archivo

Archivos Mensuales: marzo 2013

Jackie Robinson

En uno de sus ensayos, George Orwell escribe que, aunque no era muy buen jugador, tuvo una larga y desesperanzada historia de amor con el críquet hasta los dieciséis años de edad. Mis relaciones con el béisbol fueron similares. Entre los nueve y los trece años debí de dedicar cuarenta horas semanales, durante los meses sin nieve, a jugar en el campo del barrio (softball, béisbol y stickball) al mismo tiempo que estudiaba a jornada completa en la escuela elemental de la localidad. Tal como lo recuerdo, las noticias de los acontecimientos públicos más catastróficos de mi infancia, la muerte del presidente Roosevelt y el bombardeo atómico de Hiroshima, llegaron a mis oídos mientras estaba jugando. Mi actuación era uniformemente errática; en general, aceptable para los partidos fáciles, pero siempre carecía de la calma y la pericia que los bien dotados exhibían en la dura competición. Mi gusto y el talento que tuviera se centraban en la parada llamativa, fenomenal, más que en el vuelo de altura; me encantaba correr y saltar, la lucha a vida o muerte, pero de alguna manera perdía confianza durante la interminable espera a que descendiera la pelota que me habían lanzado. Nunca pude ingresar en el equipo de la escuela de enseñanza media, pero recuerdo que, uno de los dos años en que lo intenté en vano, e impulsado por la vanidad, hice una imitación lo bastante buena del estilo de un jugador de béisbol para poder engañar o divertir al entrenador hasta el día en que este eliminó del equipo al último de los soñadores y repartió los uniformes.

Philip Roth
Mis años de béisbol
The New York Times, 1973

Foto: Jackie Robinson llegando a una base

Francis Scott Fitzgerald en uniforme

Querido Bob,

Tu carta me sulfuró a tal punto que te contesto de inmediato. ¿Cuál es toda esa “verdadera gente” que “genera negocios y política” y cuya aprobación debería codiciar tanto? ¿Te refieres a los especuladores que acumulan azúcar en sus depósitos para que la gente tenga que abstenerse, o a los canallas que gracias al soborno y la preparación universitaria se las arreglan para manejar elecciones? Ni siquiera puedo levantar el diario sin ver que alguna de esa “verdadera gente”, a la que no se conforma sólo con “una mente brillante” (te cito), acaba de irse una temporada a Sing Sing. Brindell y Hegerman, dos pilares de la sociedad, salieron esta mañana.
¿Quién demonios respetó alguna vez a Shelley, Whitman, Poe, O’Henry, Verlaine, Swinburne, Villon, Shakespeare, etc. cuando estaban vivos? A Shelley y a Swinburne los echaron del colegio; Verlaine y O’Henry estuvieron presos. El resto fueron borrachos o libertinos, algo que la gente decente no toleraría, según les decían regularmente los comerciantes, los políticos insignificantes y los mesías baratos de la época. Los mercaderes, y mesías, los astutos y los obtusos, son polvo… y los otros siguen viviendo.
Ocasionalmente, un hombre como Shaw -a quien llamaron un inmoral cincuenta veces peor que yo en los 90- vive lo suficiente como para que el mundo crezca y se ponga a su altura. Lo que él creía en 1890 era una herejía en ese entonces; ahora es casi respetable. Creo que me dejé dominar demasiado tiempo por “autoridades” -el director Newman, el de St. Paul, el de Princeton, mi jefe de regimiento, mi jefe en el trabajo- que no sabían más que yo. De hecho, diría que esos cinco eran claramente mis inferiores mentales. ¡Y eso es todo lo que cuenta! Los Rousseau, Marx y Tolstoi -hombres de pensamiento, te hago notar, hombres “imprácticos”, “idealistas”- hicieron más para decidir la comida que comes y las cosas que piensas y haces que todos los millones de Roosevelt y Rockefller que se pavonean 20 años balbuceando frases 100% americano (lo cual significa 99% pueblerino idiota) y mueren con una lisonjita complaciente al Dios ridículo y cruel que instalaron en su corazón.

Francis Scott Fitzgerald
Carta a Robert D.Clark
9 de febrero, 1921

Foto: Francis Scott Fitzgerald en uniforme militar, 1917

Max-Brod-Franz-Kafka

Quadsi me lyricis vatibus inseres,
Sublimi Feriam sidesa vértice.

