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Archivos Mensuales: octubre 2016

xavier-miserachs

Los lectores sabemos hasta qué punto se vive y se revive con un libro en las manos. Somos un poco de Londres, París, Buenos Aires, Nueva York o Lima porque muchas veces hemos recorrido sus calles, entrado en sus casas y respirado su luz.
Barcelona está entre las ciudades que más he vivido. La siento mía porque en ella he pasado la infancia, he quemado en noches de copas y amor la juventud, he librado batallas políticas y he aprendido la complicidad con las realidades cotidianas de una persona madura que firma su relación pacífica con la existencia y se esfuerza por encontrar una verdad modesta, es decir, un lugar desde donde amar las cosas.
He sido niño y adolescente con Juan Marsé en la barriada de La Salud, respirando la cercanía del Guinardó y del Carmelo. Conozco por dentro una geografía humana y un tiempo de posguerra en el que los niños se reunían para imaginar las ciudades lejanas, sacar partido a las historias del cine y sentir curiosidad, respeto o miedo por personajes extraños que llegaban del ayer envueltos por el humo del tabaco y del misterio político. Estábamos en el culo del mundo. La imaginación es una forma de resistencia en épocas difíciles. Que la imaginación rica sea una respuesta pobre no significa que sea una mala respuesta.
Como los niños del barrio de Marsé, como sus padres, yo he vivido la ciudad bombardeada durante la Guerra Civil, el luto que poco a poco fue invadiendo la alegría republicana. Los hijos muertos de Ana María Matute me convirtieron en habitante de un mundo condenado a la mezquindad y a la supervivencia.
Poco a poco me hice partidario de la felicidad. Josep María Cuenca tituló Mientras llega la felicidad (Anagrama 2015) su biografía de Marsé. Mientras llegaba la felicidad, junto a Juan y Jaime Gil de Biedma, habité un sótano más negro que sus reputaciones y pasé muchas noches en pensiones de las Ramblas, junto a un cuerpo amigo, en espera del amanecer:

Irán amontonándose las flores
cortadas, en los puestos de las Ramblas,
y silbarán los pájaros -cabrones-
desde los plátanos, mientras que ven volver
la negra humanidad que va a la cama
después del amanecer.

También discutí de política y de literatura con Carlos Barral, José Agustín Goytisolo, José María Castellet y Manolo Vázquez Montalbán. Ahora mantengo el hilo de la conversación con Jordi Gracia. Los años han pasado y vivimos las consecuencias que Manolo Vázquez advirtió a través de la mirada de Carvalho, cuando las hormigoneras, las grúas y los sobornos mataban a los delanteros centros y la especulación urbanística sustituía las tentaciones de los prostíbulos por el cuerpo de la ciudad.

También me he levantado en Sant Just Desvern para llevar a mi hija al colegio. Mientras ella saca lentamente las muletas del coche, la prisa de las calles toca el claxon. Como Joan Margarit, busco los ojos en el retrovisor y encuentro la poesía:

Elegí en su lugar la seducción
de la ternura iluminando el hueco
que la razón dejó en tu cara.
Cuando me miro en el retrovisor
veo unos ojos que no he visto nunca,
pues brilla en ellos el amor que dejan
tantas miradas, y la luz, y la sombra
de lo que he visto y la paz que trae
tu lentitud, que está dentro de mí.

Joan escribió Mar de invierno en un hotel de Sitges llamado Terramar. Yo inicié las historias de amor de Completamente viernes en otro hotel de Sitges. No es casual que al caminar entonces por Sitges y por Barcelona sintiese una relación de extrañeza y cercanía, muy parecida a la que se siente cuando comienza un amor. Es la misma relación que se tiene al recorrer las ciudades que uno ha habitado en los libros. La novedad no impide abandonarse a una plenitud de cercanía, a un deseo que parece llegar del pasado, un estar con nosotros, de pronto y ahora, que es de toda la vida:

PASEAR CONTIGO

Con una lentitud
de luces y de vientos que nunca conocí,
han crecido las plátanos
y las casa antiguas de estas calles.
Detrás de sus balcones se vivieron
fiestas que no eran mías,
guerras que no sufrí,
ambiciones que no me dominaron,
muertes que no he sentido.

Cruza la gente y habla
en un hermoso idioma que me cuesta
trabajo comprender.

Y sin embargo
esta ciudad es mía,
pertenece a mi vida como un puerto a sus barcos.

sin duda es la memoria
de algunos novelistas y un poeta.

Y sin duda, también, es la importancia
de pasear contigo,
de tu mano en mi mano, de nuevo adolescente,
tu cabeza en mi hombro,
tu silencio en el mío.

