Todo lo aprendí de Proust, Françoise Sagan

Françoise Sagan

He conocido posteriormente a muchas personas que no habían podido leer a Proust porque “no lo entendían”, porque Swann, el famoso Amor de Swann que les ponían en las manos, las desconcertaba y las aburría, si yo hubiera empezado por los amores de Odette y la infancia del narrador, me habría costado mucho más penetrar en estos interminables dominios. Con Albertina desaparecida entré de rondón en el drama, comencé por la única peripecia de toda la obra proustiana, el único acontecimiento, el único accidente, la única vez en que Proust da la voz al azar y en la que el azar se presenta bajo la forma de un telegrama: “Pobre amigo mío, nuestra Albertina no existe ya, perdóneme por decirle una cosa tan espantosa, decírsela a usted que tanto la amaba. Fue despedida de la silla por su caballo durante un paseo, yendo a chocar contra un árbol…” Empecé por esta frase y fui luego a caer de lleno en una pena y una desesperación llevada hasta la locura e inexorablemente, machaconamente, examinada, comentada y zaherida por el Narrador. Por este camino, hice yo amar a Proust a numerosos amigos descorazonados por Swann y que, como yo, fueron agarrados por el cuello con Albertina desaparecida. Mas yo descubrí otra cosa, en ese libro, que no he cesado de releer, al mismo tiempo que los demás, claro: descubrí que no había límite alguno, no había fondo alguno, que la verdad estaba por doquier, la verdad humana se entiende, ofrecida por todas partes, y que era, al mismo tiempo, la única cosa inaccesible y la única deseable. Descubrí que la propia materia de toda obra, desde el momento en que se apoyaba en el ser humano, era ilimitada; que si yo quería -si yo podía- describir un día el nacimiento o la muerte de cualquier sentimiento, podía pasarme en ella la vida, extraer millones de páginas, sin poderme decir nunca: “Ya estoy, ya he llegado.” Descubrí que no se llega jamás, que yo no llegaría nunca más allá de media cuesta, de media pendiente, de una milésima de pendiente de aquello que quería hacer; descubrí que el ser humano, remplazara a Dios o que no le remplazara, fuera de fiar o no valiera nada, no era sino polvo y su consciencia lo englobaba todo; descubrí que este ser humano era mi única presa, el único que me interesaba, el único al que yo no llegaría nunca a atrapar, pero al que quizá creería rozar, a veces, en uno de los grandes momentos de felicidad que da la facultad de escribir. Descubrí, también, leyendo a Proust, al comprender esa soberbia locura de escribir, esa pasión incontrolable y siempre controlada, descubrí que escribir no era una palabra vana, que no era nada fácil, y que, contrariamente a la idea que flotaba en aquella época, los verdaderos escritores no abundaban más que los verdaderos pintores o los verdaderos músicos. Descubrí que el don de escribir era un regalo de la suerte, hecho a muy pocas personas, y que los pobres bobos que querían convertirlo en una carrera o un pasatiempo no eran otra cosa que unos miserables sacrílegos. Que escribir exige un talento preciso, preciso y raro: verdad convertida en inconveniente y casi incongruente en nuestros días; por lo demás gracias al dulce desprecio que siente por sus falsos sacerdotes o por los usurpadores, la literatura se venga sola: convierte quienes osan tocarla, aunque sea tan sólo con las puntas de los dedos, en unos enfermos impotentes y amargados -y no les concede nada- sino a veces, por crueldad, algún éxito temporal que les destroza para toda la vida.
Yo aprendí, pues, también con Proust, la dificultad y el sentido de las jerarquías en mi pasión. Aunque, por otra parte, todo lo aprendí de Proust.

Françoise Sagan
Con mi mejor recuerdo

Foto: Françoise Sagan en 1954