El dolor deja al lado el lenguaje, Julian Barnes

Philippe Jaccottet

En 1883, intervinieron quirúrgicamente a Turguéniev en París para extirparle un neuroma en el bajo abdomen. Los médicos le administraron éter y no cloroformo, y conservó la conciencia durante toda la operación. Poco después recibió la visita de su amigo Alphonse Daudet, con quien había cenado a menudo en compañía de Flaubert, Edmond de Goncourt, Zola y otros. “Durante la operación -les contó Turguéniev- pensé en nuestras cenas compartidas y traté de encontrar las palabras precisas para expresar qué sentí exactamente cuando el acero me sacaba la piel y me entraba en el cuerpo. Fue como un cuchillo cortando un plátano.” Goncourt, al reseñar esta anécdota, comenta: “Nuestro viejo amigo Turguéniev es un verdadero hombre de letras”.
¿Cuál sería el mejor modo de escribir sobre la enfermedad, y el trance de morir, y la muerte? Pese al ejemplo impecable de Turguéniev, el dolor suele ser enemigo del potencial descriptivo. Cuando le llega el momento de sufrir, Daudet descubre que el dolor, como la pasión, deja al lado el lenguaje. Las palabras llegan “cuando todo ha acabado ya. Nombran recuerdos estériles o mendaces”. La perspectiva de una muerte próxima podrá propiciar o no que el intelecto se concentre y aporte alguna verdad final; y podrá incluir o no ese aide-mémoire del discurrir de la vida ante tus ojos; pero es improbable que haga de ti un escritor mejor. Modesto o desenvuelto, prudente o jactancioso, literario o periodístico, no escribirás ni mejor ni peor que antes. Y tu temperamento literario se adecuará bien o no al nuevo reto temático. Cuando el relato heroico -y, uno diría, heroicamente autoengañoso- de Harold Brodkey sobre su propia muerte se publicó en el New Yorker, felicité a la directora de la revista por “ofrecérnoslo en su integridad”, refiriéndome con ello al palmario e impresionante egotismo del autor. “Pues tendría que haber visto lo que quitamos”, me respondió con sorna.

Julian Barnes
Prólogo de En la tierra del dolor de Alphonse Daudet

***

Parler est facile, et tracer des mots sur la page,
en règle générale, est risquer peu de chose :
un ouvrage de dentellière, calfeutré,
paisible (on a pu même demander
à la bougie une clarté plus douce, plus trompeuse),
tous les mots sont écrits de la même encre,
« fleur » et « peur » par exemple sont presque pareils,
et j’aurai beau répéter « sang » du haut en bas
de la page, elle n’en sera pas tachée,
ni moi blessé.

Aussi arrive-t-il qu’on prenne ce jeu en horreur,
qu’on ne comprenne plus ce qu’on a voulu faire
en y jouant, au lieu de se risquer dehors
et de faire meilleur usage de ses mains.

Cela,
c’est quand on ne peut plus se dérober à la douleur,
qu’elle ressemble à quelqu’un qui approche
en déchirant les brumes dont on s’enveloppe,
abattant un à un les obstacles, traversant,
la distance de plus en plus faible — si près soudain
qu’on ne voit plus que son mufle plus large
que le ciel.

Parler alors semble mensonge, ou pire : lâche
insulte à la douleur, et gaspillage
du peu de temps et de forces qui nous reste.

Philippe Jaccottet
Chants d’en bas

Foto: Philippe Jaccottet

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