archivo

Archivos Mensuales: junio 2013

Solzhenitsyn

Querido Mr Colwell:
Durante largo tiempo he estado pensando seriamente en la invitación a formar parte de un grupo de escritores americanos en una visita a Rusia.
Creo que mi declinación de visitar Rusia como huésped del gobierno ruso actual sería de mucho más valor en la “guerra fría” de las relaciones humanas que mi presencia allí.
La Rusia con la que he logrado, espero, algún parentesco espiritual, fue la Rusia que produjo a Dostoievski, Tolstoi, Chéjov, Gogol, etc. Aquella Rusia ya no está allí. No quiero decir que esté muerta; hará falta más que un estado policial para destruir y mantener destruida la práctica espiritual de los herederos de aquellos hombres. Estoy seguro de que siguen escribiendo con la misma sinceridad sobre el corazón humano como lo hicieron sus grandes antepasados; escribiendo con riesgo de su propia vida probablemente, escondiendo las páginas -las novelas, los relatos, los dramas- debajo del suelo, en la chimenea, en cualquier parte, hasta el día (que llegará) en que también volverán a ser libres.
Si yendo a Rusia bajo cualquier condición, e incluso con riesgo o tal vez sacrificio de mi vida (tengo 60 años y probablemente ya he hecho todo lo bueno de lo que era capaz), pudiera liberar una Anna Karenina o Cherry Orchard, lo haría.
Pero ir allí ahora, como un invitado del actual gobierno ruso que, según creo, ha soterrado y si pudiera destruiría a los herederos de los viejos gigantes del espíritu ruso, no sólo sería una mentira sino una traición. Si yo, que durante toda mi vida he tenido la libertad de escribir la verdad tal como la veía, visitara Rusia ahora, el hecho o incluso la apariencia de tolerar la situación que ha establecido el actual gobierno ruso, sería una traición, no a los gigantes: nada puede perjudicarles, sino a sus herederos espirituales que arriesgan sus vidas con cada página que escriben; y una mentira en tanto que toleraría la vergüenza de aquellos que podían haber sido sus herederos y que han perdido algo más que la vida: a los que se ha destruido el alma por el privilegio de escribir públicamente.
Lamento esta decisión. He visto algunos rusos modernos aquí y allá, miembros de embajadas y consulados. Entre los asustados y atormentados grupos de otros hombres occidentales en que les he visto, ellos se erguían como caballos sumergidos en una charca llena de renacuajos asustados. Si son una buena muestra de los rusos de hoy, lo que nos salva al resto de nosotros del comunismo. Si los rusos fueran libres, probablemente conquistarían la tierra.

Sinceramente suyo,

William Faulkner
Carta a Frederick A. Colwell
31 de mayo 1958

Foto de Aleksandr Solzhenitsyn,
expulsado de la URSS en febrero de 1974

andre-gide

Mi entrevistador, al que había perdido de vista desde hacía más de un año, vino a acosarme a propósito de ese número que prepara Fontaine como homenaje a la literatura de los Estados Unidos. De una manera que me pareció poco correcta, se sorprendía de que pudiera interesarme en esto, pues, insinuaba, nada le parecía más alejado de mí…

A lo largo de mi larga carrera -le dije-, he conocido a dos clases de personas: aquellos que se enamoran, tanto en literatura y en las artes como en la naturaleza de aquello que se les asemeja, y se sienten decepcionados por toda obra que no les ofrezca un espejo en el cual reconocerse; y aquellos que, en sus viajes a través de los países o los libros, buscan una extrañeza consejera, de modo que, entre más se diferencia de ellos el paisaje, más lo encuentran de su agrado. Yo soy de estos últimos. No hay literatura contemporánea que atraiga más mi curiosidad que la de la joven Norteamérica. Sí, aún más que la de la nueva Rusia.

