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Archivos Mensuales: julio 2012

Cuelgo un cuadro en la pared. Enseguida me olvido de que allí hay una pared. Ya no sé lo que hay detrás de esa pared, ya no sé que hay una pared, ya no sé que esa pared es una pared, ya no sé qué es eso de una pared. Ya no sé que en mi apartamento hay paredes y que, si no hubiera paredes, no habría apartamento. La pared ya no es lo que delimita y define el lugar en que vivo, lo que le separa de los otros lugares donde viven los demás, ya no es más que un soporte para el cuadro. Pero también me olvido del cuadro, ya no lo miro, ya no sé mirarlo. He colgado el cuadro en la pared para olvidar que allí había una pared, pero al olvidar la pared, me olvido también el cuadro. Hay cuadros porque hay paredes. Es necesario olvidar que hay paredes y, para ello, no se ha encontrado nada mejor que los cuadros. Los cuadros eliminan las paredes. Pero las paredes matan los cuadros. O, si no, habría que cambiar continuamente, bien de pared, bien de cuadro, colgar de continuo otros cuadros en las paredes, o cambiar el cuadro de pared todo el tiempo.

Georges Perec, 1974
Especies de espacios

Harvey Harold Esperando la marea

“Por lo común, nosotros los autores debemos caer en la repetición… esa es la verdad. Vivimos dos o tres grandes y conmovedoras experiencias en nuestras vidas, experiencias tan grandes y conmovedoras que en ese momento no parece que haya nadie más que se haya sentido capturado y machacado y deslumbrado y sorprendido y golpeado y roto y rescatado e iluminado y recompensado y humillado de esa manera antes.

Entonces aprendemos nuestro oficio, más o menos bien, y contamos nuestras dos o tres historias, cada vez bajo un nuevo disfraz, quizás diez veces, quizás cien, hasta que la gente quiera escucharnos.

Si esto no fuera así, uno tendría que confesar que no tiene ningún tipo de individualidad. Y cada vez que lo pienso con toda sinceridad, porque he encontrado un trasfondo y un nuevo giro para una novela, tengo que huir de esas dos o tres historias fundamentales que tengo que contar. Pero sucede más bien como en aquella famosa anécdota de Ed Wynn sobre el pintor de barcos al que un cliente le pidió que pintase a algunos antepasados. Se cerró el trato, aunque con la advertencia final del pintor de que los antepasados terminarían pareciéndose a barcos.

Cuando me enfrento al hecho de que todas mis historias tendrán cierto aire de familia, doy un paso adelante para evitar comienzos en falso. Si un amigo me dice que tiene una historia para mí y se lanza a contarme las peripecias de un asalto de piratas brasileños a una choza de paja que se tambalea al borde de un volcán humeante en los Andes, con su prometida atada y amordazada en el tejado, bien puedo pensar que hay implicadas diferentes emociones humanas; pero una vez que se descartan con éxito los piratas, los volcanes y las prometidas que se atan y se amordazan en los tejados, soy incapaz de sentirlas. No importa que sea algo que sucedió hace veinte años o ayer mismo, tengo que comenzar con una emoción, una que me sea cercana y pueda entender.”

