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Archivos Mensuales: mayo 2015

Jean Cocteau

No sé ni leer ni escribir. Y cuando me lo pregunta la hoja del censo, me dan ganas de contestar que no.

¿Quién sabe escribir? Es luchar con la tinta para intentar que nos oigan y nos entiendan.
O cuidamos demasiado la tarea o no la cuidamos lo suficiente. Pocas veces damos con el intermedio que cojee con gracia. Leer es harina de otro costal. Leo. Creo que leo. Cada vez que vuelvo a leer, caigo en la cuenta de que no había leído. Es lo malo de una carta. Encontramos lo que buscábamos. Y con ello nos contentamos. La guardamos. Si la volvemos a encontrar, leemos otra carta que no habíamos leído antes.
Los libros nos hacen las mismas jugarretas. No nos parecen bien si no encajan en nuestro humor del momento. Si nos molestan, los criticamos, y esa crítica se superpone y nos impide leerlos lealmente.
Lo que el lector quiere es leerse. Al leer aquello con lo que está de acuerdo, opina que podría haberlo escrito él. Puede incluso guardarle rencor al libro por quitarle ese sitio, por decir lo que no supo decir él y que, en opinión propia, diría mejor.
Cuanto más nos importa un libro, peor lo leemos. Nuestra sustancia se infiltra y lo piensa para nuestro propio uso. Por eso, si quiero leer y convencerme de que sé leer, leo libros en los que no penetre mi sustancia. En los sanatorios en donde he pasado largas temporadas, leía lo que me traía la enfermera o lo que se me ponía por casualidad al alcance de la mano. Eran libros de Paul Féval, de Maurice Leblanc, de Xavier Leroux e incontables novelas de aventures o policíacas los que me convertían en lector atento y humilde. Rocambole, el señor Lecoq, el crimen de Orcival, Fantomas, Chéri-Bibi, al tiempo que me decían: “Sabes leer”, me hablaban tan excesivamente en mi propia lengua que no podían impedirme hallar, inclusos in saberlo, cierto asidero, ni evitar que mi mente les diese una deformación a la medida de su cuerpo. Es tan cierto esto que digo que puede oírse más de una vez, por ejemplo, refiriéndose al libro de Thomas Mann La montaña màgica: “Quien no haya estado tuberculoso no puede entender este libro”. Ahora bien, Thomas Mann lo escribió sin haberlo estado, para que quienes no conocieran la tuberculosis la entendiesen.
Todos estamos enfermos y sólo sabemos leer los libros que tratan de nuestra enfermedad. Por eso tienen tanto éxito los libros que hablan de amor. Pensamos: “Este libro se escribió para mí. ¿Qué pueden entender de él los demás?”. “Qué hermoso es este libro”, dice la persona a la que amamos y creemos que nos ama, a quien nos apresuramos a dárselo para que lo lea. Pero lo dice porque ama a otro.
Habría que preguntarse si el papel de los libros, que hablan todos para convencer, no sería escuchar y asentir. En Balzac, el lector encuentra el alimento que precisa: “Éste es mi tío, se dice, es mi tía, es mi abuelo, es la señora X…, es la ciudad en donde nací”. En Dostoievski, ¿qué se dice?: “Éstas son mi fiebre y mi violencia, de las que nada sospechan quienes me rodean”.
Y el lector cree leer. Toma el cristal sin azogue por espejo fiel. Reconoce la escena que transcurre del otro lado. ¡Cuánto se parece a lo que él piensa! ¡Qué bien refleja esa imagen! Cómo colaboran los dos juntos. Qué bien reflexionan.
Igual que en los museos hay algunos cuadros con historias, quiero decir de los que se cuentan historias y a los que los demás cuadros miran seguramente con asco (La Gioconda, El indiferente, El Ángelus de Millet, etc.), algunos libros son libros con historias y corren una suerte diferente de la de los demás libros, aunque sean cien veces más hermosos.
El gran Meaulnes es prototipo de esos libros. Y uno de los míos, Los niños terribles, comparte ese peculiar privilegio. Quienes lo leyeron y se leyeron en él se convirtieron, por el hecho de creer que vivían mi tinta, en víctimas de un parecido que se veían obligados a sustentar. Se derivaba de ello un desorden artificial y la práctica consciente de un estado de cosas que sólo la inconsciencia disculpa. Incontables son las cartas que me dicen: “Soy tu libro”, “Somos su libro”. La guerra, la posguerra, una carencia de libertad que, de entrada, parece convertir en imposible cierto estado de vida, no los desaniman.
Al escribir aquel libro en la clínica de Saint-Cloud, me inspiraba algo en unos amigos míos, un hermano y una hermana, que eran los únicos, a lo que pensaba yo, en vivir de ese modo. No esperaba que hubiera muchas consecuencias debido a ese mismo principio que comento. ¿Quién iba a poder leerse aquí?, pensaba. Ni siquiera las personas de las que hablo, porque su encanto reside en no saber qué son. Y, en verdad, fueron, que yo sepa, los únicos en no reconocerse. Pues de sus semejantes, si es que existen, nunca sabré nada. Y ese libro se convirtió en breviario de mitómanos y de quienes quieren soñar despiertos.
Tomás el impostor es una historia, pero un libro sin historias. Durante la liberación, estuvo a punto de adoptar un ritmo de Los niños terribles. Muchos jóvenes mitómanos perdían la cabeza, se disfrazaban, cambiaban de nombre y se tomaban por héroes. Sus compañeros los llamaban Tomás el impostor y me contaban sus hazañas; eso cuando no me las contaban ellos personalmente. Pero muy pocos mitómanos hay que coincidan por completo con su fábula. Por los demás, la cosa es más sencilla. A un libro le surgen historias al principio o, si no, ya no surgirá ninguna. Tomás el impostor no tendrá nunca el éxito que tuvieron Los niños terribles. ¿Para qué le vale un mitómano a otro mitómano? Es como un inglés haciendo de inglés.
La muerte de Thomas de Fontenoy es mitológica. Un niño juega a ser caballo y se vuelve caballo. Un mitómano lee Los niños terribles. Juega a ser caballo y se cree que es un caballo.

