significa, que dice algo gracioso, Mme Verdurin significa que ríe, y su signo es emitido con tanta perfección que M. Verdurin, para no ser menos, busca a su vez una mímica apropiada. Mme de Guermantes a menudo es de corazón duro y de forma de pensar mediocre, pero siempre tiene signos encantadores. No actúa para sus amigos, ni piensa con ellos: les expresa signos. El signo mundano no remite a algo, ocupa su lugar, pretende valer por su sentido. Anticipa tanto la acción como el pensamiento, anula el pensamiento y la acción, y se declara suficiente. De ahí su aspecto estereotipado y su vacuidad. No debemos concluir con ello que estos signos sean desdeñables. El aprendizaje sería imperfecto, e incluso imposible, si no pasase por ellos. Están vacíos, pero esta vacuidad les confiere una perfección ritual, un formalismo que no se encontrará en ningún otro lugar. Los signos mundanos son los únicos capaces de causar una especie de exaltación nerviosa, efecto que en nosotros producen las personas que saben emitirlos.

Gilles Deleuze
Proust y los signos, 1964

Foto: Jep Gambardella
en La Grande bellezza de Paolo Sorrentino

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