Francis Scott Fitzgerald
Cien comienzos en falso
Saturday Evening Post 205

Cuadro de Harvey Harold
Esperando la marea

Pero deje que le cuente lo siguiente. Desde una cárcel que yo conozco, una mañana, en algún lugar de Francia, un camión conducido por soldados armados traslada a once franceses al cementerio donde van a fusilarlos ustedes. De esos once, cinco o seis han hecho realmente algo para ello: una octavilla, citas clandestinas y, por encima de todo, su rechazo a ustedes. Estos permanecen inmóviles en el interior del camión, embargados por el miedo, desde luego, pero, si se me permite la expresión, por un miedo trivial, el que invade todo hombre frente a lo desconocido, un miedo con el que aviene el valor. Los demás no han hecho nada. Y el saber que han de morir por un error o víctimas de cierta indiferencia, hace más difíciles estos momentos. Entre ellos, hay un muchacho de dieciséis años. Conoce usted la cara de nuestros adolescentes, no voy a abundar en ello. Este está atenazado por el miedo, se abandona a él sin ninguna vergüenza. No esgrima usted su sonrisa de desprecio, le castañetean los dientes. Pero han puesto ustedes a su lado a un capellán cuya misión es aliviar a esos hombres durante esos atroces momentos de espera. Creo poder afirmar que, para unos hombres a los que van a matar, poco arregla una conversación sobre la vida futura. Cuesta demasiado creer que no acaba todo en la fosa común. Los hombres permanecen mudos en el camión. El capellán se ha vuelto hacia el muchacho, hecho un ovillo en un rincón. Este le comprenderá mejor. El muchacho contesta, se aferra a esa voz, renace en él la esperanza. En el más mudo de los horrores, basta a veces con que hable un hombre; puede que lo arregle todo. “No he hecho nada”, dice el muchacho. “Sí”, contesta el capellán, “pero eso ya no importa. Tienes que prepararte a morir bien”. “No es posible que no me entiendan”. “Soy tu amigo y puede que te entienda. Pero es tarde. Estaré a tu lado y Dios también. Será fácil, ya verás”. El muchacho se ha vuelto. El capellán habla de Dios. ¿Cree en Dios el muchacho? Sí que cree. Pero esa paz es la que le da miedo al muchacho. “soy tu amigo”, repite el capellán.
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Los demás callan. También hay que pensar en ellos. El capellán se acerca al silencioso grupo, da la espalda por un momento al muchacho. El camión circula despacio, con un ruidillo de deglución por la carretera húmeda de rocío. Imagínese esa hora gris, el olor matinal de los hombres, el campo que se adivina sin verlo, por los ruidos de una yunta de bueyes o el canto de un pájaro. El muchacho se acurruca contra el toldo, que cede un poco. Descubre un estrecho paso entre él y la carrocería. Podría saltar si quisiera. El otro está de espaldas, y en la parte delantera, los soldados se esfuerzan en orientarse en la oscura mañana. No se para a pensarlo, arranca el toldo, se desliza por la brecha, salta. Apenas se oye su caída, un ruido de pasos precipitados, y luego nada. El muchacho se mueve por tierras que ahogan el ruido de su carrera. Pero el chasquido del toldo, el aire húmedo y violento que irrumpe en el camión, han hecho volver la cabeza del capellán y a los condenados. Durante un segundo, el sacerdote escruta la cara de esos hombres que lo miran en silencio. Un segundo en el que el ministro del Señor debe decidir si está con los verdugos o con los mártires, como exige su vocación. Pero ya ha golpeado el tabique que lo separa de sus compañeros. Achtung. Se da la voz de alerta. Dos soldados se abalanzan dentro del camión y encañonan a los prisioneros. Otros dos saltan al suelo y corren a campo traviesa. El capellán, plantado en el asfalto a unos pasos del camión, intenta seguirlos con la mirada a través de la bruma. En el camión los hombres oyen tan solo los ruidos de esa caza, las interjecciones ahogadas, un disparo, el silencio, de nuevo voces cada vez más próximas y un rumor sordo de pasos. Traen al muchacho. No le ha alcanzado el disparo, pero se ha detenido, rodeado por ese vapor enemigo, súbitamente sin valor, sin fuerzas. Sus guardianes lo llevan en volandas, más que conducirlo. Le han pegado un poco, pero no mucho. Queda por hacer lo más importante. No dirige una mirada ni al capellán ni a nadie. El sacerdote se ha sentado junto al conductor. Le ha sustituido un soldado armado en el camión. El muchacho, tirado en un rincón del vehículo, no llora. Ve desfilar de nuevo entre el toldo y el suelo del camión la carretera donde despunta el día.
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Albert Camus, diciembre de 1943
Carta a un joven alemán
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Cuadro de Otto Dix, 1924
Tropas avanzando bajo el gas 

Claro y agradable estaba el cielo, perfumado el aire, y hermoso el aspecto de todas las cosas en torno, cuando el señor Pickwick se inclinó sobre la balaustrada del puente de Rochester, contemplando la Naturaleza y esperando la hora del desayuno. La escena, en efecto, podía muy bien haber hechizado una mente mucho menos reflexiva que aquella ante la cual se presentaba.

A la izquierda del espectador quedaba la muralla ruinosa, rota en muchos puntos, y en algunos, dominando la estrecha ribera con sus rudas y pesadas masas. Grandes matas de hierbajos pendían entre las medallas y puntiagudas piedras, temblando a cada soplo del viento, y la verde hiedra trepaba lúgubremente en torno a las almenas sombrías y derruidas. Tras de éstas se elevaba el viejo castillo, con sus torres sin tejados y sus macisas paredes desmigajándose, pero hablándonos orgullosamente de su antiguo poder y fuerza, cuando, setecientos años antes, resonaba con el entrechocar de las armas o retumbaba con el ruido de los festines y orgías. A un lado o a otro, las riberas de Medway, cubiertas de campos de trigo y pastos, con algún molino de viento acá y allá, o una iglesia lejana, se extendían en todo lo que alcazaba la mirada, presentando un país rico y variado, embellecido aún por las sombras cambiantes que pasaban rápidamente sobre él al alejarse y deshacerse las leves nubes a medio formar, bajo la luz del sol mañanero. El río, reflejando el claro azul del cielo, brillaba y resplandecía en su corriente sin ruido; y los remos de los pescadores se sumergían en el agua con un ruido claro y límpido, mientras sus barcas, pesadas pero pintorescas, se deslizaban lentamente río abajo.

El señor Pickwick fue despertado del agradable ensueño a que le habían llevado las cosas que le rodeaban, al oír un profundo suspiro y sentir un toque en el hombro. Se volvió: a su lado estaba el hombre funesto.

– ¿Contemplando la escena? – preguntó el hombre funesto.
– Eso hacía – dijo el señor Pickwick.
– ¿Y felicitándose por haberse levantado tan pronto?
El señor Pickwick asintió con la cabeza.
– ¡Ah, la gente necesita levantarse pronto para ver el sol en su esplendor, pues es raro que su claridad dure todo el día! La mañana del día y la mañana de la vida se parecen demasiado.
– Tiene usted razón – dijo el señor Pickwick.

Charles Dickens, 1836-1837
Los documentos póstumos del club Pickwick

Cuadro de William Turner, 1843
La mañana después del Diluvio 

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