Jean Cocteau
La dificultad de ser

Foto: Jean Cocteau
Philippe Halsman, 1948

un joven Gabriel García Márquez

Bueno, lo que sucede es una cosa, cuando terminé el bachillerato ya yo tenía una noción de lo que era el cuento, de lo que era un cuento y de lo que era una novela; ya había superado la poesía, ya no leía poesía. Ahora, pero ya la poesía colombiana la conocía de memoria y todavía la recuerdo muchísimo, tengo torneos con amigos de la época que todavía nos encontramos y empezamos a soltarnos sonetos y poesía colombiana, con joyas que no se recuerdan porque una de esas joyas… El otro día me encontré con un amigo y traté de que recordara esto que te voy a decir y no lo recordaba “ahora que los ladros perran, ahora que los cantos gallan, ahora que albandola tocáselas altas suenas campanan y que los ebusenos burran y que los gorjeos pajaran y que los gruños marranan vengo a penarte mis cantas ventano de tus debajas” y eso es de la literatura colombiana. Estoy seguro que poca gente lo recuerda, es todo lo ingenioso que quieras, pero es necesario saber que en Colombia se hizo eso. Muy bien, ya tenía bastante bien la literatura colombiana, trataba de escribir cuentos pero yo sentía que yo conocía el argumento de los cuentos pero no los sabía escribir. Siempre, todas las tentativas que hacía yo notaba que eran fallidas, que faltaba algo, y ya cuando entré a la facultad de derecho, en Bogotá, una noche entré a la casa, al cuarto de la pensión de estudiantes donde vivía… tenía un amigo que leía mucho y me pasó un librito amarillo y me dijo: “léete eso”, como era el único que le quedaba disponible en ese momento, entonces yo me acosté. Leía mucho, leía todo lo que me caía en las manos y abrí esto y decía: “una mañana Gregor Samsa se encontró convertido en un gigantesco insecto”. Yo tengo… lo recuerdo como si me hubiera caído de la cama en ese momento y fue una revelación, es decir, si esto se puede hacer, esto sí me interesa. Yo antes de eso, probablemente había pensado que eso no se podía hacer a pesar de que me había tragado completitas Las mil y una noches. Pero aquí había una cosa importante que era de método, ese era un método para contar una cosa que yo no lo tenía. Fue una verdadera resurrección, de ahí me levanté a escribir mi primer cuento, el primero que se publicó, La tercera resignación, que se publicó en El Espectador, lo escribí a partir de esa lectura y a partir de ese momento todas mis lecturas se orientaron en ese sentido que era en la novela contemporánea, y ahí me quedé, todavía no he logrado salir.

