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Archivos Mensuales: abril 2012

Tres años para hacer un libro, cinco líneas para ridiculizarlo; y las citas apócrifas.
Carta a A.R., crítico literario (destinada a no ser remitida):

… Una frase de su crítica me ha sorprendido mucho: “paso por alto…” ¿Cómo es posible que un crítico entendido, consciente de la trabazón interna que hay en toda obra artística, “pase por alto” en la pintura de un personaje la única oportunidad en que éste habla de sí mismo y confía al lector algo de su secreto? ¿Y cómo no ha advertido usted que ese final era también una convergencia, una ocasión excepcional en que el ser tan disperso que pinté se integraba por fin?…
… Me atribuye usted intenciones realistas. Realismo es una palabra que carece de contenido (Madame Bovary y Los Poseídos son novelas realistas, y nada tienen en común). Eso no me ha preocupado. Si hubiera de concretar mi ambición, más bien hablaría de símbolo. Por lo demás, así lo ha interpretado usted perfectamente, sólo se atribuye a ese símbolo un sentido que no tiene, y para decirlo sin rodeos, me adjudica gratuitamente una filosofía ridícula. Nada en mi libro autoriza a sostener, en efecto, que yo crea en el hombre natural, que identifique al ser humano con una planta, que considere su naturaleza ajena a la moral, etc. El protagonista no tiene iniciativas en ningún momento. Usted no ha reparado en que siempre se limita a contestar las preguntas, tanto de la vida como de los hombres. De modo que jamás afirma nada; y yo no he dado de él otra cosa que un negativo. Ningún dato pudo hacer prejuzgar su actitud íntima, como no fuera en el último capítulo. Precisamente el que usted “pasa por alto”.
Llevaría demasiado tiempo explicarle todas las razones que me decidieron a “decir lo menos posible”. Lamento solamente que un examen superficial le haya inducido a atribuirme una filosofía barata que no estoy dispuesto a reconocer. Entenderá mejor lo que digo, si le puntualizo que la única cita de su artículo es apócrifa (transcribir y rectificar) y por tanto da pie a deducciones ilegítimas. Es posible que hubiera allí una filosofía diferente, y que usted apenas la rozara al definirla como “inhumanidad”. Pero ¿acaso vale la pena demostrarlo?
Quizá piense usted que esto es dar demasiada importancia al librito de un desconocido. Por mi parte, creo que en este asunto se trata de algo más que de mí. Porque se ha colocado usted en un punto de vista moral que le impide juzgar en perspicacia y el talento que se le reconocen. Esa posición es insostenible, y usted lo sabe mejor que nadie. Un límite muy impreciso separa sus críticas de las que pronto podrán hacerse (y ya se han hecho, no mucho tiempo atrás) dentro de una literatura dirigida, sobre el carácter moral de tal o cual obra. Esto es abominable, se lo digo sin irritación. Ni usted ni nadie puede estar calificado para juzgar si una obra puede ser buena o mala para el país, en este momento o en otro alguno. Yo, por lo menos, me niego a someterme a tales jurisdicciones, y éste es el motivo de mi carta. Le agradecería, en efecto, que me creyera capaz de haber aceptado críticas más duras, pero formadas con más amplitud de criterio.
En todo caso, desearía que esta carta no diera ocasión a un nuevo malentendido. Mi actitud hacia usted no es la de un autor descontento, y le ruego que no dé ninguna publicidad a esta carta. Pocas veces habrá visto mi nombre en las revistas actuales, cuyo acceso resulta sin embargo tan fácil. Ocurre que, no teniendo nada que decir en ellas, prefiero no hacer concesiones a la publicidad. Si publico ahora libros que me han costado años de trabajo, lo hago sólo porque están terminados, y porque tengo en preparación los siguientes. No espero de ellos ningún beneficio material, ni renombre alguno. Si acaso, esperaba que me valdrían la atención y la paciencia que merece cualquier empresa de buena fe. Hay que pensar que aun esta exigencia era desmedida. Como quiera que sea, acepte usted señor las expresiones de mi consideración sincera.

Albert Camus
Cuaderno IV (Enero de 1942-Septiembre de 1943)

Breton podía dar una importancia desmesurada a detalles que a otro se le hubieran escapado. Después de que visitara a Trotski en México, le pregunté que impresión había causado el personaje y me contestó:
– Trotski tiene un perro al que quiere mucho. Un día en que el perro estaba a su lado, mirándole, Trotski me dijo: “Este perro tiene mirada humana, ¿verdad?” ¿Se da usted cuenta? No comprendo como un hombre como Trotski pueda decir semejante estupidez. ¡Un perro tiene mirada humana! ¡Un perro tiene mirada de perro!
Y me lo decía indignado. Otro día salió corriendo de su casa para volcar a puntapiés el cajón portátil de un vendedor de biblias ambulante.
Breton odiaba la música, al igual que muchos surrealistas, especialmente, la ópera. Empeñado en sacarle de su error, un día conseguí convencerlo para que me acompañara a la Ópera Cómica, con otros varios miembros del grupo, seguramente, René Char y Éluard. Se representaba Louise de Charpentier, que yo conocía. Nada más levantarse el telón, quedamos desconcertados por el decorado y los personajes. Aquello en nada se parecía a la ópera tradicional que a mí me gustaba. Entra en escena una mujer con una sopera y se pone a cantar el aria de la sopa. Es demasiado. Breton se levanta y se marcha con insolencia, indignado por haber perdido el tiempo. Los demás lo siguen. Yo también.
Durante la guerra, veía con frecuencia a Breton en Nueva York y, después, en París. Fuimos buenos amigos hasta el fin. A pesar de los premios que se me han concedido en diversos festivales, él nunca me amenazó con excomulgarme. Incluso me confesó que Viridiana le había hecho llorar. El ángel exterminador, por el contrario, le defraudó un poco, no sé por qué.
Hacia 1955, me encontré con él en París, un día en que los dos íbamos a casa de Ionesco. Como era un poco temprano, fuimos a tomar una copa. Le pregunté por qué habían expulsado a Max Ernst, culpable de haber obtenido el gran premio de la Bienal de Venecia.
– ¿Qué quiere que le diga, amigo mío? -me respondió-. Nos separamos de Dalí porque se convirtió en un miserable comerciante. Ahora lo mismo le ha ocurrido a Max.
Queda en silencio un momento, y luego añade -y yo veo en su rostro una pena profunda, auténtica:
– Es triste tener que reconocerlo, mi querido Luis, pero el escándalo ya no existe.
Yo estaba en París cuando murió Breton y fui al cementerio. Para no ser reconocido, para no tener que hablar con personas a las que hacía cuarenta años que no veía, me disfracé un poco, con un sombrero y unas gafas y me quedé a un lado.
Fue un acto rápido y silencioso. Luego, cada cual se fue por su lado. Siento que nadie dijera unas palabras junto a su tumba, como una especie de adiós.

