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Archivos Mensuales: noviembre 2015

Primo Levi, Cesare Levi y Anna Maria Levi

He leído mucho porque pertenezco a una familia en la que leer era un vicio inocente y tradicional, un hábito gratificante, una gimnasia mental, un modo obligatorio y compulsivo de rellenar los tiempos muertos, y una especie de fata morgana en la dirección de la sabiduría. Mi padre siempre estaba leyendo tres libros a la vez: leía “estando en casa, andando por la calle, al acostarse y al levantarse” (Deut. 6.7); y encargaba al sastre chaquetas con bolsillos grandes y profundos, en los que cupieran los libros. Tenía dos hermanos igualmente ávidos de lecturas indiscriminadas; los tres (un ingeniero, un médico, un agente de bolsa) se apreciaban mucho, aunque solían robarse libros de las bibliotecas respectivas. Estos hurtos siempre se recriminaban a título formal, pero se aceptaban deportivamente, como si hubiera una regla no escrita según la cual aquel que desea verdaderamente un libro es digno de apropiárselo. Por ello mi juventud transcurrió en un ambiente saturado de papel impreso, y en el que los libros escolares se hallaban en franca minoría. Yo también he leído confusamente, sin método, según se estilaba en mi casa, y de ello, seguramente, habré extraído una cierta (excesiva) confianza en la nobleza y la necesidad del papel impreso y, de paso, un cierto oído y cierto olfato. Quizá, leyendo, me he ido preparando para escribir; del mismo modo en que el feto de ocho meses reside en el agua pero se prepara para respirar. Es posible que las cosas leídas reafloren aquí y allá en las páginas que luego escribí, pero el nudo de cuanto he escrito no está en aquello que he leído.

Primo Levi
Prefacio a La Búsqueda de las raíces

Foto: Primo Levi, Cesare Levi y Anna Maria Levi
Rapallo. 8 de enero de 1927.

Célebres ladrones de libros: Roberto Bolaño y Rodrigo Fresán

Françoise Sagan

He conocido posteriormente a muchas personas que no habían podido leer a Proust porque “no lo entendían”, porque Swann, el famoso Amor de Swann que les ponían en las manos, las desconcertaba y las aburría, si yo hubiera empezado por los amores de Odette y la infancia del narrador, me habría costado mucho más penetrar en estos interminables dominios. Con Albertina desaparecida entré de rondón en el drama, comencé por la única peripecia de toda la obra proustiana, el único acontecimiento, el único accidente, la única vez en que Proust da la voz al azar y en la que el azar se presenta bajo la forma de un telegrama: “Pobre amigo mío, nuestra Albertina no existe ya, perdóneme por decirle una cosa tan espantosa, decírsela a usted que tanto la amaba. Fue despedida de la silla por su caballo durante un paseo, yendo a chocar contra un árbol…” Empecé por esta frase y fui luego a caer de lleno en una pena y una desesperación llevada hasta la locura e inexorablemente, machaconamente, examinada, comentada y zaherida por el Narrador. Por este camino, hice yo amar a Proust a numerosos amigos descorazonados por Swann y que, como yo, fueron agarrados por el cuello con Albertina desaparecida. Mas yo descubrí otra cosa, en ese libro, que no he cesado de releer, al mismo tiempo que los demás, claro: descubrí que no había límite alguno, no había fondo alguno, que la verdad estaba por doquier, la verdad humana se entiende, ofrecida por todas partes, y que era, al mismo tiempo, la única cosa inaccesible y la única deseable. Descubrí que la propia materia de toda obra, desde el momento en que se apoyaba en el ser humano, era ilimitada; que si yo quería -si yo podía- describir un día el nacimiento o la muerte de cualquier sentimiento, podía pasarme en ella la vida, extraer millones de páginas, sin poderme decir nunca: “Ya estoy, ya he llegado.” Descubrí que no se llega jamás, que yo no llegaría nunca más allá de media cuesta, de media pendiente, de una milésima de pendiente de aquello que quería hacer; descubrí que el ser humano, remplazara a Dios o que no le remplazara, fuera de fiar o no valiera nada, no era sino polvo y su consciencia lo englobaba todo; descubrí que este ser humano era mi única presa, el único que me interesaba, el único al que yo no llegaría nunca a atrapar, pero al que quizá creería rozar, a veces, en uno de los grandes momentos de felicidad que da la facultad de escribir. Descubrí, también, leyendo a Proust, al comprender esa soberbia locura de escribir, esa pasión incontrolable y siempre controlada, descubrí que escribir no era una palabra vana, que no era nada fácil, y que, contrariamente a la idea que flotaba en aquella época, los verdaderos escritores no abundaban más que los verdaderos pintores o los verdaderos músicos. Descubrí que el don de escribir era un regalo de la suerte, hecho a muy pocas personas, y que los pobres bobos que querían convertirlo en una carrera o un pasatiempo no eran otra cosa que unos miserables sacrílegos. Que escribir exige un talento preciso, preciso y raro: verdad convertida en inconveniente y casi incongruente en nuestros días; por lo demás gracias al dulce desprecio que siente por sus falsos sacerdotes o por los usurpadores, la literatura se venga sola: convierte quienes osan tocarla, aunque sea tan sólo con las puntas de los dedos, en unos enfermos impotentes y amargados -y no les concede nada- sino a veces, por crueldad, algún éxito temporal que les destroza para toda la vida.
Yo aprendí, pues, también con Proust, la dificultad y el sentido de las jerarquías en mi pasión. Aunque, por otra parte, todo lo aprendí de Proust.

