Ese triste y venenoso humor del color del verdín, William Styron

Romain Gary

El desasosiego que siempre experimenté por no haber conocido personalmente a Camus se vio incrementado por el hecho de que el encuentro hubiese estado a punto de tener lugar. Tenía pensado verlo en 1960, cuando iba a viajar a Francia y el escritor Romain Gary me había dicho en una carta que organizaría una cena en París en la que conocería a Camus. El enormemente brillante Gary, a quien por entonces conocía sólo superficialmente y que después llegaría a ser un querido amigo, me había informado de que Camus, a quien él veía con frecuencia, había leído mi libro Un Lit de Ténèbres y lo había admirado: yo, por supuesto, me sentía enormemente halagado y pensaba que una reunión de los tres podía ser un acontecimiento feliz. Pero antes de llegar a Francia recibí la horrible noticia: Camus había tenido un accidente de automóvil y había muerto a la cruelmente temprana edad de cuarenta y seis años. Rara vez he sentido tan intensamente la perdida de alguien a quien no conocía. Hice consideraciones inacabables sobre su muerte. Aunque Camus no era quien conducía, era de suponer que sabía que el conductor, que era el hijo de su editor, era un demonio de la velocidad; así que le daba tonos próximos al suicidio; al menos, de un coqueteo con la muerte, y era inevitable que las conjeturas acerca del acontecimiento se volvieran hacia el tema del suicidio en la obra del escritor. Uno de los pronunciamientos intelectuales más famosos del siglo es el que inicia El mito de Sísifo: “Hay un solo problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si vale o no la pena estar vivo es responder a la cuestión fundamental de la filosofía.” Cuando leí esto por primera vez me sentí desconcertado, y seguí estándolo durante buena parte del ensayo, puesto que, a pesar de la persuasiva lógica y la elocuencia de la obra, había muchas cosas que se me escapaban y siempre volvía a forcejear en vano con la hipótesis inicial, incapaz de enfrentarme a la premisa de que alguien se aproxime al deseo de matarse como primera opción. Admiré con reservas una novela corta posterior, La caída; la culpa y la autocondena del abogado narrador, que alarga sombríamente su monólogo en un bar de Ámsterdam, me parecían un tanto clamorosas y excesivas pero, en la época en que la leí, percibía que el abogado se estaba comportando en buena medida como un hombre al borde de la depresión clínica. Tal era mi ingenuidad respecto de la existencia misma de aquella enfermedad.
Camus, me dijo Romain, mencionaba ocasionalmente su profundo abatimiento y había hablado del suicidio. A veces hablaba en broma, pero la broma tenía la calidad del vino agrio y sobresaltaba a Romain. No obstante, aparentemente, no hacía intentos y por eso es posible que no sea casual que, a pesar de su permanente tono de melancolía, en el corazón de El mito de Sísifo, con su austero mensaje, haya un sentido de triunfo de la vida sobre la muerte; en ausencia de la esperanza, debemos seguir luchando por sobrevivir, y así lo hacemos: por los pelos. Sólo al cabo de unos años me pareció creíble que la declaración de Camus sobre el suicidio, y su preocupación en general por el tema, pudieran haber surgido de algún trastorno persistente en su ánimo, al menos con la misma fuerza que de su interés por la ética y la epistemología. Gary volvió a hablar extensamente sobre sus suposiciones acerca de la depresión de Camus en agosto de 1978, cuando le cedí la casita para invitados que tengo en Connecticut y yo bajé de mi residencia de verano en Martha’s Vineyard para hacerle una visita de fin de semana. Al conversar, percibí que algunas de las presunciones de Romain a propósito de Camus ganaron peso debido al hecho de que él también había empezado a sufrir una depresión y lo admitía sinceramente. No era incapacitan, insistió, y la tenía bajo control, pero la sentía de tanto en tanto, ese triste y venenoso humor del color del verdín, tan incongruente en medio del exuberante verano de Nueva Inglaterra. Judío ruso nacido en Lituania, Romain siempre había parecido poseído por la melancolía de Europa oriental, de modo que era difícil precisar la diferencia. Sin embargo, estaba lastimado. Dijo que había logrado percibir un destello del desesperado estado mental que le había sido descrito por Camus.

William Styron
Esa visible oscuridad
Memoria de la locura

Foto: Roman Kacew, alias ROMAIN GARY, alias Emile Ajar
Créditos: Moutin/Sipa

Previamente en Calle del Orco:
¿Existe realmente Romain Gary?