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Archivos Mensuales: marzo 2015

Charles Dickens

Hace algunos años padecí de un insomnio pasajero, atribuible a una impresión dolorosa, y ese insomnio me obligó a salir a pasear por las calles durante toda la noche y por espacio de varias noches. Esa molestia habría tardado mucho en curarse si hubiese permanecido desmayadamente en cama; pero la dominé muy pronto, gracias al brioso tratamiento de volver a levantarme en cuanto me acostaba, saliendo a la calle para no regresar a casa hasta la salida del sol y completamente rendido al cansancio.
En el curso de aquellas noches completé mi educación con una experiencia de lo que es carecer de hogar por pura ficción. Como la finalidad principal que entonces perseguía era la de pasar la noche, ésta me hizo trabar simpáticas relaciones con gentes que durante todo el año no tienen sino esa misma finalidad por las noches.
La cosa ocurrió en el mes de marzo, con tiempo húmedo, nuboso y frío. Como el sol no salía hasta las cinco y media, las perspectivas de la noche se me presentaban suficientemente largas a eso de las doce y media, que era, aproximadamente, la hora en que me encaraba con ellas […].

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Entonces también el gas, que sabía lo que se hacía, empezaba a empalidecer con la certidumbre de que iba llegando la luz del día; gentes obreras aisladas iban y venían ya por las calles, y, de la misma manera que la vida se había extinguido antes, durmiéndose con las últimas chispas del fuego que llevaba el vendedor de pastel de carne, así empezaba ahora a encenderse de nuevo con las hogueras de los primeros vendedores de desayunos que se colocaban en las esquinas. De ese modo gradualmente acelerado, hasta alcanzar una gran rapidez, llegaba el día, y al fin me sentía cansado y lograba conciliar el sueño. En esas ocasiones solía pensar, volviendo a casa en semejantes horas, que no resultaba menos asombroso que todo eso el que el vagabundo sin hogar se encuentre en Londres tan solitario como lo estaría en una región auténticamente desierta durante la noche. Yo, de haberlo querido, sabía perfectamente en qué lugares podía encontrar al vicio y la desgracia en todas sus formas; pero el vicio y la desgracia se ocultaban a la vista, y mi condición de persona sin hogar disponía de millas y millas de calles en las que podía ir y venir solitaria y a su gusto. Y eso era lo que yo hacía.

Charles Dickens
Paseos nocturnos

Imagen: Charles Dickens

Un joven Joseph Conrad

Ahí está el caso de Joseph Conrad, que, un día en alta mar, decidió pasarle a un rudo marino llamado Jacques el manuscrito de su primera novela, La locura de Almayer. Conrad le preguntó si le aburriría mucho leer algo con una caligrafía como la suya, y Jacques respondió que en absoluto y lo hizo acompañándose de un inesperado tono cortés y añadiendo: “Lo leeré esta noche”.

Elegir como primer lector a un tosco lobo de mar fue correr un riesgo innecesario. Pero a veces esos trances abren grandes puertas. A la mañana siguiente, Conrad se acercó a Jacques y, con un tembloroso hilillo de voz, le preguntó si le había interesado lo que había leído. Tras un breve pero tremendo silencio, obtuvo esta respuesta: “¡Ya lo creo!”. Quiso entonces saber Conrad si le había resultado clara la historia. “Por supuesto, perfectamente”, dijo su primer lector.

Conrad ya no pudo olvidar nunca detalles de aquel momento: la cortinilla de su litera contoneándose de un lado a otro, la lámpara del mamparo trazando un círculo sobre el balancín de cardán.

Jacques no añadió ni una palabra más, pero su sobria respuesta había abierto un gran camino. Asusta pensar qué habría sido de los lectores de Conrad si aquel marino, sin saberlo, hubiera tenido alma de destripador de clásicos. O de crítico cascahuevos.

Enrique Vila-Matas
Peligros del primer lector
Artículo publicado en El País, 25 de marzo de 2014