Añadí que mi atención por la voz de los Estados Unidos no databa apenas de ayer y que me parecía haber sido uno de los primeros en Francia en admirar a Melville, en leerlo y en hacer que alrededor de mí fuera leído, mucho antes de que Giono emprendiera la traducción del admirable Moby Dick. Lo mismo ocurrió con el Walden de Thoreau: me acuerdo del día en que Fabulet, al que encontré en la place de la Madeleine, me comunicó su descubrimiento: “¡Un libro extraordinario!, que hasta ahora nadie conoce en Francia…” Ese libro, yo lo llevaba aquel día en el bolsillo.

Pero en lo que concierne a las producciones recientes, otros se me han adelantado: fue Malraux quien me hizo leer a Hemingway y a Faulkner. Me tomó algún tiempo, lo confieso, aclimatarme a este último, al que considero actualmente como a uno de los más importantes, quizá el más importante, de esta nueva pléyade. Sin embargo, el que me ofreció más vivo placer, fue Steinbeck. En lo que respecta a Dos Passos, lo admiro más que de lo que me encanta. Siento el procedimiento en su forma de escribir; su puntillismo me fatiga, aun cuando es de los mejor logrados, y veo en su intrépido modernismo el anuncio de un prematuro envejecimiento. No lo acompaño muy bien a través de esas instantáneas que me deslumbran una tras otra, pero que permanecen descoordinadas en mi espíritu hasta el grado de que, tras haber terminado pacientemente la lectura de los tomos de Manhattan Transfer o de Paralelo 42, me habría sentido absolutamente incapaz de agrupar impresiones sucesivas alrededor de un centro, incapaz incluso de saber de quién y de qué me había hablado el autor. Pero, de página en página, en tanto leía, me sentía dominado: por fuerza había de encontrar aquello “muy bueno”.

André Gide
Entrevista imaginaria

Foto de André Gide

Georges Perec

Hay cierto número de obras, y generalmente entre las que más nos gustan, que acaban mal: en ellas algo se termina, se consume. Durante todo el libro ha habido una aventura, un movimiento, una búsqueda, unos encuentros: gentes que no se conocían se han cruzado; han caminado juntas, se han amado, han cambiado. Y luego todo se detiene. Es el fin. No hay continuación. Alguien muere o desaparece. Sentimos un vacío.
Por ejemplo, el final de Los tres mosqueteros, cuando se separan, siempre me ha parecido una perfecta expresión de la tristeza. Y también el principio de Vingt ans après –se vuelven a encontrar como enemigos, han envejecido-, al final de Vingt ans après, se separan de nuevo; Le Vicomte de Bragelonne, finalmente, cuando Porthos muere: durante años (no exagero nada) he sentido la desaparición física de Porthos; le echaba de menos; acordarme de todas sus aventuras, de su fuerza, de su necedad, de su apetito de ogro, de su vanidad, de su ropa, y luego de su decadencia, de su impotencia final: muere aplastado bajo una roca que ya no tiene fuerzas para levantar…
Esto es el sentimiento más simple, en estado bruto. Creo que lo sentiría igual si leyera la muerte de Hercule Poirot.
Pero los hay más matizados. La muerte de André Bolkonski (creo que se llama Bolkonski o Bolbonski) en Guerra y Paz; el final de Casque d’or. Y sobre todo, no ya muertes, sino extinciones, desapariciones, finales tranquilos, nadas: es el tiempo que pasa, el ocio, el hueco, el vacío, la melancolía, la añoranza, el recuerdo, lo irremediable.
Por ejemplo, el final de Under the net de Iris Murdoch, que acabo de buscar, y de no encontrar, por todas partes: tras innumerables aventuras, más bien risueñas, los inseparables se separan; se van cada uno por su lado, “es la vida”… O bien el final de Pierrot mon ami
O bien esta última pregunta (que a menudo me ha aterrorizado) que clausura el capítulo de preguntas y respuestas de Ulises, cuando Stephen y Bloom se separan: ¿Dónde (va Stephen)? Jamás lo sabremos. Y ese jamás, verdaderamente, es algo terrible. No triste exactamente. Pero terrible. Un punto de interrogación para el que no hay respuesta posible. Algo que no se abre sobre cualquier cosa. Algo acabado.
O bien el final de Fermina Márquez.
O bien el final de La educación sentimental: las últimas páginas, y sobre todo “la amargura de las simpatías interrumpidas”: ¿alguna vez se ha expresado mejor el vacío?
O el final de Suave es la noche: el tipo que va de ciudad en ciudad… metrópolis, pequeños centros, aldeas, pueblos y luego se acabó. Se ha perdido su rastro. No está muerto, no; sigue viviendo: sigue pensando, no ha olvidado nada; pero está vacío, ha fallado, ha fracasado, ha naufragado. Así vivirá siete años, la eternidad…
O bien el final de La montaña mágica.
Y estoy seguro de que aún hay innumerables ejemplos.

