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Archivos Mensuales: junio 2015

Biblioteca de Sarajevo 1992

El 25 agosto de 1992, el ejército serbio deliberadamente bombardeó la Biblioteca Nacional de Sarajevo, destruyendo así más de un millón de libros y más de 100.000 preciosos manuscritos. Entre los pocos tesoros que pudieron ser rescatados, hubo un célebre manuscrito hebreo iluminado, conocido como la Haggadah de Sarajevo, elaborado en España hacia fines del siglo XIII o principios del XIV. Este libro había sobrevivido ya no a una, sino a varias catástrofes. La primera fue la expulsión de los judíos de España, exactamente cinco siglos antes del bombardeo de la biblioteca de Sarajevo. Algún lector piadoso, obligado a abandonar su querida España natal, se llevó consigo la Haggadah y, junto a otros judíos sefaradíes, se refugió en cierta ciudad del imperio otomano donde, siglos más tarde, en 1914, sería asesinado el archiduque Francisco Fernando. Un par de décadas después, durante la Segunda Guerra Mundial, la Haggadah fue salvada nuevamente, esta vez por un bibliotecario musulmán de Sarajevo, quien la escondió para protegerla de los verdugos nazis cuya misión era quemar todo libro judío. Unos siete años después del ataque serbio a Sarajevo, en la primavera de 1999, ocurrió la siguiente historia: entre los miles de musulmanes (o “albaneses étnicos” como eran llamados) expulsados de Kosovo por los serbios, había una mujer que llevaba consigo, por razones sentimentales, porque había pertenecido a su padre, un pedazo de papel en caracteres hebreos, lengua que ella no sabía leer. Arreada con sus compatriotas del otro lado de la frontera Macedonia, la mujer decidió mostrar el papel a miembros de la comunidad judía del pueblo donde habían acampado. Fue un momento mágico. El papel resultó ser un documento otorgado por el gobierno de Israel al bibliotecario que no solamente había salvado la Haggadah de Sarajevo, sino que también había dado refugio en su casa a judíos yugoslavos durante las atrocidades nazis. La hija del hombre que había sido un héroe durante la Segunda Guerra Mundial era ahora la víctima de un nuevo acto de barbarie. Cuando se conoció su identidad, fue rescatada del campo de refugiados y transportada con su familia a Israel, donde fue recibida por un hombre que la abrazó con lágrimas en los ojos. Era el hijo, ya adulto, de uno de los judíos cuya vida el bibliotecario musulmán había salvado. “Mi padre hizo lo que hizo de todo corazón, no para recibir nada a cambio -dijo la mujer-. Ahora, cincuenta años después, de alguna manera ese algo nos es devuelto. Es como un círculo”. Es a ese círculo que pertenecemos, desde siempre y para siempre, libros y lectores.