Gabriel García Márquez
La escritura embrujada
Transcripción de la entrevista con
Yves Bilon y Mauricio Martínez-Cavard

Foto: El joven Gabriel García Márquez

mel-gibson-y-jim-caviezel

¿Os gustaría saber cómo definió este planeta el matemático y filósofo británico Bertrand Russell? Pues como “el Manicomio del Universo”. Y dijo que los pacientes se habían hecho los amos del sanatorio y se dedicaban a atormentarse mutuamente mientras ponían todo patas arriba. Y no estaba hablando de gérmenes o de elefantes. Se refería a nosotros, las personas.
Lord Bertrand Russell llegó casi hasta los cien. Vivió entre 1872 y 1970 d.C. (después de Cristo). ¿Y a qué viene lo de d.C.? Pues a consagrar el recuerdo de un interno del manicomio que fue crucificado por una pandilla de congéneres. Mientras aún seguía consciente, los demás chiflados –y no bromeo– le clavaron pinchos en las muñecas y en los tobillos para que no se desprendiese de la madera. Luego levantaron la cruz para dejarlo expuesto a una altura suficiente desde la que pudiera ser visto hasta por el más bajito de la turba allí congredada.
¿Os cabe en la cabeza que se le pueda hacer algo así a una persona?
Tranquilos. Sólo es un espectáculo. Preguntádselo al católico devoto Mel Gibson, quien, en un acto de piedad sin parangón, ganó una fortuna con una película sobre el modo en que fue torturado Jesús. De lo que dijo, ni caso.
Durante el reinado de Enrique VIII, fundador de la Iglesia anglicana, un falsificador acabó hervido vivo en público. Una vez más, espectáculo.
La próxima película de Mel Gibson debería ser El falsificador. ¡Y a reventar de nuevo la taquilla!
Una de las pocas cosas buenas de los tiempos modernos: si la diñas de manera horrible en televisión, no habrás muerto en vano. Nos habrás entretenido un rato.
¿Y qué tenía que decir el gran historiador británico Edward Gibbon acerca de la trayectoria de la raza humana? Pues lo siguiente: “La Historia, ciertamente, no es mucho más que el archivo de los crímenes, locuras y desgracias de la humanidad”.
Lo mismo puede decirse del New York Times de hoy.
¿Trayectoria vital de Edward Gibbon? De 1737 a 1794.
El escritor francoargelino Albert Camus, ganador del premio Nobel de Literatura en 1957, dijo que “sólo hay un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio”.
Ahí va un nuevo jolgorio por cortesía de la literatura.
El propio Camus falleció en un accidente automovilístico.
¿Cuánto tiempo vivió? Pues de 1913 a 1960.
Prestadme atención: toda gran literatura gira en torno a cuán tedioso es ser un ser humano: Moby Dick, Huckleberry Finn, La roja insignia del valor, la Ilíada y la Odisea, Crimen y castigo, la Biblia y La carga de la brigada ligera.