Luis Buñuel
Mi último suspiro

Foto de Anna Riwkin-Brick, Paris 1933
Grupo surrealista

Personas que aparecen en la foto: Tristan Tzara, Paul Eluard, André Breton, Hans Arp, Salvador Dalí, Yves Tanguy, Max Ernst, René Crevel y Man Ray.

The Confidence-man está lleno de reflexiones de Melville acerca de la novela. La primera de ellas es la reclamación de los derechos de un irracionalismo superior. ¿Por qué tendría que verse obligado el novelista a explicar el comportamiento de sus personajes, y a exhibir sus razones, cuando la propia vida jamás da explicaciones y mantiene tantas zonas oscuras, indiscernibles, indeterminadas en sus criaturas, zonas que desafían toda aclaración? La vida justifica, no tiene necesidad de ser justificada. La novela inglesa, y aún más la francesa, tienen necesidad de racionalizar, aunque sea en las últimas páginas y la psicología es ciertamente la forma postrera del racionalismo: el lector occidental espera de ella la última palabra. En este aspecto, el psicoanálisis ha renovado las aspiraciones de la razón. Pero, aunque el psicoanálisis nunca se ha privado de recurrir a las grandes novelas, ningún gran novelista de su tiempo ha llegado a sentir demasiado interés por el psicoanálisis. El acto fundacional de la novela americana, como el de la novela rusa, consistió en liberar a la novela de la vía de las razones, dando nacimiento a personajes que se sostienen en la nada y que sólo sobreviven en el vacío, que conservan su misterio hasta el final, desafiando tanto a la lógica como a la psicología […]. Lo importante para el gran novelista, ya sea Melville, Dostoievski, Kafka o Musil, es que todo conserve su carácter enigmático sin ser, empero, arbitrario: en suma, una nueva lógica, una lógica plena, pero que no nos remite a la razón, que expresa la intimidad de la vida y la muerte. El novelista tiene ojo de profeta, no de psicólogo.

Gilles Deleuze
Bartleby o la fórmula

Cuadro de  Bohumil Kubišta, 1912
Hipnotizador

Fósil Ballena

La vida real de un pensamiento dura tan sólo hasta que llega al punto límite de la palabra: entonces se petrifica y queda muerto pero indestructible como las plantas y animales fosilizados de la prehistoria. Su auténtica vida momentánea es también comparable a la de un cristal en el momento de la cristalización.

Cuando nuestro pensar ha encontrado palabras, deja de existir en nosotros y de ser serio en el sentido más profundo. En cuanto empieza a existir para los demás, cesa de vivir en nosotros, como el niño se desprende de la madre cuando inicia su propia vida.

Ya dijo el poeta:

“No me confundas con contradicciones!
En cuanto el hombre habla, empieza a errar.”  Goethe

Arthur Schopenhauer
El oficio del escritor

Foto: Ballena fosilizada
Oasis de Fayum

Robert Bresson Pickpocket“Yo siempre he tenido la impresión de que me faltan los últimos cinco centavos. Y ésa es una impresión que sigue siendo real. Es decir, yo siempre pensaba… Y no pensaba: ¡Es que es real! Es que siempre me faltaban los últimos cinco centavos. Si yo quería ir al cine, no podía porque me faltaban los últimos cinco centavos. El cine valía treinta y cinco centavos y yo tenía treinta. Si quería ir a los toros y valía un peso veinte, yo tenía un peso quince. Y siempre sigo teniendo la misma impresión…

Y otra impresión que tuve siempre era que sobraba en todas partes. Siempre me parecía que si me invitaban a una fiesta era por el compromiso de que había un amigo que no iba sin mí, o una persona que sin mí no iba, y entonces, de todas maneras, tenían que invitarme a mí y yo no encontraba nunca qué hacer con las manos. Y ese es el gran problema; el gran problema de todos los tímidos son las manos. Uno no sabe qué hacer con ellas. Entonces todavía tengo esa impresión y por eso siempre trato de no estar sino con amigos. Porque con mis amigos estoy absolutamente seguro de que no sobro. Por eso no voy nunca a cocteles, no voy nunca a inauguraciones, no voy a fiestas multitudinarias: porque siempre tengo la impresión de que sobro.”

Gabriel García Márquez
Conversación con Germán Castro Caicedo
El Espectador de Bogotá, marzo de 1977

Foto: Robert Bresson
Pickpocket, 1959 

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