Y si entre los vates líricos me cuentas
Tocaré las estrellas con la cabeza alta

Horacio, Odas (vv. 35-36)

Sentir, repetir estas palabras de Horacio a Mecenas, es algo que Kafka no se habría visto impelido a hacer frente a nadie. Cuando volví a leer los versos de Horacio, de repente me saltó a la vista la diferencia fundamental entre ambas personalidades, y me pareció que, incluso si uno prescinde de todas las artes cortesanas de los romanos, tienen algo de extraordinariamente característico para Kafka. No, mi amigo jamás y bajo ningún concepto habría querido tocar las estrellas. El lema de su vida era el siguiente: permanecer en un segundo plano, no llamar la atención. Su comportamiento era en todo discreto. Rara vez alzaba el tono de su suave voz. Si se encontraba en medio de un grupo, la mayor parte de las veces enmudecía por completo. Sólo estando con una o dos personas perdía su timidez, y entonces de su interior surgía con una fuerza asombrosa una cantidad de ocurrencias que permitía sospechar que aquel hombre silencioso llevaba en su interior un mundo desmedido formado por personajes y pensamientos aún sin desarrollar. Nunca más he vuelto a presenciar asociaciones de ideas tan ágiles saltando desde la más remota lejanía, ocurrencias tan divertidas y extravagantes, fantasías tan espontáneas. El volumen titulado  Preparativos de boda en el campo contiene, lo que sirve de apoyo a mi memoria, un sinnúmero de historias, situaciones, consideraciones, una abundancia francamente inverosímil de fantasías que llevan a todos los confines del mundo y en mil y un días, de tal modo que, tal como ocurre en los fragmentos de Novalis, uno se asusta frente a tanta luz. Comparando además la obra acabada del autor con lo que dejó inacabado encuentra uno que la superficie de las ruinas es mil veces mayor que la de los monumentos rematados por completo. América, El proceso, El castillo, La transformación, En la colonia penitenciaria… Todo eso le parece a uno un afortunado botín frente a lo mucho que el destino, la temprana muerte de Kafka, nos ha arrebatado. Por eso, para juzgar esta obra colosal hay que tener también presente lo informe, lo simplemente esbozado, junto a lo sólidamente perfilado… Y este gigante paseaba entre nosotros como si fuera un enano. No se daba a conocer. “Sólo los sinvergüenzas son discretos”, dice Goethe. Pero si uno compartió parte de su vida con Kafka, se sentiría más tentado a darle la vuelta a la frase y transformarla en su contraria, ciertamente igual de injusta y extrema: “Todo indiscreto es un sinvergüenza”.