Kurt Vonnegut
Cómo cura la música nuestros males
(y los tenemos a porrillo)
Eastern Washington University, 17 de abril de 2004

Imagen: Mel Gibson y Jim Caviezel
en el rodaje de  La Pasión de Cristo

Westerwald jóvenes campesinos

El silencio de Rulfo creo que obedece a algo tan cotidiano, que explicarlo es perder el tiempo. Hay varias versiones. Una que explicaba Monterroso es que Rulfo tenía a su tío fulanito, que le contaba historias, y cuando le preguntaron por qué ya no escribía, él contestó porque se me murió el tío fulanito. Y yo me lo creo, además. Otra explicación es simple y sencilla, y es porque ya está, todo tiene fecha de caducidad. Por ejemplo, a mí me inquieta mucho más el silencio rimbaudiano que el silencio rulfiano. Rulfo deja de escribir porque él ya había escrito todo lo que quería escribir y, como se ve incapaz de escribir algo mejor, simplemente para. Rimbaud probablemente hubiera podido escribir algo mucho mejor, que ya es decir palabras muy altas, pero ése es un silencio que a los occidentales nos plantea preguntas. El silencio de Rulfo no plantea preguntas, es hasta un silencio entrañable, es cotidiano. Después del postre, ¿qué coño vas a comer? Hay un tercer silencio literario, que es el no buscado, el de las sombras que uno está seguro de que estaban allí en el umbral y que no han llegado a ser jamás hechos tangibles. Por ejemplo, está el silencio de Georg Büchner. Él muere a los 25 o a los 24 años, deja tres o cuatro obras de teatro que son cuatro obras maestras, una de ellas Woyzeck, una obra maestra absoluta, otra sobre la muerte de Danton, que es una obra maestra enorme, no absoluta pero notabilísima, y las otras dos, una se llama Leonce y Lena y la otra no me acuerdo, que son de una importancia fundamental. Todo esto antes de cumplir 25 años. ¿Qué hubiera pasado si Büchner no hubiera muerto, qué escritor hubiera habido ahí? Y este silencio no buscado es el silencio de…, no me atrevo a llamarlo destino…, es una manifestación de la impotencia. El silencio de la muerte es el peor de los silencios, porque el silencio rulfiano es un silencio aceptado y el rimbauldiano es un silencio buscado, pero el silencio de la muerte es el que corta de tajo lo que pudo ser y nunca más va a poder ser, lo que no sabremos jamás. No sabremos nunca si Büchner hubiera sido más grande que Goethe o no; yo creo que sí, pero no lo sabremos nunca. No sabremos jamás que habría podido escribir Büchner a los 30 años. Y eso mismo se extiende en todo el planeta como una mancha, una enfermedad atroz que de alguna u otra manera pone en jaque nuestras costumbres, nuestras certezas más arraigadas.

Roberto Bolaño
Entrevista con Eliseo Álvarez
Revista Turia, Teruel, junio de 2005

Foto: August Sander
“Jóvenes campesinos”, Westervald, 1912
Portada de Bartleby y compañía de Enrique Vila-Matas

