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Archivos Mensuales: abril 2016

Jorge Luis Borges

Barone: Piensen que ustedes también les interesó, alguna vez, saber cómo era el proceso de creación de los que admiraban.

Borges: Vamos a ver si puedo explicarlo… Puedo referirme únicamente a mi experiencia personal, que no tiene por qué coincidir con otras. Pienso que Mallea, por ejemplo, hablaría de otra manera. Digamos entonces que yo voy caminando por la calle, o recorriendo galerías (hay muchas en esta zona) y de pronto percibo que algo me conmueve. Antes que nada tomo una actitud pasiva del espíritu; sé que si algo es un proyecto estético puede ser narrativo o puede ser poético o ambas cosas a la vez. Puedo explicar lo que me pasa citando a Conrad, que refiere que él es un navegante que ve en el horizonte una mancha y él sabe que esa mancha es África. Es decir: que esa mancha es un continente con selvas, ríos, hombres, mitologías y bestias, y sin embargo lo que él ve es poquísimo. Eso mismo me pasa a mí. Entreveo una forma que podría ser una isla y veo sus dos extremos: una punta y la otra, pero no sé lo que hay en medio. Vislumbro el principio y el fin de la historia, pero cuando entreveo eso yo no sé todavía a qué país o a qué época corresponden. Eso me va siendo revelado a medida que pienso en el tema o cuando lo voy escribiendo. Y los errores que cometo son generalmente errores que pertenecen a esa zona oscura y no descubierta todavía. Yo no digo como Poe que el cuento tiene su valor en la última línea. Porque esta apreciación nos llevaría quizá a que todos los cuentos fueran policiales.

Jorge Luis Borges
Diálogos de Borges y Sabato 
Compilados por Orlando Barone
1974-1975

Foto: Jorge Luis Borges

Romain Gary

El desasosiego que siempre experimenté por no haber conocido personalmente a Camus se vio incrementado por el hecho de que el encuentro hubiese estado a punto de tener lugar. Tenía pensado verlo en 1960, cuando iba a viajar a Francia y el escritor Romain Gary me había dicho en una carta que organizaría una cena en París en la que conocería a Camus. El enormemente brillante Gary, a quien por entonces conocía sólo superficialmente y que después llegaría a ser un querido amigo, me había informado de que Camus, a quien él veía con frecuencia, había leído mi libro Un Lit de Ténèbres y lo había admirado: yo, por supuesto, me sentía enormemente halagado y pensaba que una reunión de los tres podía ser un acontecimiento feliz. Pero antes de llegar a Francia recibí la horrible noticia: Camus había tenido un accidente de automóvil y había muerto a la cruelmente temprana edad de cuarenta y seis años. Rara vez he sentido tan intensamente la perdida de alguien a quien no conocía. Hice consideraciones inacabables sobre su muerte. Aunque Camus no era quien conducía, era de suponer que sabía que el conductor, que era el hijo de su editor, era un demonio de la velocidad; así que le daba tonos próximos al suicidio; al menos, de un coqueteo con la muerte, y era inevitable que las conjeturas acerca del acontecimiento se volvieran hacia el tema del suicidio en la obra del escritor. Uno de los pronunciamientos intelectuales más famosos del siglo es el que inicia El mito de Sísifo: “Hay un solo problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si vale o no la pena estar vivo es responder a la cuestión fundamental de la filosofía.” Cuando leí esto por primera vez me sentí desconcertado, y seguí estándolo durante buena parte del ensayo, puesto que, a pesar de la persuasiva lógica y la elocuencia de la obra, había muchas cosas que se me escapaban y siempre volvía a forcejear en vano con la hipótesis inicial, incapaz de enfrentarme a la premisa de que alguien se aproxime al deseo de matarse como primera opción. Admiré con reservas una novela corta posterior, La caída; la culpa y la autocondena del abogado narrador, que alarga sombríamente su monólogo en un bar de Ámsterdam, me parecían un tanto clamorosas y excesivas pero, en la época en que la leí, percibía que el abogado se estaba comportando en buena medida como un hombre al borde de la depresión clínica. Tal era mi ingenuidad respecto de la existencia misma de aquella enfermedad.
Camus, me dijo Romain, mencionaba ocasionalmente su profundo abatimiento y había hablado del suicidio. A veces hablaba en broma, pero la broma tenía la calidad del vino agrio y sobresaltaba a Romain. No obstante, aparentemente, no hacía intentos y por eso es posible que no sea casual que, a pesar de su permanente tono de melancolía, en el corazón de El mito de Sísifo, con su austero mensaje, haya un sentido de triunfo de la vida sobre la muerte; en ausencia de la esperanza, debemos seguir luchando por sobrevivir, y así lo hacemos: por los pelos. Sólo al cabo de unos años me pareció creíble que la declaración de Camus sobre el suicidio, y su preocupación en general por el tema, pudieran haber surgido de algún trastorno persistente en su ánimo, al menos con la misma fuerza que de su interés por la ética y la epistemología. Gary volvió a hablar extensamente sobre sus suposiciones acerca de la depresión de Camus en agosto de 1978, cuando le cedí la casita para invitados que tengo en Connecticut y yo bajé de mi residencia de verano en Martha’s Vineyard para hacerle una visita de fin de semana. Al conversar, percibí que algunas de las presunciones de Romain a propósito de Camus ganaron peso debido al hecho de que él también había empezado a sufrir una depresión y lo admitía sinceramente. No era incapacitan, insistió, y la tenía bajo control, pero la sentía de tanto en tanto, ese triste y venenoso humor del color del verdín, tan incongruente en medio del exuberante verano de Nueva Inglaterra. Judío ruso nacido en Lituania, Romain siempre había parecido poseído por la melancolía de Europa oriental, de modo que era difícil precisar la diferencia. Sin embargo, estaba lastimado. Dijo que había logrado percibir un destello del desesperado estado mental que le había sido descrito por Camus.