Así son las cosas de las ciudades. No sé si son cosas naturales, sencillas, fáciles o difíciles. De cualquier forma son cosas leídas.

Luis García Montero
Barcelona habitada
Revista Enye, Verano 2016

Foto: Xavier Miserachs
Via Laietana, 1962
Portada de Dietario de Posguerra, 2006

Faro Bell Rock, William Turner

Apenas hay una luz en alta mar desde la isla de May hacia Lerwick, al norte, que no haya diseñado un antepasado mío, y muchas veces he pensado que para hallar una familia comparable a la nuestra en su promesa de memoria inmortal habría que retrocederse a los faraones egipcios.

Robert Louis Stevenson

Sir Walter Scott había visitado Bell Rock ciento setenta años antes. También había ido en el vapor de los inspectores, justo tras la sonada y anónima publicación de Waverley. Su guía fue nada menos que Robert Stevenson*, quien describió su visita el sábado 12 de julio de 1814:

Propuse desembarcar pronto y desayunar en el faro […]. En consecuencia, enviaron al mayordomo con unas cestas para que las pusiera en la mesa de la biblioteca o “Sala de los Desconocidos”; un buen desayuno escocés. Terminado éste, el libro de firmas del faro fue pasando de mano en mano por la mesa, pero cuando llegó a Sir Walter, el señor Erskine puso la mano sobre la página y le dijo: “Ah, no, Scott, tienes que poner algo más que Walter Scott”. […] pareció que la propuesta casi lo incomodaba y, levantándose de la mesa, se quedó un rato mirando por una de las ventanas […]. Al final Sir Walter cogió la pluma y escribió estas bellas y expresivas líneas:

Pharos loquitur
muy adentrado en lo más hondo,
por estos indómitos promontorios guardia monto,
rojiza gema de tornadiza luz
fijada al tenebroso rostro de la noche,
el marinero saluda mi luz
y renuncia a desplegar su prudente vela.

[Far in the bosoms of the deep,/ O’er these wild shelves my watch I keep,/ A ruddy of changeful light/ Bound on the dusky brow of night./ The seaman bids my lustre hail/ And scorns to strike his timorous sail.]

Nicholas Rankin
Robert Louis Stevenson
De Escocia a los Mares del Sur

Cuadro: William Turner, 1824
Bell Rock light house during a storm from the North East

*Robert Stevenson (1772-1850) fue el abuelo de Robert Louis Stevenson

Sylvia Plath

He sufrido varias frustraciones en mi trabajo, que, pese a tenerlas previstas en abstracto, igual siguen preocupándome, aunque procuro tomármelas con calma. Para empezar, las otras chicas que participan en la hora de prácticas de crítica literaria conocen mucho mejor que yo los distintos períodos de la historia de la literatura y me quedo completamente descolgada cuando tienen que “situar” fragmentos de prosa y poesía de los siglos XVI, XVII y XVIII. Evidentemente, ninguno de los textos seleccionados son de Chaucer, Shakespeare, Milton o los autores rusos, y muy raras veces corresponden a los siglos XIX o XX, de modo que me siento muy ignorante. La única preparación posible para esta clase es ir leyendo muy despacio, como lo estoy haciendo, la poesía de esos siglos. También en las sesiones de “supervisión” sobre el tema de la tragedia, con la misma señorita Burton, me siento terriblemente en desventaja al tener que realizar mis lecturas en un vacío, en cierto modo, sin ningún conocimiento previo… sobre la tragedia del período de la Restauración. Hasta ahora sólo he conseguido redactar un trabajo sobre Corneille que, a pesar de haber leído las obras con mi francés todavía algo oxidado, al parecer juzgó aceptable, aunque no nos ponen notas y sólo comentamos los trabajos con la tutora. Ésas son las dos horas más penosas de la semana para mí… Un estilo de lectura muy lento, para así paliar esta sobrespecialización en exceso prematura, es exactamente lo que confiaba poder hacer aquí, pero a menudo sigue resultándome duro competir con algunas de estas chicas con tanta facilidad de palabra en un terreno en el que mi falta de referencias me pone en desventaja. ¡A veces me entran ganas de cogerlas en falta con alguna referencia a nuestros primeros autores americanos!
Aunque continuase leyendo a diario durante el resto de mi vida, seguiría estando rezagada, de modo que procuro compaginar las clases matinales (que me encantan) y mis lecturas con una cierta vida cultural y social. Sigo considerando infinitamente más importantes las personas que los libros, con lo cual nunca llegaré a ser una erudita. Soy perfectamente consciente de ello y también sé que mi curiosidad intelectual vitalicia jamás podría encontrar satisfacción en la minuciosa acumulación de detalles para una tesis doctoral. Creo que ese tipo de especialización sencillamente no es lo mío. Me gusta leer sobre muchos temas: arte, psicología, filosofía, francés y literatura, y vivir y ver mundo, y conocer a fondo a las personas que lo pueblan y escribir poesías y prosa, en vez de convertirme en una engreída experta sobre algún autor secundario de hace doscientos años, por la mera razón de que todavía nadie haya escrito nada sobre él.

