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Archivos Mensuales: diciembre 2014

Emil Cioran en París

“Cuando llegué a París, de inmediato comprendí que el interés de esta ciudad, era la posibilidad que ella me ofrecía de vivir al lado de gente propiamente ociosa. Yo mismo soy un ejemplo de ocioso: nunca trabajé en mi vida, nunca tuve un oficio, salvo una vez, durante un año en Rumania, cuando enseñé Filosofía en Brasov. Fue insoportable. Y esa fue igualmente la razón por la cual vine a París. En su propio país, uno debe hacer algo, pero no necesariamente cuando uno vive en el extranjero. Yo he tenido la dicha de vivir más de cuarenta años de mi vida en la ociosidad y – ¿cómo le digo? – sin Estado. Lo que hay de interesante en París es, yo creo, que uno puede, que uno debe vivir como un extranjero radical, de modo que uno no pertenece a una nación, sino solamente a una ciudad. Yo me siento en cierta manera parisino, pero no francés – sobre todo no francés.

(…) Hay dos libros que, para mí, representan, expresan a París. De entrada ese libro de Rilke, Los Cuadernos de Malte Laurids Brigge, y luego el primer libro de Henry Miller, Trópico de Cáncer, que muestra otro París diferente al de Rilke, inclusive contrario, el París de los burdeles, de las prostitutas y de los proxenetas, el París del fango. Y es también ese París que yo conocí: (…) el París de los hombres solos y de las prostitutas.
A decir verdad, ya había vivido la misma cosa en Rumania: la vida del burdel era muy intensa en los Balcanes. Y era también el caso de París, al menos antes de la guerra (…). Cuando llegué aquí, había tenido largas conversaciones con muchas de esas damas. Al principio de la guerra, yo vivía en un hotel no muy lejos del bulevar Saint-Michel y trabé amistad con una prostituta, una vieja dama de cabellos blancos. Llegamos a ser muy buenos amigos; quiero decir: ella era demasiado vieja para mí. Pero era una increíble comediante, con un talento para la tragedia. Yo me la encontraba casi cada noche hacia las dos o tres de la mañana, pues yo regresaba siempre muy tarde a mi hotel. Eso fue al principio de la guerra, en 1940 – o mejor dicho, fue antes de la guerra, ya que durante la guerra uno no podía salir después de la medianoche. Nosotros paseábamos juntos y ella me contaba su vida, toda su vida – y la forma en la que ella hablaba de todo eso, las palabras que utilizaba: ¡yo estaba fascinado! (…) Las experiencias que he tenido en mi vida con este tipo de personas me han enseñado más que los encuentros con intelectuales.”

Emil Cioran
Entrevista con Hans-Jurgen Heinrichs
París, 1983

Foto: Emil Cioran sentado en el Jardín del Luxemburgo
Fuente: Libros Colgados

repère def

Ha sido ya dicho más de una vez que Tolstoi y Dostoievski se dividieron entre ellos el terreno central de la novela moderna. Lo que a Tolstoi le importaba eran –aun en el pesimismo final de La sonata de Kreutzer– los hombres-dentro-del-mundo y, en efecto, el panorama de sus libros nos trae la imagen de un enorme paisaje poblado de figuras que variaron tal paisaje, mientras que la mayor parte de la obra de Dostoievski podría tener lugar en diez cuartos cerrados: lo que recordamos no es la sociedad, sino una serie de individuos, cada uno de ellos iluminado por el terror de explorar el misterio de sí mismo. Esta distinción no es esquema definitivo para clasificar la novela. Aunque puede señalarse a Moby Dick como el ejemplo perfecto de novela de la categoría segunda –un libro éste en el que la acción depende del viaje de Ahab al interior de su obsesión- y a An American Tragedy como el ejemplo viril del primer tipo de novela, nos quedamos todavía cortos ante la obra de alguien como Henry James, quien abarca ambas categorías, puesto que explora la sociedad adentro como si el mundo fuera una criatura encerrada en una habitación y él pudiera descubrirle el corazón. Y a pesar de todo la distinción es probablemente la guía sencilla más útil que tenemos con respecto a la novela y hasta puede tener aplicación modernamente, adjudicando a Proust la categoría de novelista del mundo desarrollado, introspectivo, pero todavía objetivo, y a Joyce la de magno, demente, absolutamente honorable viajero a través de la psique. La novela sería parte de un punto filosófico fijado de antemano –el deseo de descubrir la realidad– y busca la realidad en la sociedad, o si no tiene que embarcarse en un viaje Amazonas arriba por el ojo interior.