William Styron
Esa visible oscuridad
Memoria de la locura

Foto: Roman Kacew, alias ROMAIN GARY, alias Emile Ajar
Créditos: Moutin/Sipa

Previamente en Calle del Orco:
¿Existe realmente Romain Gary?

Moby Dick Gabriel Pacheco

Algunos pueden empezar a leer a Shakespeare y Hawthorne en la misma página. Acaso digan que, de necesitarse una ilustración, habría bastado una luz menor para elucidar a Hawthorne, ese hombrecito de ayer. Pero no me pongo voluntariamente entre aquellos que, al menos en lo que a Shakespeare toca, ejemplifican la máxima de La Rochefoucault: “exaltamos la reputación de algunos para abatir la de otros”, esos que, para mostrar a todos los aspirantes de alma noble que no tienen esperanza, declaran a Shakespeare absolutamente inigualable. Pero han igualado a Shakespeare. Hay mentes que han penetrado en el universo tanto como Shakespeare. Y apenas habrá un mortal que, en un u otro momento, no haya tenido pensamientos tan grandes como los que es posible encontrar en Hamlet. No debemos calumniar por inferencia a la humanidad porque haya ensalzado a un hombre, no importa quién. Sería una compra de desprecio demasiado barata para que se la permita una mediocridad consciente. Además, esta adoración absoluta e incondicional a Shakespeare ha terminado por ser parte de nuestras supersticiones anglosajonas. Los Treinta y Nueve Artículos son ahora cuarenta. En este asunto ha terminado por darse la intolerancia. O se cree en lo inigualable de Shakespeare o se abandona el país. Pero ¿qué creencia es ésta para un estadounidense, un hombre obligado a llevar el progreso republicano a la literatura y asimismo a la vida? Créanme, amigos míos, hombres no muy inferiores a Shakespeare están naciendo hoy mismo en las orillas del Ohio. Y llegará el día en el cual ustedes se pregunten: ¿Quién va a leer un libro escrito por un inglés de hoy en día? Al parecer, el gran error está en que incluso aquellos estadounidenses que aguardan la llegada de un gran genio literario entre nosotros, de algún modo imaginan que aparecerá con ropas de la época isabelina, sea un escritor de dramas basados en la historia inglesa o en los cuentos de Bocaccio. Así como los grandes genios son parte de la época, son a la vez la época y adquieren la coloración correspondiente. Lo mismo ocurre con los judíos, que mientras su Shiloh caminaba humildemente por sus calles, ellos seguían rezando para conseguir su llegada magnífica, buscando en una carroza a quien ya estaba entre ellos sobre un asno. Tampoco debemos olvidar que, en vida, Shakespeare no era Shakespeare, sino simplemente don William Shakespeare, de la astuta y próspera firma de Condell, Shakespeare y Cia., propietarios del teatro El Globo de Londres; y un autor cortesano, de nombre Chettle, lo despreciaba como un “cuervo en ascenso” embellecido “con las plumas de otras aves”. Porque, nótese bien, la imitación suele ser la primera acusación lanzada contra la originalidad. Por qué ocurre así, no tenemos aquí espacio para explicarlo. Se necesita mucho espacio marino para decir la verdad, en especial cuando parece presentar en su aspecto una novedad, como sucedió con América en 1492, incluso aunque entonces era tan antigua como Asia o más. Pero los marinos comunes y corrientes, esos sagaces filósofos, nunca antes la habían visto y juraban que todo era agua y brillo de luna.

Herman Melville
Hawthorne y su Musgos
[por un virginiano que pasa el mes de julio en Vermont]

Ilustración: Gabriel Pacheco
Moby Dick editado por Sexto Piso

The Beatles - White Album

Como dije, yo no quería ser director de cine; pero sí me gustaría (aunque sé que no lo voy a conseguir) poder escribir un Moby Dick porque ese libro me parece que sigue siendo el libro más moderno que existe. Vamos a ligarlo a una analogía rockera para no perder el espíritu: Moby Dick es justamente como el disco blanco de los Beatles (y no casualmente es blanco como la ballena blanca) porque ahí está todo. Los Beatles antes de separarse hacen en ese disco una canción de cada estilo pasado y futuro: una canción punk, una canción folk, una canción de música concreta, una canción tipo Bowie, una canción tipo Nirvana como “Helter Skelter”. Parecían decirnos: “Sea como sea nos separamos, pero antes de irnos dejamos esto aquí, de regalo.” Y eso es exactamente lo que hizo Melville: llevar el discurso multimediático y de incorporación de fuentes a la literatura. Melville también lo hace con los medios que hay en ese momento. Yo creo que el libro más extremo de David Foster Wallace no le llega ni a los tobillos al Moby Dick de Melville en cuanto a experimentación: Moby Dick es un libro que tiene, creo, 25 páginas de epígrafes, en la primera edición original. Difícil competir con eso y difícil competir con un libro que hace de una persecución a una ballena toda una cosmogonía.

Rodrigo Fresán
14 de junio de 2002
Narradors contemporanis
Librería Robafaves de Mataró

Foto: Paul McCartney y George Harrison en la sala de control
durante las sesiones de grabación del álbum “The Beatles” (White Album)

 

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