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Archivos Mensuales: julio 2013

Franz Kafka fotografia

En la primavera de 1921, se instalaron en Praga dos máquinas fotográficas automáticas inventadas poco antes en el extranjero que reproducían seis o diez más exposiciones de la misma persona en la misma placa.
Cuando llevé a Kafka una serie semejante de fotografías le dije de buen humor:
– Por un par de coronas uno puede hacerse fotografiar desde todos los ángulos. Este aparato es un Conócete a ti mismo mecánico.
– Un Desconócete a ti mismo, querrás decir –dijo Kafka.
– ¿A qué te refieres? –protesté-. ¡La cámara no miente!
– ¿Quién te dijo eso? –preguntó Kafka inclinando la cabeza-. La fotografía concentra nuestra mirada en la superficie. Por esa razón enturbia la vida oculta que trasluce a través de los contornos de las cosas como un juego de luces y sombras. Eso no se puede captar siquiera con las lentes más penetrantes. Hay que buscarlo a tientas con el sentimiento. Esa cámara automática no multiplica los ojos de los hombres sino que se limita a brindar una versión fantásticamente simplificada del ojo de una mosca.

Gustav Janouch
Fragmento de Conversaciones con Kafka

Foto: Franz Kafka en 1905

Francisco regueira don quijote

Tomemos el título de uno de los más famosos libros del mundo, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. La palabra “hidalgo” tiene hoy una peculiar dignidad por sí misma, pero, cuando Cervantes la escribió, la palabra “hidalgo” significaba ‘un señor del campo’. En cuanto al nombre “Quijote”, era considerada más bien una palabra ridícula, como los nombres de muchos de los personajes de Dickens (“Pickwick”, “Swiveller”, “Chuzzlewit”, “Twist”, “Squears”, “Quilp” y otros por el estilo). Y además tienen ustedes “de la Mancha”, que ahora nos suena noble en castellano, pero que Cervantes, cuando lo escribía, quizá pretendió que sonara (y pido disculpas a cualquier vecino de esa ciudad que se encuentre aquí) como si hubiera escrito “don Quijote de Kansas City”. Ya ven ustedes cómo han cambiado esas palabras, cómo han sido ennoblecidas. Ven un hecho extraño: que porque el viejo soldado Miguel de Cervantes ridiculizó un poco a La Mancha, ahora “La Mancha” forma parte de las palabras más imperecederas de la literatura.

Jorge Luis Borges
El engima de la poesía
Norton Lectures, 24 de octubre de 1967

Orson Welles
Don Quijote, 1992

Marcel Schwob adolescenteEl recuerdo de la primera vez que se ha leído un libro amado se mezcla extrañamente con el recuerdo del lugar y el recuerdo de la hora y de la luz. Hoy, como entonces, la página se me aparece a través de una bruma verdosa de diciembre, o resplandeciente bajo el sol de junio, y cerca de ella, queridas figuras de objetos y de muebles que ya no están. Así como tras haber observado largamente una ventana se vuelve a ver, cerrando los ojos, su espectro transparente con cuadrículas negras, del mismo modo la hoja atravesada por sus líneas se ilumina en la memoria con su antigua claridad. El olor también es evocador. El primer libro que tuve me lo trajo de Inglaterra mi gobernanta. Tenía cuatro años. Recuerdo claramente su actitud y los pliegues de su vestido, una mesa de trabajo ubicada frente a la ventana, el libro con cobertura roja, nueva, brillante, y el olor penetrante que exhalaban sus páginas: un olor acre de creosota y de tinta fresca que los libros ingleses recientemente impresos conservan por mucho tiempo. De ese libro hablaré más adelante: con él aprendí a leer. Pero su olor me provoca aún hoy el escalofrío de un nuevo mundo vislumbrado y el hambre de la inteligencia. Aún hoy no recibo un libro nuevo de Inglaterra sin sumergir mi cara entre sus páginas hasta el hilo que lo encuaderna, para inhalar su bruma y sus vapores y aspirar todo aquello que puede quedar de mi alegría de infancia.

Marcel Schwob
Il libro della mia memoria, 1905

Foto de Marcel Schwob adolescente

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