Max Brod
Personal

Imagen extraída del documental de
Sagi Bornstein, Kafka, el último proceso

Jorge-Luis-Borges-Bioy-Casares

Stevenson, hacia 1882, anotó que los lectores británicos desdeñaban un poco las peripecias y opinaban que era muy hábil redactar una novela sin argumento, o de argumento infinitesimal, atrofiado. José Ortega y Gasset -­La deshumanización del arte, 1925- ­trata de razonar el desdén anotado por Stevenson y estatuye en la página 96, que “es muy difícil que hoy quepa inventar una aventura capaz de interesar a nuestra sensibilidad superior”, y en la 97, que esa invención “es prácticamente imposible”. En otras páginas, en casi todas las otras páginas, aboga por la novela “psicológica” y opina que el placer de las aventuras es inexistente o pueril. Tal es, sin duda, el común parecer de 1882, de 1925 y aún de 1940. Algunos escritores (entre los que me place contar a Adolfo Bioy Casares) creen razonable disentir. Resumiré, aquí, los motivos de ese disentimiento.
El primero (cuyo aire de paradoja no quiero destacar ni atenuar) es el intrínseco rigor de la novela de peripecias. La novela característica, “psicológica”, propende a ser informe. Los rusos y los discípulos de los rusos han demostrado hasta el hastío que nadie es imposible: suicidas por felicidad, asesinos por benevolencia, personas que se adoran hasta el punto de separarse para siempre, delatores por fervor o por humildad… Esa libertad plena acaba por equivaler al pleno desorden. Por otra parte, la novela “psicológica” quiere ser también novela “realista”: prefiere que olvidemos su carácter de artificio verbal y hace de toda vana precisión (o de toda lánguida vaguedad) un nuevo toque verosímil. Hay páginas, hay capítulos de Marcel Proust que son inaceptables como invenciones: a los que, sin saberlo, nos resignamos como a lo insípido y ocioso de cada día. La novela de aventuras, en cambio, no se propone como una transcripción de la realidad: es un objeto artificial que no sufre ninguna parte injustificada. El temor de incurrir en la mera variedad sucesiva del Asno de Oro, de los siete viajes de Simbad o El Quijote, le impone un riguroso argumento.
He alegado un motivo de orden intelectual; hay otros de carácter empírico. Todos tristemente murmuran que nuestro siglo no es capaz de tejer tramas interesantes; nadie se atreve a comprobar que si alguna primacía tiene este siglo sobre los anteriores, esa primacía es la de las tramas. Stevenson es más apasionado, más diverso, más lúcido, quizá más digno de nuestra absoluta amistad que Chesterton; pero los argumentos que gobierna son inferiores. De Quincey, en noches de minucioso terror, se hundió en el corazón de laberintos, pero no amonedó su impresión de unutterable and self-repeating infinities en fábulas comparables a las de Kafka. Anota con justicia Ortega y Gasset que la “psicología” de Balzac no nos satisface; lo mismo cabe anotar de sus argumentos. A Shakespeare, a Cervantes, les agrada la antinómica idea de una muchacha que, sin disminución de hermosura, logra pasar por hombre; ese móvil no funciona con nosotros. Me creo libre de toda superstición de modernidad, de cualquier ilusión de que ayer difiere íntimamente de hoy o diferirá de mañana; pero considero que ninguna otra época posee novelas de tan admirable argumento como The turn of the screw, como Der Prozess, como Le Voyageur sur la terre, como ésta que ha logrado, en Buenos Aires, Adolfo Bioy Casares […].

He discutido con su autor los pormenores de su trama, la he releído; no me parece una imprecisión o una hipérbole calificarla de perfecta.

Jorge Luis Borges
Prólogo a La invención de Morel
2 de noviembre de 1940

Foto: Jorge Luis Borges y  Aldolfo Bioy Casares

charles bukowski grito

Buscar y encontrar el estilo propio es posible. Lea usted la primera y segunda novela de Faulkner. Verá que entre la mediocre Mosquitos y la notable Banderas sobre el polvo, la primera versión de Sartoris, el escritor sureño encontró su estilo, ese laberíntico y majestuoso lenguaje entre religioso, mítico y épico capaz de animar la saga de Yoknapatawpha. Flaubert también buscó y encontró el suyo entre su primera versión de La tentación de San Antonio, de prosa torrencial, desmoronada, de lirismo romántico, y Madame Bovary, donde aquel desmelenamiento estilístico fue sometido a una severísima purga, y toda la exuberancia emocional y lírica que había en él fue reprimida sin contemplaciones, en pos de una “ilusión de realidad” que, en efecto, conseguiría de manera inigualable en los cinco años de trabajo sobrehumano que le tomó escribir su primera obra maestra.

No sé si usted sabe que Flaubert tenía, respecto del estilo, una teoría: la del mot juste. La palabra justa era aquella –única- que podía expresar cabalmente la idea. La obligación del escritor era encontrarla. ¿Cómo sabía cuándo la había encontrado? Se lo decía el oído: la palabra era justa cuando sonaba bien. Aquel ajuste perfecto entre forma y fondo –entre palabra e idea- se traducía en armonía musical. Por eso, Flaubert sometía todas sus frases a la prueba de “la gueulade” (de la chillería o vocerío). Salía a leer en voz alta lo que había escrito, en una pequeña alameda de tilos que todavía existe en lo que fue su casita de Croisset: la allée des gueulades (la alameda del vocerío). Allí leía a voz en cuello lo que había escrito y el oído le decía se había acertado o debía seguir buscando los vocablos y frases hasta alcanzar aquella perfección artística que persiguió con tenacidad fanática hasta que la alcanzó.

Mario Vargas Llosa
Cartas a un joven novelista

Foto : Charles Bukowski, 1920

A %d blogueros les gusta esto: