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Archivos Mensuales: diciembre 2015

Orhan Pamuk

Recuerdo muy bien la primera lectura de Los hermanos Karamazov a los dieciocho años, solo en una habitación de una casa que daba al Bósforo. Era el primer libro de Dostoievski que leía. En la biblioteca de mi padre había una traducción turca publicada en los años cuarenta a partir de la versión inglesa de Constance Garnett y el título de aquella novela, que de una manera misteriosa sugería todo el exotismo, la diferencia y la fuerza de Rusia, llevaba bastante tiempo llamándome a un mundo nuevo.
Como todos los grandes libros, Los hermanos Karamazov tuvo dos efectos instantáneos en mí: me hizo sentir al mismo tiempo que no estaba solo en el mundo y, por otro lado, que era alguien desamparado, solo en mi rincón. Al ir viendo complacido lo que la novela me mostraba poco a poco, sentía que no estaba solo porque, como me suele pasar cuando leo grandes libros, las ideas que tanto me agitaban ya se me habían ocurrido antes, y algunas escenas y entonaciones escalofriantes casi las recordaba como si las hubiera vivido. Por otro lado, mi primera lectura del libro también me daba la sensación de soledad puesto que me mostraba ciertas verdades básicas sobre la vida de las que nadie hablaba, que nadie mencionaba. Me daba la impresión de ser el primero que lo leía. Era como si Dostoievski me susurraba al oído cosas privadas sobre la humanidad y la vida que nadie más sabía. Esa información secreta tenía tanta fuerza y era tan inquietante que cuando me sentaba a cenar con mis padres o cuando, como siempre, intentaba charlar con mis compañeros en los atestados pasillos de la Universidad Técnica de Estambul, en los que siempre se hablaba de política, sentía que el libro se agitaba dentro de mí y que la vida ya no sería la misma; notaba que frente al mundo grande, amplio y sorprendente de la novela, mi propia vida y mis preocupaciones eran pequeñas e insignificantes. Me apetecía decir: “Estoy leyendo un libro que me agita, que está cambiando mi mundo entero y eso me asusta”. En alguna parte Borges dice: “Descubrir a Dostoievski es como descubrir el amor o ver el mar por primera vez, marca un momento importante en la vida”. El momento en que leí a Dostoievski por primera vez supuso para mí la pérdida de la inocencia con respecto a la vida.

Orhan Pamuk
Los hermanos Karamazov
Otros colores

Foto:  Bernardo Pérez
Orhan Pamuk en Estambul en 2006

 

Graham Greene

Desconozco qué interpretación le habría merecido a Freud, pero durante más de treinta años mis sueños más felices han sido los relacionados con las librerías de lance: se trata de librerías conocidas que vuelvo a visitar. Esas librerías conocidas son las que, desde luego, jamás han existido: a regañadientes he llegado a semejante conclusión. En algún lugar no muy alejado de la Gare du Nord, en París, tengo un vivo recuerdo de una librería que estaba al final de una larga calle que ascendía en cuesta, un establecimiento de bastante profundidad y de altos anaqueles (tenía que servirme de una escalera para llegar a la parte más alta). Al menos en dos ocasiones me recorrí todos los estantes (allí, según creo, compré la traducción de Fanny Hill al francés hecha por Apollinaire). En cambio, una vez terminada la guerra en vano busqué aquella librería. Es evidente que la librería pudo haber desparecido; lo malo era que ni siquiera la calle estaba donde yo la recordaba. Además, había una librería de Londres que aparecía en mis sueños con gran frecuencia: recuerdo con claridad la fachada, pero no el interior. Estaba en un lugar comprendido entre la trasera de Charlotte y el punto en que uno desemboca en Euston Road. No entré jamás en ella, y ahora estoy totalmente seguro de que jamás existió aquella librería. Cuando tenía uno de aquellos sueños, siempre despertaba con una sensación de felicidad y de expectación […].
Es más fácil convertirse en coleccionista. Lo de menos es qué se coleccione; lo que cuenta es que así se tiene la llave de la puerta. La colección en sí carece de importancia. Lo que importa es el entretenimiento de la caza, los personajes que se conocen, los amigos que uno se hace. Cuando yo era adolescente probé por vez primera el sabor de la bibliofilia comprando toda clase de libros sobre las expediciones a la Antártida. Aquellos libros ya no los conservo. Hoy tendrían un cierto valor en el mercado, pero, ¿qué más da? Antes de la guerra coleccionaba literatura de la Restauración porque estaba trabajando en una biografía de Rochester que iba a publicar nada menos que treinta años después. No se trataba de primeras ediciones (un lujo que no me podía permitir), y tampoco las tengo ya conmigo: desaparecieron algunas durante la guerra, y otras lamentablemente abandonadas cuando me fui de Inglaterra.
El valor que para el coleccionista tiene su colección no depende tanto de su valor en el mercado cuanto, seguramente, de la emoción de la caza, y de los extraños lugares a los que a veces le ha llevado la búsqueda. En compañía de mi hermano Hugh, cuya colección de historias detectivescas abarca desde la época victoriana a 1914, de modo que muchas veces salimos de búsqueda los dos juntos, hace poco estuve caminando bajo un torrencial aguacero por las afueras de Leeds, por una zona que bien podría haber formado parte de uno de los documentales de Grierson sobre la depresión. La librería que buscábamos estaba incluida en una guía que era de toda confianza, pero cada vez creíamos menos en su existencia, al tiempo que nos íbamos empapando más y más, caminando entre fábricas abandonadas. Cuando llegamos, no nos cupo duda de que la librería había existido, pues había un rótulo en el que aún se leía “…brero” encima de una puerta que ya no estaba en su sitio, todos los escaparates estaban rotos y el suelo estaba misteriosamente repleto de botas y zapatos de niño, calzado de buena calidad. ¿sería un lugar de encuentro de una mafia infantiloide? Escenas como ésa, junto al descubrimiento de nuevos pubs y de cervezas que uno jamás había probado, son algunas de las recompensas del coleccionista de libros de lance.