Alberto Manguel
Para cada tiempo hay un libro

Foto: Biblioteca Nacional de Sarajevo
Agosto de 1992

Arthur Rimbaud

Más de una vez he dicho que, pese a las apariencias, la obra de Rimbaud ha modificado la vida moral de las personas en un sentido más extenso, más profundo y, sobre todo, más duradero que la obra de otros que aspiraban a incidir sobre la vida diaria de otra forma. Por ejemplo, la influencia de Rousseau en la vida contemporánea, en la vida desde la Revolución Francesa a hoy, o la influencia incluso de Marx, han sido muy extensas, pero menos profundas que la de Rimbaud y, sin duda, serán menos duraderas. Porque la influencia de Rousseau o de Marx podía, en el mejor de los casos, aspirar a cambiar circunstancias externas de la vida de la gente. Y esto, por importante que sea, no es imperecedero, porque va unido a una situación social concreta que evoluciona y que, en cualquier caso, no atañe a la vida moral de cada individuo, no atañe profundamente a ella. El caso de Rimbaud, en cambio, no tiene ninguna pretensión política y social inmediata, pero sí una pretensión moral muy profunda, pero no se realizó en vida de Rimbaud, se realizó mucho más tarde. Como todos sabemos, se realizó sobre todo en el siglo XX. Sin embargo, esto es lo que diferencia a Rimbaud de los demás, de los que le rodean en su tiempo, no de Lautréamont, que es otro caso, pero sí de Mallarmé e incluso de Baudelaire.
Mallarmé y Baudelaire, por grandes que sean, son, en definitiva, sólo escritores; es mucho ser sólo un escritor, no es poco, son grandes escritores. Pero Rimbaud es algo más, Rimbaud es alguien que atañe a las zonas más profundas de la conciencia de cada individuo, no únicamente, como en el caso de Mallarmé, a las formas relativas, a la forma de la expresión verbal; no únicamente, como en el caso de Baudelaire, a su moral privada. No, Rimbaud atañe incluso a la noción de identidad de cada individuo, atañe en definitiva a su relación con el mundo exterior, de ahí que mencione la recuperación de lo sacro. Rimbaud, sin embargo, tenía en su palabra la misma fe que puede tener -no exagero- el salvaje en la luz eléctrica. Es decir, el salvaje cree, o creía -el buen salvaje de los cuentos proverbiales- que el conmutador encendía la luz eléctrica y, por tanto, el pequeño conmutador era el dios del fuego. Algo así le ocurre a Rimbaud, es consciente, en la medida en que podemos nosotros captarlo, de que posee no sólo unas cualidades verbales excepcionales sino, sobre todo, de que ha encontrado un lenguaje que nadie a su alrededor posee y con el que puede decir cosas que nadie puede decir, y en efecto, nadie las dice. Pero cree que esto ha de tener un efecto tan inmediato como el conmutador de la luz. No es así: el adelanto que lleva Rimbaud respecto a su tiempo, que es inmenso, que no se mide por años, ni siquiera por décadas, sobrepasa en mucho la espera que puede tener un muchacho impaciente de diecinueve o veinte años que sabe que ha descubierto algo importante.
Todo coincide en hacernos creer que Rimbaud deja de escribir por dos motivos. Por una parte, porque su ciclo evolutivo había cumplido una curva completa, es de un tipo total. No parece que después de lo que escribe haya otra cosa que lo mismo que está escribiendo, salvo la página en blanco. Su obra está hecha, hay otros casos de ello, hay otros poetas que han terminado su obra; Eliot terminó su obra en un momento dado, escribió los Cuatro cuartetos y no escribió más poesía. Rimbaud la termina mucho más temprano. Por otra parte, la obra de Rimbaud no surte un efecto fulminante en sus contemporáneos; no, no es una revelación. Él, que sabe que es un vidente, de pronto ve algo que nadie más observa. De ahí que pase luego a una actividad mercantil, en Abisinia -como todos sabemos-, porque piensa que así podía incidir sobre el mundo visible, sobre el mundo tangible, ya que le ha abandonado la fe en la palabra. Y, efectivamente, haciendo operaciones mercantiles de la naturaleza que sea en Abisinia, incide sobre el mundo real, pero de una forma muy pobre. Es decir, una operación o una transacción comercial modifica el mundo visible, mientras que un poema no leído, no comprendido, no lo modifica. Allí Rimbaud es víctima, quizá, de su propia grandeza. Por una parte su obra ha terminado, por otra, no alcanzará en vida a ver la eficacia de esta obra. La eficacia de esta obra no está en los contemporáneos de Rimbaud, está en las personas que desde 1920 en adelante, los surrealistas y sus herederos, hemos vivido -y hablo en plural porque yo me incluyo en ello- del ejemplo y el reto de Rimbaud.

Pere Gimferrer
Rimbaud y nosotros
17 de octubre de 1991

Foto: Arthur Rimbaud

paul-auster

Su obra está firmemente anclada en el legado de los autores mayores de la historia de la novela. En la Trilogía de Nueva York hay un homenaje directo a Cervantes y Hawthorne aparece en muchas de sus obras, incluida Brooklyn Folies, donde hay un manuscrito falsificado de La letra escarlata.