Sylvia Plath
Carta a su madre, 14 de noviembre de 1955

Imagen: Sylvia en un pasillo del Smith College, 1952-1953

Previamente en Calle del Orco:
Callarán los bobos tambores eruditos, Juan Marsé

Cesare Pavese

Querido profesor:

Yo soy un hombre que desatina y razona con trabajo y con muchas nieblas, mientras que usted es preciso y límpido y lleno de experiencia vital, hasta el punto de que cuando usted habla yo me quedo oyéndolo con la misma seguridad con que me abandono ante la naturaleza; pero sobre este tema del trabajo de creación del arte pienso ahora lo contrario que usted.
Usted dice que para crear una gran obra basta con vivir lo más intensa y profundamente posible cualquier vida real, que si nuestro espíritu tiene en sí las condiciones de la obra maestra, ésta brotará casi por sí sola, naturalmente, sanamente, como ocurre con todos los fenómenos vitales.
Usted ve el arte, en suma, como un producto natural, una actividad normal del espíritu que tendría como característica esencial la sanidad.
Pues bien, yo niego gran parte de los significados dados a estas cosas y en especial la última.
No, en mi opinión el arte exige un trabajo tan largo y un maceramiento tal del espíritu, un calvario tan incesante de tentativas que en su mayoría fracasan, antes de llegar a la obra maestra, que se le podría clasificar más bien entre las actividades antinaturales del hombre.
Sana es en sí la obra de arte verdaderamente buena, ya que, al ser la obra de arte sólo una construcción orgánica, donde palpita la vida, una vida cualquiera, como la de plantas y piedras, esto es, la perfecta correspondencia y actividad de sus diversas partes, es una condición indispensable; pero no por esta razón han de ser igualmente sanos el contenido de la obra o el alma del creador.
Más aún, si esta alma no se ha retorcido y trastornado y desangrado, si no ha pasado por una serie larguísima de experiencias repetidas hasta la completa absorción por su parte, si no se ha visto reducida por las fatigas y el abuso de actitudes particulares a un aspecto al margen de lo común y privado de ese sórdido optimismo que lleva consigo la natural sanidad, esta alma no valdrá jamás para componer una obra maestra.
Y repito, sólo y precisamente por esas condiciones antihumanas, o quizá sobrehumanas, y por un largo tormento de intentos fallidos, el espíritu puede llegar a dar esos frutos suyos gallardos y milagrosos, esas nuevas criaturas que están sobre la tierra como otros muchos seres vivos.
Por eso el arte es la más elevada de las actividades y lleva al hombre más cerca de la divinidad que cualquier otra cosa: permite crear seres vivos.
Y por esta esperanza vertiginosa yo no me persuadiré jamás de “pensar en otras cosas” esperando que la obra maestra nazca dentro de mí de repente, sino que continuaré agotándome, rompiéndome, enriqueciéndome en vida y en mano segura.
Continuaré esta existencia enferma y antipática.

Cesare Pavese
Carta a Augusto Monti
Turín, 18 de mayo de 1928

***

Estoy vivo y he sorprendido las estrellas en el alba.
Mi compañera continúa durmiendo y lo ignora.
Mis compañeros duermen todos. La clara jornada
se me revela más limpia que los rostros aletargados.

A distancia, pasa un viejo, camino del trabajo
o a gozar la mañana. No somos distintos,
idéntica claridad respiramos los dos
y fumamos tranquilos para engañar el hambre.
También el cuerpo del viejo debería ser sano
y vibrante -ante la mañana, debería estar desnudo.

Esta mañana la vida se desliza por el agua
y el sol: alrededor está el fulgor del agua
siempre joven; los cuerpos de todos quedarán al
descubierto.
Estarán el sol radiante y la rudeza del mar abierto
y la tosca fatiga que debilita bajo el sol,
y la inmovilidad. Estará la compañera
-un secreto de cuerpos. Cada cual hará sentir su
voz.
No hay voz que quiebre el silencio del agua
bajo el alba. Y ni siquiera nada que se estremezca
bajo el cielo. Sólo una tibieza que diluye las estrellas.
Estremece sentir la mañana que vibre,
virgen, como si nadie estuviese despierto.

Cesare Pavese
Creación
Versión de Carles José i Solsora

Foto: Cesare Pavese

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