Norman Mailer
Caníbales y cristianos

Traducción: Carles Reig

Jean Genet

Con la psicología, lo hace muy bien: en vez de dar, como en sus demás novelas, una sola explicación seria de los móviles, Dostoievski dará también la explicación contraria: resultado, cuando se lee todo, personajes, acontecimientos, todo era eso y lo contrario, sólo queda un picadillo. Comienza la alegría. La nuestra y la del novelista. Después de cada capítulo queda claro: ya no queda nada de verdadero. Entonces aparece un nuevo Dostoievski: hace el bufón. Se divierte dando una explicación positiva de los acontecimientos y luego, sin duda advirtiendo que en la novela la explicación es cierta, propone la explicación contraria.
Magistral humor. Juego. Pero descocado porque destruye la dignidad del relato. Es lo contrario de Flaubert que sólo ve una explicación y es lo contrario de Proust que acumula explicaciones pero nunca demuestra que la explicación contraria es admisible.
¿Habré leído mal Los hermanos Karamazov? La leí como una chanza. Dostoievski destruye lo que se consideraba, hasta ese libro, la obra de arte  con afirmación, dignamente.
Me parece, tras esa lectura, que cualquier novela, poema, cuadro o música que no se destruya, quiero decir que no se construya como un juego pim-pam-pum del que sería uno de los muñecos, es una impostura. Se habla mucho en estos últimos años de la risa de los dioses. La obra de arte construida sólo sobre afirmaciones nunca negadas es una impostura que oculta algo más importante. Franz Hals debió de reírse mucho con Las regentes y Los regentes. Rembrandt también, con la manga de La novia judía. Mozart componiendo su Misa de Réquiem e incluso Don Juan. Todo les estaba permitido. Eran libres. Y Shakespeare con El Rey Lear. Tras haber tenido talento y genio, conocen algo más raro: saben reírse de su genialidad.
¿Y Smerdiakov? Porque los tres hijos Karamazov son cuatro. El tierno, el cristiano Aliocha no dice una palabra, no hace un solo gesto que indique que aquel criado es su hermano.
Quisiera hablar de Smerdiakov.

Jean Genet
Texto escrito en una fecha indeterminada (entre 1975 y 1980),
entregado a ediciones Gallimard en 1981
y publicado en
La NRF en octubre de 1986

Foto: Jean Genet

claudio magris

En una página irónica y sin embargo amable, Kafka narra su encuentro, ocurrido en un tren antes de la Gran Guerra, con un oficial alemán. El oficial es súbdito del imperio germánico, Kafka es súbdito del imperio austrohúngaro, que comprendía numerosas nacionalidades diversas. Los dos se ponen a hablar; en un momento dado, el oficial le pregunta de dónde viene y luego de qué nacionalidad es. Kafka responde, pero el otro no llega realmente a entender cuál es su nacionalidad. Kafka ha nacido en Praga, pero no es checo; es ciudadano austriaco; es judío, pero un judío desarraigado de los orígenes del judaísmo. La identidad de Kafka desorienta al militar, ocasional compañero de viaje. Kafka es en sí mismo una frontera: su cuerpo es un lugar en el que se encuentran, se cruzan y se superponen, como cicatrices, muchas fronteras diversas.
Este episodio es, creo, uno de los muchos que se podrían citar para subrayar un aspecto complejo y contradictorio de la identidad de frontera, la dificultad que experimenta para hacerse entender. La incomprensión acompaña con frecuencia al intelectual o al escritor de frontera, pero tal vez haya también cierta complacencia por su parte en sentirse incomprendidos. Todo esto indica que de algún modo quieren encontrar su identidad auténtica precisamente en esa imposibilidad de ser entendidos.

Claudio Magris
Escrituras de frontera

Foto: Claudio Magris

Marcel Schwob

1 de marzo. Funeral de Schwob. ¿Por qué los hombres de letras no escriben sus propios discursos fúnebres cuando aún están vivos? Sólo les robaría cinco minutos de su vida.
Le gustaba tanto Villon, que vivía en la calle Saint-Louis-en-l’Île. Alguien preguntó a un frutero de esa calle:
– ¿A quíen se llevan?
– A un poeta – dice el frutero.
Una mala definición de Schwob.
El señor Croiset hace un discurso trivial, pero el sonido de su voz hace apreciar a ese viejo profesor.
Me avergüenzo un poco de haber venido sólo con bombín; cierto que Jarry lleva una gorra peluda.
Junto a la tumba, el chino de Schwob, vestido de civil.
Georges Hugo, que ya parece un viejo bien conservado que aún no se ha labrado un rostro con carácter.
Bajan a Schwob a una tumba provisional. Baja, baja hasta el otro mundo.
“Acompáñenme un ratito: me será muy agradable, pero por favor, si tienen miedo de resfriarse no se queden descubiertos. Si hace sol no traigan paraguas. ¿Coronas? Bueno, pero que haya una de laurel.
¡Y no pongan caras tristes, les afean! ¡Cuidado con parecerse a mí!
Además, no digan que tuve buen carácter. Tener buen carácter no es una virtud: es el vicio eterno, y ya saben ustedes cuánto detestaba yo que me incordiasen. Que algunos se emocionen, si pueden. ¡Los demás que sonrían y sean graciosos!”
¿Y por qué tras un discurso fúnebre no se aplaude? Al muerto, que es sordo, no le molestaría, y el orador, que cuando el vecino le devuelve el sombrero no sabe qué hacer con las cuartillas manuscritas, lo agradecería.

Jules Renard
Diario, 1 de marzo de 1905

Imagen: Marcel Schwob
Fuente: Letras libres

Previamente en Calle del Orco:
El poeta que menos murió al morir, Ramón Gómez de la Serna

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