Imagen: Conrad y los cinco grumetes sobre la cubierta del Torrens, 1892

Malcolm Lowry

Apreciado señor Barzun:
Ha escrito usted, a mi entender, una crítica tan tremendamente injusta de mi libro Bajo el volcán que creo que se me perdonará que devuelva el palo.
Admito que mi libro ha sido alabado hasta el punto de que una crítica negativa parece deseable, y admito que la crítica que ha escrito usted puede acabar beneficiándome, pero el hecho es que escuece como no lo haría no siquiera una crítica más dura si fuere justa, y creo que esto no sólo es poco limpio, sino que además debilita toda su argumentación; la gente, simplemente, no querrá escuchar sus verdades, por muy necesarias que sean, si se dedica usted a hacer este tipo de críticas demasiado a menudo.
“Ajá”, parece que le oigo decir, “yo puedo despedazar ese condenado libro fácilmente, puedo oler las fuentes de las que bebe a una milla de distancia; en realidad, sólo necesito abrir el libro al azar para encontrar precisamente lo que quiero, el alimento adecuado para mi artículo…” No tengo la impresión de que haya hecho usted el más mínimo esfuerzo para captar su forma y su intención. Lo que sí ha conseguido, y con éxito, es herir a un tipo que siente que tiene con usted una afinidad espiritual.
Tampoco creo que hubiera ninguna necesidad de ser tan insultante sobre el conjunto. Tiene usted derecho a decir “grosero y ficticio”, y también puede decir, si lo desea (aunque no sea cierto en este caso concreto, y aunque no haya en realidad evidencia irrefutable de lo primero), que estoy “del lado del buen comportamiento y ansioso de disgustar al lector con vicios tropicales”. Pero cuando usted dice: “Esto lo demuestra mediante una larga regurgitación de los materiales encontrados en Ulises o en Fiesta”, ¿no está usted pasándose de la raya al tratar de mostrar su desprecio? Porque, mientras pocos escritores modernos, incluyéndome a mí mismo, pueden haber escapado totalmente a la influencia, directa o indirecta, de Joyce y de Hemingway, los “materiales”, en el sentido en que usted emplea la palabra, no pueden encontrarse en ninguno de esos libros. “Y mientras imita los trucos de Joyce, Dos Passos y Sterne, lo que consigue es el corazón y la mente de Sir Phillip Gibbs.” ¿A qué trucos se refiere usted exactamente? Es natural que un escritor joven trate de beneficiarse de lo que ha leído, y lo utilice en su trabajo, y como resultado de esto, sobre todo en lo que se refiere a la técnica, lo que Van Gogh llama “líneas maestras del dibujo” resulta de cuando en cuando inevitable. Pero siempre que encontré a otro escritor en el proceso de escritura –el escritor al que se está leyendo en ese momento, como lo señala Richards, es casi siempre el culpable–, hice todo lo posible por anularlo. Naturalmente a veces hay retazos y fragmentos que permanecen; también permanecen en el estilo de usted. Pero, por lo que sé, yo no he imitado ninguno de los trucos de los escritores que usted menciona, uno de los cuales, por lo menos, en cierta ocasión reconoció mi originalidad. De hecho –y para vergüenza mía– nunca leí el Ulises de cabo a rabo, de Dos Passos sólo he leído Tres soldados y nunca he sido capaz de leer más de una página de Tristam Shandy. (Esto, naturalmente, no demuestra que no me hayan influido de un modo indirecto, pero ¿qué me dice de lo que he inventado yo mismo?) Me gustó Fiesta cuando lo leí hace doce años, pero no he vuelto a leerlo desde entonces y no creo que me haya influido de un modo particular. En lo que al Volcán se refiere, sus influencias son otras, y creo que en su mayor parte han sido asimiladas. En los casos en que no han sido asimiladas, puede achacarlo usted a mi inmadurez: empecé el libro en 1936, cuando tenía veintisiete años, y sin duda, a pesar de que lo he reescrito muchas veces, conserva cierta impronta de este hecho. En cuanto a Sir Phillip Gibbs, ¿no está usted mostrándose gratuitamente cruel? Si usted leyese de verdad el libro, quizá vería que en si mayor parte fue escrito con la intención de que fuese divertido. Y lo es; se trata, por así decirlo, de una sátira sobre mí mismo. Me atrevo a decir que, después de una segunda lectura seria, tampoco usted lo encontraría aburrido.
Después de Sir Phillip Gibbs, casi puedo perdonarle por yuxtaponer al azar dos pasajes no muy buenos de los capítulos 3 y 9 como si fuesen contiguos y como ejemplo de mal estilo. Pero incluso si estos pasajes no están conseguidos, ¿qué decir de la justicia de ese tipo de crítica? Me gustaría saber lo que haría usted con el desgraciado estudiante que se comportara del mismo modo con usted.
Supongo que la intención del párrafo final es la de aplastarle a uno completamente: “El señor Lowry, en otros fragmentos, ha tomado prestado elementos de otros estilos en boga: Henry James, Thomas Wolfe, monólogo interior, los surrealistas. Su novela sólo puede ser recomendada como una antología que se mantiene unida por su seriedad”.
Sea cual fuere la motivación principal que le llevó usted a escribir esto –una motivación que, por cierto, me parece sana en extremo–, ¿no tiene la sensación de haber oído antes estas palabras o algo muy parecido? Yo sí que las he oído. Me parece reconocer la voz, ligeramente disfrazada que saludó al mismo Wolfe, por no decir a Faulkner, a Melville y a James… Una voz inmortal, sin duda, que en cierta ocasión se dirigió a Keats en los mismos términos en que informó a Whitman de que sabía menos de poesía que un puerco de matemáticas.
Pero, sea como fuere, es la expresión “estilo en boga”, la que hiere. Habiendo vivido lejos de la civilización durante casi una década, sin posibilidad de comprar ni siquiera revistas norteamericanas inteligentes (estaban todas prohibidas aquí, por si usted no lo sabía, hasta época muy reciente) y completamente aislado, no tuve medio de saber qué estilos estaban en boga, ni cuáles no lo estaban, y no me importó demasiado. Los cuadernos de notas de Henry James ciertamente trato de tenerlos siempre presentes, y en cuanto al monólogo interior (si usted está interesado en las fuentes), sin duda William [James] se sentiría complacido. Y me alegro de que por lo menos sea la seriedad la que mantiene unida la antología. No obstante me reservo el derecho a reírme (y espero que usted lo haga conmigo) si dentro de unos diez años la Voz se hace oír de nuevo desacreditando algún esfuerzo serio del momento, con el argumento de que su autor está simplemente regurgitando los materiales que se encuentran en Lowry. Me reservo el derecho a reírme, pero, incluso si eso es verdad, simpatizaré con el autor por principio. […]

Malcolm Lowry
Carta a Jacques Barzun
Dollarton, B.C., Canada
6 de mayo de 1947

Imagen: Malcolm Lowry en Curaçao, 1947

***

“Je ne sais pas très bien, mais il me semble que depuis certain temps déjà, depuis les Surréalistes en fait, on s’achemine vers un art qu’on pourrait dire “citationnel”, et qui permet un certain progrès puisqu’on prend comme point de départ ce qui était un aboutissement chez ses prédécesseurs […]. Le collage, pour moi, c’est comme un schème, une promesse et une condition de la découverte”.

Georges Perec

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