Descubrí definitivamente a Austria como un lugar del alma, Roberto Calasso

Fred Astaire

De niño, en la escuela primaria, como todos los niños italianos desde hace cerca de cien años, tuve mi primer encuentro con Austria, subsidiario, allí donde se hablaba del mariscal Radetzky y se lo definía como “la bestia”. La bestia Radetzky fue, así, el primer austriaco que conocí. Se aprendía de memoria Sant’Ambrogio de Giusti, y allí se conocía a otros austriacos, más anónimos, soldados con bigotes de cebo, pobre gente “en un país, aquí, que no los quiere”.
Por fortuna para mí, siempre he tenido tendencia a considerar irreales las cosas que leía en los libros de historia. Por eso borré toda imagen nítida de Austria hasta que un día, en 1957, cuando tenía dieciséis años, vi en la librería Hoepli de Roma el primer volumen de El hombre sin atributos de Robert Musil, ediciones Einaudi. El nombre era el de un desconocido, la portada era un bello cuadro de Vuillard. Algo me atrajo de inmediato en ese libro: fui conquistado por Leona, la amante de Ulrich, de vida ligera, muy golosa, que siempre pide en el restaurante “pomme à la Melville”. Inmediatamente después, me vi conquistado por ese capítulo en el que se empieza a delinear una descripción de Kakania, “ese Estado incomprendido y nunca desaparecido del todo, que en tantas cosas fue un modelo subestimado”. Ese país con nombre de opereta, pero cuyo centro de gravedad es un gran criminal, Moosbrugger, descubrí definitivamente a Austria; no sólo como una entidad de la historia sino como un lugar del alma. Poco a poco ese país se fue poblando para mí, en su nudo de naciones y de diferencias: era igualmente la tierra de Kafka y de Schönberg, de Loos y de Kubin, de Altenberg y de Schiele, de Wittgenstein y de Freud, de Polgar y de Schnitzler.
Ese lugar se pobló para mí, además, de personas vivas, que en dos casos fueron determinantes en mi vida: Robert Bazlen e Ingeborg Bachmann. A través de ellos y a través de esos numerosos amigos invisibles que son los escritores muertos, me vi naturalmente conducido a vivir en el interior de esos lugares, de esos acontecimientos, de esa frágil cristalización de la cultura. Así, cuando más tarde empezaron a publicarse los libros de la editorial Adelphi, que deben a Bazlen una inagotable gratitud, nunca pensamos en volvernos hacia esos autores a los que me refería para -por así decir- “colmar un vacío” o “descubrir un filón”. Adelphi, como dice ya el nombre, es una empresa fundada sobre la afinidad: afinidad entre personas y entre libros. Por razones de afinidad nos hemos dirigido con mucha frecuencia a obras de ese ámbito austriaco del que hablaba antes.
Al principio las reacciones fueron lentas y titubeantes: no sólo cuando publicamos a Kubin, en 1965, sino incluso cuando publicamos a Kraus, en 1972. Una figura ilustre del mundo editorial [se trataba de Erich Linder, en ese tiempo acaso el principal agente literario del mundo y sin duda el más culto] me predijo entonces que venderíamos veinte ejemplares de Kraus. Hoy el libro va por su cuarta edición. Pero el caso más obvio de una infatuación por un gran autor austriaco ha sido el de Joseph Roth: a propósito del cual se puede decir que Italia es el único país en el que hoy el apellido de Roth evoca enseguida el nombre del austriaco Joseph y no el del estadounidense Philip. Pero no quiero aquí recorrer la fortuna que han tenido muchos autores kakánicos en estos años, y en particular, claro, los libros suyos que publicó Adelphi. Prefiero recordar un día en el que apareció un artículo de Alberto Arbasino donde se decía que la editorial Adelphi debía llamarse Radetzky. Ese día tuve la impresión de que un círculo se cerraba: la bestia Radetzky se había vuelto un totémico antepasado nuestro. Su ejército, de uniformes magníficos, es ahora un ejército disperso, literario e invisible, cuyo último oficial superviviente es acaso, sin saberlo, Fred Astaire, que se llamaba en realidad Frederick Austerlitz y era hijo, precisamente, de un oficial austriaco. Esta cruz que hoy recibo es para mí en cierto modo una señal que me llega de ese ejército invisible.

Roberto Calasso
La marca del editor
Palabras de agradecimiento
Ehrenkreuz litteraris et artibus

Septiembre de 1981

***

Pero Austerlitz no lo había oído nunca, y por eso estuve convencido desde el principio de que, salvo yo, nadie se llamaba así, ni en Gales, ni en las Islas Británicas, ni en ninguna otra parte del mundo. Realmente, desde que hace unos años comencé a investigar mi historia, nunca he encontrado a otro Austerlitz, ni en la guía de teléfonos de Londres ni en las de París, Amsterdam o Amberes. Recientemente, sin embargo, cuando, por pura distracción, puse la radio, oí decir al locutor en ese momento que Fred Astaire, del que hasta entonces yo no sabía absolutamente nada, se llamaba civilmente Austerlitz. El padre de Fred Astaire, que, según aquel sorprendente programa, procedía de Viena, tenía un empleo de experto cervecero en Omaha (Nebraska). Allí nació Fred Astaire. Desde la galería de la casa en que vivía la familia Austerlitz se podía oír cómo movían los trenes de mercancías de un lado a otro en el centro de clasificación de la ciudad. Ese ruido de trenes que ni siquiera de noche se interrumpía y la idea ligada a él de viajar lejos con el ferrocarril eran el único recuerdo de su primera infancia, dijo al parecer Fred Astaire más tarde. Y sólo unos días después de haber tropezado yo con esa historia de una vida para mí totalmente desconocida, supe por una vecina, que se califica a sí misma de lectora apasionada, que en los diarios de Kafka había encontrado a un hombrecito de piernas torcidas con mi nombre, que circuncida al sobrino del escritor. Creo tan poco que esas pistas lleven aún a alguna parte como esperanzas tengo en un apunte que encontré hace algún tiempo en una documentación sobre práctica de la eutanasia y del que se deduce que cierta Laura Austerlitz, el 28 de junio de 1966, ante un juez de instrucción italiano, dio testimonio sobre los crímenes cometidos en 1944 en un molino de arroz de la península de San Saba, junto a Trieste. En cualquier caso, dijo Austerlitz, hasta ahora no he conseguido localizar a esa tocaya mía. Ni siquiera sé si hoy, treinta años después de haber prestado su testimonio, está todavía viva.

W.G. Sebald
Austerlitz

Foto: Fred Astaire en 1950
(créditos: Rex)

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