Algo parecía haber desaparecido para siempre de mi mundo, Arthur Conan Doyle

Sir Arthur Conan Doyle

Nunca he tratado personalmente a Robert Louis Stevenson, a quien tanto debe mi escritura. Nunca olvidaré la delicia con que leía sus primeros relatos en el Cornhill sin conocer el nombre del autor. Aún pienso que El Pabellón de los Links es uno de los mayores relatos de la literatura universal, pese a los cambios desafortunados impuestos por editores gazmoños. El último año de Stevenson en la Universidad de Edimburgo debió de coincidir con el primer año mío. Es curioso pensar que probablemente nos cruzamos más de una vez en el concurrido porche.
Desde su remota residencia de Samoa se mantenía al corriente de los asuntos literarios de Inglaterra; yo mismo recibí unas cartas muy alentadoras en 1893 y 1894. “Alegre colega espiritista”, me llamaba en una de ellas, mostrando así que, aunque compartía mi interés por los estudios psíquicos, no se los tomaba muy en serio. No sé en qué época había empezado a interesarse por estas cuestiones, aunque creo que fue iniciado cuando era secretario de una sociedad de estudios psíquicos (o espiritistas) en Edimburgo, sociedad que estudió en especial el caso de un médium asombroso, Duguid. Sus cartas expresaban estima por mi obra. “Tengo un gran talento para los cumplidos”, decía, “acompañado por una odiosa, y hasta diabólica franqueza”. Había contado algunas de mis historietas de Sherlock Holmes a sus criados indígenas -no creía necesario inspirarse en nadie más- y, en una carta rebosante de humor, se me quejaba de la dificultad que entrañaba contar una historia cuando había que detenerse a cada momento para explicar lo que era un ferrocarril, un ingeniero, etcétera. A pesar de todas las dificultades, había conseguido hacerse comprender, y decía: “Si hubiera podido ver sus brillantes y enfurecidos ojos, habría saboreado la gloria”. Pero explicaba que los indígenas tomaban todo al pie de la letra y que para ellos no existía eso que nosotros llamamos un relato imaginario. “Yo, que le escribo esto, he tenido la indiscreción de componer una insignificante obra de ficción, La botella mágica. La gente de aquí que viene a visitar mi casa, tras admirar los techos de Vanderputty y los tapices de los Gobelinos, manifiestan hacia el final cierto desasosiego, dando muestras de una gran delicadeza y discreción. Se les ve encoger los hombros morenos y mover sus ojos interrogadores, para acabar haciendo la pregunta: “¿Dónde está la botella?”. En otra carta decía que, como yo había hablado de mi primer libro Idler, él haría también lo mismo. “No puedo quedarme atrás donde el penacho blanco de Conan Doyle ha pasado delante de mí”. Así, al menos, puedo preciarme de que es a mí a quien debe el mundo el pequeño ensayo sobre La isla del Tesoro que apareció aquel año. Nunca olvidaré la impresión que me produjo, cuando paseaba por el Stand en un bonito landó en 1896, el cartel vespertino de un periódico en que se anunciaba “Stevenson ha muerto”. Algo parecía haber desaparecido para siempre de mi mundo.

Arthur Conan Doyle
Memorias y aventuras

Imagen: Sir Arthur Conan Doyle en 1922

Previamente en Calle del Orco:
El mapa de la Isla del  tesoro, Robert Louis Stevenson

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