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Archivos Mensuales: septiembre 2015

Philippe Jaccottet

En 1883, intervinieron quirúrgicamente a Turguéniev en París para extirparle un neuroma en el bajo abdomen. Los médicos le administraron éter y no cloroformo, y conservó la conciencia durante toda la operación. Poco después recibió la visita de su amigo Alphonse Daudet, con quien había cenado a menudo en compañía de Flaubert, Edmond de Goncourt, Zola y otros. “Durante la operación -les contó Turguéniev- pensé en nuestras cenas compartidas y traté de encontrar las palabras precisas para expresar qué sentí exactamente cuando el acero me sacaba la piel y me entraba en el cuerpo. Fue como un cuchillo cortando un plátano.” Goncourt, al reseñar esta anécdota, comenta: “Nuestro viejo amigo Turguéniev es un verdadero hombre de letras”.
¿Cuál sería el mejor modo de escribir sobre la enfermedad, y el trance de morir, y la muerte? Pese al ejemplo impecable de Turguéniev, el dolor suele ser enemigo del potencial descriptivo. Cuando le llega el momento de sufrir, Daudet descubre que el dolor, como la pasión, deja al lado el lenguaje. Las palabras llegan “cuando todo ha acabado ya. Nombran recuerdos estériles o mendaces”. La perspectiva de una muerte próxima podrá propiciar o no que el intelecto se concentre y aporte alguna verdad final; y podrá incluir o no ese aide-mémoire del discurrir de la vida ante tus ojos; pero es improbable que haga de ti un escritor mejor. Modesto o desenvuelto, prudente o jactancioso, literario o periodístico, no escribirás ni mejor ni peor que antes. Y tu temperamento literario se adecuará bien o no al nuevo reto temático. Cuando el relato heroico -y, uno diría, heroicamente autoengañoso- de Harold Brodkey sobre su propia muerte se publicó en el New Yorker, felicité a la directora de la revista por “ofrecérnoslo en su integridad”, refiriéndome con ello al palmario e impresionante egotismo del autor. “Pues tendría que haber visto lo que quitamos”, me respondió con sorna.

Julian Barnes
Prólogo de En la tierra del dolor de Alphonse Daudet

***

Parler est facile, et tracer des mots sur la page,
en règle générale, est risquer peu de chose :
un ouvrage de dentellière, calfeutré,
paisible (on a pu même demander
à la bougie une clarté plus douce, plus trompeuse),
tous les mots sont écrits de la même encre,
« fleur » et « peur » par exemple sont presque pareils,
et j’aurai beau répéter « sang » du haut en bas
de la page, elle n’en sera pas tachée,
ni moi blessé.

Aussi arrive-t-il qu’on prenne ce jeu en horreur,
qu’on ne comprenne plus ce qu’on a voulu faire
en y jouant, au lieu de se risquer dehors
et de faire meilleur usage de ses mains.

Cela,
c’est quand on ne peut plus se dérober à la douleur,
qu’elle ressemble à quelqu’un qui approche
en déchirant les brumes dont on s’enveloppe,
abattant un à un les obstacles, traversant,
la distance de plus en plus faible — si près soudain
qu’on ne voit plus que son mufle plus large
que le ciel.

Parler alors semble mensonge, ou pire : lâche
insulte à la douleur, et gaspillage
du peu de temps et de forces qui nous reste.