Françoise Sagan
Con mi mejor recuerdo

Foto: Françoise Sagan en 1954

Maj-Britt Nilsson

Cuando Alphonse Daudet tenía dieciséis años murió su hermano Henri, y su padre profirió un alarido: “¡Ha muerto! ¡Ha muerto!”. Daudet -escribiría más tarde- fue ya en ese momento consciente de su reacción disociada ante la escena: “Mi primer Yo lloraba, pero mi segundo Yo pensaba: “¡Qué tremendo alarido! ¡Quedaría fantástico en un escenario!”. A partir de entonces sería un “¡homo duplex, homo duplex!”. “A menudo he pensado en esta espantosa dualidad. Mi terrible segundo Yo siempre está ahí, sentado en una silla, observando, mientras mi primer Yo se levanta, actúa, vive, sufre, se debate. A este segundo Yo jamás he podido emborracharlo, o hacerlo llorar, o dormirlo. ¡Y con qué profundidad ve las cosas! ¡Y de qué manera se mofa de ellas!”.
“El artista, a mi modo de ver -escribió Flaubert-, es una monstruosidad, algo externo a la naturaleza.” Daudet, en efecto, se siente un monstruo al reflexionar sobre ello; su condición de escritor le produce casi repugnancia. Algunos escritores logran dormir a su segundo Yo, o emborracharlo; otros son menos constantemente conscientes de su presencia; y otros poseen un activo y efectivo segundo Yo al tiempo que un primer Yo indigno y tedioso. Tiene razón Graham Greene cuando afirma que el escritor necesita una pizca de hielo en el corazón; pero si el hielo es demasiado o la pizca le enfría demasiado el corazón, su segundo Yo no tiene nada -o nada interesante- que observar.

Julian Barnes
Prólogo de En la tierra del dolor de Alphonse Daudet

***

Sin embargo, creo que la ironía domina la vida. ¿por qué, cuando lloro, voy a menudo al espejo para verme? Esta disposición a planear sobre uno mismo es quizá la fuente de toda virtud. Te arranca de la propia personalidad en lugar de mantenerte aferrado a ella. La comicidad llegada al extremo, la comicidad que no hace reír, el lirismo en la broma es para mí lo que más me seduce como escritor. Ahí están los dos elementos humanos.

Gustave Flaubert
Carta a Louise Colet, 8-9 de mayo de 1852

***

El descubrimiento de la tumba de mi padre, de las palabras PEREC ICEK JUDKO seguidas de un número de identificación, inscritas en una chapa sobre la cruz de madera, todavía perfectamente legibles, me causó una sensación difícil de describir: la impresión más tenaz era la de una escena que yo estaba representando, representándome: quince años más tarde, el hijo acude a recogerse ante la tumba de su padre.