Lawrence

“Siempre digo que mi lema es Arte por mi bien”. Las palabras pertenecen a una carta escrita por Lawrence antes de la guerra. “Si quiero escribir, escribo; y si no quiero, no lo hago. El problema reside en encontrar con exactitud la forma que adopta la pasión de cada uno. La obra nace por pasión en mí, como los besos. ¿Y en usted?”.
“Arte por mi bien”. Pero aun siendo por mi bien, es, sin embargo, arte. Lawrence fue siempre ineludiblemente un artista. Sí, ineludiblemente es la palabra; porque hubo momentos en que quiso evadirse de su destino. “Desearía con todo mi corazón que el hado no me hubiera impuesto los estigmas del escritor. ¡Qué oficio inmundo!”. Mas contra los decretos del destino no hay apelación. Tampoco Lawrence quiso apelar en todos los momentos de su vida. Sus quejas eran sólo ocasionales y provocadas, no por encono contra el arte como tal, sino por odio a los padecimientos y humillaciones inherentes a la vida de artista. Escribiendo a Edward Garnett, pregunta: “¿Por qué, por qué tendremos que estar infestados de literatura y tonterías semejantes? ¿Por qué no hemos de poder llevar unas vidas decentes, honorables, sin que los críticos del Little Theatre nos estén exasperando? La publicación de una obra de arte es, siempre, la exposición de una desnudez, es arrojar algo delicado y sensible a los asnos, monos y perros”. Sin embargo, Lawrence amaba su destino; amaba el arte en el cual era maestro. ¿Cómo es posible que un maestro no ame su arte? Además el arte, tal como él lo practicaba, y en el fondo como todos, hasta el más puro fariseo, lo practica, era “arte por mi bien”. Así, le era útil, prácticamente provechoso. “Uno descarga sus enfermedades en los libros, repite y vuelve a presentar sus emociones para dominarlas”. Y a fin de cuentas amor u odio estaban fuera de lugar ante la evidencia de que Lawrence era un poseído, en un sentido estricto del término, por su genio creador. Nada podía hacer contra eso. “Estoy haciendo una novela que no he podido dominar. ¡Condenada sea! Estoy en la página ciento cuarenta y cinco, y no tengo noción de lo que trata. La detesto. Frieda dice que es buena. Mas para mí es una novela escrita en un lenguaje extranjero casi incomprensible; tan sólo puedo darme cuenta del tema”. Nada podía hacer con esta extraña fuerza que estaba en su interior, con ese poder que creaba sus obras de arte, sino someterse. Lawrence se sometía en forma total y reverente. “Pienso con frecuencia que se debería orar antes de ponerse a la obra y luego abandonarla a las manos del Señor. No es trabajo arduo el llegar a una lucha directa con la imaginación de uno; tirar todo por la borda. Constantemente percibo que estoy desnudo para dejar que el fuego del Dios Todopoderoso vaya a través de mi ser, y es un sentir bastante espantoso. Hay que ser terriblemente religioso para ser artista”. Pudo haber agregado, invirtiendo los términos, que es necesario ser terriblemente artista, terriblemente consciente de la inspiración y de la fuerza impulsadora del genio, para ser religioso como él lo era.

Aldous Huxley
Prólogo de la correspondencia de D.H. Lawrence

Foto: D.H. Lawrence
Lago Chapala, México, 1923

Igor Stravinski

La trayectoria de Stravinski como compositor es la mejor demostración que conozco de la diferencia que existe entre un artista de primera magnitud y un artista menor. En el caso de un artista menor, como es A.E Housman por ejemplo, uno se encuentra ante dos de sus poemas, los dos de semejante mérito artístico, sobre la base de los propios poemas resulta imposible precisar cuál fue escrito antes que el otro. Dicho de otro modo, una vez que alcanza la madurez y se encuentra a sí mismo, el artista menor deja de tener historia. Un artista de primera magnitud, por el contrario, siempre está reencontrándose a sí mismo, de modo que la historia de sus obras recapitula o refleja la historia del arte. Una vez que haga algo a plena satisfacción, lo olvida y trata por todos los medios de hacer algo nuevo, algo que jamás se haya intentado con anterioridad. Solo después de su muerte podemos verificar que sus diversas creaciones, tomadas en conjunto, forman una oeuvre coherente. Por si fuera poco, solo a la luz de sus últimas obras podemos comprender las primeras como es debido.

El principal problema que se tiene a los ochenta y cinco años consiste en caer en la cuenta de que uno puede ser impotente cuando se trata de modificar la calidad de la propia obra. Se puede incrementar la cantidad incluso a los ochenta y cinco, pero ¿se puede cambiar ya la totalidad? Yo, en cualquier caso, estoy plenamente seguro de que mis Variaciones y mis Cánticos de réquiem han alterado la imagen que se tiene de la totalidad de mi obra.

W.H. Auden
“Crafstman, Artist, Genius”
(Artesano, Artista, Genio)
The Observer, 11 de abril de 1971

Foto: Igor Stravinsky en 1967
Ray Fisher

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