Philippe Jaccottet
Chants d’en bas

Foto: Philippe Jaccottet

Wislawa Szymborska

Ya no recuerdo las sensaciones que me produjo leer por primera vez a Montaigne. En cualquier caso, la admiración no se encontraba entre todas ellas. Acepté como un hecho natural el que una obra como esa existiese y continuase hablando con esa voz tan vívida. ¡Menudo disparate! Hoy, en cambio, la existencia de cualquier cosa buena me llena de admiración. Y dado que los Ensayos son precisamente eso, algo bueno (de hecho, es uno de los mayores logros que haya alcanzado el alma humana), todo cuanto contiene me maravilla, en particular, la excepcional amalgama de circunstancias favorables que posibilitaron su redacción. Por ejemplo, faltó poco para que el infante varón bautizado con el nombre de Michel muriese poco después de nacer. La mortalidad entre los recién nacidos era un suceso tan habitual por entonces que ni siquiera se preocupaban de determinar cuál, de entre las numerosas posibilidades, había sido la causante. Lo que Dios da, Dios quita, y las extraordinarias habilidades del pequeñín fallecido se habrían convertido en un misterio sin resolver. El muchacho sobrevivió; sin embargo, cada minuto, cada semana o año, una infinidad de enfermedades mortales (necesitaría varias páginas escritas a máquina solo para enumerarlas todas) amenazaba con atacarle. ¿Y un desgraciado accidente? El pequeño Montaigne podría haberse caído de un árbol, de un caballo, por las escaleras, quemarse con agua hirviendo, atragantarse con una espina o ahogarse mientras se bañaba en el río. Dicho sea de paso, estos accidentes también pueden sucederles a los adultos. Pero al adulto le aguardan, además, otras trampas como los duelos, las peleas de taberna accidentales o pasar la noche en un albergue en donde alguien, por un descuido, ha provocado un incendio. Sin embargo, la razón principal por la que nos podríamos haber quedado sin los Ensayos es que, por entonces, una guerra religiosa causaba estragos en Francia. No había lugar para una postura de neutralidad, así como tampoco había ningún escondrijo en donde esperar a que, de alguna manera, la tormenta pasase. El temporal parecía no remitir y recorría todo el país una y otra vez. Montaigne se decantó del lado de los católicos, e incluso llegó a tomar parte en algunas campañas contra los hugonotes. Sin embargo, no parece que el fanatismo religioso fuese la razón. Su mentalidad crítica no encajaba para nada en ninguno de los bandos que guerreaban. El peligro al que se exponía no era, con todo, menor. Todo lo contrario, se sentía al mismo tiempo amenazado por los dos bandos. Pero uno no moría únicamente como resultado de sus creencias en todo ese alboroto. Veamos. Tenemos el ocaso del día otoñal y el sol que se pone. Dos jinetes, un viajero y su lacayo, vuelven a casa por un camino forestal. No se les ve bien, hay niebla y anochece rápidamente. De repente, varios disparos salen de los matorrales, se oye un grito, el relinchar de los asustados caballos, un crujido de ramas y el pataleo de los agresores que huyen hacia las profundidades del bosque. El viajero abre los brazos a lomos del encabritado caballo y se precipita de cabeza, inerte, hacia el suelo. ¡Vaya, qué desgraciado malentendido!: era otra persona que tenía que pasar por ese camino a esa hora. No el bondadoso Sr. Michel de Montaigne, a quien agita ahora el aterrado lacayo tratando inútilmente de devolverlo a la vida. La víctima tenía treinta y tantos años, ya se acercaba a la cuarentena, y justo comenzaba a proyectar su obra magna. En la torre de un pequeño castillo le aguardaba sobre una mesa papel en blanco y un tintero con una afilada pluma de ganso. Incluso es posible que las primeras frases ya ennegreciesen alguna de aquellas hojas. ¿Cómo no vamos a maravillarnos de que, con todo, los Ensayos llegasen a nacer? ¿De que fuesen publicados en su forma original cuando el autor aun vivía? ¿De que, por encima de todo, aquella edición no fuese quemada junto con el impresor? No hay nadamos sencillo, después de todo, que encontrar un millar de deslealtades en un escritor que piensa por cuenta propia. ¿Cómo no vamos a maravillarnos de que las numerosas correcciones que ya se han hecho a la obra publicada, y que forman parte de esa edición final que hoy conocemos como los Ensayos, no hayan sido olvidadas, extraviadas, robadas o, por el contrario, guardadas para ser incluidas en una edición posterior, tres años después de la muerte del autor? Por tanto, propongo leer los Ensayos con estupor. Si el destino hubiese conseguido desbaratar su creación, probablemente otra obra o conjunto de obras se habrían convertido para nosotros en la cúspide intelectual máxima del siglo XVI. No tendríamos ni idea de que ese lugar de honor se debería a una simple victoria por incomparecencia del adversario. No hay lugar en el abigarrado tejido de la historia para los espacios en blanco. Es decir, que los hay, pero no hay manera de confirmar su existencia.