Georges Perec
W o el recuerdo de la infancia

Imagen: Maj-Britt Nilsson llorando frente a un espejo
Juegos de Verano, 
Ingmar Bergman, 1973

Georges Bataille

Hasta cierto punto, conocí tempranamente a Antonin Artaud. Me lo encontré con Fraenkel en una cervecería de la calle Pigalle: era hermoso, flaco, sombrío; tenía bastante dinero, que le daba el teatro, pero no dejaba de tener un aspecto famélico; no se reía, nunca era pueril, y aunque hablaba poco, había algo patéticamente elocuente en el silencio un tanto grave y terriblemente enervado que mantenía. Era calmo; esa elocuencia muda no era convulsiva, al contrario, era triste, abatida, interiormente corroída. Se parecía a un pájaro de presa fornido, de plumaje polvoriento, captado en el momento de levantar el vuelo, pero fijado en esa posición. Lo he descrito silencioso. Hay que decir que Fraenkel y yo entonces éramos los personajes menos locuaces del mundo, lo que podía resultar contagioso, en todo caso no impulsaba a hablar.
Artaud le contaba a Fraenkel sobre sus estados nerviosos. Se drogaba, sufría, y Fraenkel se esforzaba por hacerle la vida más soportable. Fraenkel y él tenían diálogos por su cuenta. Después no había conversación. De modo que Artaud y yo nos conocíamos bastante bien, sin habernos hablado nunca.
Diez años después, al anochecer, me topé de repente con él en la esquina de la calle Madame y la calle de Vaugirard; me estrechó enérgicamente la mano. Era la época en que yo intentaba tener una actividad política. Me dijo sin preámbulos: “Supe que está planeando grandes cosas. Créame: ¡debemos hacer un fascismo mexicano!”. Y se fue sin insistir.
Eso me dejó una sensación desagradable, aunque sólo a medias: me asustó, pero también me dio una rara impresión de estar de acuerdo.
Unos años antes, había escuchado una conferencia suya en la Sorbona (aunque no había ido a saludarlo al finalizar). Hablaba de arte teatral y, en la semisomnolencia con que lo escuchaba, lo vi de pronto levantarse; yo había captado lo que estaba diciendo, había decidido hacernos perceptible el alma de Tiestes cuando se entera de que está digiriendo a sus propios hijos. Ante un auditorio de burgueses (casi no había estudiantes), se tomó el vientre con ambas manos y lanzó el grito más inhumano que jamás haya salido de la garganta de un hombre; provocaba un malestar similar al que habríamos sentido si uno de nuestros amigos bruscamente empezara a delirar. Era espantoso (tal vez más espantoso porque era algo sólo actuado).
En su momento, me enteré del desenlace de su viaje a Irlanda, al que siguió su internación. Habría podido decir que no lo quería… y tenía la sensación de que golpeaban o que aplastaban mi sombra. Tenía el corazón oprimido, después no pensé más en ello.
A comienzos de octubre de 1943, recibí una carta enigmática, muy desordenada. Esa carta me llegó de Vézelay, en un momento de mi vida que era al mismo tiempo desgraciado y hermoso, y hoy me trae un recuerdo de angustia y de asombro. Vi que la firma decía Antonin Artaud, a quien apenas conocía, tal como he contado. La había escrito en Rodez, donde había leído La experiencia interior, que había aparecido a principios de año. Más de la mitad de la carta era una locura: trataba del bastón y del manuscrito de Saint Patrick (al volver de Irlanda, su locura giraba en torno a Saint Patrick). Ese manuscrito, que debía transformar el mundo, había desaparecido. Pero me escribía porque La experiencia interior, que acababa de leer, le había indicado que yo tenía que convertirme, que volver a Dios. Debía prevenirme de eso…
Lamento no tener ya esa carta. Se la entregué a alguien que se ocupaba de una edición de las cartas de Artaud y que me había preguntado si tenía en mi poder documentos de ese tipo. Presté mi carta a pesar de lo poco oportuno de su publicación… Simplemente había dado mi opinión: era obviamente la carta de un loco. Pero no recuerdo bien quién me la había pedido -hace mucho tiempo- y la única persona a la cual se la reclamé me dijo que nunca la había tenido. Lo lamento bastante. Me había emocionado recibirla. Y ahora me entristece tener que dejar su contenido librado a la vaguedad. Ni siquiera puedo afirmar con precisión que sea correcto lo que referí en relación con Saint Patrick. Me sorprendería haberlo deformado verdaderamente, pero la memoria, aunque tenga por objeto algo que impresionó mucho, siempre es un poco móvil, un poco huidiza. La demanda de volverse piadoso, que me era dirigida en términos conmovedores, fervientes incluso, ha permanecido clara en mi espíritu.