Cervantes nos dio el libro de los libros. Don Quijote es una novela en la que aparecen todas las cuestiones relativas al arte de la ficción. Es, sencillamente, un libro inagotable. Dos libros, en realidad, porque la segunda parte es otra novela, la verdaderamente moderna, todavía mejor que la primera. Don Quijote es un libro que te lleva a lugares insospechados. No sé cuántas veces lo he leído. En cuanto a Hawthorne, toda la literatura norteamericana remite a él. La letra escarlata es fundamental, pero tiene otras muchas cosas de gran interés. No hace mucho edité y prologué un librito suyo muy curioso, el diario que dedicó a su hijo Julian, un diario que comprende un periodo de veinte días. Y luego están los relatos. Hawthorne es un cuentista prodigioso. Tiene razón Borges cuando dice que es un precursor de Kafka. Los cuadernos, en particular, están impregnados de una atmósfera que prefigura llamativamente una sensibilidad como la de Kafka. Están cuajados de apuntes y bosquejos, de ideas para relatos que parece haberlos escrito alguien que vivió en el siglo XX. Me siento muy cerca de él, por eso aparece constantemente en mis libros. Mi personalidad se asemeja a la suya, tengo el mismo gusto por la soledad que tenía él. Cuando decidió ser novelista se pasó doce años encerrado en una habitación, escribiendo. Sólo salía durante el verano, a viajar por Nueva Inglaterra. Me parece fascinante. Hawthorne es nuestro primer gran escritor, junto con Edgar Allan Poe.

Paul Auster
Entrevista con Eduardo Lago
El País, 18 de marzo de 2006

Foto: Paul Auster

Fred Astaire

De niño, en la escuela primaria, como todos los niños italianos desde hace cerca de cien años, tuve mi primer encuentro con Austria, subsidiario, allí donde se hablaba del mariscal Radetzky y se lo definía como “la bestia”. La bestia Radetzky fue, así, el primer austriaco que conocí. Se aprendía de memoria Sant’Ambrogio de Giusti, y allí se conocía a otros austriacos, más anónimos, soldados con bigotes de cebo, pobre gente “en un país, aquí, que no los quiere”.
Por fortuna para mí, siempre he tenido tendencia a considerar irreales las cosas que leía en los libros de historia. Por eso borré toda imagen nítida de Austria hasta que un día, en 1957, cuando tenía dieciséis años, vi en la librería Hoepli de Roma el primer volumen de El hombre sin atributos de Robert Musil, ediciones Einaudi. El nombre era el de un desconocido, la portada era un bello cuadro de Vuillard. Algo me atrajo de inmediato en ese libro: fui conquistado por Leona, la amante de Ulrich, de vida ligera, muy golosa, que siempre pide en el restaurante “pomme à la Melville”. Inmediatamente después, me vi conquistado por ese capítulo en el que se empieza a delinear una descripción de Kakania, “ese Estado incomprendido y nunca desaparecido del todo, que en tantas cosas fue un modelo subestimado”. Ese país con nombre de opereta, pero cuyo centro de gravedad es un gran criminal, Moosbrugger, descubrí definitivamente a Austria; no sólo como una entidad de la historia sino como un lugar del alma. Poco a poco ese país se fue poblando para mí, en su nudo de naciones y de diferencias: era igualmente la tierra de Kafka y de Schönberg, de Loos y de Kubin, de Altenberg y de Schiele, de Wittgenstein y de Freud, de Polgar y de Schnitzler.
Ese lugar se pobló para mí, además, de personas vivas, que en dos casos fueron determinantes en mi vida: Robert Bazlen e Ingeborg Bachmann. A través de ellos y a través de esos numerosos amigos invisibles que son los escritores muertos, me vi naturalmente conducido a vivir en el interior de esos lugares, de esos acontecimientos, de esa frágil cristalización de la cultura. Así, cuando más tarde empezaron a publicarse los libros de la editorial Adelphi, que deben a Bazlen una inagotable gratitud, nunca pensamos en volvernos hacia esos autores a los que me refería para -por así decir- “colmar un vacío” o “descubrir un filón”. Adelphi, como dice ya el nombre, es una empresa fundada sobre la afinidad: afinidad entre personas y entre libros. Por razones de afinidad nos hemos dirigido con mucha frecuencia a obras de ese ámbito austriaco del que hablaba antes.
Al principio las reacciones fueron lentas y titubeantes: no sólo cuando publicamos a Kubin, en 1965, sino incluso cuando publicamos a Kraus, en 1972. Una figura ilustre del mundo editorial [se trataba de Erich Linder, en ese tiempo acaso el principal agente literario del mundo y sin duda el más culto] me predijo entonces que venderíamos veinte ejemplares de Kraus. Hoy el libro va por su cuarta edición. Pero el caso más obvio de una infatuación por un gran autor austriaco ha sido el de Joseph Roth: a propósito del cual se puede decir que Italia es el único país en el que hoy el apellido de Roth evoca enseguida el nombre del austriaco Joseph y no el del estadounidense Philip. Pero no quiero aquí recorrer la fortuna que han tenido muchos autores kakánicos en estos años, y en particular, claro, los libros suyos que publicó Adelphi. Prefiero recordar un día en el que apareció un artículo de Alberto Arbasino donde se decía que la editorial Adelphi debía llamarse Radetzky. Ese día tuve la impresión de que un círculo se cerraba: la bestia Radetzky se había vuelto un totémico antepasado nuestro. Su ejército, de uniformes magníficos, es ahora un ejército disperso, literario e invisible, cuyo último oficial superviviente es acaso, sin saberlo, Fred Astaire, que se llamaba en realidad Frederick Austerlitz y era hijo, precisamente, de un oficial austriaco. Esta cruz que hoy recibo es para mí en cierto modo una señal que me llega de ese ejército invisible.