Wislawa Szymborska
El milagro de los Ensayos
Lecturas no obligatorias

Imagen: Wislawa Szymborska

Robert-Louis-Stevenson-Samoa

A última hora Morini decidió no viajar. Su salud quebrantada, dijo, se lo impedía. Marcel Schwob, que tenía una salud igual de frágil, en 1901, había emprendido un viaje en peores condiciones para visitar la tumba de Stevenson en una isla del Pacífico. El viaje de Schwob fue de muchos días de duración, primero en el Ville de La Ciotat, después en el Polynésienne y después en el Manapouri. En enero de 1902 enfermó de pulmonía y estuvo a punto de morir. Schwob viajó con su criado, un chino llamado Ting, el cual se mareaba a la primera ocasión. O tal vez se mareaba si hacía mala mar. En cualquier caso el viaje estuvo plagado de mala mar y de mareos. En una ocasión Schwob, acostado en su camarote, sintiéndose morir, notó que alguien se acostaba a su lado. Al volverse para ver quién era el intruso descubrió a su sirviente oriental, cuya piel estaba verde como una lechuga. Tal vez sólo en ese momento se dio cuenta de la empresa en la que estaba metido. Cuando llegó, al cabo de muchas penalidades, a Samoa, no visitó la tumba de Stevenson. Por un lado se encontraba demasiado enfermo y, por otro lado, ¿para qué visitar la tumba de alguien que ha muerto? Stevenson, y esta revelación simple se la debía al viaje, vivía en él.

Roberto Bolaño
2666

Imagen: Robert Louis Stevenson en su casa de Vailima, Samoa

Previamente en Calle del Orco:
Robert Louis Stevenson o la imaginación de Marcel Schwob

gustave flaubert

A menudo, Kafka soñaba encontrarse en una gran sala llena de gente y leer en voz alta, desde un podio, sin interrumpirse, toda La educación sentimental. Era una fantasía de potencia, el deseo de dominar a los demás por medio de la única arma que le confería relativa superioridad, o sea la palabra. Pero con la codicia del poder se entrelaza, nostálgico y ambiguo, el anhelo del amor: para fascinar a los escuchas y para sostenerse -entre la multitud de la vida real y la de una sala imaginaria y colmada-  Kafka fantaseaba en aferrarse a un grandísimo libro de amor, al libro del desencanto y la desilusión. En sus cartas y diarios, el nombre de Flaubert reaparece con frecuencia y con pasión, especialmente relacionado con La educación sentimental, obra maestra de un escritor que él amaba quizá más que a ninguno y en el cual intuía al fundador y también, ya, el culmen de la literatura moderna de la soledad y la privación a la que se sabía perteneciente, un padre pero también un hermano, asimismo huérfano y solo, por quien no se experimenta el infantil y necesario impulso filial de la rebelión.

Claudio Magris
Sobre Stirner y Flaubert

Imagen: Gustave Flaubert

 

henry miller máquina de escribir

Cuando escribo a mano soy más sincero. Es porque me separo de mi yo “literario”. En cuanto me siento ante la máquina de escribir, los dedos ya empiezan a activarse, a alterarse, a ponerme en el encajonamiento del escritor. Cuando tomo la pluma, todo resulta más incómodo, más embarazoso, poco natural, y, por lo tanto, no existe la misma facilidad. Te pondré un ejemplo. Picasso, hablando de su obra, dice a menudo que, cuando ha acabado de pintar una tela, si hubiese en ella algo bonito o encantador, lo cortaría, porque eso serían expresiones de su facilidad. Quiere algo que le salga de las entrañas, con lo cual tenga que luchar, algo que no sea precisamente agradable. Resulto, naturalmente, más literario cuando escribo a máquina. Todo sale con mayor locuacidad, y también más atildado. En cambio, con la pluma hay más esfuerzo, y el material parece que proceda de otra fuente.

Henry Miller
Mi vida y mi tiempo

Imagen: Underwood de Henry Miller
Henry Miller Library, Big Sur

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