Georges Bataille
El surrealismo al día

Foto: Georges Bataille

Sir Arthur Conan Doyle

Nunca he tratado personalmente a Robert Louis Stevenson, a quien tanto debe mi escritura. Nunca olvidaré la delicia con que leía sus primeros relatos en el Cornhill sin conocer el nombre del autor. Aún pienso que El Pabellón de los Links es uno de los mayores relatos de la literatura universal, pese a los cambios desafortunados impuestos por editores gazmoños. El último año de Stevenson en la Universidad de Edimburgo debió de coincidir con el primer año mío. Es curioso pensar que probablemente nos cruzamos más de una vez en el concurrido porche.
Desde su remota residencia de Samoa se mantenía al corriente de los asuntos literarios de Inglaterra; yo mismo recibí unas cartas muy alentadoras en 1893 y 1894. “Alegre colega espiritista”, me llamaba en una de ellas, mostrando así que, aunque compartía mi interés por los estudios psíquicos, no se los tomaba muy en serio. No sé en qué época había empezado a interesarse por estas cuestiones, aunque creo que fue iniciado cuando era secretario de una sociedad de estudios psíquicos (o espiritistas) en Edimburgo, sociedad que estudió en especial el caso de un médium asombroso, Duguid. Sus cartas expresaban estima por mi obra. “Tengo un gran talento para los cumplidos”, decía, “acompañado por una odiosa, y hasta diabólica franqueza”. Había contado algunas de mis historietas de Sherlock Holmes a sus criados indígenas -no creía necesario inspirarse en nadie más- y, en una carta rebosante de humor, se me quejaba de la dificultad que entrañaba contar una historia cuando había que detenerse a cada momento para explicar lo que era un ferrocarril, un ingeniero, etcétera. A pesar de todas las dificultades, había conseguido hacerse comprender, y decía: “Si hubiera podido ver sus brillantes y enfurecidos ojos, habría saboreado la gloria”. Pero explicaba que los indígenas tomaban todo al pie de la letra y que para ellos no existía eso que nosotros llamamos un relato imaginario. “Yo, que le escribo esto, he tenido la indiscreción de componer una insignificante obra de ficción, La botella mágica. La gente de aquí que viene a visitar mi casa, tras admirar los techos de Vanderputty y los tapices de los Gobelinos, manifiestan hacia el final cierto desasosiego, dando muestras de una gran delicadeza y discreción. Se les ve encoger los hombros morenos y mover sus ojos interrogadores, para acabar haciendo la pregunta: “¿Dónde está la botella?”. En otra carta decía que, como yo había hablado de mi primer libro Idler, él haría también lo mismo. “No puedo quedarme atrás donde el penacho blanco de Conan Doyle ha pasado delante de mí”. Así, al menos, puedo preciarme de que es a mí a quien debe el mundo el pequeño ensayo sobre La isla del Tesoro que apareció aquel año. Nunca olvidaré la impresión que me produjo, cuando paseaba por el Stand en un bonito landó en 1896, el cartel vespertino de un periódico en que se anunciaba “Stevenson ha muerto”. Algo parecía haber desaparecido para siempre de mi mundo.

Arthur Conan Doyle
Memorias y aventuras

Imagen: Sir Arthur Conan Doyle en 1922

Previamente en Calle del Orco:
El mapa de la Isla del  tesoro, Robert Louis Stevenson

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