Roberto Calasso
La marca del editor
Palabras de agradecimiento
Ehrenkreuz litteraris et artibus

Septiembre de 1981

***

Pero Austerlitz no lo había oído nunca, y por eso estuve convencido desde el principio de que, salvo yo, nadie se llamaba así, ni en Gales, ni en las Islas Británicas, ni en ninguna otra parte del mundo. Realmente, desde que hace unos años comencé a investigar mi historia, nunca he encontrado a otro Austerlitz, ni en la guía de teléfonos de Londres ni en las de París, Amsterdam o Amberes. Recientemente, sin embargo, cuando, por pura distracción, puse la radio, oí decir al locutor en ese momento que Fred Astaire, del que hasta entonces yo no sabía absolutamente nada, se llamaba civilmente Austerlitz. El padre de Fred Astaire, que, según aquel sorprendente programa, procedía de Viena, tenía un empleo de experto cervecero en Omaha (Nebraska). Allí nació Fred Astaire. Desde la galería de la casa en que vivía la familia Austerlitz se podía oír cómo movían los trenes de mercancías de un lado a otro en el centro de clasificación de la ciudad. Ese ruido de trenes que ni siquiera de noche se interrumpía y la idea ligada a él de viajar lejos con el ferrocarril eran el único recuerdo de su primera infancia, dijo al parecer Fred Astaire más tarde. Y sólo unos días después de haber tropezado yo con esa historia de una vida para mí totalmente desconocida, supe por una vecina, que se califica a sí misma de lectora apasionada, que en los diarios de Kafka había encontrado a un hombrecito de piernas torcidas con mi nombre, que circuncida al sobrino del escritor. Creo tan poco que esas pistas lleven aún a alguna parte como esperanzas tengo en un apunte que encontré hace algún tiempo en una documentación sobre práctica de la eutanasia y del que se deduce que cierta Laura Austerlitz, el 28 de junio de 1966, ante un juez de instrucción italiano, dio testimonio sobre los crímenes cometidos en 1944 en un molino de arroz de la península de San Saba, junto a Trieste. En cualquier caso, dijo Austerlitz, hasta ahora no he conseguido localizar a esa tocaya mía. Ni siquiera sé si hoy, treinta años después de haber prestado su testimonio, está todavía viva.

W.G. Sebald
Austerlitz

Foto: Fred Astaire en 1950
(créditos: Rex)

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