Georges Perec
Carta a Denise Getzler

Traducción de  Eva María Manso
Foto de Georges Perec

Previamente en Calle del Orco:
Bartleby es el final de un libro cuyo principio no conoceríamos, Georges Perec

En el ferrocarril Vassili Perov

Dostoievsi ha contribuido más que ningún otro escritor a forjar la prosa moderna y llevarla a su intensidad actual. Fue su potencia explosiva la que hizo saltar en pedazos la novela victoriana, con sus trivialidades perfectamente dispuestas y todas esas doncellas que sonríen con afectación: libros faltos de imaginación y de violencia. Sé que hay quienes dicen que Dostoievski tenía ideas descabelladas, incluso que estaba loco, pero lo cierto es que los elementos que manejó en sus obras -la violencia y el deseo- son el aliento mismo de la literatura. Se ha hablado mucho de su condena a muerte, que se le conmutó cuando estaba a punto de ser fusilado, y de sus cuatro años de cautiverio en Siberia: una experiencia que no forjó, sin embargo, su temperamento, aunque es posible que lo exacerbara. Siempre estuvo enamorado de la violencia, y eso es lo que le hace tan moderno, y lo que explica, además, que a sus contemporáneos les resultara desagradable: así, por ejemplo, a Turguénev, que odiaba la violencia. Tolstói no le veía apenas ningún talento literario, pero “admiraba su corazón”. Este comentario tiene mucho de verdad, porque, si bien los personajes de Dostoievski actúan de manera extravagante, casi como enajenados, sus cimientos morales son firmes.

James Joyce
Conversaciones con James Joyce, Arthur Power

Cuadro de Vassili Perov
En el ferrocarril, 1868

Jean Paul SartreMiércoles 29

Desde el 2 de septiembre he leído o releído:
El Castillo de Kafka
El Proceso de Kafka
En la penitenciaría de Kafka

El Diario de Dabit
El Diario de Gide
El Diario de Green
Les Enfants du limon de Queneau
Un rude hiver de Queneau
Los números de septiembre, octubre y noviembre de la Nouvelle Revue Française
Mars ou la guerre jugée de Alain
Prélude à Verdun de Romains
Verdun de Romains
Quarante-huit de Cassou
La Cavalière Elsa de Mac Orlan
Sous la lumière froide de Mac Orlan
El coronel Jack de De Foe
Tomo segundo de las Obras de Shakespeare (edición de la Pléiade)
Terres des hommes de Saint-Exupéry
El testamento español de Koestler

Jean-Paul Sartre
Cuadernos de guerra
29 de noviembre de 1939

Foto: Jean-Paul Sartre por Willy Ronis
Paris, 1956

Librería de viejo

Cuando trabajé en una librería de viejo –establecimiento que se suele imaginar, cuando no se trabaja en él, como una especie de paraíso en el que unos encantadores caballeros de edad curiosean entre infolios encuadernados en piel-, lo que más me llamó la atención fue la escasez de personas realmente aficionadas a los libros. Nuestra tienda tenía un surtido de interés excepcional, pero yo dudo que el diez por ciento de nuestros clientes supiesen distinguir un libro bueno de uno malo. Eran mucho más numerosos los esnobs de las primeras ediciones que los amantes de la literatura; más numerosos aún eran los estudiantes orientales que regateaban por los libros de texto baratos, y las más numerosas eran mujeres despistadas que querían un regalo para el cumpleaños de un sobrino […].

