El don de los dioses, Sylvia Plath

Sylvia Plath

El cielo encapotado, un día lluvioso. El trino soñoliento de los pájaros. Me abruma la solidez de la prosa de los narradores profesionales, algo a lo que yo ni siquiera me he acercado. Un largo desayuno en el salón del garaje: me recuerda los dormitorios de las residencias de estudiantes, de las instituciones o los hospitales psiquiátricos. El linóleo encerado, las sillas de paja con el respaldo recto, los ceniceros, las estanterías y una gigantesca lámpara que simula un racimo de uvas de cristal azul. Estuve echando un vistazo a las dos páginas de mi cuento sobre las columnas que escribí ayer y me disgustaron: no tiene chicha. De nuevo es como si hubiera un cristal que impide que los sentimientos traspasen. Debo de estar tan pendiente de mis potenciales mercados y de los lugares donde mandar cosas que soy incapaz de escribir nada sincero y realmente convincente. Mis sueños delirantes son meros fragmentos; ni escribo, ni trabajo, ni estudio.

Evidentemente, dependo del espejo del mundo. Tengo un poema del que me siento segura, el de la serpiente. Aparte de eso, no se me ocurren temas. El mundo es como una página en blanco. Ni siquiera sé los nombres de los pinos, de las estrellas, de las flores y, peor aún, no hago auténticos esfuerzos para aprenderlos. Ayer leí el libro de May Swenson. Me gustaron varios poemas: «Snow by Morning» [Nevada matutina] y otro muy bello, al estilo imagista, «At Breakfast» [A la hora del desayuno], sobre un huevo. Efectos musicales elegantes e inteligentes, imágenes vívidas; pero en el poema sobre los artistas y las formas, texturas y colores correspondientes, todo resulta de un virtuosismo absurdo. También me gustó «Almanac» [Almanaque], en el que recrea la historia del mundo a partir de la luna que resulta de un golpe de martillo en la uña de su pulgar.

Escribo como si me observaran constantemente, y eso es fatal. The New Yorker ha rechazado mis dos ejercicios, como si supieran que eran exactamente eso. Todavía están «valorando» el poema de Navidad, aunque estoy segura de que no lo publicarán. La adrenalina del fracaso. Una avispa negra posada en la mosquitera de la puerta se frota y se limpia la cabeza amarillenta con las patas. Vuelve a caer la lluvia sobre los tejados del color de las mesas de billar.

Ojalá fuera capaz de extirpar de mi cabeza el fantasma de la competición, el egocentrismo de la autoconciencia, para convertirme en un vehículo, en un puro vehículo de los demás, del mundo exterior. Demasiado a menudo mi interés por otras personas consiste tan solo en compararme con ellas, no en la pura curiosidad por el carácter único y singular de cada individuo. Idealmente, aquí debería olvidar el mundo de las apariencias externas, de las publicaciones, los cheques, el éxito, y ser fiel a mi corazón. Sin embargo, sigo luchando contra mi ramplonería, mi narcisismo, mi coraza para protegerme de la competencia y evitar que los demás vean mis carencias.

Escribir para una misma, hacer cosas por el simple placer de hacerlas, qué don de los dioses.

He creado a Agatha: una loca y apasionada Agatha. Inmediatamente quiero que su marido críe abejas, pero no sé nada de abejas. Mi padre lo sabía todo.

Cuánto he conocido de la vida: el amor, la decepción, la locura, el odio, el instinto asesino.

Cómo ser sincera. Se me ocurren comienzos, tengo fogonazos, pero ¿cómo organizarlos de un modo inteligente? ¿Cómo terminar? Escribiré historias disparatadas, pero sinceras. Conozco el horror de los sentimientos primarios, de las obsesiones. Una diatriba de diez páginas contra la Oscura Madre: The Mummy [La mamá]. La Madre de las sombras.

Un análisis del complejo de Electra.

Sylvia Plath
Diarios
Traducción: Elisenda Julibert
Editorial: Alba

Foto: Sylvia Plath