Graham Greene
Introducción a With All Faults de David Low, 1973

Foto: Graham Greene en 1975

Patrick Modiano

He aquí también la prueba de que a un escritor lo marca de forma indeleble su fecha de nacimiento y su época, incluso aunque no participase de forma directa en la acción política, incluso aunque parezca un solitario, replegado en eso que suele llamarse “su torre de marfil”. Y, si escribe poemas, son a imagen y semejanza del tiempo en que vive y no habrían podido escribirse en ninguna otra época.
Es lo que sucede con el poema de Yeats, ese gran escritor irlandés cuya lectura me ha conmovido siempre de manera tan honda: “Los cisnes salvajes de Coole”. En un parque, Yeats está observando a unos cisnes que se deslizan por el agua:

Me ha llegado otro otoño, diecinueve
desde que conté el primero;
vi, antes de haber terminado,
de pronto a todos remontar el vuelo
y que en grandiosos anillos al dispersarse giraban
con estruendo de sus alas.
[…]
Sin rumbo ahora el agua inmóvil surcan
misteriosos y bellos;
¿entre qué juncos construirán sus nidos?,
¿en qué orillas de estanques o de esteros
deleitarán otros ojos cuando un día abra los míos
y descubra que se han ido?

Los cisnes aparecen con frecuencia en la poesía del siglo XIX, en Baudelaire o en Mallarmé. Pero este poema de Yeats no habría podido escribirse en el siglo XIX. Por su peculiar ritmo y por su melancolía pertenece al siglo XX e incluso al año en que se escribió.
Sucede también que un escritor del siglo XX se siente a veces apresado en su tiempo y que la lectura de los grandes novelistas del XIX -Balzac, Dickens, Tolstoi, Dostoievski- le infunde cierta nostalgia. En aquella época el tiempo fluía de forma más lenta que hoy, y esa lentitud estaba más a tono con el trabajo del novelista porque podía concentrar mejor la energía y la atención. Luego, el tiempo se aceleró y avanza a trompicones, lo que explica la diferencia entre los recios macizos novelísticos del pasado, con arquitectura de catedral, y las obras discontinuas y fragmentadas de hoy en día. Desde esa perspectiva, pertenezco a una generación intermedia y siento curiosidad por saber cómo las generaciones siguientes, que nacieron con Internet, móvil, correos electrónicos y tuits, expresarán mediante la literatura el mundo al que todos están permanentemente “conectados” y en el que las “redes sociales” menoscaban esa porción de intimidad y secreto que era aún, hasta hace poco, un bien que nos pertenecía, ese secreto que daba hondura a las personas y podía ser un gran tema novelesco. Pero no quiero dejar de ser optimista en lo referido al porvenir de la literatura y estoy convencido de que los escritores del futuro garantizarán el porvenir tal y como lo han venido haciendo todas las generaciones desde Homero…

Patrick Modiano
Discurso en la Academia Sueca
Estocolmo, 7 de diciembre de 2014

Foto: Renaud Monfourny
Patrick Modiano

Cité Veron, París, 1966

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