La verdadera razón por la que no quisiera pasar mi vida vendiendo libros es que, cuando lo hice, perdí el amor que les tenía. Un librero se ve obligado a mentir sobre los libros, y esto le provoca aversión hacia ellos. Y peor aún es el hecho de estar constantemente quitándoles el polvo y acarreándolos de aquí para allá. Hubo un tiempo en que me gustaban los libros; me gustaba verlos, tocarlos, olerlos, sobre todo si tenían más de cincuenta años. Nada me agradaba tanto como comprar un lote de ellos por un chelín en alguna subasta de pueblo. Hay un encanto especial en los viejos e inesperados libros que forman esas colecciones: poetas menores del siglo XVIII, antiguos gaceteros, volúmenes sueltos de novelas olvidadas, ejemplares encuadernados de revistas femeninas de la década de los sesenta. Para la lectura de los ratos perdidos –en la bañera, por ejemplo, o por la noche, cuando uno está demasiado cansado para acostarse, o en el cuarto de hora libre de antes del almuerzo-, no hay nada como un número atrasado del Girl’s Own Paper. Pero tan pronto como entré a trabajar en la librería dejé de comprar libros. Vistos en masa, cinco mil o diez mil a la vez, me resultaban aburridos e incluso levemente repulsivos. Ahora compro alguno, de vez en cuando, pero sólo si es un libro que deseo leer y que no puedo pedir prestado, y nunca compro libros antiguos. El delicioso olor del papel viejo ya no me atrae. Lo tengo asociado con los clientes paranoicos y con las moscardas muertas.

George Orwell
Recuerdos de una librería
Fortnightly, noviembre de 1936

Foto de Topher Hackney

El proceso Orson Welles

Lo que los relatos de Kafka tienen es más bien una grotesca, magnífica y completamente moderna complejidad, una ambivalencia que se convierte en la lógica multivalente inclusiva del, entre comillas, “inconsciente”, que yo personalmente creo que no es más que una forma sofisticada de llamar al alma. El humor de Kafka -que no solo es neurótico sino que es antineurótico, heroicamente cuerdo- es, en última instancia, humor religioso, pero religioso al estilo de Kierkegaard y Rilke y los Salmos, una espiritualidad desgarradora contra la cual hasta la gracia sanguinaria de la señora O’Connor parece un poco fácil, y las almas en juego prefabricadas.

Y es esto, creo yo, lo que hace que el ingenio de Kafka sea inaccesible para unos niños a quienes nuestra cultura ha educado para que vean las bromas como entretenimiento y el entretenimiento como algo reconfortante. No es que los estudiantes no “pillen” el humor de Kafka, sino que les hemos enseñado a ver el humor como algo que se pilla, de la misma forma que les enseñamos que el “yo” es algo que se tiene sin más. No es de extrañar que no puedan apreciar el chiste que hay en el centro mismo de Kafka: que la horrible pugna por establecer un “yo” humano resulta en un “yo” cuya humanidad es inseparable de esa pugna horrible. Que nuestro viaje interminable e imposible hacia el hogar es de hecho nuestro hogar. Es difícil de explicar con palabras cuando uno está frente a una pizarra, créanme. Se les puede decir a los alumnos que tal vez sea bueno que no “pillen” a Kafka. Se les puede decir que imaginen que sus relatos tratan todos de una especie de puerta. Que nos imaginemos acercándonos y llamando a esa puerta, cada vez más fuerte, llamando y llamando, no solo deseando que nos dejen entrar sino también necesitándolo; no sabemos qué es pero lo sentimos, esa desesperación por entrar, por llamar y dar porrazos y patadas. Y que por fin esa puerta se abre… y se abre hacia fuera: que durante todo el tiempo ya estábamos dentro de lo que queríamos. Das ist komisch.

David Foster Wallace
Algunos comentarios sobre lo gracioso que es Kafka,
de los cuales probablemente no he quitado bastante, 1999

Foto: Orson Welles
El Proceso
, 1962

A %d blogueros les gusta esto: